Vascos comunicantes

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Ilustración: Gluco

 “Merece la pena visitar

los escenarios en que se produjeron los acontecimientos

 decisivos de nuestras vidas, porque así tomamos conciencia

 de que no tenemos nada que ver con nosotros mismos”

Imre Kertész (Yo, otro. Crónica del cambio)

Mucho de mi vida se me la han llevado los vascos y eso ha sido muy frustrante para mí. Es lo primero que se me ocurre escribir cuando tropiezo de manos a boca con mi vida. Mucho de ella la he vivido fuera de mi tierra: nueve años en Francia, casi dos en Alemania, entre América y África se me fueron también dos y he residido casi un año en Madrid y cuatro en Almería, donde he reflexionado y escrito sobre la democracia, la inmigración, el colonialismo y el multiculturalismo y, sin embargo, presiento que casi toda mi vida de pensar se me la han llevado los vascos. Y me resiento, claro. Ocho años de exilio con Franco y otros ocho cuando ETA me metió miedo en el cuerpo y, sexagenario en ciernes, hube de dejar familia y casa se debieron a que  yo pensaba, decía y hacía con los ojos abiertos a lo que pasaba en mi tierra. Sí, los vascos han cebado el candil de mi pensamiento robándome otra luz posible, pero no puedo pedir que encierren a los ladrones porque no se trata de un robo. Se trata más bien de una enfermedad, un padecimiento en la libertad de pensar sobre uno mismo, un mal no exactamente hereditario sino trasmitido entre vascos por el virus de la identidad colectiva. Es una infección patriótica que el destino tribal puede volver letal a quien se resista.

Estas páginas están escritas para significar esa infección desde mis vivencias y, de entre éstas, daré de lado a cuanto no apunte a la infección misma. La infección, es lo que aquí me interesa y quedará esquinado de inicio cualquier interés por la autobiografía, cuánto más la de carácter hagiográfico. Mi vida amorosa y familiar, mis aficiones agrícolas, algunos pasatiempos lúdicos y tantos otros episodios singulares que salen a golpe cantado del psicoanalista quedarán postergados aquí en cuanto no sirvan a una introspección en la enfermedad del pensar. Y como con la ventaja de ser casi septuagenario parto de múltiples prejuicios librescos y hasta eruditos, obraré con la conciencia de que mis intereses en generalizar a partir de un informe autorreferencial podrán salirme medianamente atildados si la forma se constituye conscientemente en contenido: o sea, bucearé hasta pronominalmente en la insondable lejanía entre lo que uno es y lo que fue; agrietaré los hechos con la ironía o marcándolos con la metáfora ingrata, sin contemplaciones; esquinaré en lo posible la prosopopeya buscando la sintaxis del máximo flujo de emoción ante los destrozos del daño, a fin de relatar no el hilo de la vida sino su filo: esos momentos en los que unas decisiones personales obraron como destino. O sea, escribiré con un ánima que busque en la escritura misma la verdad de la derrota final de una vida.

 

 

Escribir sobre uno mismo…

 

Para iniciar con buen pie el relato de sus trabajos y días, en lugar de encomendarse a las musas, en especial a Memoria, la madre de todas ellas, el escritor abajo firmante aparece en escena zambulléndose dentro del poema de Claudio Rodríguez dedicado a las golondrinas. Les implora a éstas que bajen más y más, que echen pie a tierra sin desaliento, por si se detienen y posan junto a él y le hacen recordar “qué tardes, qué mañanas mías se han ganado”. Y en esa “azul tarea” discurre la escena inicial del suplicante. Su final sobreviene cuando el escritor agradece a las golondrinas, con Claudio: “Gracias, gracias os doy con la mirada porque me habéis traído aquellos días, vosotras, que podéis ir y volver sin perder nada”. La golondrina del poeta va y viene, siempre igual a sí misma con su pasado y su presente en volandas. En ella no pasa nada sino vida y muerte en ciclo interminable, pero su va y ven le permite recordar mucho. 

 

Lo que se haya perdido del vaivén del YO ABAJO FIRMANTE no se lo culpéis a ella, la golondrina, y lo que ese yo no recuerde tampoco inventará, os lo promete. Hará lo que Aristóteles hacía, al decir de Casiodoro (esa es al menos la versión de las Etimologías de Isidoro: “Aristoteles, quando perihermeneias scriptabat, calamum in mente tingebat”) o sea que, cuando el filósofo griego escribía el tratado Sobre la interpretación, mojaba la pluma en la mente. El tintero está dentro de uno y en él se unta en este acto de escribir. El yo interpreta, pues, al hombrecillo que lleva dentro de sí o escribe interpretándole, que no deja de ser un modo empeñoso de dar sentido actual a hechos propios del pasado.  

 

 

 

Al abrirse el telón aparece, pues, este abajo firmante afanándose como la golondrina en rellenar con barro y palitos de paja un hueco vacío en la casona semiderruida. O en el recodo oculto del alerón de latón de un viejo techado. Hurga en su atesorada memoria, la selecciona y apila a conveniencia en páginas y más páginas, como haría con doblones de oro y plata y monedillas de cobre y estaño que pone en un cofre tras haber ido desenterrándolos por aquí y por allá. La memoria que él considere útil, naturalmente, porque la inútil queda censurada y acaso vuelva al olvido: ¿no es esto ya un engañarse? Y, por fin, a la luz del flash final, el sí mismo echa la foto que se dispone a publicar. Hela aquí, la foto. La foto espera que algún visitante venga hasta él y acepte el precio de la visita y comience el intercambio. Éste tendrá lugar ahí mismo en la derruida casona o bajo el torpe canalón, inequívoco lugar de la golondrina a juzgar señales ciertas en el suelo de haber ella descomido desde arriba. Ahí abajo se exhiben, seleccionados, los trozos del recuerdo escogido de toda una vida a modo de impúdicos retazos. Y, según vayan siendo observados en sucesivas páginas, se irá desvelando el desvergonzado motivo de los afanes del escritor pero, además, puede que el ocasional visitador caiga en la cuenta de los melindrosos móviles que a él mismo lo han traído hasta aquí, víctima él también de la libido de escrutar lo más secreto del prójimo. Como si asistiese al acto de descomer de la golondrina. Puesto que al escribir esto para ser editado el escritor abajo firmante busca también satisfacer el morbo del visitante, ¿qué hará éste al leerle sino comparar las partes del escritor con las suyas propias que, acaso, no conozca tan bien como él mismo suponía? ¿Se ve uno alguna vez completo en sus pudendas sin ayuda de otro, no fuere más que de un simple espejo? 

 

Este negocio especular de la identidad es lo que ha buscado el escritor en el acto memorioso de llegar hasta su sí mismo, bien enterado de que no habrá logrado verse real y completamente porque, en esta su historia, casi únicamente se interesó por lo que él creía de sí mismo pero muy poco acudió a las suposiciones que otros allegados suyos, acaso hasta muy partidarios, se hacían sobre él. Suposiciones que, de haber sido tenidas en cuenta, hubiesen modificado la trama de este relato pues hubiesen abierto más la vida al horizonte real donde ha sido vivida. ¿Puede acaso una vida volverse inteligible, incluso pensable, sin alguna otra vida con la que ser comparada? La identidad, de ser algo, se constituye como álgebra interpretativa de las relaciones entre yo y los otros: un negocio imaginativo entre asociados de la misma empresa humana.

 

Y, llegado a este punto, el escritor tiene a bien avisar que ha seleccionado comenzar por el espejo que le ha ofrecido Fermín, quien en unos cuantos trazos de su propia vida le ha sumido a su interlocutor en el agobio sordo de la perplejidad. El aprecio que Fermín tenía por este escritor lo condujo a desvelarse humanamente abriéndosele entero, en canal, y así fue como el amigo escritor echó cuentas de qué era haber llegado a ser otra vida distinta a la suya tras haber arrostrado ambos ciertas peripecias de un yo muy semejante en bastantes asuntos. Por Fermín se comienza, pues, afirmando que él es lo último importante que ha sucedido en la vida de este escritor, tras haberlo heredado como amigo a la muerte de otro amigo común hace unos pocos años. Tan importante ha sido amistar que sin él jamás hubiera paseado el escritor su pluma de escritor por los escenarios más decisivos de la propia vida. Escuchándole a Fermín fue cuando tomó la decisión de sopesar las cotas decisivas suyas con las propias escribiendo sobre uno mismo. Dos colegas juntos hablando, tal es el negociado mínimo de la identidad.

 

 

Fermín, pues

 

Fermín es un octogenario de sonrisa cálida y natural que, sea que lloviera, nevara o abrasara el sol, siempre fue a la escuela con zapatillas de tela y suela de goma. Hasta ponerse el primer buzo para ir a la fábrica de mosaicos siempre vistió pantalón corto y un jersey. Con sólo decirte eso, el octogenario ya te ha trazado un vasto mapa de su infancia. Este lento, minucioso y jovial anciano se ha ahorrado hablarte de escasez, de sabañones en orejas y manos, de una apesadumbrada conciencia de ir peor vestido que la mayor parte de sus compañeros, de un trabajo en edad infantil y también de una permanente esquinadura de tristeza amarga rayana en el odio. No hace falta horadar en la psicología del niño para que te hayan sobrecogido esos ojos amusgados y recónditos del niño Fermín, voluntariamente entornados porque bien poco aprecian la cámara que tienen delante y a la que obligatoriamente han de estar fijados: ¿Para qué una foto?, yo no la necesito para nada, parece musitar el niño con el ceño echado y reconcomidas palabras entre labios.  

 

Para esa foto escolar color sepia con el mapa de España de fondo lo han colocado junto a su hermano Julio, al que Fermín no deja ni a sol ni a sombra. Le ha tendido el brazo izquierdo porque no paraba de llorar y con la mano en el hombro se lo ha atraído hacia sí para que se vea bien que el pequeño no ha de temer a nadie. Por eso Julio sí ha abierto bien los ojos como bocinando alerta, y se aprecia en su rostro una mirada entera, nada temerosa sin ser cordial. Vacilo en si comentarle a Fermín esa impresión de destrozo humano que me causa la fotografía pero sólo le sugiero que no aparece muy feliz: Odiaba a todos, hasta sentía odio por las cosas, susurra Fermín, octogenario vivaracho que tengo a mi lado y me está contando su vida.  

 

 

 

A estas alturas tempraneras de mi primera grabación ya he sabido que esa infancia de niño huérfano la vivió en Aranda en una barriada de ferroviarios junto a la carretera de Soria, y he comprendido que la vida de Fermín no era precisamente una vida sin padre sino una vida con padre desaparecido, vida en la que cada día sólo deseas que surja padre en el camino de la estación a casa o aparezca con la escopeta de caza en bandolera pero temes que no lo hará, porque lo habrán fusilado en alguna parte de la meseta arandina. Ese desear febril del rapazuelo que lo va devorando sin nunca satisfacerse ¿qué puede construir sino un muchacho en disgusto permanente?, ¿cómo funcionará en las entrañas ese deseo sino como una fábrica de resentimiento, esa aleación humana inutilizada en las fronteras de la ira? Eso he intuido ante la fotografía. Fermín parece decirte desde ella que, pese a que lo echaron del colegio de ferroviarios, paredaño a la estación del ferrocarril Valladolid-Ariza, lo han tenido que readmitir porque madre, con un bebé en brazos, ha montado durante días una patética escena en las puertas del colegio. A su hijo lo habían echado meses atrás porque su padre seguía sin presentarse en la estación: ha pasado el año de la victoria y Victorino Iglesias sigue sin presentarse en su puesto de ferroviario. Todos saben que fue fusilado un día de agosto del 36, suponen que en la madrugada del día 18 porque había pasado dos días en los calabozos del ayuntamiento de Aranda de donde lo sacaron esa noche. Nadie dice saber nada de él, ni la Guardia Civil que fue quien lo detuvo en el domicilio familiar el día 16, después de su jornada de trabajo como mozo de tren.  

 

Ferroviario de familia de ferroviarios, Victorino tiene 35 años y su Juliana acaba de parir a Julito, el cuarto hijo. La mayor se llama Primitiva, pero la llaman Primy, y entre Fermín y Julito está Luis. Victorino camina por el pasillo y mira hacia atrás y al ver a Juliana en el dintel de la puerta con el recién nacido en brazos les dice a los guardias que se esperen un poco. Echa la mano al reloj y soltándole la hebilla de la correa vuelve a donde su esposa, y se lo da. En ese momento asoman Primy y Fermín y Luis a la puerta, los mira el padre y diciéndoles que vendrá enseguida se saca la cadena que le cuelga del cuello y la entrega también a su Juliana. Hay una bombilla de muy pocos watios en el pasillo que divide las dos viviendas de la casa y esa medalla de oro apenas ha dado fulgor alguno. A la rabiosa velocidad que confiere la certeza de verse muerto, Victorino ha debido de presentir que lo único que lleva consigo pertenece a la familia y no a los asesinos. Victorino se ha acordado al instante de que días atrás vinieron a por Domingo Rasero, compañero ferroviario que vivía en la casa pegante de esta barriada de ferroviarios de Aranda, allende Duero, con escuela propia y un economato de RENFE. Victorino, noticioso de que ha aparecido acribillado el cuerpo de Rasero, sabe lo que le espera y también lo sabe la pareja de guardias civiles, por eso les ha parecido bien que entregue sus pertenencias a la familia. Un respeto, faltaba más. La comitiva sale de casa y se dirige a la ciudad por la carretera de Soria. Las casas de la barriada, rectángulos de mampostería de cal y canto de planta única para dos viviendas separadas por un pasillo común casi sin iluminación, van quedando atrás, lo suficientemente atrás para que la patria (todo sea por la patria) no se inquiete de que, a partir del momento en que la comitiva haya cruzado el río sobre el impostergable puente y haya traspasado el arco de la villa, otro padre de familia faltará en otra de aquellas casas de allá atrás, bastante a lo lejos ya.  

 

A los dos días, la Juliana ha vuelto del ayuntamiento abatida y ausente con la manta que había llevado para su marido, y no logra decir palabra a las mujeres de su cercanía para significarles la extinción de todo rastro del marido. Podría decirles que parecería que se lo hubiese tragado la tierra, como se dice en cualquier pesquisa infructuosa, pero aun esa locución resultaría obscena por su verismo y Juliana se opone a creer lo que ya todas creen. Eso sí, ninguna de sus vecinas considera que haya que perder la esperanza, un día de éstos te lo traerán, mujer, pero todas, una a una todas, ya lo saben: la Juliana ha quedado viuda con cuatro huérfanos. Juliana deberá ponerse a trabajar pues hay que llenar esas cuatro bocas: el huerto deberá producir también para la venta y del gallinero deberán salir huevos y conejos para el mercado. Juliana ha asignado a Primy estar a su lado en el huerto y la fabricación de morcillas y, a Fermín, estar a la guarda del pequeño Julito. A Luis lo envía a Almazán adonde sus abuelos ferroviarios: una boca menos. En adelante Fermín, niño de seis años, no va a dejar ni a sol ni a sombra a Julito y eso que Julito sólo sabe llorar, a todas horas llora como si dentro de él no funcionase bien el mecanismo del ángel de la vida, ése que suele dar señal de esa vida.  

 

 

 

Más allá de la ilusión de inocencia que produzca la fotografía escolar que tengo entre manos, esa foto vige como certificado de la función de sustituir al padre asumida por un muchacho huérfano ante su hermano menor. Sin embargo tener que dar a otro sin tener para uno mismo se constituye en otra enfática invitación a la ira, porque ¿qué es hacer de padre sin haberse uno beneficiado de las ventajas de un padre sino tener que hacerlo a ojo de buen cubero? Calmar el llanto de un niño como hace un padre suele ser el logro de haber podido ofrecer una solución al problema, asegurándole al niño que llorando no se arreglará ese problema: “No llores, hijo, que yo le partiré la cara a ese que te ha insultado” o “Deja de llorar, hija, que yo arreglaré tu muñequita rota” significan que hay una buena razón para dejar de llorar y que el padre está legitimado. Y el niño que lo haya comprendido dejará al instante de llorar. El padre dándote razones, he ahí la verdad de la casa familiar. El padre diciéndole al niño que se porte como una persona mayor, he ahí el fundamento de la vida adulta que iniciará el niño. El padre asegurándote que debes dejar de llorar, ahí estás tú interiorizando la ley. Fermín cuidará de su hermano, claro que sí, claro que lo atenderá y se volcará con él, pero ¿le podrá ofrecer al hermanito las razones paternas para no llorar? Nadie da de lo que no tiene ni más de lo que tiene: Julito fue un sempiterno llorón, te dice con dolor un Fermín quebrantado por el recuerdo y tú sospechas que, cuando muchacho, el hermano mayor no le pudo jamás susurrar al otro huerfanito: ¿No quieres ser una persona mayor, Julito? Y pese a estar Fermín contándote la infancia suya, no la de su hermano, la herida que hay en su memoria te endosa el último trance de ese hermano: Murió en Madrid hace siete años, vivía en Colmenar y su muerte me dejó el alma partida y me volcó encima toda la angustia de aquel rabioso llanto suyo. Un día pasé por Madrid y le invité al Asador Donostiarra y hablamos mucho y bebimos pacharán a raudales. A los días murió mientras cenaba con su mujer, tras un ataque de tos que se lo llevó en sangre. En este remiendo de la memoria que acaba cuando Fermín susurra que ha sido ésa la muerte que más postrado lo haya dejado jamás, más incluso que la de madre, intuyo que Fermín es el hombre del relato siempre herido: ahora mismo está sintiendo la muerte del hermano como se siente la muerte de un hijo, el más mezquino de los despropósitos de la vida. Y no es por los 74 años que tenía Fermín a la muerte de su hermano sino porque el destino requiere que los padres estén muertos para ser llorados y no para que continúen llorando más allá del fin del tiempo de sus hijos. Se adivina, pues, que Julio fue como un hijo de Fermín, un hijo a quien desde la cuna la vida lo colocó al sesgo. Cuando Fermín se vistió el mono de trabajo, Julio fue llevado al madrileño colegio de huérfanos de RENFE y se hizo tornero. Trabajó cinco años de tornero pero aprovechándose de un incentivo económico para abandonar el trabajo puso una bodeguilla, luego una panadería, luego una granja de conejos que la mixomatosis extinguió, luego una granja de cerdos con la que acabaron unas fiebres de Malta. A causa de esas fiebres no pudo él ser contratado por la fábrica Michelín, donde quién sabe lo que hubiese durado, pero puso un bar donde se jugaba dinero y había mujeres de alterne y también se arrimaban varias chulas esquineras. Julio sin poder dejar de ser Julito, Julio sin poder jamás hacerse mayor… Las inmensas deudas le hicieron huir a Badalona burlando a los acreedores pero no al destino. Julio, reventados los bronquios al afincarse de nuevo en Madrid, ya no requerirá de otro nuevo apoyo económico de Fermín para emprender. Ese niño de los ojos extrañamente abiertos en la foto escolar ha corrido a carrera abierta hacia ninguna parte, pero es de nuevo Fermín quien siente la vida como derrota. Destino. 

 

En la oxigenada habitación con dos ventanas amansardadas a la donostiarra calle San Marcial se hace silencio, un silencio cual pesarosa y antigua niebla que la grabadora registra como haría el artesano cincelando sus esquinas y surcos. Cuando el silencio ha sido ya inscrito tomando la figura morosa de silencio hermético, este octogenario de ternura primaria en los ojos vuelve a comentarte la foto: ese día anual en que tocaba una fotografía escolar los niños habían ido sentándose individualmente en el pupitre donde se ven dos libros plegados y uno abierto, un tintero y un entalle para colocar la pluma, pero a Fermín lo colocaron con su hermanito quien, sólo de sentirse separado para el momento de la fotografía, había estallado en patético llanto. Fermín te asegura entonces que apenas recuerda cosas de la infancia en las que Julio no estuviera a su lado, como si no le hubiesen sucedido cosas en sus seis primeros años de vida. Sin embargo sí recuerda que padre estaba casi siempre fuera de casa y cuando venía del trabajo cogía la escopeta y salía al campo a cazar: A la vuelta, los conejos, codornices o perdices me los traía a mí y yo les pasaba y repasaba la mano por encima para sentir la lisura de una piel fría, la mansedumbre del animal muerto con los ojos cerrados, la tersura del plumaje acartonado y prieto. O sea, la liviandad del ser, la sutileza de la muerte. Fermín ve todavía a su padre en la despensa preparando su propia cartuchería, sentado con una diminuta cucharilla en la mano vertiendo pólvora en unos casquillos ya usados, a los que ya ha provisto de un pistón percutor, y va colocándolos en pie junto a un extraño artilugio para apretar verticalmente y cerrarlos. Padre tiene echada la pelambrera negra hacia atrás agrandándosele mucho la frente y achinándole todavía más los ojos a la vez que el moroso bigote negro le deja a la vista la comisura del labio superior pintándole en el rostro un mohín de bonhomía perpetua. Bueno, grande, eficiente, necesario, vívido, decidor pero silencioso, gustoso, obligante, padre, muy padre. Todo eso cree Fermín de él y así lo ve todavía, a sus ochenta años ve a diario a su padre, lo ve vivo, lo ve padre, lo ve eficiente, ¿por qué no seguir viéndolo vivo si nada ni nadie le ha asegurado que muriese en agosto de 1936? Un Auto del Juzgado de 1ª Instancia de Aranda de Duero, en aplicación de la recentísima ley de septiembre del Año de la Victoria, declara que a Victorino Iglesias Gil se le considerará fallecido a partir del 18 de septiembre de 1939. “Fallecido”, un circunloquio semejante al de la prensa de los terroristas vascos para referirse a sus asesinados, es como llama la Justicia de Franco a los fusilados (¿del otro campo?, ¿de cuál campo si Victorino no era de campo alguno?). Fallecido y, por consiguiente, su viuda no tendrá derecho a la pensión laboral ni sus hijos al colegio de ferroviarios. 

 

 

 

Con los efluvios de la victoria campando por sus respetos, RENFE toma medidas disciplinares y en alguna de ellas encaja la expulsión de Fermín del colegio junto a la estación. Si bien madre acepta ser excluida del economato, protesta contra la expulsión escolar de su hijo y se coloca a la entrada del colegio y reivindica los muchos años de servicio de su marido a la empresa así como los de toda su parentela. En tanto no readmitan al niño quiere no obstante que su Fermín no se atrase en las cuentas, y lo ha llevado a las señoritas Fresnillo, dos solteronas radiantes que imparten escuela a ocho o diez niñas y niños en su domicilio de la calle Carlos Miralles, junto a la carretera de Valladolid, al otro lado de la N-1. Todo sucede allende Duero, en la tierra de nadie que hay entre el río y el ferrocarril, aquél separando la ciudad del campo y éste hablando más de huida, de gente extraña y de desventuras que de acercamiento. En ese no man´s land suburbano donde afincaban una fábrica de mármoles, los ferroviarios, los inmigrantes y la prostitución habían asentado en 1937 la cárcel de italianos en la que Fermín ganó sus primeras perras. Como muchacho despierto de suburbio entendió de inmediato el idioma del foráneo y le bastaba escuchar Bambino, foquili, foquili para acercar a un soldado hasta una hembra de ocasión. Enfrente de casa, en plena cañada, se habían asentado luego las tropas alemanas a las que se sumó algún tabor de moros. Los arrapiezos de suburbio afanaban vituallas alemanas y todo tipo de enseres que, a cambio de unas perras, sabían dirigir a la gran tienda de ultramarinos de Tomás Pascual. Arrapiezos ariscos que se divertían en descampado haciendo explotar cargadores enteros de ametralladora arrojándolos al fuego o lanzando heroicas granadas robadas. Fermín no ha olvidado que, un día, uno de sus compañeros, el Niarra, perdió un brazo en uno de aquellos ejercicios de infantilismo armado. Tampoco olvidará que Pelegrín, el de la fábrica de mármoles, así como Rodrigálvarez, fueron fusilados. Arrapiezos tenaces que cruzaban a nado el río para robar melones o que rebuscaban en campo abierto patatas y uvas tras la cosecha y la vendimia o que se juntaban en la orilla del río las repetidas veces en que los aviones de la República aparecían bombardeándoles la ciudad. En el último de los bombardeos, ya terminándose la guerra, Fermín recuerda que llevaba consigo a Julito envuelto en una manta sobre los peleles. 

 

En ese territorio de cardos, torrales rastreros, brezos y tojos, un puro descampado de raíles y trenes con toda la esperanza del mundo, montó Carlos Valadé una fábrica de guantes, medias y calcetines nada más terminada la guerra y empleó a la Juliana. El empresario abrió también una tienda de guantes en Aranda y empleó a Primy. La familia respiró aunque Fermín y Julito quedaran más sueltos y, el mayor, más padre que nunca. Juliana pudo haberse casado con el tendero de la carretera de Soria, Marcelino Benito, un viudo con cuatro hijos que la había estado fiando a crédito. Juliana seguramente pensó que ya era mucho con tirar de sus hijos como para echarse encima cuatro más o tal vez pensó que nadie podría reponerle su Victorino, el caso es que no pensó que su Julito necesitase un padre y con toda certeza creyó que su Fermín sólo necesitaba trabajo. Eran tiempos de mirar adelante más que de medir las propias fuerzas, que es como quedarse mirando cuán escasas son.

 

La represión de posguerra quiso que, entre las docenas de familias de ferroviarios que desde toda España llegaban desterradas a Aranda, en la vivienda contigua de los Iglesias Ortega se instalara en 1941 una familia manchega de ferroviarios represaliados, los Vacas Cortecero, convirtiendo aquel pasillo de separación en un lazo sedante y grato, y lo que tenía las trazas de funesto azar resultó liberador destino. El día de entrada en el nuevo domicilio, Carmen Cortecero se presentó con su hija de ocho años en casa de la Juliana. Fermín asistió al encuentro y supo desde el saludo mismo que aquella gente era la suya, que aquella niña era para él y que algo bueno había caído del cielo. Sin la cortesía distante del recién llegado en sus palabras y movimientos Carmen abrió ante Juliana el libro familiar: tenía a su padre en prisión con una condena de 20 años habiéndose con ello salvado del fusilamiento de sus tres hermanos en Puertollano. Cinco años llevaba Fermín doliéndose tras la búsqueda de padre, cinco años que ya habían configurado su alma en recóndito e ingrato tugurio de adobe sin enlosar, y sin embargo los recién llegados abrieron en ella una ventana para mirar la luz y orear las oscuras cosas del tugurio. Por eso el chaval aceptó a cierra ojos el exacto sobriquete de Zamuzo que le propinó el nuevo vecino, Patrocinio Vacas, para incentivar en el muchacho el deseo de llevar puesta otra mirada que la aviesa, otro gesto que el huraño habitual y otra aspiración que hacia la hosquedad y la vehemencia. Patro, aquel bajito pero corpulento mecánico de trenes manchego con quijadas cuadradas sobre un cuello de toro y la lentitud de saurio malherido al hablar y tan meticuloso en su trabajo de mecánico, le invitaba por las noches a Fermín a escuchar Radio Pirenaica o España independiente y, aun sin aspirar a rellenar el vacío paterno del chaval, logró oxigenar su alma con el mero estar a su lado y sin darse a aconsejarle nada. No es poco ventilar un alma de niño tan carente de la brújula de andar entre humanos… Y Carmen, sempiterno moño atrás y riguroso luto pero rebosando charla por ojos y oídos, leía a la caída de la tarde a los chiquillos los folletones de la semana de los que Fermín nunca olvidará Genoveva de Brabante y Los ángeles del arroyo: historias que de momento arrinconaban el jumento del odio que venía cebándose en los esquinados pesebres del chaval. Pensar en otros mundos habitados por otras gentes era posible. Fermín comenzó así el duro aprendizaje de necesitar de otros, de hablarles para sentir nuevas sensaciones al decirlas, de escuchar lo que tuvieran que decirle, de sentirse alguien que puede decidir más allá de la ira. El aprendizaje iba a ser muy lento pero, entretanto, Patro robaba a diario para Juliana un cesto de carbón. Y esto lo tendrá siempre presente aquel chaval.

