Vértigo

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Otra clase de vértigo sentiría si Pablo acudiese a la reunión acompañado de Andrés Bódalo, frente al que me temo que Luena nada podría hacer. Son comprensibles los nervios. Uno ha de tener listas las respuestas adecuadas, el tono preciso, la presencia correcta y los principios manejables...

 

Yo imagino hoy a Pdr como en la víspera de su más importante entrevista de trabajo. Eso es Pablo, como una gran frontera, un muro enorme, una alambrada de gulag. Recuerdo la primera entrevista que tuve en mi vida y la sensación de hallarme ante un gigante que me hablaba con voz ensordecedora a pesar de que en realidad era una mujer menuda de timbre casi imperceptible. No imagino el efecto que debe de causar en él esa coleta, una coleta desmedida y monstruosa. Pdr es pequeño y Pablo es grande. Pdr el pequeño, como si fuera un zar de juguete, y Pablo el Grande. Pdr va suplicando por ahí (la cara de Tsipras era como la de Paris ligándose a Helena de Troya) que le empequeñezcan al titán para mañana sentarse enfrente de él y no sentir el vértigo. Otra clase de vértigo sentiría si Pablo acudiese a la reunión acompañado de Andrés Bódalo, ante el que me temo que Luena nada podría hacer. Son comprensibles los nervios. Uno ha de tener listas las respuestas adecuadas, el tono preciso, la presencia correcta y los principios manejables. España espera a que Pdr pase la entrevista. O a que no la pase. Igual que imagino a Pdr nervioso, con el vestido ya extendido en la cama como los toreros, imagino a Pablo riéndose allá donde quiera que esté su cubil de los Panteras Negras, cuyo miembro menos escrupuloso no debe de ser precisamente un Bódalo, ni siquiera un Mayoral o una Bescansa, cervatillos al lado de la implacable Montero, que debe susurrarle al querido líder palabras sangrientas al oído arañando platos con sangre y saliva. Sonia Braga en aquella película en la que se aprovechaba del mismísimo Clint Eastwood. Pablo ríe y Pdr suspira. España jocosa, enamoradiza y expectante, aunque quizá esto último sea demasiado decir. Pdr en la frontera, atrapado en su Idomeni particular (no debe de saber, o sí que es peor, que su objetivo tiene a un país embotellado), quiere llegar a la Moncloa que divisa allí tras el alambre de espino que son las guedejas pablistas. Ya nos enteraremos mañana en la gala. Quizá suba Rajoy a recoger el premio, o puede que sea Luena, o mejor Hernando, quien grite: ¡Pdroooo!