Vergüenza

Donde se comenta con admiración cómo la gente que carece de ella prospera en la vida

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Tengo un recuerdo suelto, un poco fugaz, de haber oído en la radio que Boris Izaguirre consiguió su primera colaboración “asaltando” a Gemma Nierga por la calle. Su proverbial verborrea, su capacidad envidiable de acometer a un desconocido y contarle banalidades, le permitió un ascenso meteórico en los medios. Entre su cháchara, los desnudos y sus excelentes artículos -es un magnífico columnista de cine– pudo prosperar de inmigrante ignoto a gran uranita hispano.

Ese factor X, la capacidad de no tener vergüenza, siempre me ha parecido algo innato en muy poca gente. No es solo evitar tener un filtro con algún desconocido con poder, sino decir algo interesante y tener la asombrosa capacidad de caer en gracia. Se les suele llamar “trepas”, lo son los más mediocres, pero en muchas ocasiones una personalidad arrolladora va acompañada de un talento endiablado.

Labrarse un carácter, tener miedo al propio miedo, es algo casi desconocido en mi generación. La mayoría, quizá educados en el cinismo profesional de Internet, evitan cualquier naturalidad en el trato: somos los que crecimos idolatrando la comedia de la vergüenza ajena que abanderaban Ricky Gervais y Larry David.  Quizá por eso cuando uno lee anécdotas de tiempos pasados, ese Pedro Almodóvar joven diciendo a Antonio Banderas que hiciera cine, añora esos días en los que el ordenador no existía, solo había móviles en Wall Street y los amores epistolares podían durar años.

“Un baile nuevo, un baile nuevo: el baile del pañuelo, el baile del pañuelo…”

La tecnología, en fin, nos hizo perder la inocencia, aquella que permite ser “caradura”, y nos bautizó en la liturgia cínica. Mientras tanto, como disculpa, recordemos este “anhelo de vivir a distinta velocidad”. Pronto se nos olvidará entre estreno y estreno de Netflix

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