Ventanas cubanas

0
321

“¿Ves el horizonte? Pues ahí termina mi mundo. ¿Sabes qué hay detrás para mí? El abismo”. Le dice Alberto, vendedor de artesanía, a un turista en una playa de la provincia de Guantánamo: “Para un cubano lo importante no es adónde ir, sino irse”

 

 

En Cuba, las rejas son algo muy simbólico. Existen en gran parte de las ventanas y puertas de todas las casas. Tras ellas se asoman los ciudadanos para ver pasar el tiempo, detenido tras 54 años de un régimen estancado que ha logrado cambiarle el significado a la bella palabra Revolución. Esos barrotes se difuminan hasta hacerse invisibles en la mayoría de pasaportes de los ciudadanos cubanos, que durante décadas han tenido prohibido viajar al extranjero. El 14 de enero entró en vigor la nueva ley de política migratoria, que elimina los permisos de salida al extranjero, aunque impone nuevos requisitos. A la espera de conocer el verdadero alcance de la ley, la metáfora de su encierro es visible en cualquier calle cubana y tras esas rejas reales, asoman sonrisas de esperanza que piden un cambio.

 

“¿Ves el horizonte? Pues ahí termina mi mundo. ¿Sabes qué hay detrás para mí? El abismo”. Son las primeras palabras que Alberto, vendedor de artesanía de 38 años, dirige a un turista en una playa de la provincia de Guantánamo: “Para un cubano lo importante no es adónde ir, sino irse”. Ser viajero en Cuba puede ser agotador por el acoso de personas que tratan de conseguir algo: un lápiz, una camiseta, un dólar. Pero casi siempre la conversación termina, si no ha empezado por ahí, por la situación de aislamiento a la que el régimen cubano somete a sus ciudadanos.

 

El 14 de enero entró en vigor la nueva ley de política migratoria que Raúl Castro anunció a mediados de octubre. La nueva medida, calificada por algunos como “giro histórico”, genera escepticismo en otros, que cuestionan el alcance real de esa nueva “libertad”. En medio de la incertidumbre, han crecido las colas para conseguir pasaporte, un documento que cuesta 100 dólares en un país donde el salario mensual apenas llega a los 20. El decreto que actualiza la política migratoria elimina los permisos de salida para viajar al extranjero (la llamada “carta blanca”) y la necesidad de una carta de invitación, con lo que en principio solo será necesario el pasaporte. Sin embargo, el decreto expone nuevos requisitos. Las autoridades pueden denegarlo por razones de “interés público”, o de “defensa y seguridad nacional” con el fin de evitar el “robo de cerebros formados por la revolución”. De este modo, todo indica que las limitaciones continuarán para algunos profesionales que el país considere “vitales”.

 

Como la gran mayoría de cubanos, Alberto no ha salido nunca de la isla. “Conozco Barcelona gracias a una novela que me regalaron unos turistas, La sombra del viento”, dice. Para muchos cubanos, la razón de privarles de salir al extranjero es que el país se quedaría vacío. “Solo dan permiso a algunos profesionales eminentes y a gente mayor que va a visitar a familiares, porque el régimen sabe que ellos volverán, pero un joven es un emigrante en potencia”, dice Carlos, profesor de salsa en La Habana. “Aquí abren un puerto para cubanos y no quedaría nadie”, añade Soledad, de 60 años. Y recuerda el caso de la lancha de Regla, municipio a 10 minutos en barco desde La Habana Vieja. En 1994, la lancha fue secuestrada y desviada a Miami. “Al tercer intento”, recuerda Soledad, “el Régimen fusiló a tres hombres y ya no volvió a pasar”. En aquellas lanchas había personas que no conocían el plan y, en lugar de regresar a sus casas en Regla, llegaron a Miami. “Les tocó la lotería”, dice Soledad.

 

Numerosos edificios permanecen derruidos hace tiempo, casi esperando un viento que tendría que llevarse los restos de un país que parece abandonado a su suerte. En los muros permanecen proclamas antiguas como “la revolución es construir” o “más libres que el viento” mientras se abren grietas de desidia en las paredes y muchos ciudadanos cubanos pasan su tiempo mirando tras las rejas de sus ventanas, esperando que algo cambie.

 

En el caso de que la nueva ley migratoria resulte universal y sin requisitos inalcanzables para obtener el pasaporte, el siguiente hándicap para un cubano será disponer de suficiente dinero para viajar, una utopía en su economía, maltrecha por la existencia de una doble moneda y por el persistente embargo estadounidense, condenado 20 veces por las Naciones Unidas. En Cuba, un médico cobra 20 dólares y un maestro 15. En un país lleno de licenciados y diplomados, el mayor sueldo (dejando aparte a los miembros del Partido Comunista) lo obtienen los barrenderos: 36 dólares. Les siguen en el escalafón los policías, con 28. Teniendo en cuenta que unas zapatillas deportivas para niños cuestan 25 y que el precio de la comida está disparado en comparación con los sueldos, está clara la razón de por qué el turista es la puerta de salida del cubano. Alberto lo confiesa: “yo durante el día soy artesano y durante la noche jinetero, espero que alguna extranjera se enamore de mí y me lleve de aquí”. “Muchos jóvenes buscan alguien que les saque del país”, se lamenta Soledad, y añade: “La gente está mal. Antes querían mucho a Fidel porque había esperanza, pero ahora ¿dónde está aquel cuento?”.

 

 

 

Elena Parreño es periodista. Xavi Herrero es fotoperiodista. En FronteraD ha publicado Turkana: la hambruna invisible

Autor: Elena Parreño