 

Con pantalón corto abandonó Fermín la escuela de ferroviarios y lo pusieron a sembrar remolacha en un campo experimental. Luego pasó a la fábrica de mosaicos El Sevillano donde ganaba 150 pesetas mensuales. A los seis meses mejoró de salario pero a expensas del horario laboral: doce horas de trabajo al día en el cobertizo de los Guindalero, un garaje de reparación de coches que había en la barriada, carretera de Madrid adelante. Luego echó otro año a las órdenes del alcalde franquista Galo Mateo, en un garaje que hacía también de agencia de transportes y paquetería. Fermín robó algo de comida de algún paquete y lo echaron. Es el año 1946 y mirar adelante queda demasiado adelante. Las propias fuerzas son, además, las justas. Pero ocurre el milagro del “levántate, toma tu camilla y anda”. De nuevo aparece el tendero Marcelino Benito que, desde su puesto de ultramarinos oteando el suburbio entero, pregunta a Juliana si su hijo ya no trabaja. Que ahora mismo no, que está buscando algo: Hablaré con mi hijo Félix para que Fermín lo sustituya cuando vaya a la mili, le promete el bueno del tendero viudo, acaso esperando todavía el sí de aquella buena mujer. Ese Félix trabajaba de aprendiz en el Registro de la Propiedad y, antes de que marchase a la mili, dio tiempo a Fermín de aprender a escribir a máquina. Así lo sustituyó Fermín en el Registro con poco más que los rudimentos escolares. Fermín aprende rápido pese a no estar en nómina, Fermín hace papeles a los labradores, ya sean particiones de herencia o bien instancias, Fermín se saca un sobresueldo mensual de tres mil pesetas pero ya ha puesto el ojo en la profesión que quiere hacer suya el resto de la vida y se agarra a ella: el milagro se ha producido, ya quiere algo. Cuando Félix llega de cumplir la mili, el Registrador de Aranda, don Manuel Conde Pumpido, que lo es por decreto de Franco y no por oposición, utiliza a Fermín más para sus recados personales que en la oficina que no da para otra boca. Con desparpajo, si no rebeldía, el joven Fermín reivindica un puesto de oficinista y el señor Registrador, en un alarde bíblico de buen samaritano cuando pudo haber sido un Pilatos, remueve Roma con Santiago hasta dar con un puesto en Santander. Y Fermín va a Santander a sus diecisiete años: Es lo mejor que me ha pasado en la vida, susurra, y añade que siempre que le han hecho una putada le han acabado haciendo un gran favor. Es toda una lección de agradecimiento a la vida que has escuchado del octogenario, pero a los diecisiete continúa siendo el muchacho de la fotografía escolar, el mismo que una y otra vez era castigado por don Emiliano Romero a estarse en medio del aula con los brazos en cruz sosteniendo en cada mano unos cuantos diccionarios, el muchacho que un día, en ausencia de don Emiliano, también fue castigado por la señorita de niñas que descendió al aula para suplirlo: Señorita no tiene usted por qué castigarme, protestó el zagal dejando helada a la maestra suplente. Jamás había escuchado ésta nada parecido ni jamás había visto a una niña teniéndoselas tiesas con su señorita. Cuando apareció don Emiliano, interpeló así al rebelde: A ver, Iglesias, ven para acá, que pareces ermita pero eres catedral. La ironía de aquel rechoncho maestro, bajito él pero con claro favoritismo hacia los muchachos modositos, lo dejaba visto para sentencia sin que Fermín hubiese captado la ironía, preso de la literalidad de la frase del maestro y ufano de la enormidad catedralicia de su rebeldía. Ésta sacaría buena lección de aquellos sacros términos de comparación pues se puso a odiarlos como cualquier otra cosa más del mundo. Así, cuando una vez al mes don Emiliano los ponía en formación y desde el colegio de la estación los llevaba al centro de Aranda a que confesasen y comulgasen, Fermín sabía coger a su hermano de la mano y colocarse a la derecha de la fila para dar el esquinazo en cuanto pisaban las primeras calles: Nunca me confesé pero hice la primera comunión porque en el hotel daban chocolate con churros, registra la grabadora y yo miro a Fermín, que enarca las cejas y con las ramas del ansia en la voz me asegura que sus hijas han sido bautizadas y las tres hicieron su primera comunión. Yo no le digo todavía que mi hijo no ha sido bautizado aunque profesa un extraño respeto hacia todas las religiones, supongo que basado en un excepcional conocimiento de muchas de ellas.

 

Diecisiete años, pues: Santander, capital de provincia que se imponía como mirífica catedral al muchacho llegado de la pesarosa ermita arandina. Le quedan cuatro años para hacer la mili y experimenta las mieles de un salario más que suficiente y de una hueca iniciación en el despendole: la gustosa hora del vermut, la empeñosa barbarie de la farra, el sorpresivo regusto de los bailes, la época gloriosa del Centro Asturiano, la obligante invitación de la pasiega a tocarse y desnudar los cuerpos, la agria hostilidad hacia las campanadas matutinas del convento cuando llega a casa de la juerga… La ira del alma va quedando acallada pero aguanta viva, larvada, sólo está recubierta con la espuma de la diversión. A un rebelde no lo vuelven humano el dinero, la farra o el olvido de las causas de su insubordinación: la rebeldía de sucia lava duerme como un volcán pero saldrá. Queda por saber si, cuando se sacuda, arrase o puede que encuentre un ferrón que martilleando la escoria incandescente extraiga algo de mineral purificado. Difícilmente la mili logra forjar la humanidad de nadie pero ahí se dirige Fermín Iglesias a los veintiuno: a Garellano, Bilbao. Lo enchufan en el Gobierno militar por haber trabajado en el Registro de la Propiedad, un concepto que provoca admiración entre los militares, tanto o más que el de religión: no en vano habían pagado un sobrecogedor coste en su combate contra las huestes de la abolición de la propiedad y de Dios. Ironías del destino, Fermín se ocupa del Patronato de huérfanos de militares y debe alternar con gente más culta que él. Pese a ser remiso a dejarse absorber por la presión osmótica de la cultura, la capilaridad obra en el soldado empapándolo de comportamiento educado y buenas maneras: No seas zamuzo y aprende, le habla Patro desde dentro de su cabeza.

 

 

 

Dos años de mili no constituirán una escuela de humanidad para él pero sí un progreso en adaptabilidad, en aprender a abrir los ojos ante lo real y responder sin hostilidad. Además, eso transcurrió haciendo negocios, porque Fermín sabe lo que vale un peine y compra las guardias de los chortas ricos que hay enchufados a su derredor. Cien pesetas la guardia. Y de nuevo Santander, Registro de la Propiedad, año 1953. ¿Asentará cabeza el zamuzo?

 

Esta vez fue la buena. Nada ocurrió de la noche a la mañana sino que, cual lentas pero inobjetables sacudidas telúricas zarandeando la existencia, se dieron dos procesos internos de hondas y duraderas consecuencias: a la vez que la valoración profesional surtía efectos en la autoestima de sí mismo, Fermín se echó unos amigos que le fueron cambiando la manera de plantarse él mismo ante la vida. Hacia los veinticinco años comienza su ego a ser transformado, un yo tratando de apropiarse de las riendas de pulsiones, emociones y acciones que tanto lo han agitado, un yo que toma conciencia de sí mismo como algo valioso, lo más valioso del mundo. En la oficina tienen un jefe gandul, don Antonio Maseda Bouso, que ni estudia los miles de documentos pendientes de resolución ni selecciona a los jóvenes al contratarlos a fin de poner orden en aquel amasijo de papeles. Este personaje, que ha formado parte del primer gobierno de Franco en Burgos, no aguanta la inspección que se le hace en 1955 y es expedientado. No lo echaron a la calle porque era quien era, pero le dieron opción a un trasladado entre las vacantes existentes. El registrador mondoñés eligió Pamplona pero quiso llevarse consigo al mejor elemento del Registro de Santander. Ese era Fermín y todos lo sabían: el reconocimiento como despertador de un sí mismo notorio, apreciable, valioso, más sedante que lacerante, menos arisco, menos torvo. También es verdad que uno corresponde más cuando lo buscan y que uno es más concernido por los demás cuando es reconocido. Fermín no tiene más que ponerle precio a su traslado a Pamplona pues nunca olvida lo que vale un peine, nunca da puntada sin hilo. Su sueldo se incrementa sustancialmente pero Antonio Maseda lo colocará en su propio despacho porque, sabiendo lo que aquel joven vale, lo teme por incivilizado y tampoco se fía de su descontrol. Eso sucede porque el señor registrador no conoce bien las transformaciones internas de Fermín, y no las conoce porque el asunto es sumamente secreto, clandestino como se dice entre los conjurados. Fermín ha conocido a Joaquín Palazuelos y entre ambos ha brotado amistad, la primera y más intensa: Él fue mi maestro, enfatiza Fermín para que sepamos que junto a él comprendió de manera diferente el ser de las cosas, el mundo dejaba de ser un capricho de odios y conjuras y tomaba un aspecto inteligible y, por tanto, transformable. Sin jamás haber necesitado leer a Marx o Engels, Fermín intuyó certeramente la tercera tesis contra Feuerbach, la de que comprender el mundo significa transformarlo: al santanderino le bastaba con repetirle incansablemente que siempre se debe empujar en una dirección. Y junto a Palazuelos la vida de Fermín comenzó a ser tejida con otros hilos que el inconsútil pero único hilo de una infancia renegrida y fue tomando forma de paño complejo, coloreado, más atildado, más sorpresivo y menos predecible. Desde entonces Palazuelos forma parte de su vida y Fermín de la de Palazuelos (después de haber sido redactado este texto falleció Joaquín Palazuelos en Madrid, el 25 marzo de 2011, y allí acudió un Fermín desconsolado), y eso que aquella amistad la desjuntaron la distancia y el tiempo. Con Joaquín llegaron Daniel Gil, Eduardo Rincón y Mónica la francesa. Se reunían en el bodegón El Riojano de Santander y conformaban la oposición al franquismo en la ciudad, o sea, charlas, chácharas, análisis, información, más chácharas, más charlas y más análisis en ciclos infinitos. Conversar a fin de sujetar el cuerpo a la mente pero, también, para que los significados se sujeten a las cosas: cambiar de mundo más que cambiar el mundo. Palazuelos, espigado y nervudo, descollaba por su nivel intelectual. Hijo de ferroviario montañés, le había dado por la escultura y había estudiado Bellas Artes en Stuttgart, Alemania. Tras su vuelta a Santander se había puesto a trabajar de aparejador en una empresa de construcción y, en cuanto lograba poner de lado unos duros, se tomaba un tiempo sabático. Sumamente religioso, compulsivamente religioso hasta que abandona sus creencias y les da otra forma religiosa entrando en el PCE santanderino. Rincón le iba a los alcances en inteligencia a Palazuelos. Como secretario del Gobernador civil, Eduardo Rincón llegaba a enterarse pasablemente más que cualquier círculo bien informado y Radio Pirenaica tenía en él un buen suministro de informaciones. Al culto Daniel Gil lo sigue por donde vaya su culta e inteligente esposa francesa, Monique, y el matrimonio marcha a Madrid donde crea la editorial Alfaguara. Eduardo Rincón también puso tierra por medio y se empleó en Alfaguara. Fermín transportaba de vez en cuando propaganda comunista de Santander a Bilbao y la repartía por diferentes portales.

 

 

 

Son los años medianos de los cincuenta y Fermín debe solucionar drásticamente su conflicto interno, le apremia dar de mano a su pasado, enterrarlo para convertir su presente en algo que, cada día que pase, pueda originar algo nuevo incentivando el gozo de vivir. Enterrar su pasado no es olvidarlo sino deshacer su operatividad, o sea, desactivarlo definitivamente de la ira y el rencor cuyos retorcijones todavía soporta. Porque ahora que vive en un yo reconocido profesionalmente y expandido en una conversación permanente ya conoce lo que pueda ser un horizonte de futuro, ya sabe algo de lo que le será permitido esperar: Fermín podría ir al encuentro de una vida normal, satisfecha en lo económico y deliberadora en lo moral. Es decir, podría obtener unos ingresos muy aseados y, a la vez, podría establecer para sí las propias normas de conducta sin que nada ni nadie le obliguen a ser como hasta ahora ha sido. Fermín debe decidir si la vida lo lleva a él o si él conduce su vida como la más apropiada a él. Sin embargo duda, vacila entre proseguir tras el honor de la sangre del padre injustamente derramada y traicionar las leyes de la sangre orientándose por las de la ciudad de los hombres libres. Libres de ataduras con el pasado que coarte la libertad cotidiana. Fermín desconoce por qué cuerno del dilema vaya a tirar pero decide hacer la prueba, la del nueve, simple como la aritmética elemental: asesinar al tirano que fusiló a padre y descompuso su familia. Fermín pide una pistola a Joaquín Palazuelos. Le manifiesta su intención de asesinar al Caudillo, lo hará este verano del 56. Palazuelos, que lo ha consultado, le procura una pistola.

 

 

Fermín y este escritor, hilos de la trama nunca escrita de Fernando

 

Transición democrática es la expresión normativa pero jubilosa que a fuerza de repetirse y repetirse se ha vuelto transición democrática. A diferencia del buey que, cuando se le aguijonea, arrea y puede con todo para que no se le aguijonee más, al hombre se le echa a andar hablando de esperanza pues esas palabras no hacen daño, al menos dichas como palabras que no hagan daño. Y entonces el hombre arrea pues se le acaban de sugerir palabras de las que uno se dice a sí mismo para apechugar consigo mismo, que es como decirle algo positivo al hombrecillo de arrear que llevamos dentro. Por eso decir transición democrática fue hacerla a fuerza de írnosla diciendo pero, al comienzo de haber nosotros aprendido a decirla, la paráfrasis no decía todavía nada a mucha gente y nada hacía hacer, no la aguijoneaba. Eso debió sucederle al propio Ministerio de Justicia, ministerio democrático de la Transición democrática, ante el cual demandó una pensión de viudedad, en 1980, Juliana Martínez Ortega, viuda del fallecido Victorino Iglesias Gil (léase “fallecido” porque es ya conocida la existencia de una inscripción de fallecimiento oficial en 1939 de un desaparecido no oficial en 1936). En dicho Ministerio los funcionarios se hallaban todavía muy al inicio de aprender a decir transición democrática y rechazaron la petición de la viuda de que el Ministerio la reconociese como viuda. La pobre Juliana tendría que volver a pedírselo explicando por qué era viuda, y explicar no es contar un cuento sino dar razones o, al menos, dar razón de un hecho a la manera como un botánico hace con la polinización o un físico nuclear con la fusión del átomo: “Explíqueme usted por qué desapareció su marido” implica narrar cómo lo llevaron y qué pasó para que no volviera más, lo cual fue dicho como dice por escrito cualquier ministerio que solamente balbucea transición democrática sin que hable ni haya echado a andar como los niñitos que ya hablan y saben lo que dicen. El Ministerio sostenía que el acta acreditativa de viudedad a favor de Juliana Martínez Ortega levantada en Aranda por el notario José Escámez Morales ante tres testigos no concretaba los motivos por los que el fallecido fue fusilado: ¿Acaso desconoce alguien por qué se llevaron de casa a mi Victorino una noche de agosto de 1936 y por qué a los dos días lo sacaron de madrugada de los calabozos del ayuntamiento?, se preguntaba Juliana para preguntar por qué el Ministerio le preguntaba eso a una viuda de guerra, a ella precisamente a quien nunca ministerio alguno le dijo por qué lo hicieron ni dónde lo enterraron: así se preguntaba ella en lugar de que el Ministerio se hubiese preguntado a sí mismo en cuanto legítimo ministerio que quiere representar la Transición democrática. ¿Es que el Ministerio de Justicia de la Transición democrática ignora los motivos por los que de madrugada, en agosto de 1936, se sacaba a alguien de los calabozos municipales de Aranda y desaparecía para siempre?, se preguntaba además Fermín. Sin querer dar de lado a las justas ilusiones de ser declarada viuda de guerra que pueda tener una viuda septuagenaria, el hijo de la viuda no quería argüir motivos: ¿Que nosotros arguyamos motivos?, ¿tan de nuevas se hace el Ministerio?, se decía el Fermín de la transición democrática que había votado a la Transición democrática. Desde mayo hasta octubre se ha estado negando la familia a redactar ningún motivo: puesto que nadie ha querido dárselos no va a ser ella, la familia, quien al proporcionarlos estime que hubiese motivo alguno para el fusilamiento de padre. Suponer que existan motivos es ya aceptar la inevitabilidad de aquel hecho tan ruin, estúpido y cruel. El mundo al revés, piensa el hijo de la viuda: la familia justificando la Historia, la familia aportando una suposición sobre las razones de alguna de las páginas más trágicas de la historia, en lugar de que una alta instancia democrática tenga a bien excusarse ante esa familia y condolerse con ella. Por tres veces consecutivas piden desde el Ministerio que se concreten los motivos de viudedad de Juliana Martínez Ortega y, dado que la tercera es la vencida y que tras estas dacas se cortará el diálogo entre la viuda y la institución democrática, Fermín sabe que hay que ceder e inscribe ante el notario arandino y tres testigos la siguiente motivación: Sacarlo por la noche y fusilarlo por motivos políticos y oponerse a la sublevación. ¿Sabe alguien si Victorino se oponía a la sublevación de Franco?, ¿quién sabe si le preocupaba alguna cosa que no fuese la familia?, ¿no sería algún compañero de trabajo quien se habría deshecho de Victorino o tal vez un campesino a quien aquel cazador estorbaba en los sembrados o acaso algún otro vecino que envidiaba la solidez de Juliana y su familia? Un hecho cierto es que Victorino no era militante sindical ni afiliado a partido político alguno, sólo era ferroviario y padre de familia numerosa que se las ingeniaba para trabajar como mozo de tren y mantener un huerto, engordar un cerdo para casa y traer caza para alimentar a la prole. El caso es que la Transición democrática se lavó las manos como Pilatos haciendo que la familia de la víctima cargase con la prueba, al requerirle que inscribiera lo que todos sabían sin que ella nunca lo supiese de cierto, ni por boca del verdugo ni por el hallazgo del cuerpo desenterrado de su desaparecido esposo y padre de su prole. La ficción de inscribir funciona como un monumento ante el que tú te postras: Oye, esto va a misa. Tú lo aceptas y cumples, tanto da si se trata de un documento como de una señal de tráfico o la de un sendero de montaña, la inscripción va a misa porque funciona para que conste, tan indiscutible como una firma. La Transición democrática no indaga en si lo que Juliana inscriba es verdadero o falso porque hacerlo sería investigar sobre el verdugo y desenterrar muertos sin inscripción alguna, que es lo que trata de evitar el susodicho Ministerio de la Transición democrática. ¿Qué otra cosa habían hecho en 1939 las instituciones franquistas sino lavarse las manos aceptando la inscripción de fallecido, qué menos que echar sello y firma sobre algo tan aséptico como un desaparecido entre centenares de miles de muertos?

 

 

 

Por eso siente Fermín en 1980 que la adscripción ideológica al Partido Comunista que apalabró a mediados de los años cincuenta con Palazuelos estuvo bien hecha: ¿por qué continúan humillando a una familia que la dictadura mantuvo doblegada?, piensa Fermín resintiéndose –como un árbol abatido- de la transición democrática: y a sus cincuenta años y una familia más que atildada por la que se afana desde hace veinte le asoma por entre los poros de la piel una ira milenaria que parecía muerta desde su matrimonio, le asoma la ira por sus ojos que ven lo que casi nadie ve, y le asoma la ira por sus oídos que escuchan como un perro al amanecer hociqueando en la prensa como rebuscando en la basura. De entre los miles de recortes de periódico que Fermín tiene en sus cajones queda seleccionada esta noticia de los inicios de nuestra andadura democrática: Amnistía laboral a un ferroviario fusilado en 1936. La columnilla de tres párrafos del corresponsal en Vigo del periódico de tirada nacional informa que La Magistratura de Trabajo de Vigo ha aplicado la amnistía laboral al ferroviario José Francés Carpintero, fusilado en 1936 en la localidad pontevedresa de Tuy. Al efecto de que la viuda pueda recibir la correspondiente pensión, la sentencia condena al estado a pagar a la Mutualidad Ferroviaria la cuota de los 43 últimos años correspondientes al ferroviario fusilado. José Francés Carpintero había nacido en 1906 y en 1928 ingresó como agente en la plantilla en la Compañía de Ferrocarriles de Noroeste. En 1930 fue nombrado factor de segunda clase. Estaba afiliado a la Caja de Pensiones y, en el momento de ser fusilado, tenía una antigüedad a efectos pasivos de ocho años. Pertenecía a UGT y al PSOE. En la sentencia, el magistrado considera que el marido de la demandante fue fusilado por presunta oposición al movimiento militar iniciado el 18 de julio de 1936, por lo que es de aplicación la ley de Amnistía del 15 de octubre de 1977. En el fallo se condena al Estado a que ingrese en el organismo correspondiente las cuotas necesarias para que la Mutualidad abone a la viuda la pensión de viudedad con efectos iniciales desde la fecha de la resolución. Pegado al calcañar de la ira resucitada en la Transición democrática, Fermín reivindica ante RENFE los dieciséis días impagados que Victorino Iglesias trabajó en agosto de 1936. La misma ira le impulsa a prestar a la agrupación donostiarra del PC de Euskadi, gratuitamente y sin alquiler alguno ni plazo de devolución, un magnífico solar que él tiene en el donostiarra barrio de Gros. Además desarrolla pesquisas para dar con el paradero de padre hasta encontrar a alguien que le asegura por dónde puede andar el libro desaparecido del Ayuntamiento de Aranda donde habría de constar el ingreso en prisión de Victorino Iglesias y, acaso también, la empeñosa afirmación de Muerto en intento de fuga. Contacta también Fermín con los hijos del ferroviario Domingo Rasero, el vecino fusilado unos días antes que padre, y le sorprende que no estén tan airados como él. ¿Bajo qué aspecto puede ser humano el no querer hablar en 1980 de un padre fusilado en 1936? ¿A qué viene ahora, por fin ciudadanos libres e iguales, que no podamos hacer preguntas sobre el pasado régimen de Franco? ¿Está acaso el olvido tan justificado como la ira?

 

 

 

El escritor deja un momento de escribir y unta en el tintero preguntando al hombrecillo que lleva dentro bajo qué aspecto pueda ser humano el no querer hablar en 1980 de un padre fusilado en 1936. También le cuestiona a qué viene, ahora que somos ciudadanos libres e iguales, no poder hacernos preguntas constituyentes sobre el régimen dictatorial que dejamos atrás. ¿Está acaso el olvido tan justificado como la ira?, pregunta de nuevo el escritor tratando de horadar la retórica (de la prosopopeya y el apóstrofe, en particular) para que su hombrecillo escuche y le hable desde todo lo adentro en que se encuentre. Son preguntas que han alojado al escritor en el mismo territorio de Fermín causándole incomodidad pesarosa. El hombrecillo de la caverna no tarda en sugerirle que las vidas son como tejidos cuyo entramado lo tejen múltiples y diferentes hilos que se cruzan y entrecruzan: Tus hilos de escritor ya forman parte de la trama de Fermín desde que éste convino en contártela ¿no?, le insinúa el hombrecillo, y te convertiste en otro hilo de su trama vital… ¿ya olvidaste haber estado indagando impúdicamente en su vida con una grabadora, y haberle preguntado una y otra vez para buscar algo más que meros detalles?, además, has estado imprimiendo cierto estilo a tu relato del amigo Fermín (no al que grabó Fermín en tu grabadora durante diez sesiones), tal estilo has desplegado al escribir sobre él que la forma de escritura se te ha convertido en contenido biográfico tuyo, ¿acaso no lo has percibido?

 

 

 

Eso se le susurra desde dentro, aunque el escritor no ignoraba que en la biografía de Fermín ya había empezado a estar el propio escritor, si bien desnudo y sin oficio de escritor, desde la reciente muerte de un amigo común, la de Fernando López de Vicuña, muerte que ambos sintieron como una derrota personal y que precisamente fue lo que los llevó a ambos a conocerse y amistar tras la loa fúnebre organizada por el Centro Universitario donostiarra de los jesuitas de Deusto, donde el difunto había sido profesor de Econometría y Cálculo operativo. Una loa fúnebre a la que este escritor también había sido invitado en calidad de amigo íntimo del difunto, que ya sólo era difunto. En aquel acto público de enero de 2007 que congregó a una quietud desmayada de alumnos, amigos y conocidos del difunto, este escritor había abierto su semblanza de esta manera magisterial pero tan poco fúnebre: Nadie es dueño de su destino. Cada cual somos zarandeados por él y sólo llegamos a ser aquello que sea el anudamiento con otras personas que se han entrecruzado con nosotros al azar hasta formar un precario tejido. Uno no es nadie ni nada sin nudos que lo aten a algunos otros. Y lo que él mismo llegue a ser está condicionado por la mirada de esos otros hacia él, y lo que esos digan de uno tiene que ser negociado por éste para poder contar su propia historia con cierta verosimilitud. Cada anudamiento se da a conocer, por tanto, mediante múltiples historias y la verdad de cada nudo son todas esas historias a la vez. Claro que uno es el actor principal de su propio relato, pero hay otras múltiples actorías ajenas en el relato de cada uno que es preciso escuchar para entender uno su propia vida. Esos otros actores implicados en la vida de uno deberían escuchar también el relato que uno haga de ellos como parte paralela o tangente o secante del relato de ellos mismos. La vida humana se constituye pues como relatos en serie que narran series de relato ininterrumpido. Con la brusca interrupción de un relato no se quiebra el mundo, eso sí que no, pero seguramente la brusca interrupción de un relato muestra que no existen historias con final feliz. La vida continua, dice el superviviente pero cuando éste acabe otros dirán que la vida continúa. La vida, ¿qué es, sino el cúmulo de daños que evitamos pero también nos ejercemos unos a otros, nosotros, actores que urdimos nuestro propio relato? La vida buena solamente puede constituirse como aquella que aminore el daño que uno produzca al otro en la interacción. Gizonak asko sufritzen du, decía Gabriel Aresti en su poema: sí, el humano sufre mucho. Y yo, ¿qué estoy yo autorizado a decir de Fernando López de Vicuña Arcauz sino la parte de urdimbre que existió entre él y yo pero es susceptible de ser narrada por mí?, porque diga lo que diga yo de él ¿no será siempre un discurso sobre mí a propósito de él en mí? Nunca se pone voz propia al otro, y menos al difunto, porque qué sé yo de la urdimbre (susceptible de ser narrada) de Fernando con todos los demás con los que él interaccionó en vida? Sé poco más que trozos sueltos que él me pudo contar y que otros me contaron de él, muchos trozos que le producían alegría pero muchos también daño, incluso mucho daño. Bai, gizonak asko sufritzen du…

 

Desde el eco de este discurso, que proseguía de esa guisa transitiva, no resulta extraño que el escritor se haya demandado a sí mismo sobre la justificación o no de una ira, aparentemente enterrada antes de transicionar hacia la democracia, y se haya demandado también sobre la conveniencia o no de echar al olvido lo acontecido bajo la dictadura franquista. Tampoco extraña, pues, que esas ideas sobre qué sea escribir sobre uno mismo desde el espejo del amigo Fermín le hayan convertido al escritor en un actor que hurga en su propia memoria sobre la Transición democrática. A decir verdad, algo más que en la memoria ha hurgado el escritor pues un rato lleva ya en el que también ha estado removiendo los cajones del despacho por si daba con aquel artículo que escribió al inicio de la Transición democrática: muy al inicio debió de ser porque hablaba precisamente de cargarse tal inicio, aunque el artículo no llegara a publicarse. Se trata de un artículo que en cada una de sus mudanzas de casa ha solido ir conservando como testigo de un pasado poco lúcido y que le va resultando bastante más gravoso desde hace una década, que es cuando el escritor hubo de dejar su casa y su tierra para exterrarse de nuevo porque tenía un miedo fundado de que lo mataran, o sea, tenía miedo a morir. El mismo miedo agitado que por televisión ha visto que tienen los toros en la plaza de toros y se mean y se cagan, o el miedo estremecido que tenían ciertos perros de su infancia cuando eran perseguidos a pedradas en las marismas arenosas de Conde Caudilla por chicos que, al salir de la escuela de los Maristas, no hacían los deberes sino que con un pedazo de pan en la mano se juntaban en bandas para perseguir a los perros de la calle, o el miedo patético que tenían los gatos acorralados como bichos sarnosos, atrapados y atados a un árbol por sus cuatro patas con la panza apretada al tronco y aquellos zagales se las iban cortando una a una con hacha cuando tenían hacha o con piedras cuando no tenían hacha y arremetían a patadas con lo que quedaba del gato cagado y meado de miedo pero ya sin patas. Ese mismo miedo a morir, agitado, estremecido, patético, tenía hace una década este escritor cuando se marchó de su tierra por haber creído necesario defender que la Transición democrática ya había transcurrido, y no precisamente mal pues se había instaurado la democracia y podíamos decir y decidir lo que quisiésemos, y pedir e impedir lo que precisásemos, y que matar o hacer daño no era lícito ni lo era aterrorizar, extorsionar y campar vandálicamente por las calles con la gasolina en la mano. Cuando ese miedo hacía mear y cagarse al hombrecillo que el escritor lleva dentro, le pesaba mucho haber escrito a fines de los 70 lo escrito en aquel artículo de la Transición tras el que ha andado hurgando ahora mismo por todos los cajones donde pudiera hallarse aquel artículo. Teniéndolo entre sus manos pretendía el escritor volver a leerlo para saber de primera mano sobre sí mismo, sin que la memoria se le vaya por las trochas ni manipule lo que realmente pensaba él entonces, en la Transición democrática misma de finales de los 70: Los hechos nunca podrán ser otros a los que fueron, asegura para sí con firmeza impostergable, reconociendo como un hecho que él no votó en el referéndum de la Constitución democrática y que su abstención tenía mucho que ver con objetivos políticos considerados irrenunciables y perentorios pero que, ahora, a falta de esos papeles tras los que se ha afanado por todos los cajones, no sabría significar con exactitud. Sin embargo constituye otro hecho que el olvido no le ha arrebatado todavía al escritor el título exacto de aquel artículo fallido: Fuego a la Constitución. Sin embargo le consta que no se trataba de fuego real porque, cuando escribió el fracasado artículo, ya llevaba años combatiendo públicamente el terrorismo de ETA y de los GRAPO y FRAP así como la violencia de la estrategia de los PCI, PCEm-l, Komunistak, Bandera Roja, Larga Marcha por el Socialismo, Unificación Comunista y un largo etcétera de grupúsculos del Maokult. ¿De qué era metáfora, entonces, aquel airado fuego suyo contra la Constitución?, es la pregunta que le ha asaltado al tratar de significar ese punto del relato de Fermín, y responde para sus adentros que en la Transición democrática también él hubiese acompañado a quienes reivindicasen el salario impagado de un padre fusilado por los insurrectos, y sostiene que hubiese removido cielo y tierra hasta que a madre se le reconociese una pensión de viudedad por motivaciones políticas y que levantaría fosas para desenterrar el honor perdido de padre hasta encontrarlo, ya sin honor y convertido en un manojo de huesos. Sin memoria no habrá justicia, pensaba también él entonces (entonces como ahora en que existen terroristas que quieren olvidar y sus víctimas que se acuerdan de todo) pero pensaba además que había que exigírsela a los interesados en olvidar. ¿Que quiénes eran? Pues pensaba que no eran sólo los gerifaltes del Movimiento y pensaba que había que exigirles cuentas en lugar de ponerlos precisamente a ellos a dirigir nuestra lenta pero democrática transición democrática, aunque hoy piense que no estuvo tan mal aquella forma de transicionar de un régimen a otro, logrado a fuerza de habérnoslo repetido tantas y tantas veces.

