Verde bosque y azul marino

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Con pasos de baile se empieza el camino, siempre cuesta arriba, huyendo cada uno de su fiera: Ni un solo punto sobre la recta en este monte, creciente monte donde la razón sabe que está de más entre árboles que trepan por todo esquema vertical, socavan los cimientos de sólidas teorías y se tragan las casas con sus gentes. Qué recién llegados somos a la despiadada practicidad del mundo remoto. Al revolver de una esquina, cuando el verde bosque se asoma al azul marino, aparece entre las olas la mano de Dios que, nunca del todo ahogada en su océano de compasión, vuelve de lo profundo a la vida larga y ancha, bien cogida a la red de pescar los peces. Sobre tierra y agua, en reinos de pocas dudas y menos certezas, vive la fierecilla alada que nos desata la vista del suelo y se la lleva por aire, tan aquí mismo, donde vuelan los sueños dentro y fuera del hueso hueco.