Veneno otra vez

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A propósito del Toro de la Vega

 

Las tradiciones son alienantes, irracionales, totalitarias, enfermizas, endogámicas, adictivas. A diferencia de los hábitos, los vicios y las manías, que son acontecimientos estrictamente personales –y con frecuencia estimulantes–, las tradiciones funcionan como autoengaños colectivos. En eso reside su carácter letal.

 

La tradiciones institucionalizan costumbres del pasado y las convierten en grandes discursos para el presente. Así pueden legitimar públicamente derroches, estupideces y salvajadas. Muy similar a lo que hacen los nacionalismos cuando transforman en instrumento de poder y manipulación algo tan personal e íntimo como el sentimiento de ser de algún sitio.

 

Las tradiciones han hecho más daño a la humanidad que todas las guerras, epidemias y catástrofes juntas. Las tradiciones son inhibidoras de la imaginación y por tanto del desarrollo. Son el refugio de los simples, la coartada perfecta para quién no es capaz de elaborar un discurso propio, la excusa ideal de los que no encuentran ninguna otra. Un comodín zafio que a menudo se disfraza de arte y cultura, cuando sólo es un reaccionario ejercicio de conservadurismo travestido de negocio.