 

 

 

Y, de oca a oca, acaba preguntándose a quién habría cedido él en la Transición un piso de más de doscientos metros cuadrados en San Sebastián cuyo precio actual ronda el millón y medio de euros, que es lo que hizo Fermín. ¿Había gente política a mi alrededor que se mereciera el respeto político requerido para cederle yo un local?, es exactamente su pregunta ahora que se halla, empeñoso, tras las cuestiones de Fermín. Una respuesta devorante asoma veloz en el escritor porque, recién llegado del exilio, a sus 34 años, él no tenía ni ahorros ni piso alguno en propiedad: era de los exiliados que venían tras haber consumido su inteligencia y todo su peculio en haberse preparado para volver (los exiliados ansían volver) lo más preparado que pudiese y tan pronto como venir pudiese. Ni piso ni ahorros, ha escrito, pero es que tampoco tenía trabajo para sacar adelante una familia con un hijo de cinco años, porque los militares de la Transición democrática de quienes tanto temía en su incendiario artículo no publicado, esos mismos militares le obligaban a hacer una instancia desde el Consulado español de Hendaya para acogerse a la ley de amnistía so pena de ser encarcelado en el cuartel mismo de Loyola donde se efectuaba la entrevista con ellos. Le recomendaban, pues, que hiciese como que no había venido todavía a España y desapareciese lo más posible de su vista, o sea de la vista de todos. Pero no desapareció y, por eso de comer y dar de comer al hijo, se puso a trabajar de peón en una obra de un pariente avecindado cerca de su domicilio, tratando de no ser visto ni inquietado hasta que la instancia franqueada en Hendaya llegase a los cuarteles de Loyola y el coronel Yoldi, que se hacía pariente lejano de la mujer del escritor y había tratado con deferencia al escritor haciendo como si no se hubiesen visto nunca en el despacho cuartelero del coronel, interviniese favorablemente. Y conforme sucesivas firmas jerárquicas dieron el visto bueno a sucesivos papeles oficiales, los mandos militares le obligaron a realizar tres meses de instrucción militar en los cuarteles de Araca, en Vitoria. Recuerda bien, por tanto, lo insondable que se vuelve la humillación de un exiliado que, abandonando una profesión de enseñante universitario en París, ha venido a hacer de abuelo de jovencísimos reclutas y de hazmerreir de enfatuados pero grotescos cabos y sargentos a quienes les hace reír la desportillada maniobra del cambio de fusil de un hombro a otro y también el paso ligero del desgraciado recluta con niño. No, él no tenía haberes ni nada en la Transición democrática pero, recuerdos aparte, reconoce que de haber poseído él pisos o dinero tampoco hubiese cedido un local a ninguna organización política, y lo sabe de buena tinta pues de no tener confianza en ellos, en los políticos, no la tuvo ni para dar su voto a una organización política. Y se fue consolidando la transición democrática sin que él participase en los comicios electorales ni otorgase a cierra ojos su confianza en organización política alguna, tal era el rechazo vomitivo que le había producido la constitucionalista voluntad de esquinar la referencia a la guerra y a la dictadura pasadas, o sea la voluntad general de echarlas al olvido. Sin embargo no le bastan estas sus respuestas tan primarias y con apariencia de enardecida contundencia, porque parece que lo realmente engorroso de que Fermín cediera un apetitoso piso es el hecho de que lo cediera a sus compañeros políticos: ¿Tanto confiaba en el comunismo el Fermín de la Transición democrática?, eso es lo que también le inquieta al escritor que recién venía entonces de haber echado al basurero cuanto quedaba de sus creencias marxistas tras haberse documentado comm´il faut sobre la absoluta falta de libertad en la URSS, y el Gulag y las chekas para los insumisos (Koestler, Soljenitsin) y sobre el capitalismo de Estado imperante en los países llamados socialistas (Charles Bettelheim) y también sobre la barbarie de la Revolución cultural en China (antologías de prensa de los Guardias Rojos). Por las grabaciones efectuadas, le consta que desde el verano de 1957 Fermín era perfectamente consciente de que en la URSS no existía igualdad ni socialismo pues no vino precisamente entusiasmado de su viaje a Moscú: Me di perfecta cuenta de que la gente del Partido, sus gerifaltes en especial, vivían de puta madre, se escucha en la grabación, y a los visitantes del VI Festival Mundial de la Juventud nos llevaban como a una manada borreguil ofreciéndonos cuencos llenos de caviar rojo y negro. En otra grabación se escucha el relato de otro viaje más tardío a Cuba, esta vez con su esposa, en el que le pareció abominable que los comunistas prohibieran a la ciudadanía criar gallinas o conejos pero tolerasen el robo de las maletas a los camaradas extranjeros. Al escritor se le ocurre entonces que, aun sin haber sido motivado por una excesiva confianza en el comunismo, bien pudiera ser una bondad extrema de Fermín lo que explicase el gesto de su bondad extrema: Hace falta ser santo y bueno para entender una acción tan generosa como ceder gratis un pisazo, ha anticipado para sus adentros el escritor. Pero al invocar esa virtud moral como factor causal de gesto tan extraordinario, toma conciencia de que todo queda como estaba pues no se sabe qué pasa con las cosas ordinarias y cotidianas de Fermín, que es donde se fragua la virtud: una virtud no explica si no es a su vez explicada pues, de lo contrario, apelas al círculo vicioso como diría Molière, ya que estás echando mano de la virtus dormitiva de los escolásticos para explicar por qué determinadas plantas pueden inducirnos a dormir y otras no. Descartada pues la hipótesis virtuosa, el escritor sospecha que, de ser inteligible el gesto de Fermín, únicamente habría de serlo dentro del relato de su vida. Ha dado con ello en suponer que cualquiera de las acciones de cualquier persona llegará a ser bastante previsible de conocerse cómo discurre su vida y de qué historias forma parte. Por ejemplo, no hace falta ser un lince para saber que ese yonqui que conoces parará más temprano que tarde en la cárcel, porque lo conoces bastante y sabes que quien mal anda mal acaba; y tampoco se necesitan conocimientos sociológicos especiales para vaticinar que al gobierno de progres llegaría un día algún pijoministro progre –que antes haya sido juez con mala conciencia pero mucho afán de protagonismo- y decidiera desde su doble cartera de acumulación de progresía como ministro de Justicia y ministro del Interior que un yonqui pudiera robar a diario sin incurrir en delito la dosis de droga que necesita a diario: una Ley Penal injusta era previsible conociendo al hoy alcalde progre de aquel Gobierno progre de la misma manera que fue previsible que aquel yonqui, acostumbrado por su familia a satisfacerse con su dosis diaria que ella financiaba, pasase a consumir gratis si robaba poco pero a diario. Estaba cantado que el progresismo de la nueva ley penal no evitaría la cárcel de nuestro yonqui porque le posibilitaba romper las contenciones familiares, aumentar impunemente su dosis y sobrepasar el dintel penal que lo conduciría a la cárcel, como así ocurrió. Cómo discurra una vida y de qué historias forme parte es, pues, la cuestión pertinente.

 

 

 

También es ésa la cuestión en el episodio de la pistola de Fermín. Y emplazado como se halla también ante ella, el escritor ansía conocer si era o no previsible que, en 1956, Fermín le pidiese al más íntimo de sus amigos que le consiguiese una pistola para plantarse con la pistola a un metro de Franco en la escalinata del Palacio de la Magdalena, dispuesto a descerrajarle un tiro con la pistola. Con la pistola en el bolsillo, tocándole el muslo y presionando con su peso hacia abajo el pantalón, apenas retenido por un cinturón empeñoso, llegó a estar situado Fermín en la escalinata a un metro de Franco. Pero no le disparó a Franco echando mano de la pistola con la que podía tirar contra Franco para matar a Franco. Aquel joven había llegado por fin ahí, en esa escalinata de piedra cántabra, había llegado a culminar la conversación que se traía consigo desde unos años atrás. “Ahí”, mucho más que instante rabioso y fulminante, es el territorio de los nuevos instintos de vida, una tierra jamás pisada por el joven a quien una cadena de decisiones ha conducido a… tomar por fin la decisión sobre la propia vida. “Ahí” es el novísimo suelo donde comienza una vida nueva, la vida de optar por seguir vivo a condición de matar tu sed de venganza. “Ahí” no es el tapete verde del destino donde se han echado a rodar los dados del azar sino el lugar mental de la voluntad donde puede acabar un estilo tuyo de vida y puede comenzar otro completamente distinto. Hasta “ahí” ha conducido una trayectoria que debe terminar para siempre ahí, bien sea satisfaciendo el deseo de muerte que arrastras desde un día de agosto de 1936 o bien abriendo la vida a nuevas solicitaciones de los sentidos y de la inteligencia. “Ahí” es donde te ha llevado el destino de agosto de 1936 después de que no hayas podido hacer otras elecciones que las que has hecho, pero es únicamente “ahí” cuando una nueva elección puede hacer variar tu destino. Es como cuando decimos hasta aquí hemos llegado y nos separamos de nuestro cónyuge o mudamos de carrera universitaria o nos echamos a las vías del tren: ocurre entonces algo definitivo, impostergable, lo único que pone ras con ras lo viejo y lo nuevo.

 

El mediodía en que bebiendo un rioja del año, un rioja alavés de Leza, Fermín le contaba al escritor esta contundente historia de la pistola, el escritor no se inmutó de tan contundente historia pues casi le pareció una historia cantada, como si la diera por sobreentendida al ir ya para dos meses que habían terminado las grabaciones de Fermín y haberlas él escuchado una y otra vez. Dos meses hechos los sesos agua por entender los ignotos rincones de la infancia y mocedad del octogenario amigo. Aquel mediodía del rioja casi crudo lo tiene muy presente el escritor pues Fermín siempre había solido pedir un blanco verdejo, pero ese mediodía aceptó pedirse un tinto del año con su amigo y éste guarda todavía junto al sabor imbatible a fruta el sabor torvo de lo previsible: lo previsible que era el que aquel muchacho hubiera tenido que sajar en algún momento de su vida el dilema entre vivir de otra manera o morir matando. Estas cosas, casi homéricas de lo trágico que son, ocurren muy banales cuando ocurren, pues ocurren en una escalinata y rodeado de mirones mientras la pistola te está dando un tirón constante hacia abajo en el pantalón sin que tú puedas tener metida todo el tiempo la mano en el bolsillo para aguantar el peso constante de la pistola, pero ocurren como trágicas porque estás decidiendo sobre la dignidad de tu vida. Esto que se acaba de sugerir tendría visos de obscena presunción cuando no de presuntuosidad mezquina a no ser que se añadiese que al escritor se lo ha apuntado así su propia experiencia actuando de apuntador invisible pero irrecusable: y conste que habla de la propia experiencia en cuanto serie de vivencias personales en momentos álgidos de su propia trayectoria. Experiencias: pongamos que un alcohólico quiere cambiar de vida y va y se inscribe en los Alcohólicos Anónimos, y ante una audiencia de gentes como él es capaz de confesar cómo se llama, quién es y cómo está hundiendo su propia vida y la de los suyos hasta que…; o que un drogadicto entra en el Proyecto Hombre para dar carpetazo a su vida pasada; o que un remordimiento, un ansia de perfección o el cansancio de vivir en la molicie dan al traste con la vida de un empresario, de una modista o de un artista llevándolos al cenobio, al suicidio o a la mendicidad. Pues bien, cuando la vida hastía porque no tiene trazas de ser digna, el hombre y la mujer valientes han sabido decir hasta aquí hemos llegado. También este escritor estuvo a punto de haberlo sabido decir en su juventud, he ahí una experiencia: estuvo a punto de ello el día en que Julen Madariaga se presentó en San Sebastián exigiendo una reunión urgente de la célula donostiarra para debatir sobre el liquidacionismo de los dirigentes. Era un día de otoño de 1966 y la reunión quedó fijada para la tarde noche. Don Carlos Aguirre, cura coadjutor de la parroquia San Sebastián mártir cedió una sala en los locales parroquiales a ese feligrés que todavía no era escritor pero ya era muy mal feligrés y lo conocía casi de niño pues había sido su profesor de griego en el seminario, aunque se puede inferir que ahora simpatizaba con la supuesta militancia política del joven feligrés de veintidós años y ex brillante estudiante de griego pero también poco rutilante ex seminarista. En la susodicha reunión de los bajos parroquiales del barrio de El Antiguo, liquidacionismo significaba que existen dos jefes cabrones que liquidan tus principios y también los móviles de tu lucha y están conduciendo tu organización revolucionaria hacia el reformismo. ¿Cómo van a existir en el mundo reformas revolucionarias si la revolución está en la punta del fusil?, Madariaga lo tiene ya dicho en un panfleto que escribió durante su exilio en la Argelia de los coroneles. Ese mismo Madariaga (junto con el líder trotskista de la IV Internacional, Ernest Mandel) lo ha explayado ese mismo verano en Bélgica ante una muchachada escogida entre la que se hallaba ese ex seminarista. Pese a que es inminente una asamblea para dirimir las diferencias doctrinales, Madariaga insiste e insiste. Insiste porque teme que en la asamblea vaya a brillar la capacidad argumentativa de los dirigentes liquidacionistas porque siempre es más cómodo ser reformista que revolucionario ¿a que sí?, sostiene Madariaga, y además teme que se imponga el aura militante de Iturrioz, un duro que, para sacar adelante su liquidacionismo, ha preferido pasar por comisaría y la cárcel a refugiarse en el exilio. Por consiguiente, concluye Madariaga, hay que deshacerse de Iturrioz antes de que tenga lugar la asamblea, hay que matarlo porque es el único medio seguro de deshacerse del liquidacionismo de Iturrioz, y se pasa a la votación de si matarlo o no matarlo y Madariaga se otorga a sí mismo dos votos para decir que sí, que matarlo, un doble voto seguramente por la calidad de ser un fundador de ETA y porque se la está jugando al venirse clandestinamente del exilio belga. El dirigente Patxi Iturrioz salvó su vida a resultas de aquella votación y este escritor se lo hizo saber en los años 90 (a los treinta años de los hechos que pudieron haber resultado fatales para su vida), se lo comunicó en el transcurso de una de las jornadas casi semanales en las que ambos se encontraban codo con codo en silencio tras la pancarta Denon Artean de apoyo a las víctimas del terrorismo de ETA. La semana precedente a este acercamiento entre ambos, Iturrioz había sido atacado en plena calle, precisamente tras esa concentración semanal, por unos jóvenes de la kale borroka que le rompieron la cara y las gafas. Nunca ha olvidado el escritor que tras aquella votación en los locales parroquiales de El Antiguo un profundo malestar invadió su alma y una bruma acezante la asedió, pero que aquel alma fue incapaz de abandonarlo todo prefiriendo salvar sus creencias más allá de las consecuencias inmorales de las mismas: A la postre ha brillado la cordura y no hemos matado a nadie, se decía para sí, desalmada, y las contradicciones se han podido solventar de manera tranquila.

 

 

 

O sea, concluyó que lo nocivo no habían sido sus creencias en la revolución violenta que, más temprano que tarde, conducen a plantearse asesinar a un compañero para liquidar las ideas del compañero, sino que lo nocivo eran ciertas actitudes personales de ciertos militantes, lo cual equivalía a hacerse trampa en los solitarios porque ¿qué son las creencias sino hábitos de actuar y cuando uno hace cosas muy disconformes con sus creencias es porque ya no cree en ellas? Bien pronto le tocó comprobarlo a aquel joven, aunque ahora mismo que ya no es joven lo escriba y, de narrarlo nada más, se le ponga el cuerpo desmedrado y tembloroso. Lo comprobó a los pocos meses de esa alevosa votación nocturna en los locales parroquiales en la que él había votado por la vida de Iturrioz, cuando ni él ni los de su célula donostiarra quisieron enviar un delegado a la asamblea porque discrepaban profundamente del método liquidador de solucionar el liquidacionismo. Diríase que se hallaban como sonados tras haberse jugado a los dados –como quien dice- la vida de un compañero. Sin embargo, a los pocos meses de esa primera parte asamblearia, los conmilitones que lo habían metido a él en el fregado revolucionario lo animaron a que se personase en calidad individual, y así fue él a la segunda parte de esa asamblea que se llamó segunda parte de la Vª Asamblea de ETA, donde se ganó la asamblea como se ganan todas las asambleas entre revolucionarios: o sea, amañando la asamblea con más gente de la tuya que con gente de la fracción enemiga para que las votaciones favorezcan a los tuyos. Y aquel alma en pena, que en la clandestinidad se hacía llamar Paúl, salió de la asamblea con el cargo de dirigente de la revolución vasca en la comarca del río Deva y lo primero que hizo fue juntarse con un amigo de París estudiante de periodismo, Ander Landaburu, para ir a visitar en su casa de Fuenterrabía al viejo león, Jorge Oteiza, como habían hecho los Epígonos visitando a Alcmeón después de que un oráculo les hubiese prometido que obtendrían la victoria sobre Tebas si Alcmeón se ponía a la cabeza. Este par de “nacidos después” (que eso es el epígono: en este caso, los nacidos después de cuatro Asambleas fallidas por la escasísima puntería de la teoría revolucionaria) dieron parte al viejo león de los nuevos planes revolucionarios y de cómo esta quinta vez sí que se iba a tomar la Ciudad. Oteiza, cual mirífico Alcmeón, los envolvió en un círculo con un abrazo cerrado, sobrecogedor, y mirando al techo de su taller como si mirase al Olimpo nevado pronunció aquellas palabras que salían con la necesidad impostergable del oráculo: Ahora vamos a asaltar la fortaleza. Eso dijo Oteiza y los dos epígonos salieron al campo de batalla sintiendo tiernos verdores de esperanza en el espesor de las hojas secas de la doctrina que pisaban. Era el invierno del 67 y él se sentía liberado de todas sus tareas, universitarias y familiares, aunque de éstas  últimas no le resultó tan fácil puesto que padre lo puso en el dilema de elegir bien: Si dejas la ETA tendrás esta casa y los estudios, de lo contrario, te marcharás de casa. El hijo pidió tres días al padre para pensárselo y, al cabo de dos, largó una coz robando al padre la documentación de su SEAT 600 y se marchó para siempre: todo un carrerón de no haberlo subsanado el azar en el plazo de breves meses. Para referir este tan corto pero providencial destino con palabras que vayan a carrera abierta en lugar de tener que repetirlo con palabras tartajeantes, el escritor prefiere reseñar el relato verdadero protagonizado por Cristóbal, Iñaki y Miguel Mari, tres actores secundarios de su novela Melodías vascas, y afirmarlo como vivido y sucedido en propia carne. O sea, experiencia pura y dura. El Cristóbal de la novela es El Cristo, apodo con que se le conocía al colega de andanzas de la comarca del Deva, estudiante de segundo de Económicas en Sarriko y cuya estatura chica y un rostro infantil blanqueado de albayalde le daban un aire adolescente contrarrestado sólo por un extraño vozarrón oscuro, abrumador cuando peroraba sobre la revolución pero que tanto o más gustaba departir sobre lo perentorio de atracar una sastrería para poder ir presentablemente vestidos. Miguelmari, estudiante de Económicas en los jesuitas de Donostia, era el nombre de verdad de este escritor que entonces no era todavía escritor sino que, tras su expulsión del seminario, había estado varios años en el extranjero aprendiendo francés y alemán mientras trabajaba en fábricas de la comarca alemana de Nord-Rhein Westfalen y de la suburbe parisina de Puteaux, y a la sazón cursaba con poca seriedad los estudios de Económicas. En París había conocido a Bruno, Baldu y Corcho, apodos de guerra de tres jóvenes exiliados vascos con los que amistó y terminó formando parte de su organización revolucionaria (por llamar con las palabras de entonces lo que no eran sino unos amigotes desorganizados que se habían exiliado tras un atraco frustrado en Vergara, pero que deseaban fervientemente imitar a Ho Chi Min y a Che Guevara y habían logrado hacerse con las riendas de la Vª Asamblea para imitar a Ho Chi Min y a Che Guevara). Miguelmari era propiamente el jefe de zona y se oponía al sueño de El Cristo de atracar una sastrería. El tercero, Iñaki, nombre de pila de un estudiante navarro de Leiza, alto y rubio y de ojos azules como les gustaba a las chicas donostiarras y a un palmo de acabar la carrera de peritos, la carrera de los estudiantes por quienes se pirraban las niñas donostiarras. El Iñaki acababa de ser captado para ETA por Miguelmari y eso de participar en un atraco le molaba bastante. Dice verídicamente la novela que

 

 

“En una de las visitas al piso, Cristóbal habló de la conveniencia de ir mejor vestidos. Según él, llamaban mucho la atención a causa de vestir la misma ropa. Cristóbal era un niño de papá con un negocio de hierros y nunca se había parado a pensar que su ropa solía ser lavada y planchada por la muchacha interna en casa. Ahora que vivía de liberado, sin criada a mano, resultaba igual de cómodo robar ropa para tenerla a mano siempre limpia. Pero mucho más revolucionario. ‘Ropa para la vanguardia del proletariado’, decía y sostuvo que conocía tres tiendas de ropa y que habría que visitar alguna de ellas para aprovisionarse y aprovisionar a otros compañeros (…)

Haced lo que se os ponga, dice Miguelmari, y le arroja a Cristóbal las llaves del coche y se repantiga en un viejo sofá de la sala. Como disponiéndose a dormir.

Iñaki, vámonos a Tolosa. Al gallina éste le faltan cojones, pero luego nos pedirá una chaqueta y camisas bonitas.

Iñaki siente cierta repulsa al cojonímetro pero la mala conciencia de no hallarse en el sitio debido le impide dar su opinión. Y piensa que lo mejor, por esa noche, será hacer lo que haya que hacer y despedirse para siempre. Esto no le da buena espina. Pero ¿quién conducirá el coche? Cristóbal se ha ido a la cocina a beber un trago de leche y también a él le apetece un trago de leche. Va para la cocina también.

¿Cómo vamos a ir nosotros dos si no sabemos conducir?, le susurra Iñaki ante el vaso de leche.

Ese cabrón vendrá, porque ya le he tocado el punto filipino. ¿No ves que vamos de duros? No aguantará vernos salir sin él.

Se toman el vaso de leche y cogiendo las llaves del coche de encima de la mesita de la sala Cristóbal sale al rellano. Iñaki le mira a Miguelmari antes de cerrar y éste grita desde el sofá que le esperen, que les va a acompañar.

Será por última vez. Haré de puto chofer y te llevaré hasta la mierda que me indiques. Pero que conste que, de hoy en adelante, ya no trabajaré más contigo. Así, ni hay organización ni habrá revolución.

 

 

 

     Cristóbal le guiña el ojo a Iñaki y sonríe sin saber que la amenaza del colega se va a convertir en profético destino para los tres en un par de horas. El chofer les conduce a Tolosa en silencio. Se detienen en la calle Rondilla. Cristóbal da una vuelta y vuelve. Al parecer está desorientado. Manda seguir hasta la calle Correo y aparcan y salen Iñaki con Cristóbal. Vuelven a la media hora. Cristóbal dice que no hay condiciones y ordena al chofer que siga hacia Zumárraga. Pasan Zumárraga y cuando circulan por la avenida principal de Legazpia, Cristóbal dice que ya ha detectado el objetivo. El chofer continúa hasta el final de la calle y obedece la orden de dar media vuelta. ‘Son las dos y diez de la madrugada’, dice Miguelmari. Son sus primeras palabras dentro de la furgoneta. No dirá más. Cristóbal ordena detener el coche ante una tienda de ropa. ‘Aquí es. Vamos, Iñaki’. Se aparca y salen los dos y caminan por la larga calle comprobando si están solos. Miguelmari retiene el motor del coche en ralentí y ha salido del coche a estirar las piernas pero sin separarse de la portezuela. La mantiene abierta. ‘¿Cómo entraremos?’, dice Iñaki. Cristóbal saca un martillo que lleva oculto en su sempiterna gabardina beige. Le arrea un golpe a la enorme vitrina de cristal. Luego otro. La noche crepita de cristales rotos, como cuando el ángel malvado con su séquito de ángeles malos fue despeñado cielo abajo por Dios. Es el mismísimo infierno. Cristóbal penetra en la tienda. Iñaki se queda acojonado en el dintel en medio de una eternidad de ruido. A escasos metros de Miguelmari, en la perpendicular misma y sin saber cómo ni por dónde, aparece un oscuro capote de guardia civil desplegado y enarbolando por su lado derecho una metralleta que la está vaciando contra el chofer. Luego el del capote da el alto. Un grito salvaje que termina con el último sonido de los últimos cristales cayendo al suelo. Un ¡alto! que oye toda la noche. Del interior del comercio salen varios disparos en dirección a aquel capote. Iñaki se tira al suelo y, a la vez, Miguelmari se ha tirado al coche y con los pies fuera va acelerando con la mano izquierda mientras retiene malamente el volante. El coche herido va describiendo curvas como un moribundo. ¿O es Miguelmari el que va muerto? Iñaki se incorpora y echa a correr hacia el lado opuesto, hacia arriba del todo, donde está el campo. Y sube hacia el monte. Y en alguna parte ve luces viniendo hacia él a lo lejos y cambia de dirección. Atraviesa un riachuelo pero no ve a nadie detrás y sigue corriendo. Prosigue corriendo con las luces del alba y ve algo así como un convento. Se escucha en su interior una campana de rezos y se refugia en un gallinero. Se adentra en la mierda y se alborotan las gallinas. Un hermano lego que ha debido de salir con un palo por si se trataba de algún zorro se asoma al gallinero. Iñaki se halla en el rincón más oscuro del gallinero. Sin decir nada se marcha el fraile. ‘Seguro que me ha visto, debo marcharme’ piensa el fugitivo pero está agarrotado. La Guardia Civil lo apresa al cuarto de hora. Lo llevan a las dependencias de la Comandancia de El Antiguo. Lo torturan durante tres días y tres noches. La cabeza dentro de la bañera. Sintiendo en el cuello la velocidad de la sierra de cinta. Colgado cabeza abajo. Con la cabeza en un saco de plástico y azotado con toallas mojadas. Molido a golpes propinados por guardias en círculo. Haciendo flexiones. Al tercer día dice su nombre y también los nombres de guerra de los dos colegas”.

 

Iñaki purgó ocho años de prisión por aquel atraco frustrado tras ser entregado a la Guardia Civil por los Padres sacramentinos de Gaviria. El escritor ha llegado a saber que El Cristo llegó al amanecer, muy descalabrado, al monasterio de Aránzazu y los franciscanos lograron sacarlo en hábitos de fraile facilitándole la huida a Italia, donde reside desde entonces. El hábito no hace al monje pero en aquella noche de ropas aquel muchacho logró vestirse apropiadamente para la ocasión. Miguelmari llegó a Francia quince días después tras una peripecia montaraz digna de un film de evasión, que no viene a cuento, aunque conviene advertir que en los días, meses e incluso años que siguieron a aquella huida su mente solamente quería saber por qué una ráfaga de metralleta disparada por un guardia civil a dos metros y medio no hizo blanco en su cuerpo pero sí alrededor suyo y en el centro mismo del volante del Ataúd, que ése era el nombre de guerra del Dos Caballos, bautizado así por el especialista que lo había robado para la Organización. Al no entender por qué seguía todavía vivo, Miguelmari se empeñaba en significar lo ocurrido como una advertencia, acaso la última, sobre la inutilidad de la senda en la que caminaba. Comenzó así a sospechar de las creencias mismas que profesaba, ¿no eran ellas las que le llevaban a carrera abierta hacia una militancia errática y aventurera?, y decidió tenérselas tiesas con su compromiso político y reemplazarlo por una vida civil ordinaria, tan primaria y simple como la del inmigrante, sólo que buscando significar la raíz de su desaguisado personal. Abandonó los estudios de economía y decidió ponerse a pensar, a ser posible matriculándose en filosofía. A la chita callando desertó de la organización, aunque lo manifestó explícitamente a la dirección en cuanto ésta le hubo comunicado que lo nombraban jefe de los exiliados (jefe, para organizar en Francia una estructura de apoyo) al par que reconocían con sobrada gallardía ante la militancia del interior que aquellos tres frustrados atracadores de sastrería quedaban expulsados de la organización. ¿Organización? ¿Qué había él organizado sino un desorden personal y social, y también moral? ¿Qué pueden organizar las ideas de revolución violenta en una sociedad pacata, muy catequizada por la Iglesia y silenciada por el pleno empleo? ¿Por qué vas a aceptar seguir organizado toda vez que te consideran expulsado? Desde estas interrogantes para devanar los sesos se le devanaban a él los sesos, y la respuesta de Miguelmari fue denunciar la doble moral de los jefes y su oportunismo negándose en redondo a jugar aquel juego pero, además, les escribió para insistirles en que él había tenido la inmensa suerte de comprobar que sus creencias en la liberación nacional y social de Euskadi (así se decía entonces) le habían conducido únicamente a embarrar su vida personal en una sastrería, pero que la suerte de salir indemne no les estaría reservada a todos pues a algunos les conduciría a matar y a ser muertos, y el hecho de que fuese en sastrerías era bastante irrelevante. Lo escribió así e inscrito quedó como un mensaje de mal augurio. Quienes lo recibieron le tildaron de pequeño burgués: cuánta razón llevaban al haberlo expulsado. Dos de ellos, los más concernidos por el augurio (puesto que eran quienes habían suplantado en la comarca del Deva a los frustrados atracadores de sastrería ahora convertidos en desertores) fueron bien pronto a tropezarse de manos a boca con la irritante predicción:

 

“Ya había sucedido.

A un tal Echevarrieta, estudiante bilbaíno de Económicas y   compañero de Cristóbal y a Sarasqueta, que acababa de abandonar el taller para liberarse en la ETA, les había sucedido ser los primeros asesinos. Ambos se habían caracterizado en pedir sañudamente la expulsión de los frustrados atracadores de la sastrería. ¡Santo Dios, atracar una sastrería con la de tareas revolucionarias que quedan por hacer!

Un motorista de tráfico ha sospechado del coche cuando les ve pasar a la altura de Villabona. Les adelanta y ordena que se detengan. Ellos se detienen y ofrecen la documentación del coche. El guardia civil comprueba los papeles y recela aún más. Se acerca a la matrícula trasera del Seat 850 cupé. Está oscureciendo pero se agacha con su linterna. Echevarrieta sale del coche y le descerraja la cabeza de un tiro. El policía cae hacia atrás despanzurrado. Echevarrieta le mete otros tres tiros en el pecho. Tarea cumplida sobre un policía que yace de rodillas con una linterna en la mano. ¡La de tareas revolucionarias como ésta que quedan por hacer!

Echevarrieta ha imaginado muy a menudo que hay que hacer eso y lo hace. Porque esa es la tarea revolucionaria y no atracar sastrerías. Echevarrieta es un estudiante acostumbrado a tomar centraminas. Remontar el cansancio de largas jornadas de lectura y desmontar el cansancio de largas jornadas de lectura. Había asegurado a menudo a sus colegas y lo había escrito: ya era hora de usar la pipa y pasar a mayores. Demostró que era de los que hubieran matado a un propietario de cualquier sastrería si se interponía en su camino. La cuestión es siempre tu camino. No la sastrería.

El camino estaba listo. Arrancaron el coche y se ocultaron en el piso de un fraile simpatizante de la ETA que residía en Tolosa. La alarma estaba dada y se hallaban controladas todas las salidas. El pánico de las centraminas. Me ahogo, salgamos al aire. Y salieron a la noche de la Guardia Civil, temerosos pero ufanos de sus pistolas. ¡Había tanto quehacer revolucionario! Y fueron detenidos al poco a punta de metralleta en un control de la bifurcación de la cuesta de Vidania, y Sarasqueta fue el primer cacheado. Extrañamente no le hallan la pistola que lleva en la cintura. A Echevarrieta se la encuentran y, como en la escena de cualquier western, todos echan mano de sus pistolas. Sarasqueta sale disparando tiros carretera arriba sin saber que su colega está cayendo muerto. En el mismo sitio del cacheo, al intentar sacar su pistola.

Sarasqueta fue detenido al día siguiente al salir de la iglesia de Régil donde se había refugiado. Un chofer lo había conducido allí, amenazado por la pistola. Al poco, fue condenado a la pena de muerte, tenía diecinueve años. Luego se le conmutó la pena y fue amnistiado nueve años más tarde, en 1977”.

 

 

 

Esto que dice el escritor en la citada novela había sucedido tal cual a los 14 meses de su fechoría y fuga a Francia. El exiliado todavía no era nada más que un exiliado muy vigilado por el Troisième Bureau al mando del comisario Duvernaud, un impersonal e insípido funcionario de policía perpetuamente retrepado en una silla con respaldo alto junto a una mesa repleta de dosieres policiales de cuya lectura siempre extraía exigencias del prestigio de lo inalcanzable para cualquier extranjero. Él era, pues, poco más que un exiliado pero estaba leyendo el diario Le Monde en Viena el 8 de junio de 1968, cuando preso de atónito espanto tuvo que encajar esa noticia del doble asesinato del joven guardia civil José Pardines Arcay y del jefe etarra Javier Echevarrieta en un punto de la N-1 próximo a la localidad guipuzcoana de Tolosa. El exiliado se hallaba en Viena con Fernando López de Vicuña, un muchacho alavés cuatro años menor y prófugo del servicio militar quien, tras abandonar sus estudios de ingeniería, estaba dudando de si intentar entrar en la rue Saint Guillaume para realizar los estudios de Sciences Po (así se enfatizaban allí las Políticas) o de si valerse de su talento matemático. Ambos muchachos habían amistado en París y tras un Mayo 68 vívido y bullanguero habían creído que en el definitivo discurso del 30 de mayo (Françaises, Français, la chienlit c´est finie) De Gaulle ponía término con una altivez militar casi sumarísima a muchas de sus esperanzas en ver cambiadas muchas cosas. Con los exámenes universitarios de junio postergados a septiembre por orden ministerial, decidieron hacer un viaje en auto-stop por Europa. Además, el exiliado se aprestaba a cobrar 25.000 pesetas por un poemario en eusquera, Euskal hilobia (“Moridero vasco”, todo un título sugerente del estado mental en que había vivido su último año), que acababa de serle premiado con el Ágora de San Sebastián, cantidad que le permitía abandonar por unos meses su trabajo de mozo de oficina en el que llevaba empleado un año con un horario à mi-temps, entre seis de la mañana y mediodía, gracias al que subsistía y estudiaba. También había enviado al premio Unamuno de Bilbao un relato corto en eusquera, de título casi exacto, Sumarino oria, un yelow submarine escrito para destripar sus devorantes fantasmas en el Ataúd, el coche que abandonó acribillado en Legazpia año y medio atrás pero cuyo fantasma todavía seguía conduciendo de aquí para allá a su alma, cual un taxista loco. La lectura de aquel periódico en Viena les había dejado el cuerpo como un río en ejarbe con los diques de la mente y del ánima destrozados y arrastrando troncos y maleza: hasta aquí hemos llegado prometieron ambos sabiendo que comenzaría de inmediato la famosa espiral de ETA, la de matar para que parezca que hay una guerra que obliga a matar. Los dos amigos decidieron ponerse manos a la obra en la crítica de las creencias nacionalistas que a ellos mismos les habían llevado hasta allá. “Allá” era tener que decidir si asesinas o no a un compañero tuyo porque es un liquidacionista o si, como un atracador de sastrería, caes o no estúpidamente muerto o si un joven guardia civil mientras de rodillas comprueba una matrícula de coche es o no asesinado de tres tiros por la espalda por un empeñoso revolucionario para quien las ideas de la guerra revolucionaria se ponen en práctica tirando a matar tú primero. La postración de Viena los puso a ambos tras la investigación de las condiciones por las que un vasco llegaba “allá”: Merecía la pena reflexionar, se dijeron una y otra vez, y también dijeron que merecía la pena inquirir sobre cuanto ayudase a que el puñado de jóvenes comprometidos con la construcción violenta de una patria vasca abandonase el compromiso. De esta manera dos exiliados resurgieron allá para el pensamiento de ser pensado de manera distinta a como ellos habían pensado: el pensamiento de cambiar de pensamientos que no resistan a la prueba de la verdad.

 

El exiliado, anochecida su mente y enferma su conciencia pensando que él mismo podía haberse hallado allá, en la N-1 de la comarca de Tolosa, con la misma voluntad ambiciosa de matar y ser muerto que tenía el asesino asesinado, aceptó con avidez leer un poemario de éste. El poemario le fue enviado por Pacho Unzueta, acaso desde Barcelona, por si el exiliado pudiera encontrar un editor en París. Al leer él previamente ese poemario que se leía como un moroso poema de muerte, se le calaban las páginas cual se le cala el motor al aprendiz de chofer, y se le calaban por la obligante aceptación de ser muerto que había en cada uno de los versos de aquellas páginas: nunca ha olvidado aquél “Sólo me queda marcharme solo/ y que la húmeda tierra me quiera”, un verso en el que tu cadencia de leer versos se te cala y no aciertas a embragar, meter la primera velocidad y soltar el freno de mano, todo de una vez. El editor Maspéro no aceptó aquel poemario y rechazó el poemario: el exiliado devolvió el poemario a su albacea pero ya alguna traza había dejado en su alma el poemario porque el exiliado fue capaz de s´engager a las órdenes de Unzueta en un último acto de servicio, un acto cultural como sería coordinar una exposición artística en París para finales de ese año de 1968 en favor de ETA, que ya contaba con una importante aportación pictórica. El exiliado se entrevistó para ello con Jorge Semprún, que oficiaba de preste en aquella liturgia en favor de ETA desde sus cuarteles de Saint Germain, y no recuerda cuántos cuadros para el magno acontecimiento recogió y guardó en su casa, acaso cuatro acaso alguno más, pero le impresionaron uno de Tàpies (dos huellas rojas que han dejado los pies untados de rojo del propio artista caminando sobre un lienzo blanco) y otro de Guinovar donde una muchedumbre gris corre abalanzándose sobre sí misma en un continuum de diferentes tomas posicionales de caída. Se entrevistó también con Paco Ibáñez quien se negó a colaborar con ETA en nombre de que él era español y estaba en contra de romper España (a los pocos años, en el mismo bar de esa entrevista, el Calvi de la rue Délambre, Paco, que ya colaboraba con ETA, llamaría españolista al exiliado), y también se entrevistó con Moustaki, afelpado en el cómodo sillón de hacer lo mismo que fuese a hacer Paco Ibáñez. Ahí acabó todo su compromiso organizativo porque el propio Unzueta lo tomó en sus manos todo, cuadros incluidos, y nunca más comunicó nada más al exiliado. Éste seguramente ya era convicto de desgaire a los ojos de aquellos militantes del interior, lanzados ya a tumba abierta a cavar tumbas para gente inocente aunque, para disimularlo, hubiesen comenzado ese mismo verano del 68 asesinando en Irún al inspector de policía Manzanas. El mentado acompañamiento cultural no fue el último tributo que el exiliado pagó a ETA porque, al poco, aterrizó en su domicilio un etarra muy malherido, Mikel Etxeberria, a quien le buscó un hospital donde le extrajeran la bala que todavía llevaba en un hombro y le curasen varias heridas más. Se trataba del asesino de Fermín Monasterio Pérez, un taxista que por negarse a hacerle un torniquete con un pañuelo fue asesinado. El asesino, que, previamente a volverse asesino de un taxista, ya venía herido al taxi desde Artecalle a causa de la policía, era también amigo del exiliado. ¿Por qué éste colaboraba todavía con ETA?, he ahí una cuestión que le ha asaltado a menudo pero mucho más ahora que está escribiendo sobre cuando colaboraba con ETA no queriendo colaborar nunca más con ETA. En su memoria encuentra al menos dos motivos explicativos de la dificultad de dar de lado de la noche a la mañana a aquel hatajo de creencias suyas. Una razón es que romper con las creencias de uno implica que uno mismo haga cosas que nunca las haría creyendo en ellas y, si bien había puesto kilómetros de por medio, el exiliado sólo había tenido ocasión de no hacer, pero no ocasión de hacer lo contrario o a la contra de las creencias postergadas. Es verdad que había dicho un tiempo atrás a los conmilitones que no aceptaba ser el responsable del exterior, lo cual ya era un cierto hacer lo contrario o un no hacer lo que se le pedía, pero en esta ulterior embarcada “cultural” de los conmilitones no supo decir que no haría lo que ellos le pedían que hiciera. De lo que se deduce que no es fácil cambiar de creencias porque para ello no sólo debe uno pensar que ha cambiado de creencias sino que debe usar las nuevas, debe utilizarlas porque son instrumentos para lograr nuevas situaciones, como cuando quienes abandonaron creer que el arado de vertedera era el mejor del mundo lo hicieron tras comprobar cómo araba el vecino con un tractor y entonces se compraron un tractor: las creencias también son instrumentos para lograr lo que queremos.

 

 

 

Nótese que, pese a esforzarse en cambiar de creencias, el hecho de que ETA usase al exiliado tras la trágica muerte de Echevarrieta contenía un factor sentimental añadido. Y ahí se perfila la segunda razón de la dificultad de dejar las viejas creencias, porque ello entraña también tener que dejar las viejas compañías con las que se creyó mucho: los conmilitones son quienes le han metido a uno en la revolución y salir de ésta supone tener que abandonarlos. Conmilitones son amigos, son compañeros con quienes se ha ido al monte, se ha poteado, discutido y amistado y hasta se ha podido haber hecho el amor. En consecuencia, uno rompe sus creencias revolucionarias y se queda solo. Lo cual en el caso de ETA puede entrañar que te hagan el vacío en tu pueblo, te aíslen en tu familia, te calumnien y vilipendien o, incluso, te maten. Y arrostrar estas consecuencias es la señal indeleble de que uno ha cambiado de creencias, al igual que el hereje sabía lo que hacía al creer “diferente” porque junto a él había siempre vigilante una Inquisición. La organización revolucionaria se convierte en una inquisición para cualquier militante que quiera pensar por cuenta propia, y esto no es mera frase retórica porque el escritor ha llegado a saberlo en su propia carne. Otra experiencia más. Sucedió poco más adelante, cuando ya su ruptura de creencias se había consolidado y pretendía darlas a conocer a algunos de los compañeros más próximos que todavía seguían en ETA, como fue el caso de Imanol Larzabal, amigo de barrio y compañero de equipo en el fútbol playero donostiarra antes de que llegase a ser célebre cantante. Cuando este amigo y su extensa red de compañeros, a la que llamaban Barnuruntz, fueron estimulados por el exiliado a abandonar ETA y soltaron amarras de ETA, ésta envió sus inquisidores a casa del exiliado suponiendo que en ella se hallaba la infraestructura que consigo se habían llevado los escindidos, al menos eso pretextaron en su casa. Desconocedor de aquella apropiación, el exiliado fue sometido a violencia por una docena de energúmenos comandados por un epiléptico al que llamaban Manitas y obedecía órdenes de los jefes Unzueta, Idoyaga, Garitaonaindía y Fano (Pacho, Pecho y Pincho como les llamaba en el argot secreto de la organización). El hereje quedó bastante lisiado durante la visita de los inquisidores y precisó intervención médica, y desconoce por completo la naturaleza de las discusiones acerca del método a seguir para eliminar a los nuevos liquidacionistas que debieron de darse entre aquellos conmilitones que se denominaban ETA-VI y reivindicaban para sí creencias trotskistas. Al poco, ETA llegaría al asesinato de compañeros herejes de los que Pertur y Yoyes son dos conocidas cotas de crueldad pero no las únicas. De todo lo cual se colige que es propio de la trayectoria épica del revolucionario llegar muy a duras penas hasta allá, hasta la raya misma en la que se dice hasta aquí hemos llegado.

 

Si bien la miserable creencia revolucionaria le iba a los alcances, hubo un “allá” para el exiliado, un comienzo de vida nueva más afanosa con la verdad y configurada como un ir tejiendo múltiples hilos con autores nuevos, lecturas nuevas y conceptos nuevos en compañía del compañero de Viena. En efecto, Fernando y él leyeron juntos al Marx de El Capital y la Introducción a la Crítica de la Economía Política y también el tomo 3º de las Obras Completas de Lenin (en las Éditions sociales belgas) para investigar sobre la acumulación primitiva de capital en el País Vasco y en España. Asunto en el que se afanaron durante un año y cuyo resultado les convenció de que ambos, así como sus padres y abuelos, eran tan vascos como españoles pues nuestra tierra vasca era una parte esencial y privilegiada de España y no había existido ni rastro de colonialismo español sobre ella (ésta era una de las tesis más musculosas imperantes dentro de ETA como modo ingenuo y soñador de justificar la guerra vasca de liberación nacional respecto de las metrópolis española y francesa). Sostenían los dos exiliados que en tierra vasca se había dado acumulación originaria de capital, o sea, un proceso endógeno de liberación de la fuerza de trabajo servil tras una industrialización completamente imbricada al mercado español y a las decisiones de un poder central impostergablemente intrínseco a los intereses de los industriales y financieros vascos. La conversación marxista de ambos tomó forma de panfleto, el célebre SAIOAK-2, editado en 1971, al poco del proceso de Burgos. Ya mucho antes habían expuesto su contenido a algunos miembros de la dirección de la ETA emergida tras el descalabro del arresto casi al completo de la dirección, en Potes (1969). Pretendían con ello los dos exiliados arrastrar a ETA al abandono de la doctrina nacionalista así como al cese definitivo de toda violencia: finiquitar con la ETA y construir un partido obrero fue en 1969 la propuesta que acaudillaban ambos amigos desde París junto a Peru Erroteta, un obrero de Baracaldo recién huido, y un cuarto desde Bruselas, Josemari Eskubi, que así abandonaba su recentísimo activismo. La nueva dirección de ETA prefirió deshacerse al modo leninista de aquellos moros y españolistas (sic) y continuar la espiral revolucionaria reivindicando para sí el plácet de los detenidos en Potes. Éstos, con Mario Onaindia a la cabeza, no cejaban en cantar el canto de los gudaris dispuestos a derramar sangre: ellos eran quienes habían tomado la decisión de asesinar al policía Manzanas y entre ellos, en prisión, se hallaba su asesino. Pues eso, que no cedían en el empeño de cantar el canto de los gudaris dispuestos a derramar sangre. A ser posible la de los demás.

 

Durante el proceso de Burgos (diciembre de 1970) ambos amigos se volcaron en cuerpo y alma mediante contactos con los dirigentes comunistas españoles y franceses en una agitación antifranquista de mítines y manifestaciones dirigidas a salvar las vidas de los diez vascos condenados a muerte. La gran manifestación de fin de año en París, auspiciada por el PCE y apoyada por el PCF, en la que participó una inmensa muchedumbre la abrían tres chistularis con su tamboril al brazo: el virtuoso Polentzi Guezala con Fernando López de Vicuña y el propio exiliado Miguelmari, que también sabía tocar. Éste había editado a ciclostil ese mismo mes un monográfico en eusquera sobre la muerte, con una traducción de Le Mur, de Sartre (efectuada por M. Lasa), y un ensayo personal comentando el célebre fragmento de la dialéctica entre el amo y el esclavo de La fenomenología del espíritu, de Hegel: el miedo a morir es lo que hace claudicar al humano bajo un amo, pero ese mismo miedo a morir someterá al amo a merced de su sometido. El monográfico había aparecido como nº1 de la revista SAIOAK y en ella se hacía público el manifiesto de varias docenas de exiliados que se disociaban definitivamente de la ETA pero apelaban a salvar de la muerte a los condenados a muerte. La única alternativa a ser nacionalista era no serlo. No ser nacionalista para nada, que diría Kertész.

 

 

Tras la razón de vivir

 

Tú, incipiente escritor en el exilio, siempre viva tu obsesión de negar la muerte y afirmar la vida, te habías puesto ya a prueba en mayo de ese mismo año con el asesino del taxista bilbaíno Fermín Monasterio logrando convencerlo de una retirada a tiempo y de abandonar la ETA. Habías buscado para él cobijo y lo habías hallado hablando con Santiago Carrillo, del PCE, quien lo envió a Cuba vía Lubliana: lo importante para ti era que en Euskadi faltase otro hombre más para apretar el gatillo. De manera que también ese asesino se desmarcó de ETA en el manifiesto que redactaste y fue publicado en diciembre de 1970. Hombre a hombre, mujer a mujer, se trataba de hacerles apostatar a cuantos creyesen en la necesidad de matar para librar una lucha contra España. Así comenzaste a ser escritor de exilio, alguien que ponía no sólo la pluma sino también su tintero al servicio de la reparación de los destrozos causados durante tan breve andadura por la ensoñación revolucionaria. Y en adelante tu vida sería tuya, un obrar en favor de la vida. Por el contrario, los condenados de Burgos, con Onaindia a la cabeza, os dieron la espalda: para ellos la vida era para darla matando. O sea, “un valeroso ejemplo vasco” del que se felicitaba el filósofo y escritor francés Jean Paul Sartre en su prólogo al libro de Gisèle Halimi (Le Procés de Burgos). Fernando y tú, dos exiliados vascos, detuvisteis un mediodía a Sartre en la rue Délambre antes de que, tras abandonar La Coupole desde el Boulevard Montparnasse, entrara en su casa doblando a la izquierda: Camarada, usted se ha equivocado de plano, le apostrofásteis con la audacia empeñosa del novicio, pero el filósofo que ya comenzaba a destacarse en la siniestra Cause du Peuple os aconsejó volver a la lucha hasta dar la sangre por Euskadi. Darla asesinando, claro, para que tú, camarada, puedas desde tu sillón escribir libros y prólogos a los valientes luchadores caídos, terminásteis de decirle, con un “que te jodan” final: Va te faire foutre, camarade! La vida digna, pues, lo más importante. Y no los arrimos al escritor célebre de sillón de ensoñar la revolución ni tampoco los aplausos del público enardecido que canta el eusko gudariak gera.

 

Al Fermín joven le había erosionado parecido dilema que a aquellos dos jóvenes exiliados y para decidir que no merecía la pena sacar la pistola del bolsillo e instantes después tener que caer muerto le había bastado valorar más su propia vida que su propia muerte. Ahí dejó él de odiar porque, dicho sin voz impostada, odiar a alguien es odiar la vida. En el gesto veinteañero de negar la pistola como medio y en el cuadragenario de negar el dinero como fin (cediendo gratis un inmenso piso a los compañeros de Partido) existe el mismo móvil, la vida digna. Fermín no lo hizo porque le sobrase el dinero, que nunca le sobra a nadie dinero y menos a quien vive de un salario y tiene tres hijas adolescentes, sino porque quería seguir conversando con sus compañeros y que éstos conversasen entre sí. Lo hizo por la misma amistad que había tenido para pedirle a uno de ellos una pistola. El irrecusable gesto monetario de altruismo convierte en verdadera aquella necesidad de amigos con la cual solucionar una historia personal de vida. La decisión de Fermín de vivir sin odio y de no caer muerto víctima del odio sólo fue posible merced a que tenía amigos y uno por encima de todos, Joaquín Palazuelos. Es legítimo inferir que la virtud implicada en la altruista acción de la Transición, de haber alguna, no sería la inmensa bondad de Fermín sino un enorme coraje, un mirífico valor para llevar adelante la creencia de que la conversación entre amigos es una parte esencial de la vida digna.

 

 

 

Llegas a esta conclusión tras haber examinado por qué, de recién llegado del exilio tú no lo habrías hecho por organización alguna pero sí lo hiciste en 1971, en París precisamente, cuando regalaste a tus compañeros un Renault 4L, a la sazón tu única propiedad. Un automóvil que previamente habías camuflado para poder introducir en Euskadi literatura antifranquista y contra ETA. Os hacíais llamar SAIOAK (intentos, tentativas) y mucha gente “del interior” quería saber vuestras razones para haber abandonado el nacionalismo y dejado de propugnar la violencia para alcanzar objetivos políticos. Érais unos muchachos en conversación permanente, locos por discutirlo todo y lo suficientemente idealistas para creer que hablando claro la gente iba a verlo claro. Intentos o tentativas de entenderse hablando, eso érais, una muchachada marxista dispuesta a transformar el mundo con la palabra y la esperanza obrera. Por consiguiente, tampoco tú fuiste bueno al regalar tu única propiedad al grupo de amigos y menos todavía hiciste un cálculo oportunista: simplemente hiciste lo que debías hacer para continuar el trazado de tu vida. En la Transición, en cambio, ya no tan joven, no compartías amigos políticos por los que sacrificar no ya un coche sino ni siquiera un litro de gasolina, pues habías abandonado cualquier creencia que diera sentido a un quehacer político junto con otros: la transformación del mundo que te urgía entonces era la transformación de tu mundo, o sea, de ti mismo. Debías volver a pensar la vida, por si cupiese mejorarla. Estabas solo, políticamente descreído, necesitado de repensar en la trayectoria personal, por eso entiendes el gesto de Fermín como humanamente intachable, dado que le deja a uno muy solo el hecho de abandonar las creencias compartidas y las reuniones, y lo que esté pasando en el mundo lo tengas que enjuiciar por tu cuenta sin la ayuda del “análisis de la realidad” que elaboran los bienpensantes de tu organización, debes buscarte nuevos lugares de frecuentación, te atacan tus ex compañeros sin que te defienda nadie, ninguna doctrina te cobija. El exiliado, que había huido solo al exilio, volvía del exilio aún más solo pese a traer consigo esposa e hijo. Además, el día de su llegada a San Sebastián con el pasaporte de Fraga Iribarne en la mano, el 28 de agosto de 1976, llegaste a la casa paterna y tu padre, de sólo verte, cae fulminado. Se halla enfermo en una silla de ruedas pero no puede resistir la sorpresiva emoción de tenerte junto a él. Diez años atrás lo habías matado en efigie pero, ahora que venías a pedirle perdón y reflexionar con él, precisamente ahora se te moría de verdad en los brazos. Tu cuñado, experto en socorros de urgencia desde que hiciera un cursillo en la fábrica de papel de Hernani, se abalanzó a hacerle la respiración artificial pero le dijiste que parara, que lo dejara morir en paz. El cuñado te miró y comprendió que su suegro no ganaba nada con volver a la vida. Hijo pródigo, quedaste mucho más solo todavía. ¿No es la soledad el símbolo de la sinrazón de la vida, no bien la queramos volver digna?

 

 

Padre nuestro

 

Ahora que lo refiero y tengo en el tintero la memoria de padre comprendo todavía más a un Fermín niño teniendo que llegar a ser adulto sin la posibilidad simbólica de matar al padre, un Fermín para quien los amigos del PCE eran como el anclaje paterno al mundo: ves que esos amigos son humanamente feos y aburguesados, que no practican lo que dicen creer, que su comunismo es de pacotilla, que el comunismo mismo es como una etiqueta oriental del capitalismo, pero ellos te dan seguridad, “analizan” la realidad que tú solo no comprenderías, dan fijeza a ciertas creencias tuyas sobre la justicia social y sobre la igualdad, o sea, que los necesitas para seguir hablando con el mundo. Y vas y les prestas un local desde donde tus compañeros otearán lo real contigo y acaso se empeñen en transformar algunas de sus aristas.

 

Mi padre era también el padre de impostergable necesidad de mis otros siete hermanos y por eso siempre que me refiera a él deberá entenderse como nuestro padre, que es como siempre se decía en vascuence de cualquier miembro familiar pues uno era alguien a condición de pertenecer a todos los de casa, quienes, a su vez, le pertenecían a uno. Padre era el menor de una familia de molineros que en la Gran Guerra abandonó el campo por la ciudad como lo abandonaban cuantos se sacudían de su pasado. Con ello la familia quemaba para siempre las naves de la tradición a causa de que un empresario codicioso, para instalar su fábrica, había cortado el canalillo de agua del río Oria, que movía el molino de nuestro abuelo. Era este abuelo de Zaldivia (del caserío Unanuebieta), un aldeano de un linaje de hombres recios de carácter desmesurado: Martín, hermano suyo apodado Boleo, se dedicaba en solitario a perforar galerías para acometidas de agua en los montes vecinos sin más equipo que palancas, mazas, picos, palas y cestos. La familia le introducía víveres cada semana y no salía del agujero hasta finalizar el trabajo. Cuando el servicio militar lo llevó a África, mi abuelo Miguel, que hacía el pan para la tropa, quedó tan prendado de una mora melillense que decidió quedarse a vivir con ella una vez licenciado. Hubo de personarse allá lo más pertinaz de la parentela para traérselo de nuevo a su tierra donde mi abuela lo esperaba para casarse. Pese a todo, mi abuelo tuvo un hijo con una de sus primas que servía en el molino logrando mi abuela del párroco que internaran a aquella chiquilla en el manicomio de Santa Águeda y ofrecieran a alguna familia necesitada el retoño de nuestra sangre. No hace todavía dos lustros que murió esa desgraciada prima de mi abuelo sacudiéndonos su historia con impotencia sobrecogedora. El abuelo plantó el nombre de Miguel en cada una de las familias de sus hijos y no hace falta decir que él es mi padrino pues quienes me conocen saben que he heredado desde la pila bautismal su desatada demasía para la acción y una terca desmesura de la voluntad de la que a menudo penden mis destellos de inteligencia como racimos en agraz. A decir verdad, se me han ido muchas cavilaciones en saber qué hubiera sido de mí de haber sido apadrinado por los padres de nuestra madre, aldeanos todavía aferrados a la tradición entre quienes conviví durante dos veranos de mi infancia y cuyos hijos siguieron todos la ley del caserío: ellos, trabajando de criados antes de hacerse con un caserío y, ellas, bombeadas a la urbe de criadas internas. Me asalta la idea de que, si hubiese sido así, mis tendencias congénitas acaso pudiesen haber sido sujetadas por el pragmatismo y el sentido zorruno de la ley de la tierra evitando la inmediatez de la respuesta y su atolondrada claridad, sin embargo sé bien qué me hubiese esperado de haber sido yo más parecido al campesino del Goiherri de mis ancestros maternos, o sea, un campesino carlista que por carácter se ha plegado tardía pero masivamente ante el nacionalismo más radical. Prefiero creer que la demasía y el exceso de mi abuelo paterno tuvieron el destello luminoso de abandonar cualquier veleidad de reconversión rural a cambio de una ambiciosa e improrrogable apuesta de cerrar los ojos al pasado y abrirlos al futuro. La emigración a la urbe le depararía una amplitud de elección, de mayor envergadura sin duda para cuantos hemos sido sus nietos pues para sus propios hijos la corazonada a cierra ojos del padre molinero sólo ponía proa a la más desgarbada incertidumbre.

 

 

 

A padre lo metieron en un lento pero liberador carromato tirado por dos caballerías alimentadas con avena donde mi abuelo había metido todos sus enseres y avíos, incluida su esposa con un hijito de un año, o sea nuestro futuro padre. Junto al carromato y una yegua apersogada a él corretearon sus hermanos mayores desde Legorreta hasta los arrabales de Donostia, en la Ondarreta que comenzaba su ascensión a Igueldo, donde mi abuelo había olisqueado el negocio de ofrecer parada y fonda a los arrieros que desde las canteras de Igueldo bajaban con sus bueyes la piedra con que estaba siendo ensanchada, casa a casa y adoquín a adoquín, la ciudad. A mi abuelo no le salió bien el haber trocado el trigo por el vino porque su tasca se estaba convirtiendo, sin equívoco posible al decir de mi abuela, en desfallecido garito de borracherías y pendencias. Y por imperativo conyugal mi abuelo (junto con Yigli, una yegua de tiro supuestamente similar en garganta a la alborotada facundia musical de Beniamino) cambió el vino por el carbón, desbrozando así la senda profesional de tres de sus hijos con sus respectivos hijos. Yo procedo de la saga de esos hijos de nuestro abuelo renegridos por el trabajo y, aun sin haberlo elegido para mí, también hube de apechugar con el carbón. Desde los siete años, con un buzo de mahón azul oscuro que ennegrecía al instante, ya me ponían a sostenerle los sacos a mi padre y a acompañarle en la sierra mecánica a servir las ramas y troncos de aliso que él cortaba en tiras planas para luego hacer de ello tacos y astillas con el hacha. Con nueve años empecé a manejar el hacha grande de mango corto y adquirí cierta destreza en la fabricación de astillas sobre un tronco cilíndrico erguido en vertical. A diario, antes de ir al colegio de los maristas y cantar en formación el Himno Nacional, yo ya había sudado hora y media junto a mi padre y, después de las tareas escolares vespertinas, no era raro que volviera a sudar en la leña. Los veranos, el horario de trabajo tomaba grosor. Y así hasta los doce años, en que me internaron en el seminario adonde ya llevaba conmigo unas inmensas ansias de estudiar, un hábito regocijado ante el trabajo y una traza indeleble en un dedo tras haber sido rozado por la cinta dentada de la sierra mecánica. Los tres hermanos varones que me seguían prosiguieron ese bosquejo de muchacho dócil ante el padre y aplicado en la escuela pero, tras el bachiller, les tocó otro azar: a dos la ingeniería y, al menor, la medicina, estudios que todos compaginaron ayudando a padre. El peor destino había sido para nuestra hermana mayor a la que, a sus trece años y pese a una inteligencia descomunal, que las monjas Esclavas del Sagrado Corazón querían impulsar, recluyó nuestro padre en el lóbrego sótano de la carbonería de Ondarreta, un antro que en la marea alta acogía ratas pero también las embestidas del mar por estar paredaña del río Comporta, el desaparecido río que antes del transvase al colector municipal bajaba su caudal a lo que hoy conocemos como el chillidano enclave del Peine de los Vientos.

 

No cabe duda de que la guerra civil actuó como un gozne fatal que desvía en el otro sentido la vida de un joven corpulento, bromoso y extravertido como había sido mi padre hasta los veinte años. Hasta ir a la guerra había sido un fortachón de algo más de cien kilos pero de cuerpo nervudo, rostro de una belleza de comulgante, tez frutal y pelo castaño muy ondulado. Ganoso como era en todo lo que hacía (porque “mejor no hacer nada que hacerlo mal”, impostergable consigna que nos imprimió a cachete limpio a los hijos), por doquier lo estimaban las cocineras donostiarras porque, tras estudiar cada fogón y chimenea, sabía combinar la mezcla de carbón antracita y hulla más apta para hacer durar la combustión. Y le estimaban los aldeanos de Igueldo cuyas reses transportaba con diligencia y resolución al matadero. Lo estimaban ellas porque las engatusaba dándoles bromas o, a las menos enfadosas y de buenas carnes, un pellizco. Lo estimaban ellos porque sabía amoldarse a las dificultades de transporte de cada animal pero, también, a la imaginación asilvestrada de los propios campesinos haciendo del trabajo un juego competitivo: aún se recuerda en un caserío su récord de haber cogido del suelo un cochino de cien kilos en cada mano y haberlos echado ambos en la camioneta. Lo estimaba el sidrero Zamora, del Buenavista de Igueldo, a cuyo tolare acarreaba año tras año las fragantes cargas de manzana desde la provincia. Lo estimaba el señor Paulino Rueda, gerente del restaurante de la Playa de Ondarreta y del Real Club de Tenis, porque únicamente mi padre sabía hacer en una sola tarde el traslado de toda la vajilla, cristalería y existencias sin que se rompiese un solo vaso o faltase una botella de alcohol. Para la mudanza mi padre echaba mano de sus hijos y de los más cuidadosos barrenderos municipales mientras él mismo recibía la carga y la acomodaba en el camión tras habernos dado a cada cual órdenes precisas sobre qué acarrear en cada giro. Siempre escuché decir a viejos leñadores de Ereñozu y Fagollaga que venían a casa a cobrar las decenas de toneladas de leña, que anualmente les compraba mi padre, que jamás habían visto antes de la guerra cargar al camión troncos de gran corpulencia como lo hacía mi padre: Pero ni tú ni yo somos los mismos de antes de la guerra, les respondía padre. Mi madre, criada interna a la sazón en una de las villas de Ondarreta, debió de sucumbir a sus encantos. A mí mismo los más viejos de Igueldo me conocen como el hijo del carbonero.

 

 

 

Vamos, que tres años de guerra y otros tres de castigo en la posguerra imprimieron un giro vital en aquel muchacho que había sido una torrentera de voces con matices y de dichas instantáneas. Cierta vida social en sidrerías y frontones fue cancelada para siempre y para siempre colgada su cesta de remonte y también su leño corto con los que ensayaba unos pelotazos las tardes de domingo. Hicieron de gozne del fulminante giro de su vida los tres años de guerra con una herida de metralla en el cuello y un episodio de tifus en Zaragoza que lo tuvo entre la vida y la muerte, y los otros tres años de servicio militar en Vitoria bajo control político. Este severo castigo le fue endilgado por haberse equivocado de bando cuando a sus diecinueve años, antes de entrar las tropas del requeté en San Sebastián, había optado por abandonar la camioneta y el carbón para acompañar a pie a unos amigos de barrio hasta Azpeitia, donde reunirse con los gudaris. Éstos le pusieron al mando de un tractor oruga con la misión de subir los cañones a las cumbres de ataque y bajarlos cuando el cuerpo a cuerpo aconsejaba la retirada, cosa que ocurrió una docena de veces en la misma cumbre, el Inchorta. Así hasta la claudicación y entrega en Santoña donde padre, que trasteaba con la mecánica de los tractores y cañones, pudo hacerse el longuis y huir a pie hasta Gijón con otro colega por si algún barco los sacase de aquella guerra. Ambos fueron apresados y, tras una detención en la plaza de toros de Gijón, conducidos a un batallón de castigo junto a moros en el frente de Teruel y luego del Ebro, preludio de la victoria final. Aquel soldado, ex gudari desertor pero vencedor con el campo franquista, acabó la peripecia de seis años de colapso personal habiéndose casado y tenido dos hijos. Durante los permisos del servicio militar de aquel soldado imbatible al desaliento mi madre se convirtió en esposa, nació mi hermana y yo fui el segundo engendro. Otro gran cambio se dio también en aquel hombre hecho y derecho tras aquellos seis interminables años de estupidez nacional y derrumbe personal: la retradicionalización folclórica vasquista que de joven había vivido junto con sus hermanos mayores durante los años de la República se le convirtieron en un supuesto ideológico nacionalista. La denotación mayor de su nacionalismo post-bélico fue una aversión duradera a Franco (a quien, pese a todo, había preferido servir por evitar lo peor) y una enfática veneración por los gudaris muertos entre los que se hallaban varios amigos de barrio con quienes se había alistado, sentimientos que aumentaban el ethos vergonzante que compartía con el nacionalismo vasco tras su entrega a los fascistas italianos en Santoña, y generaban en mi padre un estado anímico de silencio esquivo a la hora de significar esa parte de su más reciente pasado. Y aun siendo la parte más reciente de su vida, siempre quedaba como la más oscura y remota. Yo siempre preguntaba desde muy crío cómo ocurrió todo y nuestro padre nunca respondía de manera satisfactoria. Yo siempre quería entender y solamente creo haberlo entendido cuando, ya de muy mayor, me apercibí de que nuestros padres tampoco habían comprendido nada de cuanto les había pasado. Acaso por eso llevaban en armonía cristianamente inaudita el hecho de que mi madre tuviese dos hermanos soldados llamados a filas en el bando nacional, uno fallecido en la guerra y el otro exiliado en Francia tras desertar en el frente de Madrid. La religión les había proporcionado a mis progenitores el significado liberador del perdón y olvido que ambos necesitaban para mirarse mutuamente con lealtad, acaso la única forma de amor conyugal que he sido capaz de apreciar en ellos. Supongo que padre se hizo de la Adoración Nocturna por no cortar del todo con el mundo y seguir relacionándose con los Sorrondegui, los Larrea y tantos ex gudaris del barrio con quienes conversaba y hasta compartía un trozo de queso con una botella de sidra en aquellas largas noches de sábado en turnos de vigilia ante el Santísimo expuesto hasta el amanecer. Si madre veía mal esas salidas mensuales de su marido, porque lo que precisaba aquel cuerpo cansado hasta la extenuación no era una noche de vela ante Dios sino un descanso liberador, vio aún mucho peor la partida del esposo con sus compañeros al Congreso Eucarístico de Barcelona, en 1956, pues ella quedaba sola en casa al cuidado de siete hijos. El viejo camión de carbón que, bien limpia su caja y con unos bancos laterales de madera acodados a las cartolas de un metro sobre las que se había dispuesto un toldo de lona oscura, fletó mi padre para transportar a dos docenas de caballeros adoradores se ganó a pulso el mote de El abuelo que le sacaron en Barcelona y no le caía nada mal. El camión más arcaico de los que llegaron a Barcelona tenía una tara de cuatro toneladas y había llegado a ser camión tras el desguace de un ancestral Dion Bouton, autobús de peregrinos a Lourdes. El milagro que con él habían hecho fue conservarle la cabina, el chasis y la caja de cambios e injertarle un motor Buick con su caja de cambios disponiéndole una cajera con sus cartolas. Por esta razón el camión de padre era un portento de dificultades de manejo merced a la durísima dirección y un cambio con dos palancas de a cuatro marchas, con corta y larga incluso para la marcha atrás. Cuando al inicio de los años sesenta le fue colocado al camión un volquete hidráulico, pasaron a ser tres las palancas de recio acero que se erguían en la cabina ante el conductor y uno de mis sueños nocturnos que con intermitencia pesarosa todavía me asaltan es que lo conduzco marcha atrás cargado con siete toneladas de carbón hacia un lugar preciso de nuestra carbonería pero, al accionar el volquete, el camión se me encabrina hacia adelante. Si el sueño significa algo, no será ello ajeno a que cuando a mis diecinueve años me hubo ocurrido esa desafortunada maniobra del sueño, mi padre me había prohibido con rotundidad volver a conducirlo nunca más. El único percance de El abuelo en aquella odisea a Barcelona tuvo lugar al atravesar la ciudad de Fraga donde, retenido ante un rebaño de vacas que cruzaba la calle, la más furiosa de ellas le embistió rompiéndole el radiador. La fractura de las relaciones entre madre y padre a raíz de aquella odisea eucarística duró varios meses, y acaso fue gracias a la intervención del párroco como se restañó. Mis padres tuvieron al poco su castigo divino pues un nuevo y tardío retoño presentó candidatura a la existencia. Me consta que no lo querían tener y mi padre quiso saber mi opinión (que era no tener opinión) porque el curilla revolucionario del momento, don Manuel Odriozola, ante quien habían acudido en pos de ideas innovadoras, les había conminado a tener el no deseado retoño. Resultó niña y, al poco de nacer, la atacó gravemente una polio que aún la tiene postrada en una silla de ruedas. Mis padres lo aceptaron como castigo de Dios a sus tonterías conyugales y, en adelante, ambos vivieron temerosos de la espada del ángel que les podría expulsar del paraíso. Si ante el silencio de la muerte anunciado durante los seis años de su trágico paso de joven a hombre hecho y derecho, mi padre lo único que comprendió era que debía hacer algo, obstinarse en algo sustantivo y así enfrentarse a ella, la muerte, ante este nuevo pero silencioso bufido suyo anunciado con motivo de una hija tardía, no deseada y paralítica, mi padre creyó entender que era su propia vida lo que debía inmolar, día a día, en favor de aquella hija. Padre murió pronto, a los 61 años recién cumplidos, reventado de trabajar y ansiando que el ángel bajase la espada y lo dejase pasar. Madre había trabajado de criada desde sus catorce para unos señores vascos terratenientes en Filipinas y Cuba, unos señores que la buscaron entre las campesinas de caserío con vacas, a ser posible de su mismo apellido, Inchausti, que ellos lo escribían Yntxausti por su énfasis nacionalista. En honor de madre siempre conservo en mi DNI su grafía y la desmarco de la de los señoritos terratenientes que creen que Euskadi es tierra toda suya. De sirvienta estuvo, pues, en París y San Sebastián al servicio de una familia de abolengo racial hasta que lo fue de su marido y de sus hijos. Madre sobrevivió treinta años a la muerte de su esposo y quiso gobernar la familia como lo había hecho él, pero de una madre siempre sus hijos esperaban otra cosa.

 

 

 

Padre fue exageradamente riguroso con el trabajo, exageradamente inflexible ante la responsabilidad familiar y exageradamente estricto para con la religión, un adverbio único pero enfático para tres adjetivos contiguos que casi lo sustantivaron a él, pues trabajo, familia y parroquia fueron el único campo de operaciones en el que se desarrolló su portentosa fuerza vital tras los seis años de calamidad nacional de su juventud. Tras estos seis agónicos años, su corpachón de mozo se le había difuminado ya entre las sombras de una carne cautelosa y, si bien su alma vivaracha y decidora aguantaba el tipo en el trato con la clientela, para los de casa se le fue volviendo estremecida y dura. Aprendí de mi madre desde muy niño una síntesis de esa transformación paterna: kanpoan uso, etxean otso (lobo en casa, fuera de ella paloma), pero guardo un vívido recuerdo de las siestas dominicales de mi infancia junto a padre arrullándome con cuentos que iba inventando para dormirme. Posiblemente soy el único hermano de entre ocho en poder referirlo y una relamida nostalgia me invade cuando vislumbro que esos momentos son lo más antiguo de mi vida a donde ha podido llegar mi memoria. Debajo de ésta corren empero trazas inequívocas del torrencial amor que él nos profesaba a cada uno de sus hijos pero que apenas quedó expresado en palabras. ¿Será por temor a parecerme a mi padre el no haber querido  nunca tener más de un hijo a quien contarle miles de cuentos con centenares de voces dispersas?

 

Conforme mis formas religiosas fueron haciéndose diferentes a las de mis progenitores yo necesité formular a otra gente las mismas preguntas que hacía de niño a mi padre, formulárselas a otra gente con otros libros que el misal y el Reader’s Digest, única lectura que se permitían mis progenitores en los escasos momentos del domingo por la tarde en que leer no consideraban ocio y pérdida de tiempo. En esos domingos mi padre hubiese deseado haber podido asistir a la misa mayor de las diez de la mañana, pero era raro que no acompañase a su esposa a la primera misa de las seis de la mañana porque siempre tenía alguna labor de devorante urgencia como el arreglo de algún grifo de casa, una persiana rota o algún tramo de la vieja instalación eléctrica a lo que se añadía la sistemática revisión de su camión Dion Bouton y de la camioneta Mathis que todos los domingos limpiaba, engrasaba y ponía a punto: Estos trabajos de domingo no son trabajo y no debo preocuparme de que sean pecado, así me lo ha asegurado don Marcelino, me respondió cierta vez en que yo debí de importunarle con mis precoces pero gazmoñas preguntas sobre la diferencia entre pecado venial y mortal. No es seguro que en su cauta consulta al párroco don Marcelino Cortabarría mi padre le hubiese especificado que entre sus tareas dominicales, aunque no frecuentes, se hallaban también varios servicios anuales de carbón o de leña a diferentes puntos de la provincia e incluso del Baztán a los que siempre le acompañé. Acaso para paliar estos pecadillos de un alma temblorosa aceptó mi padre la idea, en todo ajena a él, de ver a su hijo mayor ordenado de sacerdote. Eso sucedió un día de San Pedro, cuando en las fiestas patronales del vecino barrio de Igueldo el vicario Loidi le expresó a mi padre que lo mejor para su chico mayor era formarse en el seminario que se acababa de inaugurar en la ciudad. Era el año 1952 y, como anualmente hacía, si el tiempo acompañaba, aquel día de fiesta mi padre había limpiado su pequeña camioneta Mathis, instalado dos bancos de madera en su caja y con la familia encima había subido a las fiestas del barrio donostiarra donde a tantos clientes campesinos servía los jueves por la tarde. Esos jueves de cada semana siempre había dispuesto nuestro padre de algún hijo que le pudiese ayudar. 

 

 

Der Beruf: la profesión del hijo, ni vocación ni oficio

 

Entre los confetis, el humazo de una churrería y el congestionado eco de la bolera de aldea donde una gravosa bola de madera de olmo era impulsada sobre un largo tablón central incrustado en tierra para que sobre él corriese, vociferante, hacia una docena de enormes bolos en pie, el muchacho escuchaba una conversación de la que él era el protagonista. Seguramente sólo entendió bien el final: Si tu padre quiere que vayas al seminario ¿irías, verdad?, preguntó finalmente Dios al chiquillo como preguntan sus vicarios de aldea, de improviso y de arriba abajo mientras ruge la parroquia entera porque uno de los Oliden se ha proclamado campeón de bolos. Mirando de abajo arriba a don Fabián Loidi y con el pensamiento de que aquel Oliden era en Igueldo el mejor lanzador de la pesada madera esférica, el muchacho tuvo la certeza de que Dios estrenaba birrete aquel día y vestía apretada sotana nueva que le volvía algo más voluminoso el vientre. Había unas nubes cálidas pero inocentes que permitían lucir el sol a intermitencias con destellos inequívocos en el alzacuello de don Fabián. Ahí mismo intuyó el muchacho que aquel sacerdote llevaba en la mano las llaves de San Pedro. Lo intuyó en cuanto respondió que él, muchacho obediente, haría lo que su padre dijese que había que hacer. Unos días antes ya se había plegado al plan paterno de ser internado en el colegio de los maristas de Oronoz junto con el primo Marcelino, también hijo de carbonero, donde ambos harían la carrera de comercio. En casa ya se le estaba preparando el ajuar con las iniciales MA 63. La primera prueba de Dios, la de obediencia, ya obraba en manos del señor de sotana, alzacuello y birrete, que sentenció: Yo te abriré las puertas del seminario, y fue dicho como si las llaves del reino descorriesen cerrojos al trasluz del resol. Pero a fin de que eso aconteciera a ras del suelo, el muchacho hubo de dejar demostrado durante un año que poseía una inteligencia cierta para la gramática, las matemáticas y el latín. La sala de experimentos fue una preceptoría para niños de provincia con aspiraciones al sacerdocio que tenían las Madres Misioneras del Sagrado Corazón, una orden de monjas creada por la Madre Dupuy y sita en Miraconcha. En ese colegio lo habían metido de mediopensionista, con gratuidad total a cambio de que ayudara a servir dos tempranísimas misas a partir de las seis y media de la mañana: con ellas el hijo del carbonero se pagaba sus estudios, incluida una hora diaria particular de latín. Durante ese año de experimento el zagal se había levantado al tiempo que su padre para recorrer a pie dos kilómetros y servir las misas en latín cuyo significado ya traducía sin dificultades al castellano antes de terminar el año. Introibo ad altarem Dei, ad Deum qui lætificat juventutem meam. ¿Alegraba Dios la juventud de aquel muchacho que entraba en el altar de Dios? El muchacho era ganoso y disciplinado, y porque quería agradar a sus padres creía agradar a Dios: alegraba, por tanto, al muchacho que Dios quedase encantado con su servicio. Y entraba, vaya que si entraba hasta donde debiera entrar, hasta el altar mismo si fuera preciso y a la hora que fuese preciso. De esta manera el sobrado empeño de aquel año produjo en el muchacho como resultado un mirífico aumento de conocimiento más que de alegría y regocijo divinos. Dado que la comida del centro le producía arcadas y vómitos, se había alimentado durante aquel año de una tortilla francesa que a diario traía de casa entre pan y pan envuelta en papel de estraza, y acaso alguna rebanada de pan con mermelada, transportado todo en un cestillo cilíndrico de mimbre. Y se lo comía en un corto recreo unos pocos minutos antes de que sus compañeros entrasen en el refectorio, de manera que cuando se sentaban para el silencioso condumio él leía en voz alta durante todo él vidas de santos. Así se aficionó aquel muchacho de diez a once años a leer otra cosa que tebeos volviéndose lector apasionado también después del refectorio y amante de resolver, como si fuesen acertijos, las traducciones de latín: su suerte ya estaba echada para Reyes de aquel undécimo año de su existencia cuando, además del habitual regalo de cuadernos y bolígrafos, los hermanos mayores fueron obsequiados con variados episodios de liberadoras aventuras de Guillermo, de Richmal Crompton, atajos impostergables para generar el gozo de leer previo a la pasión por la lectura. Así fue como el curso siguiente, en el primer año de seminario y con el distintivo MA 251 en todas sus prendas, sacaría cuatro meritissimus cum laude y todo el resto sobresalientes: Si estudias a la hechura del esfuerzo de tus padres, cosecharás éxitos, le había sido dicho en casa cuando subió al altar del Señor. Y tú se los ofreces a tu padre ante el resto de la familia para que se vea que eres un hijo digno de ella. Y tu padre está ufano de ti y tus hermanos menores te toman como modelo desde aquel mismo año en que ya imitas al padre. Tras esa senda dos de ellos llegarán a ser ingenieros además de haber ayudado a padre en la carbonería [el 31 de octubre de pasado extraje del cajón este manuscrito para hacer una irrecusable consideración respecto de Juan José, el hermano varón que me sigue y que acaba de fallecer hace apenas unas horas. Él era –cuán extraño escribir que era cuando ese tiempo verbal cumplía haberse predicado de mí-, él era de la terca voluntad e inteligencia astuta de nuestros abuelos molineros y de la desmesura en el trabajo de nuestro padre y supo alternar carbón y Escuela Profesional, carbón y Escuela de Peritos industriales hasta hacerse el ingeniero competente que emprendió y dirigió varias empresas y el nacionalista que representó al PNV en una alcaldía alavesa] y el otro llegará a ser médico además de afanarse en la negra tarea. Una hermana se hará maestra y, otra, enfermera a diferencia de la hermana mayor, auténtica Ifigenia en Aúlide, que, sólo cuando enviudó con tres hijos, pudo rehacer una vida propia formándose como auxiliar de hospital y ejerciendo la profesión hasta su reciente jubilación. La moral del esfuerzo. Nada de engreimiento, no sirve jactarse hasta haber sacado adelante una familia propia y, aun entonces, únicamente como acción de gracias a Dios. La ética puritana del protestantismo. Llamamiento de Dios como vocación y oficio.

 

 

 

Pero un atardecer del segundo año de seminario, cuando los prefectos hacían la siesta y el patio de recreo bullía de apático contento, el disciplinado muchacho empaquetó sus parcas pertenencias en un hatillo de tela, pidió un taxi desde la portería, metió en el taxi el petate y se marchó a casa. No podía más. Contó para aquella hazaña con la connivencia de Napoleón Gurmendi, un mozo de limpieza amante de cantar ópera, bajito y calvo y con sempiterno mono azul que, a la hora de la siesta, se ocupaba a veces de la portería. Era un tenor lírico frustrado por una vida personal que solamente el alcohol no frustraba. Meses atrás al muchacho lo habían expulsado sine die de clase de latín y, tras aguantar la humillación de varios meses en el pasillo mientras sus colegas traducían en el aula De bello gallico y el inicio de De bello civili, decidió coger carretera y manta. Del aula lo había expulsado don Javier Arroitajáuregui a resultas de la infantil solidaridad de soplar la lección a quien no sabe: el muchacho había utilizado el seno de su mano como altavoz de la traducción de la frase de ablativo absoluto quibus rebus cognitis, Caesar apud milites concionatur. El agraciado receptor del mensaje era un repetidor de curso, Juan José Echave, un zarauztarra lento y obtuso para el latín pero magnífico portero de fútbol a quien apreciaba y hasta toqueteaba don Javier, eibarrés fanfarrón y presumido, sotana de seda y repeinado a raya con capitoso fijador durante toda la jornada, amante también de alumnos bellos si no buenos deportistas: ¿Qué se habrá creído este mocoso para soplarle la traducción a mi protegido?, debió de pensar el profesor al echar del aula para meses al soplón. El mocoso no se creía nada, lo que sucedía era que se ponía muy mal si alguien junto a él lo estuviera pasando mal por ignorancia y estuviera en sus manos remediarlo. En horas de clase, los pasillos de Humanidades únicamente eran transitados por el criado Napoleón empujando hacia delante un enorme escobón con un grueso paño húmedo y de boca de ese doméstico solía el castigado escuchar palabras así de amistosas: No parece muy justo lo que hacen contigo ¿no hay manera de remediarlo? Lo que animó al muchacho a remediarlo fue poner en acción el verso de Iriarte cuyas fábulas literarias precisamente leía en el pasillo: “De su jaula un día/se escapó un canario/que fama tenía/por su canto vario”. Durante el trayecto a casa el muchacho presintió en el taxi que la vida era en adelante toda suya y hasta supuso que el mar le hacía la ola a su decisión de volver a casa a recomenzar una vida nueva, primera decisión que había tomado por su cuenta y riesgo. Sin embargo aquella misma noche quedó truncado el contento de la ola de mar y se le fue difuminando el halo de vida según su padre lo devolvía al seminario en la camioneta del carbón no bien el vicerrector Irulegui le hubo comunicado que su hijo estaba pasando una crisis de adolescencia pero que su hogar seguía siendo el seminario: Ha sacado cuatro matrículas y su conducta ha sido intachable el primer año aunque en este segundo no se destaque precisamente por su disciplina, le informó de parte de Dios el vicerrector, y ya se le pasará la morriña de familia que arrastra consigo. Le enseñaremos a orar y a sacrificarse, que es lo más apropiado a su desmedido orgullo, terminó de decir. Desmedido orgullo, se lo volvió a repetir Irulegui en su despacho de sillones de cuero marrón sobre el que estaba aposentado el trasero del muchacho, con la cerviz gacha y dadas de lado todas sus ilusiones. Como se entra en capilla por una puerta recia de doble batiente con cristales opacos aplomados en lo alto, así se entraba también a la vicerrectoría, un majestuoso despacho a media luz con muebles antiguos, un gran crucifijo de plata sobre una tenebrosa mesa, una Virgen dorada en una pared y cuatro ventanas a la fachada dominando la bahía donostiarra, ventanas siempre a medio velar por gruesos cortinones para que no sirviesen de ladino catalejo que otea la ciudad. Y se salía de él con un aire ausente y pesaroso: ¿Es el orgullo tu peligro, muchacho? No, no lo es, se respondió a sí mismo al cerrar con demasiada precipitación y fuerza aquella puerta cuyos plomos hicieron crujir a los cristales. El muchacho sabía que su peligro estaba en que la vida ya no le pertenecía, la vida no era suya sino de ellos, profesores y prefectos que se empeñaban en echarlo del aula, en mantenerlo al margen de progresar en el latín y en volverlo a encerrar en el seminario. Ciertamente era el orgullo del muchacho el que se sentía herido conforme su conocimiento se estancaba, pues ¿a qué lo habían traído al seminario: a desarrollar sus facultades o a que las machacara so capa de estar venciendo el orgullo? ¿Qué pinta en la vida un seminarista humilde pero tonto?, para esa empresa que no cuenten conmigo, urdió el muchacho. Si aquello era una crisis de adolescencia que creían controlar como el trotecillo de la yegua mediante hábiles jalones de las riendas, la crisis le duró al potrillo hasta muy entrada la madurez, incluso se puede decir que todavía no se le ha pasado del todo porque aquel muchacho se hizo joven y luego hombre queriendo dominar él por sí mismo sus condiciones de existencia, hoy ya como las de un viejo penco tozudo. Decidió, por consiguiente, que, si bien obedecería a su padre y obedecería a los prefectos, el trazado de la vida obraría en sus propias manos. Para empezar, decidió jugar el juego del orgullo: ¿Me queréis más tonto?, pues así se hará, superaré todas las asignaturas con un aprobado raspado. Y, pese a que el chulo de Arroitajáuregui quiso tumbarlo en latín de segundo, llave maestra de todas las Humanidades –según se decía-, no lo logró. A modo de documento acreditativo de aquel ejercicio final en caso de que fuese a recibir un suspenso, pero también a guisa de trofeo, obra todavía entre las páginas en papel biblia de su voluminoso Raimundo de Miguel (Diccionario latino-español etimológico, Madrid, 1867, 27ª ed. de 1954) la tira multicopiada, ya ajada, del ejercicio final con su traducción a bolígrafo y en letra diminuta [Romæ senatui populoque, post receptam Capuam, non Italiæ jam major quam Hispaniæ cura erat; et exercitum augeri et imperatorem mitti placebat; nec tamen, quem mitterent, satis constabat, quam illud, ubi duo summi imperatores intra dies triginta cecidissent, qui in locum duorum succederet, extraordinaria cura deligendum esse. Quum alii alium nominarent, postremum eo decursum est, ut populus proconsuli creando in Hispaniam comitia haberet diemque comitiis consules edixerunt]. El muchacho logró el empeñoso objetivo de no obtener sino aprobado raspado en todas las asignaturas, salvo el sobresaliente en griego, al haber considerado que el empeño de su profesor de griego no merecía tal desplante. Así de renuente y arisca comenzó el muchacho su andadura de hacerse hombre a los trece años recién cumplidos. Sin embargo cuanto más reaccionaba a la contra tanto menos hallaba el modo de dirigir su propia nave, y surgía de ello un permanente cabreo para consigo mismo además del feedback de resultar ser cada vez más llevado por otros. Ponerse al timón de sí mismo le costó nueve años más y la decisión no dependió de él: al cumplir los veintidós fue expulsado del seminario, bien es verdad que él había puesto mucho de su parte para que lo fulminasen. ¿Por qué había seguido obedeciendo durante tanto tiempo a quien lo había llevado allí, pese a que ansiaba pilotarse a sí mismo? Tal vez por combatir el orgullo, o sea, por la trampa del Dios de los levitas, esa de la que tan a duras penas logró escapar Galileo: te requieren inteligente –más que los saduceos e intérpretes de la ley- pero sobre la base de que la verdad provenga de iluminación jerárquica (“Yo he venido a hacer la voluntad del Padre: Pase de mí este cáliz pero no se haga mi voluntad sino la Tuya, Padre”). La trampa de un Dios que se le volverá imposible a quien ame la vida como la dignidad de una vida propia. Para que hubiese sucedido esto de apropiarse uno de su propia vida, tuvieron que pasar obsesivos y lacerantes años de Humanidades, ensanchándosele la frustración como una herida engangrenada conforme traducía a Catulo y los epigramas de Marcial. Hubieron de pasar inapropiados y grotescos estudios de filosofía tomista (con el De ente et essentia memorizado casi en entero) sesgados únicamente a través del tragaluz de sorpresivas pero ocultas lecturas, de un intensivo aprendizaje del alemán y de la huida a Alemania durante los veranos. Hubieron de pasar dos años de teología dogmática, campo lodoso y muerto por estériles argumentos del que lo rescató el oficio de bibliotecario, que le fue encomendado por el padre Tellechea Idígoras, con lo que sus lecturas privadas tomaron un cariz más sistemático (desde las novelas de Kafka al Jarama, de los panfletos del F.L.P. hasta Cuadernos para el diálogo). De esta manera secreta y penosa le nacieron inéditas motivaciones hacia el diseño de un modo de ser más apropiado a lo que él era, contrarrestando así el miedo milenario a desobedecer.

 

 

 

Sin embargo una sobrecogedora impotencia parece impedirle hoy al escritor el recuerdo de ese largo peregrinar por el vasto despoblado de su juventud fallida. Algo semejante a una nube de olvido ha calcinado los recuerdos de esa decepcionante andadura. ¿No será una nube provocada por decisión propia?, ha pensado ahora que con la gélida actitud de septuagenario está repasándolo, y le viene a la mente el aforismo 262 de Baltasar Gracián: “Aprende a olvidar. Más que un arte es una  dicha… Conviene dominar las costumbres de la memoria, para que deje de darnos a su antojo felicidad o infierno” (El arte de la prudencia). Y constata que el trabajo ímprobo por olvidar un prolongado purgatorio ha producido efectos tan duraderos que, hoy, en el tintero de su mente solamente obran unas pocas trazas de hechos de carne y hueso de aquella fase fallida de su juventud. El más nítido de todos es lo que le ocurrió a sus diecinueve o veinte años una tarde de invierno, cuando tras haber jugado un partido de fútbol en la playa de Ondarreta a pie desnudo y con unos cautelosos pantalones de deporte, se tiró al mar en compañía de Miguel Amas. Era la segunda vez que ambos lo hacían aquel invierno y llegaron a nado a la isla, tocaron arena con la planta del pie y se volvieron con el tiempo justo de secarse, vestirse la sotana e integrar la fila de seminaristas de vuelta al tajo. Pero esta segunda vez los nadadores se encontraron en la orilla con el vicerrector en persona, don Emeterio Sorazu, un energúmeno de casi dos metros, voz cavernosa y sin matices, que prismático en mano y catadura policial había seguido aquel periplo acuático: Hablaremos esta noche, maldijo con una lentitud de saurio malherido. Esa noche el vicerrector reunió a los alumnos de los cuatro cursos de teología y les habló de la rebeldía contra Dios de dos pipiolos díscolos al haber nadado hasta la isla y ¡a saber a qué habían nadado hasta allí! (los círculos bien informados bocineaban patrañas sobre turistas inglesas en traje de baño de dos piezas paseándose por la isla), pero que esa sería la última vez porque ambos ya nunca más bajarían a la playa a jugar al fútbol. Y les conminaba a todos a mantenerse vigilantes contra todo tipo de tentaciones que asaltan al elegido para el sacerdocio. Si bien la reprimenda fue rabiosa, el díscolo nadador que recién había pisado los aularios de la sagrada teología, tuvo la iluminación de que en aquel establo de mojigatos a él ya no le retenía nada. El segundo hecho vívido que no puede datar si le aconteció antes o después fue la lectura del Quousque tandem, de Jorge Oteiza. Lo leyó de la mano de Fernando Treviño, un colega eibarrés rubio y bien plantado, hijo de un afortunado chatarrero, que estudiando para ingeniero se las ingenió para equivocarse creyéndose con vocación sacerdotal. La interpretación del “cero chromlech” o huts que el metafísico escultor hacía del alma vasca le indispuso tan transcendentalmente a aquel joven seminarista que le sobrevino un congojo laico de raíz metafísica: Algo va mal en ti, muchacho, que te hace dar la espalda a lo que realmente eres, porque, de ser algo, eres vasco. Esa inescrutable iluminación oteiziana le hacía daño pero no podía discernir dónde, en qué parte del alma. Como estaba muy dispuesto a escuchar mensajes que se lo revelasen, creyó reconocer durante un condumio banal que su malestar provenía de haber casi olvidado el vascuence: fue un mediodía cualquiera, uno de esos en que ni la sopa está buena ni los garbanzos pueden masticarse, cuando en el refectorio se hizo un silencio de vértigo al escuchar perorar en vascuence. Rompiendo el pleistocénico hábito de los teólogos de hacer un sermón en castellano castizo para ir ejercitándose, inopinadamente intervenía en vascuence Martín Garín, un beasaindarra arisco y de ideas particulares, de tercero de teología y pariente del sorprendido pipiolo en teológicas que no le entendía prácticamente nada del discurso: Y tú, primo mío, creyó escuchar increparle desde el elevado estrado de madera de nogal del refectorio, ¿no te avergüenzas, primo, de no entenderme en el idioma de tu padre Azurmendi Garín? Finalizado el sermón con un derrumbe interior escasamente liberador, le quedó aclarado el significado del “cero chromlech”, quedándole también claro que estaba en sus manos reparar el desaguisado en la personalidad. Conque el insatisfecho joven comenzó a reaprender su casi olvidada lengua materna y recuerda con nitidez que no era bien aceptado en los habituales círculos en que se hablaba en vascuence y que, un día, un ordenando en vísperas de cantar misa, Jeshusmari Aldasoro, lo mandó callar en la mesa del refectorio en tanto no hablara mejor la lengua en la que se estaba expresando. El increpado se lo tomó como una destemplada venganza por lo mucho que habían sufrido ellos, los hijos de aldeanos de tierra adentro, ante la gramática castellana y el latín, porque él siempre contó con la ayuda de Chato Aguirre, tan gratuita como la amistad misma y con un duradero estímulo, particularmente durante las largas estancias de ambos en Alemania: así llegó con él a recuperar gran parte del idioma perdido. Nunca se le han borrado de la mente las decisiones que ambos tomaron en común, muchas seguramente valientes, fatales casi todas pero no todas ruinosas para sus almas, tales como salir sin dinero al extranjero a airearse y trabajar, por si lograban el peculio necesario para sus estudios universitarios, entrar en ETA, oponerse tempranamente a su violencia y abandonarla. La decisión previa de combatir el Régimen franquista ya la había tomado él antes de manera privada y silenciosa, y ese es otro de los raros hechos gravados a fuego en la desmemoria generalizada sobre aquel período de su mocedad. Esa decisión había ocurrido un 1º de mayo y no recuerda cómo lo hizo, pero él se hallaba entre los ciudadanos que habían bajado al bulevar donostiarra a la manifestación prohibida comprobando el ensañamiento represivo de los Grises. Así es como se encontró un buen día, a sus 22 años, en una lista de cinco seminaristas expulsados, a la que voluntariamente se sumó un sexto, Chato Aguirre.

 

 

 

A ras de tierra, las cosas importantes en la vida de los pájaros suceden temprano, casi a la vez que la luz de la mañana, y lo mismo acontece con los árboles, con los violines de los ciegos y con las tazas de café del barrio obrero. Pero arriba, entre las cosas del cielo, lo trascendente ocurre generalmente al atardecer, cuando el fasto, la balada vespertina del pastor y la luz se descorren como numen, como imperfección y cansancio o como transgresión culpable. El castigo pertenece al régimen nocturno donde florecen, siniestros, el cilicio, la flagelación y el cardo borriquero. El padre prefecto de aquel atardecer, el padre Múgica, un experto en Moral casuística desde sus estudios en Salamanca y Roma, obró según esas leyes justicieras del cosmos nocturno y lo llamó a capítulo para comunicarle por qué formaba parte de la lista de expulsados del Tabernáculo: Miguel, tú has dicho en algún lugar que todos los sacerdotes del País Vasco deberían conocer el vascuence, y eso es política y basta sólo eso para probar tu falta de vocación sacerdotal. Algo de esto ya sospechaba aquel joven pero había aguardado a que se lo dijera el mismo Melquisedec, un anochecer y de arriba abajo, con la vertiginosidad de los cielos que se precipitan rabiosos: una vez más la vocación sacerdotal anunciándosela el ángel anunciador. Ese prefecto era un santo clérigo todavía joven, euscaldún nacido en un vetusto caserío de Lizarza de intachable linaje carlista, y su anuncio tenía la suficiente entidad para hacer reflexionar al seminarista sobre las poderosas razones de un Dios que hubiese necesitado de tantos años de oración y sacrificio baldíos para comunicárselo. Aquella noche el horizonte se volvió cárdeno y hubo un ruido de nubes que se talan y trinchan para echarlas sobre la brasa del amanecer: Dios es un ser lánguido y acaso vulgar, barruntó el eliminado, porque para tan demorada decisión no habían hecho falta tales albardas. Todo semejaba un juego de distracción para que otros se creyeran elegidos y más santos, porque “muchos son los llamados pero pocos los elegidos”, según había terminado de comunicarle evangélicamente el padre Múgica. El eliminado no valía para el altar de Melquisedec y volvió a la noche en que ya habitaba desde años atrás, tempestuosa oscuridad de determinaciones libres, de decisiones propias y de lecturas completamente ajenas a una oración estéril: Dios es así de vulgar pero tiene razón, terminó de barruntar él. Lo pensó como cuando, muy de mañana, los violines de los ciegos de ojos vacíos entran al unísono en el allegro festivo de un Te Deum deshabitado de armónicos celestiales. O como cuando sorbiendo la taza matutina de café, de pie delante de la estantería, tomas cualquier libro al azar: Apenas hay sol que te caliente, pero tampoco habrá más noches de penitencias, augura él. Lo que nunca hubiese entonces pensado aquel muchacho de tan escaso presente era el poco tino de ese augurio en lo concerniente a la penitencia que le iba a llover a raudales. Un ejemplo que venga a cuento: el día en que un hermano de ese padre Múgica lo trate de españolista en un debate televisivo. Antes que ángel apocalíptico y mediático este otro Múgica había sido fraile y, al filo de la Transición, tras haber colgado los hábitos en pos de la regeneración racial mediante el vascuence, se hallaba frenéticamente dedicado a ensuciar con pintura negra los seculares nombres de nuestras plazas, calles y carreteras reemplazándolos por su alternativa nativista en la grafía de Sabino Arana. En nombre del ideal Euskal Herrian euskaraz ese ex fraile Luis Maria Mujika, del linaje carlista de Lizarza y de aire mojigato y oliendo todavía a viernes y vigilias, tildó de españolista al muchacho que ya no era tan muchacho dejándolo renegrido y al pie de los caballos. Porque, entiéndase bien, corrían tiempos en que unos eran quienes apuntaban y otros quienes disparaban. O sea, el tiempo de los caballos bajo cuyos cascos no crecía hierba.

 

 

I am here… in my beginning

 

“Despunta el alba, y otro día se dispone al calor y la quietud. Mar adentro, la brisa de la aurora se desliza y encrespa. Estoy aquí o allí, o en otra parte. En mi principio”, escribió T.S. Elliot (Cuatro cuartetos, ‘East Cocker’). Vuelves del exilio a por la amnistía, muy solo, 34 años, vuelves al principio. ¿Qué es sino un principio el que te arranquen de las preocupaciones tan primarias como buscar un piso para la familia o un colegio para tu hijo o un trabajo para ti y para tu mujer, y que, en lugar de eso tan perentorio, te lleven al cuartel para el período de instrucción militar de reclutas? Para que durante tres meses te creas en Mathausen y de noche cuentes los días que faltan y leas un solo libro, siempre el mismo, el ascético Gero de Axular (1634), pues has venido del exilio y debes robustecer tu vascuence. Te han desenganchado de la marcha del colegio de tu hijo, que has querido que sea en la lengua de casa, una ikastola por tanto. Un catre te ha privado del lecho conyugal. Ya has verificado que tus estudios en la Sorbonne, licenciatura, maîtrise y cursos de doctorado, no te servirán aquí para ganarte el pan: el Estado posfranquista no homologa tus estudios extranjeros. Y cuando en el permiso cuartelero de fin de semana calas tu gorra en la cabeza de tu hijo de cinco años bien cumplidos y lo abrazas y te pregunta que dónde está el enemigo (etsaiak non dira, aita?), le interrogas, sobrecogido, de qué enemigo se trata. El hijo te responde que de qué enemigo se va a tratar sino de los españoles y el ácido resplandor que se hace en tu mente no proviene precisamente de las jornadas de instrucción en el CIR. Cuando acabó el cuartel, lo primero que hizo el ex recluta con niño fue buscar un nuevo colegio para el niño, esta vez público, o sea en castellano: Tú no tienes enemigos, hijo, le había respondido en el vascuence de la casa paterna, tú eres un vasco sin enemigos y tú y yo y amá también somos españoles siendo vascos. Sudores fríos le causaron ése y casi todos los demás argumentos que el padre fue ofreciendo al hijo durante el largo período de su adolescencia en la democracia vigilada por los abertzales. 

 

 

 

Hombre maduro de 35 años y licenciado en Filosofía con el flamante carnet militar en el bolsillo y la amnistía en bandolera, te examinaste de trece asignaturas en la universidad Autónoma de Madrid para convalidar tus estudios parisinos. Algunos facilitaron mucho la tarea, como el decano Carlos París y la secretaria Violeta Demonte, también conociste a profesores que luego te enseñaron largo, como Javier Sádaba o Tomás Pollán. Hiciste también el CAP de rigor pero el cura Zumeta, uno de los inspectores con más prestigio y mando en la administración donostiarra de la Educación Nacional, te soltó: Tu pasado rojo me impide ofrecerte un puesto de penene en un instituto de secundaria. Ahí comprendiste, hombre amnistiado de 35 años, que tu pasado no era la buscada quietud de las desmayadas jornadas de sábado y domingo en el exilio dedicadas al estudio ni tu capacitación como profesor universitario en París sino lo que cada empleador quisiera recordar de ti en tanto que demandante de empleo. Comprendiste que no te hallabas en ningún my beginning sino que transportabas una losa por pasado: Eres como Sísifo, se te ocurrió meditar, pero en vez de lanzar el pedrusco en lo alto de la montaña para descender y tener que volver a tomarlo en la falda ascendiendo de nuevo hacia lo alto con él, podrías asumirlo como una parte tuya porque nunca cabe recomenzar de cero. Solamente las semillas del abedul tras el incendio que ha arrasado las laderas tenaces de la argoma y el brezo comienzan de cero. Se calcina el monte pero siempre aparece simiente de abedul como ex nihilo para generar una venganza cierta del pasado: Tú, en cambio, puedes reflexionar por qué ha habido incendio, por qué has sido tú así, tal como eres, con una losa encima, pues nunca el hombre se vuelve nuevo, como quieren los contumaces revolucionarios: el hombre nuevo es una falacia, concluiste. Hasta eso llegaste en aquella ocasión y ese fue tu auténtico hallarte in my beginning: asumiste el pasado y extrajiste de él locomoción, supiste cambiar de marcha tras haber vuelto al lugar del extravío, visitaste los lugares donde se tomó la decisión errónea, pero para tomar otra: Y siempre lo haré así, concluiste con la conciencia de hallarte siempre empezando. Nunca partiendo de cero. Aprendiendo de Elliot que what we call the beginning is often the end/ and to make an end is to make a beginning/ The end is where we start from…

 

Como acostumbra un padre, el cura Zumeta te había tuteado en su despacho de inspector de Educación Nacional y, en calidad de demandante de empleo mal ubicado entre docenas de demandantes de empleo no rojos (que sí estaban obteniendo plaza), te había mostrado él cercanía paternal recordándote que, de niño, tú habías oficiado de monaguillo en su misa de misacantano en la parroquia de San Sebastián mártir, de El Antiguo. Un recuerdo muy a propósito en 1977 para darse uno a aconsejar como padre a quien había sido pequeño tarsicio en el sacramento de entonces, año 1953, a fin de denegarle también como padre la invocación al derecho a pan y vino, ahora, en 1977: Miguel, haz unas oposiciones y obtendrás lo que necesitas, tal era la paternal conseja. Tras una media docena de intentos frustrados para ser contratado como profesor de ikastola, donde hubiste de sentir la losa pesándote como una gran losa, marchaste de nuevo a Madrid, esta vez a examinarte en las oposiciones a profesor titular de bachillerato. Acaso merezca traer a colación, más por motivos de destino que memoria, lo que te había ocurrido en la ikastola Landaberri, de Lasarte. Te habías presentado casi seguro de ser contratado esta vez, porque en esa ikastola demandaban no uno ni dos sino ocho profesores, tras haber habido algún contencioso con los profesores precedentes que habían sido despedidos. Como te encontrases in situ con otros ocho candidatos como tú, te dijiste que bastaría un trivial esfuerzo para asegurar plaza: anímate, muchacho, que aquí solamente sobra uno. Tras pasar unos patéticos test de inteligencia fuisteis introducidos, los nueve, en un gran refectorio y acomodados en una mesa alargada. Enseguida entraron varias docenas de hombres y mujeres precedidos por don Paco Aizpitarte, un cura de Azpeitia con aspecto de leñador y piorrea en los dientes. Como acomodándose para un torneo medieval, aquellos padres y madres de alumnos fueron sentándose en sitios estratégicos después de ir depositando en vuestra mesa de contendientes quién una tortilla, quién tenedores, pan y servilletas, quién botellas de vino y vasos. Aquellos progenitores parecían venir dispuestos a alargar como fuere aquella justa de Dios: Llenad la andorga mientras habláis y debatís entre vosotros, les ordenó el cura sacando su vozarrón más irónico y abrumador. Conque más que de un debate se trataba de un combate entre colegas porque, de inmediato, os soltó el temario sobre el que debíais departir entre vosotros: “La alternativa, ¿enseñar o educar?”, “Diferencia entre escuela pública y escuela privada”; “Relación entre religión y moral, y entre Pueblo e ikastola”. Sin dudarlo dos veces te levantaste con los ojos relumbrantes de altanera intensidad, tú, el más añoso de todos ellos y seguramente el más necesitado de aquel puesto de trabajo, para anunciar con indignación que te excluías voluntariamente de la pelea porque habías venido a justificar tu calidad como profesor y no a partirle la cara a ningún otro en el ring de la ideología: Quedan otros ocho y ustedes se mostrarán satisfechos del combate si yo me excluyo del mismo, terminaste de expresarlo en un vascuence de indignados, levantándote y partiendo. Cuando bajabas las escaleras del colegio, otro colega de bastante menos edad te daba voces por detrás y te informó sin aire pesaroso alguno que también él se había negado a combatir sobre esos temas. Chelis y tú os conocisteis en aquella ocasión y mantuvisteis cierta camaradería amistosa. Al cabo de no mucho tiempo, cuando Chelis Alvarez Santacristina huyó a Francia, se supo que era un jefe de ETA, un payaso con pistola y en el bolsillo una lista de gente para matar. Sin embargo, gracias a aquella mutua indignación que mantuvisteis durante un tiempo, Chelis llegó a conocer a Wittgenstein en la facultad de Zorroaga, donde a la sazón estudiaba después de su paso por el seminario, y a ti se te abrieron las puertas de la universidad. Ocurrió que, dada su ascendencia entre los directivos universitarios, Chelis logró que la universidad te cursase una invitación para conferenciar en eusquera sobre el Tractatus Logico-philosophicus y, tras el éxito, se te pidió que dieses en eusquera un curso entero sobre los filósofos presocráticos. Cosa que hiciste, y crees recordar que de manera gratuita. Mucho más tarde, hallándose en una prisión parisina, Chelis tuvo ánimo y tiempo de traducir el Tractatus al vascuence y, en su prólogo, comenta algunos párrafos de alguna nota que le debió de escribir aquel conferenciante sobre los difíciles argumentos acerca de la figura lógica y la realidad (5.551 y 5.552). Tú, que enseñabas filosofía en un instituto de bachillerato de San Sebastián tras haber pasado las oposiciones de Filosofía en Madrid (nº 2 entre 40 plazas disputadas entre más de mil candidatos), nada recuerdas de esa nota filosófica que le pasaste a Chelis pero sí la estupefacción que produjo en aquel muchacho inquieto y sorpresivo tu eusquérica lección sobre Wittgenstein.  

 

 

 

Torcidos fueron, pues, los renglones en los que el destino pergeñó la estratagema de tu libertad de cátedra: Zumeta y Aizpitarte, dos curas vascos desbrozando sin saberlo la senda de esa libertad, la mayor que se te haya concedido jamás y que, Wittgenstein mediante, te asentó luego en la universidad. Detrás de muchas penosas cuchilladas con apariencia de final a menudo han seguido inicios de violines y muy mañaneras tazas de café junto a la estantería de libros mientras los obreros entraban en las fábricas. Fueron años de amor a la vida. Amor a la familia, para empezar, amor con la esperanza terca de futuro. Amor a la enseñanza, preparándote las clases con la vehemencia de la lluvia que busca empapar y dándolas con su derrumbe torrencial. Amor a la tierra convirtiendo tu devoción por el paisaje y el paisanaje euscaldún en reflexión erudita hasta el punto de convertírsete en tesis doctoral el pasatiempo de hurgar en el bestiario baserritarra. Amor a la literatura, leyendo a matacaballo, traduciendo cuentos del inglés y del castellano al eusquera, escribiendo una novela y cuentos en eusquera, e involucrando a amigos según asumíais tareas muy descabelladas pero tan promisorias como las de editar sin subvención alguna una revista de crítica literaria en vascuence, Literatur Gazeta. ¿Qué es sino pasión literaria el haberte entrevistado en la cárcel de Martutene con Sarrionandia, el poeta etarra que purgaba pena por terrorismo, a fin de introducirle la obra completa de Shakeaspeare traducida al eusquera vizcaíno, en cuanto supiste que él se había puesto manos a la obra en esa traducción? No lo hubieses hecho de haber sabido que en un par de semanas Imanol lo iba a sacar de la cárcel escondido en un bafle, pero no te arrepientes de que en esa prisión donostiarra esté la obra de Shakeaspeare. Amor al pensamiento debatiendo entre colegas con cierto aire arisco pero envolvente hasta llegar a editar la revista Bitarte, que hoy todavía prosigue y proclama vuestros nombres como comité de redacción. Fueron años sin la virtud lenitiva del recuerdo de estar cargando con la losa, pese a que el plomo del terrorismo hiciera blanco alrededor tuyo con frecuencia sobrecogedora y enloquecido énfasis. Tu oposición pública al terror consistió en tu posición personal, emitida con claridad y sin tapujos allá por donde pasaras: en el aula, con el argumento-del-no-daño en ristre acompañándolo siempre con ejemplos sobre la imbecilidad de ser cruel y dejando sentado que hay verdugos y víctimas. Sin embargo no participabas en la discusión política pública y siempre te abstuviste de votar en los comicios electorales, esgrimiendo con petulante retintín izquierdizante el hecho de que no podías dar el cien por cien del asentimiento a una lista cerrada de un único partido: ¿no tenían algo justo que ofrecer casi todos? Bueno, todos no. Euskadiko Ezkerra, en particular, se te antojaba una banda de payasos en traje de teatro, gente que hasta entrados los años ochenta habían matado, extorsionado y dado tiros en la rodilla del oponente político con el cinismo marmóreo de suponer que lo hecho bien hecho estaba y que ETA había sido necesaria hasta el preciso momento de abandonarla ellos… en 1983. Todos ellos encontraron lo que buscaban: una buena colocación y mutis por el foro, arrebujarse en el olvido de su pasado, aquí se rueda, aquí es el pesebre de nacionalistas y socialistas. La democracia como farsa, auspiciada por los socialistas, consentida por la acomplejada derecha y utilizada a conveniencia por los nacionalistas, colaborando todos ellos a que los implicados en el asesinato, la extorsión y la delación se acostumbrasen a mirarse ante el espejo todos los días para verse guapos y hasta respetables a fuerza de participar en los comicios y obtener representantes. Como si los nazis no hubiesen probado ya que tener diputados electos no basta para justificar la bondad de un proyecto político. Cuando ETA amenazó de muerte a Imanol, tu amigo del alma (cuyo domicilio en París ya había sido tiroteado tiempo atrás por el Batallón Vasco-español), auspiciaste una respuesta contra ETA buscando el hombro de cuantos habían pertenecido a ella. Euskadiko Ezkerra aceptó a regañadientes conducir aquella réplica insólita mediante un acto masivo en el velódromo de San Sebastián firmando sus más caracterizados militantes un manifiesto que tú habías redactado y comenzaba con un rotundo y solidario “Todos somos traidores”. No obstante uno de sus dirigentes, Gurrutxaga, te advirtió al final del acto que ésa había sido su primera y última intervención contra ETA en tanto que ex-etarras: ellos, los euskadikos, no se querían caracterizar como luchadores contra ETA. Pues eso, no caracterizarse en acaudillar una mirada socialmente regeneradora basada en la moral del reconocimiento del mal perpetrado y camuflar la propia inmoralidad tras una política de éxito social. De aquellos polvos… 

 

 

 

Al poco, llegó del exilio la reinsertada Yoyes, una ex dirigente etarra que optaba por una vida civil en silencio, y aparecieron en las paredes de su comarca gritos de ira, amenazas y avisos de muerte por traidora y chivata. Volviste a reaccionar pero, esta vez, con aire privado y pesaroso escribiendo una fábula de pájaros para bocinear contra las aves de rapiña y clamar al ave Fénix, que recién salía de las cenizas del terror y volvía para anidar en nuestra tierra. “Yo amo los pájaros” titulabas en vascuence el artículo y proponías a Yoyes volar juntos para poner música a aquella vieja letra del Zaratustra nietzscheano: Todas las fronteras las transformará quien alguna vez enseñe a los hombres a volar; cuantos límites existen se harán añicos para él y, luego, de nuevo bautizará la tierra y la llamará ligera… Volverse ligero es amarse cada cual a sí mismo para aprender a soportarse uno y no perder el tiempo en amar al prójimo. En la revista Literatur Gazeta tu compañero Mikel Lasa, poeta dandi de silencios herméticos al que adorabas, no aconsejó publicar tan directa alusión y ahí hubiese quedado la cosa si a los meses, en el sopor grato de un hermoso mediodía de inicios de septiembre del 86, no te dieras de bruces en los jardines de Ondarreta con tu amigo Juanjo Dorronsoro y éste te presentase a su esposa, Yoyes: ¡Mira por dónde, aspaldiko Juanjo…!, al que siguieron cálidos saludos de rigor, reconvenciones de color fresa del tipo “andaos con mucho cuidado” y la promesa de verse al día siguiente para traerles el artículo de marras. Ellos no aparecieron al día siguiente pese a que tú les llevabas el lírico papel pero, pocos días después, fue asesinada por ETA en la plaza de Ordicia cuando paseaba con su hijo. La sociedad vasca había asistido en silencio cómplice al linchamiento de una madre y a su muerte anunciada pero la prensa etarra y la de la vanguardia maoísta alcanzaron cotas de obscenidad e indignidad moral rayanas a las nazis. EGIN titulaba “atentado mortal” y hablaba de que “resultó muerta” sin hacer comentario alguno hasta que, pasados diez días, uno de sus talibanes, Takolo, se sublevaba contra la tímida reacción póstuma de los medios nacionalistas y la más clara de algunos pocos lectores en las Cartas al director: “Estos días estamos asistiendo –babeaba el Takolo ese- a un intenso bombardeo ideológico en contra, no sólo de las posiciones que mantienen los revolucionarios sino del hecho mismo de ser militante revolucionario. Aprovechándose de los espacios que generosamente ofrece la prensa burguesa se han sucedido los ataques a los que es necesario decir ¡Basta!”. En el periódico del Movimiento Comunista (EMK), vanguardia entonces maoísta y que, en muy poco tiempo, se asentó en los gabinetes ideológicos tanto del socialismo como del lehendakari Ibarretxe, se afirmaba con extrema tibieza que no veía a Yoyes “merecedora de la pena de muerte” pero se condenaba con rotundidad el paso que ella había dado: “El heroísmo de Yoyes que ahora se reivindica nos parece más bien triste: el heroísmo de quien se rinde ante la presión del enemigo no nos parece el más edificante de los heroísmos”. Para las izquierdas de siempre, el coraje de ETA era el bueno y salirse de sus filas, una rendición; por eso esas izquierdas se han volcado tanto –cuando acogotan a ETA- en hallar “vías de paz” y “diálogo” para una salida pactada. Por aquella época tuvieron lugar tus dos únicas intervenciones públicas en un diario: una, en eusquera, en Egunkaria (“Leizaran eta leiho bakar zaleak”), para criticar tanto la gestión claudicante de la Diputación en el trazado de la autovía a Navarra (pasando por Leizarán) como el pronunciamiento de los ecologistas a favor de ETA. Te sublevabas también contra el portavoz de la Diputación guipuzcoana porque afirmó que los cauces de expresión del pensamiento ciudadano se deben hacer únicamente a través de los partidos políticos. Sin embargo, eligiendo la defensa de las instituciones, condenabas a los ecologistas por haberse avenido a defender las tesis de ETA, mil veces peores que todos los posibles desastres ecológicos. La otra intervención pública fue en castellano, en el diario El Mundo, para fustigar al candidato a alcalde de San Sebastián por Herri Batasuna, un bancario ex seminarista con ínfulas de novelista que, invitado por una radio de la ciudad para que calificara de manera concisa al ciudadano que no fuera a votarle, tuvo el pronto de llamarle “¡Traidor, traidor al Pueblo vasco!” (este fue también el título de aquel artículo). De esta manera, con la única cosecha de llanto y duelo semiprivados, llegó el día 23 de enero de 1995, cuando cae asesinado el concejal donostiarra Gregorio Ordóñez, primer político electo al que ETA asesina.  

 

Ahí se acabó tu pusilánime farfulleo sobre la mezquindad de los políticos, ahí se fueron al traste tus premiosas disculpas sobre la búsqueda de la vida buena, ahí te las tuviste tiesas con los sucesivos sofismas sobre una democracia maquillada: intuiste que se trataba del ataque final a la ciudad política, última fase de la astuta estrategia en pos del desistimiento ciudadano y la entrega de la ciudad garante de tu libertad de pensar, de escribir, de enseñar, de juntarte con otros y de publicar. Entendiste que el asesinato de un ciudadano elegido por miles de ciudadanos para ser su representante demolía tu manera de vivir la vida. O sea, se desbarataba tu vida entera de profesor, de padre, de diletante literario y de usufructuario de tantas otras libertades. A instancia tuya cinco colegas de la tertulia literaria discutís y firmáis una columna en el diario donostiarra: “Todos somos Gregorio Ordóñez”. Un nuevo beginning, tembloroso como el helecho, desvaído como la expresión de un amenazado y con el halo azulenco de la diana pintada sobre tu nombre. Intuiste vagamente que dar ese paso era mostrar tu rostro a los amigos de los asesinos. El caso del terrorismo no es el único de la historia de la infamia humana en la que estar a favor de la víctima sea elegir ser perseguido, perseguido con nombre y apellido.  

 

Hacer con palabras y aun con el silencio

 

Con tan desairado y poco promisorio talante fue como engrosaste las escuálidas filas de quienes se manifestaban en silencio durante un cuarto de hora contra todo acto de terror de ETA, sea en la plaza de Buen Pastor o en la plaza de Guipúzcoa: diez, veinte personas, treinta alguna vez extraordinaria. La pancarta contra ETA era Denon artean, “entre todos” es posible. Y cuando, al poco, asesinan a Miguel Ángel Blanco, el recóndito pero ya nada oscuro Unzueta te solicita un artículo desde el diario El País. Te encuentras en vuelo hacia Tenerife como miembro de un tribunal de oposición para una plaza de profesor de antropología en la universidad de La Laguna. Por las noches sales a cenar con tus colegas de tribunal y miras la tele. España entera está mostrándote sus manos blancas en una repulsa general sin precedentes pero tus colegas no muestran ningún comentario de asombro o un gesto de anuencia. Sacando inspiración del libro de relatos breves de Kafka que te trajiste para el viaje envías al periódico un artículo escrito in tormentis. Lo titulas como Kafka hacía en uno de sus relatos: En la colonia penitenciaria. Anda, cópialo aquí entero porque aquel inicio como columnista pedregoso iba a ofrecerte una intempestiva ocasión de saldar cuentas contigo mismo:

 

“Es un aparato singular –dijo el Oficial al Explorador, y contempló con cierta admiración el aparato, que le era tan conocido”. Kafka comienza así el corto relato titulado En la colonia penitenciaria. Se trataba de una máquina muy apreciada por el Comandante de la plaza; mediante ella, sin necesidad de juicios ni tribunales, el reo recibía científicamente la sentencia al serle aplicada ipso facto en su propia carne. La máquina tenía tres partes: la cama, el diseñador y la rastra. El supuesto culpable era tumbado boca abajo y atado en la cama. El diseñador, en un cajón que se elevaba unos metros por encima, transmitía la sentencia a la rastra, la cual, perforando mediante unos delgadísimos aceros el cuerpo del reo, inscribía en él a sangre la sentencia. Para asombro del Oficial, el Explorador, un extranjero que había sido invitado a la colonia penitenciaria para presenciar una ejecución de un soldado poco sumiso, no sentía particular interés por la maquinaria pero, a medida que la vio funcionar, se fue sintiendo más y más inquieto. La cosa no era para menos, pues terminó engullendo al propio Oficial quien, atado por sorpresa, fue desgarrado y muerto por la rastra según un diseño pertinente.

Si bien el Explorador quiso impedir aquella muerte, nadie le ayudó; no por supuesto el Soldado que allí cumplía misión, pero tampoco un Reo que acababa de ser indultado por el diseñador. Sin embargo estos dos sí le mostraron la tumba del inventor de la maquinaria, un antiguo Comandante de la colonia penitenciara enterrado en un siniestro lugar. La lápida decía Aquí yace el antiguo Comandante. Sus partidarios, que deben ser incontables, cavaron esta tumba y colocaron esta lápida. Una profecía dice que después de determinado número de años el Comandante resurgirá, y desde esta casa conducirá a sus partidarios para reconquistar la colonia. ¡Creed y esperad! Según entendió el Explorador, el Oficial había sido uno de esos admiradores y creyentes en el viejo Comandante y, repetidas veces, había tratado de desenterrarlo para hacer cumplir la profecía.

 

 

 

     El Extranjero del relato de Kafka logró huir finalmente de la siniestra colonia penitenciaria en un bote de remos, impidiéndoles al Soldado y al Indultado acercarse al bote, ¿para embarcarse y huir también?, ¿para prender al fugitivo? Nunca se sabrá. Kafka sólo escribió esto: ‘Todavía podían saltar dentro del bote, pero el Explorador alzó del fondo del barco una pesada soga anudada, los amenazó con ella y evitó que saltaran’. Es el final del relato.

La Maquinaria lleva funcionando entre nosotros ya más de treinta años. Euskadi ha llegado a ser una altiva colonia penitenciaria donde el miedo implantado por vascos ha generalizado el más cordero de los silencios y donde la crueldad ha dictado sentencias de muerte, tortura y robo. Todo ello para ofrecer un futuro de askatasuna (el Estado de libertad) con la esperanza en una denominada alternativa democrática. Bastantes vascos han ido sacando paulatino partido de la maquinaria, unos aumentando plantilla institucional y clientela a cambio de cederles a otros poquitos, los decididos chicos y comandantes de la colonia, el engranaje cultural y el aceite de lo políticamente correcto, es decir, el grueso de creencias y esperanzas en la colonia penitenciaria. Y casi todo el resto hemos sido exploradores, auténticos extranjeros a la máquina, mirones que hemos preferido creer que con nosotros no iba la cosa. Sólo las víctimas quedaban solas, cada vez más numerosas e insólitas. La nada, eso es lo que aquí hay: la pena de muerte sin tribunal ni juicio. Y cuando algún explorador logra establecer tribunales y juicios contra los funcionarios de la máquina, sus sentencias convierten en héroe al asesino y su hotel penitenciario es denunciado ante los más altos tribunales del extranjero. Aquí se ha venido suponiendo sistemáticamente que por algo operaban cama-diseñador-rastra; aquí se ha dado por supuesto que alguna ‘función añadida’ tendría la víctima cuando la rastra lo arrastraba. Aquí se han explorado cien sutiles nombres y hecho gala de mil argucias semánticas para llamar a la máquina por otro nombre: ‘contencioso entre el Estado y los vascos’, ‘conflicto entre el Gobierno y ETA’ o ‘entre el Estado y Euskal Herria’. La máquina, pese a pequeñas mutaciones tecnológicas, sigue siendo la misma que diseñaron los viejos inventores, nuestros hermanos mayores y comandantes. Incluso muchos de ellos creen y esperan aún –como el viejo del epitafio de Kafka- la tan esperada resurrección que les llevará a dominar completamente la colonia. Por eso insuflan ánimo a los jóvenes muchachos desde la escuela, alientan el ingenioso invento desde la universidad y hasta ofrecen sus propios hijos para soldado, cabiéndoles a algunos el honor de llegar a ser comandante.

Pero cuando el extranjero mirón, reacio desde siempre a explorar la máquina por dentro, ha visitado el invento y visto con horror el zulo que le esperaba a él mismo, ha comprendido que hasta el propio oficial de la colonia penitenciaria estaba atrapado por su siniestro invento, puesto que en la colonia la vida solamente servía para ser experimentada y suprimida. Parece que el explorador quiera huir de la colonia del terror; hay indicios de que desde Bilbao y Ermua haya comenzado a marchar hacia el embarcadero y dependerá de su tesón por adoptar una vida sin oficiales ni soldados como logre abandonar definitivamente la colonia penitenciaria. Los gudaris del comandante le perseguirán aún más y le aplicarán todavía más alocadamente la rastra final; pero he visto ya que el explorador es definitivamente extraño a la colonia y les está amenazando con una soga anudada.

Si me deja el explorador elegir, le sugeriré otro final que el del relato de Kafka pues como hemos vivido después que él, visto muchos más horrores que él y comprobado que, quien más quien menos, hemos consentido crueldad y sufrimiento inútiles, no debiéramos evitar que agentes de la colonia salten al barco ni tampoco amenazarles con la soga. A quien quiera abandonar la colonia penitenciaria porque abomina de sus horrores yo daría albergue en la cubierta. En mi versión de final, el explorador debería dejar abierta una sentina para, con benevolencia, diseñar desde allí una nueva nave solidaria donde quepa ejercitar la libertad desde los múltiples destrozos del múltiple naufragio en la colonia penitenciaria”.

 

El artículo apareció el 15 de julio del memorable 1997, un mes de julio que había comenzado con la liberación del funcionario de prisiones José Ortega Lara tras su secuestro en un zulo durante 532 días y la televisada llegada a su domicilio. La noche del día 15 en Tenerife os despedíais los colegas de tribunal porque los trabajos habían concluido. Cenábais en un restaurante, con el periódico del día sobre la mesa y la tele orquestando vuestro silencio hasta que, por fin, hablaste preguntando por qué guardaban tan obstinado silencio sobre lo que estaba ocurriendo en todo el país. ¿Por qué no comentaban lo que estaban viendo, ni siquiera tu artículo de opinión de aquel día, por todos ellos leído en su periódico de izquierdas? La respuesta de un catedrático, antropólogo con la carrera de medicina terminada, fue patética: Todo eso no existe, es un montaje televisivo. Como los otros dos se sumaron a esa opinión, tú les recriminaste con enfática brusquedad sus anteojeras de no ver la realidad y maldijiste su actitud: ¿qué podían enseñar a sus alumnos desde esa actitud? Quien quiera comenzar a explicarse lo que ocurre en las aulas de antropología de la universidad española, deberá  consultar en el BOE los nombres y el cargo de aquellos dos antropólogos catalanes y un gallego, nacionalistas los tres, y matricularse en sus clases. Tu tarea docente, hasta entonces restringida en lo moral a una cerrada defensa de la vida humana, la condena de la violencia y la responsabilidad en el aula (la única huelga que habías aceptado secundar como docente, de entre las docenas de llamamientos sindicales a la huelga, sucedió el día en que apareció flotando en el Bidasoa, a la altura de Endarlaza, el cuerpo sin vida de un etarra, que previamente había sido detenido por la Guardia civil), tu tarea docente –lo aseguras– pasó en adelante a ocuparse también de las anteojeras de mirar, de las causas que propician no ver la realidad que existe sino otra que gustaría que hubiese. De esta guisa combativa se fue convirtiendo la construcción de la verdad en el objetivo de tus investigaciones, confiriéndoles a tus lecturas un rumbo más empírico y menos cálido. Por consiguiente hubiste de volver a la crítica del nacionalismo. Para empezar, la crítica del nacionalismo de casa, el más estúpido de todos los nacionalismos por sus adornos semánticos ante la construcción de la realidad. Invitado por el centro etnológico Ganivet de Granada, comunicaste tu primera aproximación a la identidad abertzale: Al igual que los Yanomami y otras tribus guerreras, un nacionalista vasco precisa de enemigo para ser vasco porque sin enemigo a combatir no sería nadie, afirmabas. La hostilidad, por tanto, como clave identitaria de los vascos que recusan los hechos del pasado real de los vascos, y el odio al enemigo como motor de sentimientos: o sea, la misma atrofia cognitiva de los comunistas que vieron en todo lucha de clases y enfrentamiento antagónico, el mismo morse tiñoso de fobia a la vida propia y singular por aceptar el sometimiento del individuo al grupo, el sojuzgamiento de la familia por el Estado. Los alumnos fueron discerniendo el cambio en tu metodología y en las lecturas obligatorias, y los más favorables a aquel propósito se pusieron también manos a la obra en el trabajo de campo. Uno de éstos analizó las condiciones de vida y estudio en un Barnetegi en donde se había recluido él durante un verano para una inmersión lingüística.

 

 

 

Una parte de su helador informe sobre la estrategia etarra seguida durante aquel adiestramiento político lo publicó El País, en domingo y a doble página (‘La estrategia de la ameba’). Al día siguiente, lunes, a las 8 de la mañana unos estudiantes pro etarras de la facultad al mando del profesor de psicología, Isasi, repartían octavillas en las que se te acusaba a ti de traidor y facilitador de la estrategia española en Euskadi: ¿Pero es o no verdad lo que ese estudiante asegura que ha sucedido en el Barnetegi?, le interrogaste al mezquino profesor de mirada mugrienta puesta en tus ojos al darte en mano la octavilla. Te respondió que esa no era la cuestión: La cuestión es que no hay que desvelar eso en España y tú lo has hecho y eres un traidor. He ahí la cuestión, de nuevo la mentira como estrategia para ganar y, por consiguiente, el cargo de traidor contra ti. Fue por entonces cuando de la lectura de Pasos hacia una ecología de la mente, del fundador de la cibernética en Palo Alto, el antropólogo G. Bateson, extrajísteis en clase muy importantes lecciones culturales de las que no era la menor aquello de No es posible establecer una relación estable entre dos pueblos con diferentes pautas culturales a menos que los estereotipos desde donde cada uno mira al otro tengan algo que ver con la verdad (…) Uno puede mantener buenas relaciones durante un período breve con un estereotipo falso o puede arruinar la relación durante mucho tiempo con un estereotipo falso; pero si quiere establecer cualquier tipo de relación permanente buena, las imágenes elaboradas deben ser aceptables para ambas naciones, y lo más probable es que algo parecido a la verdad cumpla esa función. Pero la verdad que los abertzales querían “ocultar a España” la quisieron buscar en tu domicilio, que asaltaron durante tu ausencia para apropiarse de los supuestos documentos y fotografías del Barnetegi que habría tomado aquel alumno tuyo. Todos los carretes fotográficos de tu hijo, estudiante en Bellas Artes, habían sido desparramados por el piso tras haber sido peinados uno a uno. Primer aviso: la casa hollada, robo de un lauburu de madera (del que seguramente te consideraban indigno) y un tiro a tu perro. El segundo aviso te llegó en breve cuando a cinco profesores os depositaron en el buzón de la facultad un gran sobre con las entrañas sanguinolentas de algún animal: por aquellos días os estábais caracterizando por no secundar las jornadas de huelga en favor de los presos etarras y también habíais llamado a asamblea general de estudiantes y profesores al día siguiente al asesinato de Gregorio Ordóñez (de entre más de un centenar de profesores únicamente participásteis vosotros cinco en ella, por cierto que dirigiéndola desde el estrado del Aula Magna). También fuiste un hombre activo en la constitución del Foro de Ermua tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco y el Pacto con ETA, en Lizarra, de todos los nacionalistas vascos contra los constitucionalistas a quienes se sumó esa izquierda –hundida en España pero gorrona en Euskadi. En el acto de presentación del Foro, leíste en vascuence junto con Savater el manifiesto de condena de ETA y la necesidad de unión cívica de los demócratas. En la prensa escribías también ácidos pero firmes artículos descortezando el nacionalismo obligatorio y la condición de la víctima. Si bien a menudo han existido alumnos etarras en tus aulas universitarias, aunque mucho más todavía alumnos consentidores, temiste siempre que varios de tus alumnos de instituto hubiesen flirteado con ETA pero, que tú supieras, sólo uno se había vuelto un asesino. Se trataba de Pablo Gómez Ces, buen estudiante, bondadoso e inteligente, con quien te unió una relación afectiva más allá de la mera docencia. Era hijo de médico y no mostró nunca querencia alguna a aprender eusquera, vamos, era lo más alejado a sospechar que alguna vez se volviese un terrorista asesino. Érais vecinos de barrio y había venido con cierta asiduidad a tu campo a ayudarte a plantar manzanos. Mucho más tarde, tras haberse él descolgado de ETA condenando por escrito el asesinato de Miguel Ángel Blanco, lo visitaste en prisión y también cuando salió de ella con el tercer grado. Buscabas con ello reiniciar la amistad que pueda reiniciarse cuando alguien muestra que quiere alejarse de la penumbra gris en la que se ha metido para rehumanizarse pidiendo perdón. Pretendías ampliar tu conocimiento sobre qué sea tomar conciencia de la infamia moral en la que uno ha podido caer. Sin embargo Pablo no quiso afrontar ante ti los móviles de su militancia asesina ni los mecanismos personales que accionaron en él la condena de sus múltiples asesinatos. Prefirió guardar silencio y exigirte que no tocaras aquellos temas. Al no mostrarte confidencialidad alguna, supusiste que le molestabas (a fin de cuentas tú eras un españolista para él), de manera que ya no proseguiste la relación. Habías inferido que su distancia de la infamia era mínima por lo nefando que constituye olvidarse del pasado y desaparecer como sujeto de su propio pasado. Sin embargo hoy no encuentras motivo de orgullo en tu conducta porque del hecho de que tú hayas decidido apechugar con tu pasado y, sin hacer silencio de ello, cargártelo encima no se colige más que tu propia posición sobre cómo llegar a ser una persona pública moralmente intachable. ¿Pero qué pasa si Pablo no quería ser una persona pública intachable? Él penó parte de su culpa, satisfizo lo que la justicia le pedía, se desmarcó públicamente de ETA condenando su horror y desapareció: nadie sabe nada de él, él no es una persona pública ni hace política ni emite opinión alguna. El caso-Pablo no es el caso-ETA, porque lo que esta organización terrorista pretende ahora es continuar dirigiendo la vida pública como si no tuviese pasado político y como si sus víctimas, todas inocentes, no constituyeran su pasado. La justicia política del Estado de derecho exige que, para integrarse en la política democrática, ETA establezca un memorándum de su execrable pasado contra la ciudadanía democrática, lo condene y se disculpe públicamente ante sus víctimas, una de las cuales es el propio Estado de derecho. Pero ¿por qué Pablo, que no quiere ser persona pública ni participar en la organización de la política, no pueda desaparecer como lo ha hecho? Supongo que responder con voz firme a la pregunta debería ayudarte a tomar conciencia de que es injusto establecer la vara de medir los actos ajenos según tu grado de implicación voluntaria en la vida pública. Mira por dónde, conviene revistar esos lugares por donde uno se ha arrastrado creyendo que volaba, y es conveniente acercarse a las fronteras de la estupidez donde uno acampó suponiéndose ave celeste. Entonces uno comprueba que es otro de lo que creía ser y pide perdón a Pablo, por si todo no hubiese sido como con tan orgullosa trivialidad él diera en suponer.

 

 

El último, que apague la luz

 

Las cosas se precipitaron mucho. Nos hallábamos a finales de milenio, un tiempo en el que a la podredumbre humana de fin de siglo –resplandeciente con la fosforescencia terminal de los experimentos humanos en los Lager nazis, los Gulag soviéticos y las limpiezas balcánicas- los vascos se empeñaron en añadir su label de calidad étnica. El dirigente etarra Josu Ternera con un sinfín de asesinatos a sus espaldas, bien parapetado tras su cargo de parlamentario autonómico por Euskal Herritarrok, a la vez que participaba en la Comisión parlamentaria de Derechos Humanos con la anuencia del PNV, ordenaba a sus muchachos pasar al asesinato masivo de cargos políticos y líderes de opinión pública. Buesa, López Lacalle, Pedrosa, Jaúregui, Korta, e Indiano fueron los elegidos vascos de entre veinticuatro personas asesinadas en España por ETA en el año 2000. Una media de dos asesinatos por mes en ese año de inicio de un nuevo siglo: cinco concejales, un secretario general del PSE-EE, un ertzaina, un periodista, un presidente de la patronal, un fiscal jefe, un magistrado del Supremo, un ex ministro, un ex gobernador civil, siete miembros del Ejército y Fuerzas Armadas del Estado, un funcionario de prisiones, un conductor de autobús, un chófer y algún que otro policía urbano. Antes de abrirse esa cremallera de indignidad humana yo había denunciado públicamente en una tertulia eusquérica de la televisión vasca que “es una vergüenza que en la Comisión parlamentaria de Derechos Humanos se halle presente un gran asesino como Josu Ternera (hiltzaile haundi bat, dije)”. Como de seis participantes que éramos, cinco eran pro etarras, los representó a todos ellos el sonrosado Patxi Zabaleta para corregirme que el aludido “no es un gran asesino sino un gran patriota”. El presentador ni siquiera moralizó sino que prefirió abandonar a aquel incauto en las fauces de cinco fieras. Esa fue mi despedida de aquel medio al que no he acudido nunca más. 

 

 

 

Para apuntalar mis recuerdos más recientes, en su mayor parte truncados, he buscado en el cajón de los recortes periodísticos alguna evidencia de ese año en el que se descorría el nuevo siglo. Hallo tres hojas dobladas del diario ABC del 12 de junio 2000, las últimas que por lo visto seleccioné antes de abandonar definitivamente mi domicilio. En el ángulo inferior de la portada un recuadro anuncia con mi foto que en las páginas 17 a 22 se me efectúa una entrevista. En realidad la entrevista inicia en la página 18, pero en el reverso impar de ésta un título dice a toda página: “ETA confirma que el Foro de Ermua se ha convertido en uno de sus principales objetivos”. Y debajo, una línea en negrita resume: “La banda terrorista insulta a López de Lacalle, al que llama opresor de Euskal Herria”. Nuestro amigo del Foro de Ermua, José Luis López Lacalle, ya llevaba casi un mes asesinado cuando, en el Gara de la víspera, ETA había hecho público un comunicado donde, además de declararse autora de los asesinatos de López Lacalle y Pedrosa, insultaba al primero porque “junto a sus  compañeros de grupo, ha abogado en favor de la opresión de Euskal Herria y de la perpetuación del conflicto”. El comunicado terminaba con un enfático “¡A por ellos!” dirigido contra los miembros del Foro de Ermua. La página del diario madrileño, que daba cumplida información sobre este asunto, la señoreaba Josu Ternera desde una foto central en la que el terrorista aforado por su cargo corría por las calles de Bilbao con el dorsal 73 en una carrera en favor de las selecciones deportivas vascas. El etarra, con la resuelta zancada de Zatopek avanzando sobre una musculosa pierna derecha mientras la izquierda se arquea hacia atrás por potente flexión, lleva los brazos en botijo muy separados del tronco indicando que a falta de entrenamiento es la resolución de ganar lo que mueve adelante a ese cuerpo, de rostro congestionado pero arisco y renuente a entregarse, con el mismo semblante de comisaría que el odio ha ido envejeciendo a carrera abierta. Unas zapatillas y calcetines de marca hablan del intento de ese odio por aparecer civil, neutro y anónimamente fundido en la común multitud. Algunos días antes de caer asesinado, López Lacalle estuvo en la presentación de un libro de Jorge Edwards en la acosada librería donostiarra Lagun. Luego todos los presentes nos fuimos al Altxerri y tomando una cerveza me acerqué a José Luis para sentir su pálpito y decirle que ya había recibido dos avisos de ETA y que no habría un tercero: ¡Joder, Mikel, tú siempre clamando a lo terrible!, me respondió entre cálido e inocente. Había que quitarle hierro a las cosas, o sea que, Mikel, a no pensar más en el hierro. A José Luis ya le habían lanzado en su domicilio dos artefactos Molotov, ¿no es suficiente advertencia para echarse sobre las espaldas una cautelosa protección? He ahí la pregunta abrumadora que nadie osaba hacer porque no eran todavía tiempos de protegerse sino de salir a pecho descubierto, empeñados en que la verdad se acompaña de ángeles guardianes. Lo mataron al poco de mi advertencia y temblé. En el temblor hube de escribir para El País una sentida respuesta a modo de necrológica militante. Mataron enseguida al concejal Pedrosa y, aunque yo seguía temblando, el periódico madrileño ABC trató de sacudirme el espanto encargándome otra respuesta a bote pronto. Entonces comprendí que yo ya estaba en el lote: porque palpitando inconscientemente “Pedrosa, un beso, nos veremos en el cielo” había yo terminado el artículo. ¿No pensaba yo más en el cielo que en la tierra? En ese curso académico, así como en los dos anteriores, múltiples octavillas de Ikasle abertzaleak habían inscrito mi nombre con la correspondiente acusación “¡Opresor de Euskal Herria!”, “Profesor colonialista y español” o “¡Traidor al Pueblo vasco!”. Varias dianas habían sido pintadas sobre mi nombre en los pasillos de las aulas. Al comienzo de ese curso habían descuartizado repetidamente el cristal de la puerta de mi despacho en la facultad y se habían llevado el rótulo de mi nombre que figuraba sobre el dintel de esa puerta. Las autoridades académicas ya no lo repusieron nunca más. Mi despacho estuvo así, sin nombre, como marcado con la estrella de David durante ese curso, sin que jamás cargo académico alguno se me acercara. Un alumno abertzale de Lasarte, hijo de carnicero, muy diestro en el arte paterno de los cuchillos pero muy agradecido a mi docencia, se sentó un día en mi despacho para decirme que el verdadero enemigo del Pueblo vasco éramos nosotros, los del Foro de Ermua. Hablábamos en eusquera y “Pueblo vasco” resonó en mis oídos muy obligante, como última advertencia. Acaso él no lo dijo así, acaso él no venía a advertirme de nada, acaso era verdad que él no supiese nada de tener que encontrarse ante un profesor con el despacho derruido. El caso era que la interviú del periódico de ese día de mediado junio del año 2000 me hacía decir: Ha habido momentos en los que he dado la clase como si fuera la última de mi vida: Entrevista con Mikel Azurmendi, profesor de Antropología en el País Vasco y ex miembro de ETA. 

 

También entonces yo era muchos ex y no sólo ex miembro de ETA. Muchos otros más ex era que hubiesen calificado más y mejor mi yo, tales como ex creyente cristiano, ex marido, ex de izquierdas, ex diletante literario, ex demandante de empleo en las ikastolas, ex profesor de instituto de segunda enseñanza, y un largo etcétera de múltiples ex cuya suma hubiese hecho una voluminosa biografía de Mikel Azurmendi. Pongamos que de un libro de mil páginas relatando mi tránsito por la vida, no más de unas tres o cuatro tendrían algo que ver con que yo fui miembro de ETA. Pero son ésas las páginas que yo mismo he elegido para llegar a ser otra persona: así lo quise apechugar y apechugado va. Si bien nada recuerdo que el periodista I. Souto del ABC me entrevistase y si, como parece por mi habla, la entrevista fue realizada verbal si no telefónicamente, ahí está, sincopada, reiterativa, derrotada, para referir literalmente algo de lo que yo pensaba entonces:

 

“—Ir contracorriente en un entorno como la Facultad de Filosofía parece especialmente difícil.

—La universidad es una parte de la sociedad y refleja lo que ocurre fuera. En esta facultad los radicales plantean problemas pero son una minoría; el verdadero problema es que aquí la gente, los profesores y los alumnos, obran como la sociedad: miran hacia otro lado. Entonces sólo unos pocos profesores dan la cara. Es decir, cuando alguien está en una clase de ética sobre los derechos humanos y mantiene el tipo diciendo que la vida es la base sobre la que se pueden montar los derechos humanos, una parte de la clase se levanta, dice que no, arma jaleo y al profesor le montan una bronca.

 

—¿No se admite en una clase de ética la defensa de la vida como un derecho humano y, en cambio, se reclaman en la calle los derechos de los presos?

—Considero que la vida no es un derecho humano sino lo que hay y, sobre eso, se monta lo demás. Lo trágico es que estamos reivindicando la vida como si fuera el ideal, pero como no se dé por sentada la vida, no se puede discutir nada. Hay un montón de gente en este país que tiene que pensar todos los días en qué hacer para no ser seguido, para no tener miedo, para ver si termina el día con su familia, sentado, cenando… si llegará el día de mañana o será hoy el último. Sinceramente, ha habido momentos en los que he dado mi clase como si fuera realmente la última de mi vida y, por eso, cada día daba un salto mortal sin red, ofrecía mi mejor clase. Al final de curso venían alumnos a darme las gracias. Les decía que se debía a ellos, pero también a la particular situación del curso en el que he vivido triste pero gozosamente cada momento por el simple hecho de estar vivo. Esta es la paradoja de la tragedia que vivimos.

 

—¿Hay un porcentaje de la población, tal vez un uno por ciento que viva de esta manera?

—No creo que sea el uno por ciento sino casi todos porque, quitando el quince por ciento de los que están aliados clara y sinceramente con el verdugo, con el depredador, con el que mata, el resto ha tomado la decisión de situarse ante el miedo. Todo el mundo ha hecho una cartografía de la situación, ha pensado en los motivos para asesinar a fulano, ha estado indagando en las causas por las que moría la gente y ha encontrado suficientes motivos, supuestas causas… para seguir callado. En mi opinión, esa gente es víctima… vive, trabaja pero no crea nada porque ha decidido no hablar, ha decidido callarse, mirar a otro lado.

 

—Otros, como usted, han decidido hablar.

—Creo que cada vez es más la gente que ha perdido el miedo. Unos lo perdieron antes y son los que están alentando la imaginación vasca, la actividad cultural. Lo triste es que estamos diciendo cosas absolutamente banales: que nadie debe matar por ideas. Es lo que se está diciendo en Ruanda, en Kosovo, en Chechenia. Son absolutas y fabulosas obviedades: que nadie nos mate.

 

—¿Significarse en el País Vasco es sencillamente, en su caso, haber firmado el manifiesto fundacional del Foro de Ermua, hablar en sus clases del derecho a la vida?

—Pues nada más que eso. Tanto es así que hasta colegas míos de este pasillo me preguntan por qué me he metido en esto. ‘Meterme en esto’ es haber dicho basta ya de violencia y me pregunto con qué libertad hablan ellos en la cátedra. Se hace preciso un movimiento ciudadano de sacudida social… José Luis López Lacalle y Jesús María Pedrosa sabían perfectamente que podían ser asesinados porque no opinaban como su vecino.

 

 

 

—¿Cuál cree que debería ser la actitud de las instituciones ante esta situación?

—El Gobierno vasco debe dimitir porque no ha querido entender lo que está ocurriendo aquí. Sólo ha pretendido aprovecharse de lo que pasa con el objetivo de sacar beneficio para su construcción nacional. La dimisión debe ser inmediata porque son casi ilegítimos ya que a las últimas elecciones autonómicas se presentaron con una baza oculta: la negociación con ETA. Deben dimitir para saber si, puestas las cosas claras, la gente les da la confianza. Si obtienen esa confianza, muchos de los que queremos vivir libres nos vamos a ir de este país. Y cientos de miles de personas nos iremos si las instituciones son llevadas como hasta ahora. No tenemos ninguna obligación de mirar todos los días debajo del coche por si hay una bomba.

 

—¿Cree que son muchos los que miran?

—El anterior rector, que es nacionalista, me dijo hace menos de un año que mirara debajo como lo hacía él. Así no se puede vivir. Las instituciones deben comprender que, sin garantizar la seguridad ciudadana, un gobierno no tiene ninguna legitimidad. No se puede tolerar que el Ejecutivo vasco mire hacia otro lado. El Gobierno no estuvo en la manifestación en la que miles de vascos rechazaron en Bilbao el fascismo de ETA tras el asesinato de Pedrosa. ¿Cómo va a estar en una manifestación contra ese fascismo si está en las concentraciones con HB, con la gente de ETA y con los de Senideak que nos señalan para que se nos mate? Cuando el Gobierno está con ellos para decir aquello de ‘necesitamos la paz’, se me ocurre que lo primero que necesitamos es la vida para todos y sobre la vida la libertad de decidir cada cual su propio proyecto. Yo no tengo vocación de mártir, no quiero morir.

 

—¿Cómo cree que juzgará la Historia lo que ocurre aquí?

—La Historia no juzgará distinto de lo que nosotros no queramos y de lo que nuestros hijos quieran. ¿Qué hemos juzgado nosotros del Holocausto? Es muy difícil para la gente tener que decir ‘le dejé de hablar a mi vecino porque tenía un hermano ertzaina’.

 

—¿Hasta qué punto considera que afecta también a los nacionalistas la falta de libertad?

—Los nacionalistas han hecho un pacto para excluir, como mínimo, a la mitad de la ciudadanía, pero hay también una parte de ellos que no tolera esto, aunque se calle. Hay mucha gente en el PNV y EA que saben que esto es una catástrofe y no saben cómo decirlo porque se quedarían sin amigos. Un militante del PNV va hoy a un batzoki y está obligado a sostener la práctica del partido aunque no esté de acuerdo. No hay libertad en este país, ni en los batzoki ni fuera de ellos.

(…)

 

—¿Cree que todos los vascos tienen los mismos derechos?

—Aquí no hay ley. Ese montón de cadáveres quiere decir que no hubo ley para ellos.

 

—¿Hasta cuándo cree que la sociedad vasca puede resistir este goteo de asesinatos?

—La sociedad vasca ha resistido tanto… Ha estado en tantas guerras civiles… Llevamos veinte años tan crueles… La sociedad vasca puede aguantar lo que sea pero su indignidad es de tal calibre que ahora mismo avergüenza ser vasco…  (…)”.

 

 

 

No es ciertamente risueño visitar ese pasado mío de hace poco más de una década. Hoy, me veo diferente de aquel profesor obsesionado con morir asesinado y sin apenas molestarse por el reiterativo periodista en hurgar en la herida. Hoy, la derrota la veo más en mí mismo que en lo que los demás hacen. Hoy, no me avergüenza tanto ser vasco como no haber podido ser otra clase de vasco, acaso como Pío Baroja o, incluso, como lo fue mi padre. O sea, que hoy pondría sordina a mi juicio sobre la indignidad de la sociedad vasca. ¿Qué puede decir de la indignidad un hombre que piensa y dice lo que piensa en medio de una sociedad que le da de comer y vestir, le cura cuando lo necesita y no persigue a su familia? Si uno, precisamente para ser más libre en modelarse a sí mismo ha elegido ir contracorriente y estar con la víctima, ¿a qué viene moralizar sobre el hecho que uno sea mal amado y hasta perseguido? Lo digo ahora que, aun prefiriendo vivir largo tiempo, no me importa morir ni siquiera asesinado, ahora que estoy preparado para volver a la nada de lo que otros quieran recordar de mí hasta que se olviden del todo y nadie recuerde ya nada. Pero digo y diré que sí, que yo fui perseguido y cobré conciencia nítida de que el tiro en la nuca me iba a los alcances. No me molestó Arzalluz cuando afirmó a la prensa que mi partida era voluntaria y que nadie me estaba persiguiendo. Tal obscenidad era vulgar y zafia, fruto de la política como negocio (que ha gobernado esta tierra, el negocio de recoger las nueces que hacía caer el terror). A poco que hubiese nadado en su memoria sacerdotal, Arzalluz hubiese podido citar con ironía paradojas bíblicas como aquella de Proverbios (28,1): Los malvados huyen cuando nadie les persigue. Pero nunca ha pedido nadie ironía o conocimiento bíblico o, menos aún, compasión evangélica a la verbosidad apolillada del ex jesuita a quien más le hubiese valido recuperar el silencio pío de toda su familia carlista. Al boquirroto energúmeno de las campas nacionalistas yo no le deseo que alguna vez tenga que vivir con el milenario miedo de quien está siendo cazado o con la intuición objetivable de que el siguiente en caer va a ser él, pero le repetiré que la mía era la intuición heladora y resignada de haber sido cazado, la misma que había tenido ante las amenazas a Imanol, a Yoyes o a López Lacalle. De hecho esa sobrecogedora intuición se demostró veraz porque, tras el artefacto explosivo que me colocaron en agosto en el portón de casa (¿el último aviso?) y mi consiguiente marcha a América, fue cazado a unos centenares de metros de mi domicilio el profesor Recalde y el nombre de varios profesores de mi facultad pertenecientes al Foro de Ermua apareció en las listas que llevaban en sus bolsillos varios etarras detenidos. Me consta que ni Recalde ni esos profesores habían pensado nunca en que ellos iban a ser perseguidos y tiroteados, pero a todos ellos se les asignaron de inmediato guardaespaldas bajo cuya custodia iban al despacho e impartían docencia. Alguno de estos profesores amigos se había indignado tanto con mis repetidas admoniciones a andarnos con cuidado que, sin yo saberlo, solicitó un puesto para mí en la universidad Complutense de Madrid. Cuando de ésta me llamó el rector concediéndomelo, mi desconcierto ante la actitud tomada a mis espaldas por ese amigo y compañero de departamento me hizo caer en la amargura más desmedrada y temblorosa: mis propios amigos me querían lejos, pero no para protegerme sino para así creerse ellos más protegidos. Preferían llamar paranoica a mi actitud a abrir ellos los ojos a la vastedad del peligro en que estábamos ya metidos. Antes que vivir escoltado, ir a clase escoltado y deambular solo por la vida pero con escoltas, preferí marcharme lejos de ellos, mis amigos: marcharme tras perder toda confianza en ellos porque un hombre solo, cuando los amigos le dan la espalda, ya no puede ser el mismo. Otros dos compañeros me siguieron al poco a América y, tras un tiempo, uno volvió teniéndose que echar encima dos guardaespaldas, como era ya el caso del compañero que me había juzgado de paranoico. El nutrido grupo de amigos que éramos quedó fracturado por los tropiezos personales en los esquinados vaivenes del horizonte político, en los que la lucha antiterrorista era el eje. En la primera novela en castellano que, al poco, escribí, todavía inédita (Ciudad entregada), refería así aquella fractura:

 

“El grupo de amigos, reluciente como un mueble antiguo de roble, articulado a hueso y sin clavos ni tornillería alguna…, hermoso mueble de la amistad que creíamos siempre en construcción y mejora, se fue primero agrietando. Luego se le desprendieron las espigas y saltaron las nervaduras, como tras un inesperado combate entre agónicas fuerzas internas a la madera.

El grupo de amigos se vino abajo súbitamente tras diez años de edificación de la personalidad y el carácter. El yo, esculpido por el tú a tú según el ciceroniano modelo del ‘nosotros’ de la amistad, se nos volvió el estúpido avaro sartreano de la existencia por-sí y para-sí. El terror pudo con las psiqués labradas en diálogo y apego. El miedo acabó con las altruistas formas de la amistad que se da como un vaso de agua que solamente precisa ser bebido. Los desperfectos en la empresa humana de la compasión fueron completos. Quienes habíamos sido amigos nos convertimos en enrocados exiliados interiores y forasteros el uno para el otro”.

 

 

 

El Consejo Universitario, sin mostrar ningún tipo de distancia pública respecto del terrorismo que me había echado de la universidad y sin tampoco una muestra pública de solidaridad conmigo, tomó la decisión de seguir pagándome la mensualidad de funcionario. Es una muestra privada de respaldo que todavía se mantiene y agradezco. Una enfermedad que me sobrevino en América me trajo de Cornell University a un hospital de Almería en un estado físicamente derrumbado y anímicamente desgonzado. Recalé en Almería porque un año atrás había proyectado un trabajo de campo entre los inmigrantes de los tempranales del Poniente almeriense, que hube de suspender a causa de los intempestivos acontecimientos de El Ejido contra inmigrantes magrebíes tras el asesinato de tres vecinos a manos de dos magrebíes. Un matrimonio de médicos con el que había contactado para apoyarme en ese trabajo de campo fue quien me asistió después, en la enfermedad. Fruto de mi trabajo de campo en Almería y del realizado luego entre las ONG dedicadas a la integración social de los inmigrantes fueron dos libros sobre inmigración e integración social en la democracia (Estampas de El Ejido, Todos somos nosotros) así como numerosos artículos entre los que el izquierdismo galopante de la oposición al Gobierno sobredimensionó el tema del multiculturalismo. A la sazón había yo aceptado la invitación del Gobierno para presidir el Foro para la Integración social de los Inmigrantes por la obligante ocasión que suponía para mí pulsar el trabajo real de las ONG. Mi función era un trabajo no remunerado con la única obligación de organizar varias reuniones anuales del Foro y presidirlas. Sin embargo, aproveché mi condición para andar visitando durante dos años con plena dedicación a diferentes ONG de toda España y, sobre el terreno, fui informándome de su trabajo real. Si me entretiene este asunto aquí se debe a que en mi lucha contra ETA había yo acopiado cierta experiencia cívica militante amén de una empeñosa reflexión sobre las condiciones de desintegración de la democracia a manos del relativismo, que no me permitían hacer concesiones teóricas ni prácticas a los progres de colmillo retorcido e izquierdistas de todo pelaje que verían bien el desplome del sistema democrático. Creyendo hacer oposición al Gobierno, el diario El País estimulaba a una jauría de islamofílicos políticamente correctos que impulsaban las tendencias de pensamiento más estériles en lo teórico pero más perniciosas en el día a día de la integración en nuestras escuelas y barrios de gran densidad inmigrante. El tiempo y los recurrentes hechos de pillaje y saqueo por parte de masas de inmigrantes en ciudades europeas no les está dando la razón. Si es ya un disparate llamar racista, de entrada, a cualquiera que diverge contigo en asuntos de inmigración, por lo grotesco e intrascendente se asemejó al croar del sapo aquel manifiesto que contra mi libro Estampas de El Ejido emitió un patiezuelo de antropólogos insultándome y exigiendo mi exclusión del claustro profesoral. Me consta que sólo uno de ellos había hojeado mi libro pero aunque no hubiese sido así, ¿por qué no lo impugnaron con hechos extraídos de la experiencia y el trabajo de campo? Mira por dónde, casi ninguno de ellos había condenado jamás el terrorismo de ETA en público ni escrito una sola línea en defensa de sus víctimas (lo que enseñasen en sus cátedras no es difícil colegir a resultas de lo que aquellos profesores del tribunal de Tenerife opinaban cuando el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Y, por supuesto, sus nombres no podían faltar entre los firmantes del manifiesto contra mí). ¿Cuántos de ellos fueron alguna vez trabajadores inmigrantes en Alemania o Francia, con años de trabajo en fábrica, precarios salarios y desportillados apartamentos? ¿Cuántos de ellos hicieron alguna vez presencia entre nuestra inmigración, cuántos una presencia militante? Decenas de interrogantes cabría hacer sobre su enclave residencial, el colegio de sus hijos, el salario doméstico que pagan a sus mujeres de limpieza inmigrantes, etcétera, sin que me aliviasen una pizca el dolor de haberme cerrado las puertas de los departamentos de antropología de toda España. En consecuencia, sólo me quedaba escribir y opté por poner hueso y carne al argumento contra la opresión, ponerle rostro humano al análisis social, inventar personajes que llenasen los huecos de dolor de la víctima, volver más precaria y efímera la certeza que posee el investigador social sobre el desarrollo causal de los asuntos humanos. Por si la emoción moviese más a mis lectores que el discurso razonado. Por si yo mismo llegase a ver las cosas humanas en el temblor de cada vida personal, con la proximidad del daño mutuo que nos hacemos a diario. Por este estilo de escritura (por éste –hélas!– tan a lo Primo Lévi, Kertész o Améry) abandoné la escritura periodística de la que podía haber vivido con holgura y dejé también de lado la reflexión pública sobre la política o la antropología. Y me acerqué de nuevo a casa renunciando a mi errancia de fugitivo, monje y guerrero, con varios manuscritos literarios en espera de quien los edite. Y un día y otro escribo, a diario comenzando a ser otro al hilo del personaje que me transporta, según el pálpito de la gente que voy describiendo, ora ácido y carbonizado ora aterciopelado y hechizante. En mi cajón se van así amontonando relatos callados cuya gente vive dentro de mí y me habla, ríe conmigo y hasta me riñe.

 

De la misma manera que me echaron de la universidad sin que nadie protestase ni me echase de menos ni reclamase que yo volviera a las clases, de manera en nada diferente a como huí sin plante ni manifiesto universitario alguno en mi favor, ni siquiera cuando colocaron en casa una bomba, así he vuelto a casa: en el silencio del cuerpo desmedrado, terca la esperanza, la ambición amputada y sin una explicación untuosa que ofrecer. Cuando me han preguntado en el diario El Mundo, les he dicho que ya no tengo miedo a morir y que, cuando sobrevenga ella con su carruaje y la eternidad (tengo presente aquel verso de Emily Dickinson,“Because I could not stop for Death/ He kindly stopped for me/ The carriage held but just ourselves/ and immortality”), me cogerá preparado. Jamás pensaba que fuera así el final, pero eso es lo que he necesitado aprender en este tiempo de extierro: aprender que yo tomé las decisiones y que, luego, ellas forjaron destino. Aquí le apago, por tanto, la luz a quien haya entrado a ver esta exposición impúdica que he preparado sobre mí mismo. ¿Qué es mi identidad sino un esfuerzo por ir apagando las luces de viejos y caducos pasillos e iluminando otros que se me iban abriendo al azar para que corriese por ellos apagando luces? De esta manera he llegado a ser el último de mi propia carrera en apagar la luz de esa carrera.

 

Posiblemente me ha quedado ahora más clara la diagnosis sobre esa enfermedad que ha hecho que mucho de mi vida y de mi vigor para pensar y emocionarme se me lo hayan llevado los vascos.

 

 

Acuérdate de dar las gracias

 

“Ésta es la utilidad de la memoria: libera. No reduce el amor, sino que lo dilata más allá del deseo, liberándonos de futuro y pasado”. Lo escribió T. S. Eliot en el ‘Little Gidding’ de los Cuatro cuartetos. Solamente un presente liberado queda de mi vida, lo que ha subsistido de la quema, cenizas de lo que uno fue y de los proyectos que todavía esperaba haber realizado. El presente dilatándose más acá del deseo, normalidad irrecusable de quien ya no espera ni se aferra. El momento de cada momento. Las cenizas, eso es. Y tú ahora, sentado en el acantilado entre cenizas, y el cielo volviéndose amarillo membrillo. Liberado de pasado y futuro al igual que la viejecita que recoge pan por las callejas para hacer migas y echárselas a los pajarillos en los jardines.

 

 

[Vascos comunicantes es el nombre que recibe un conjunto de recipiendarios humanos comunicados entre sí y que contienen un mensaje homogéneo. Se observa que cuando el mensaje está en reposo alcanza el mismo nivel en todos ellos, sean cuales fuere su forma, educación y volumen. Cuando sumamos cierta cantidad de mensaje adicional, éste se desplaza hasta alcanzar un nuevo nivel de equilibrio, el mismo en todos los recipiendarios. Les sucede lo mismo a los vascos cuando los inclinamos y aunque cambie su posición, el mensaje siempre alcanza el mismo nivel. Esto se debe a que la presión identitaria y la gravedad del ambiente son constantes en cada recipiendario, por lo tanto la presión simbólica a una profundidad dada es siempre la misma, sin influir su geometría ni el tipo de mensaje.]

 

 

Mikel Azurmendi es antropólogo y escritor. En FronteraD ha publicado Hablar, significar, vivir juntos y Los cimientos de una nación 

 

 


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Autor: Mikel Azurmendi