VI. La otra vivienda

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La última semana de enero Solís estuvo tentado de marcharse de la casa y regresar a su ruidoso, pero acogedor piso de la Avenida Nueve. El lunes 28 se levantó con algo de dolor de cabeza y antes de ponerse a escribir, leyó lo que había escrito en días anteriores. La lectura le dejó muy desanimado. Nada de lo que había escrito le parecía relevante y ni siquiera legible. En un momento de debilidad estuvo a punto de dar al botón y borrar todo el documento, como ya había hecho días atrás con otro texto que le había ocupado más de una semana de trabajo, pero esta vez, tras pensárselo un momento, en lugar de borrarlo se apresuró a hacer una copia de seguridad en su lápiz de memoria. No era cosa de deshacer lo andado cada vez que le entraban dudas.

 

Aquel día tecleó dos o tres párrafos, y viendo que la cosa no prosperaba, decidió bosquejar el enésimo cuadro sinóptico con todo aquello que pensaba desarrollar en su trabajo. Sabía que en cuanto terminara esa primera parte, que era la más teórica y difícil, lo demás vendría rodado. Por la tarde, confiado en que tendría mejores días, se fue a Kingston, comió en un buffet chino y se vio dos películas: la última entrega de Tarantino y una comedia inane con Barbra Streisand de protagonista.

 

El martes 29 se le hizo verdaderamente cuesta arriba. En algún sitio había leído que el genio era una larga paciencia, pero la suya empezaba a quedársele muy corta. Cundía cada vez más el desaliento. Se veía incapaz de hacer nada con las palabras. Si escribir un libro era como ascender una empinada montaña, Solís se sentía con piernas de paralítico o de enclenque. Ese 29 de enero no escribió un solo renglón y se lo pasó entero escuchando música tonal. Por la noche, ya dormido, la mujer de la foto se le apareció en sueños. Al despertar apenas recordaba cómo había sido la aparición ni en qué lugar, salvo que la mujer estaba sentada en una oscura habitación y lloraba, aunque esto último quizá ya era recreación hecha durante la vigilia.

 

El miércoles 30 de enero amaneció luminoso y gélido. Solís se pasó la mañana en la biblioteca mandando emails a amigos y familiares. Al amigo que le había recomendado venirse para los Catskills le preguntó por el pasado de Martell. El amigo le contestó de inmediato lo siguiente:

 

Laszlo me hablaba muy poco de su pasado. Presumía, eso sí, de su educación francesa. Una vez dejó caer que había sido compañero de Georges Perec en el colegio. Ya muy al final, una de las veces en que fui a visitarlo al hospital, estaba con él un primo suyo de casi la misma edad. Salió a colación la guerra y el primo comentó que Martell había sido uno de los pocos niños judíos de su comarca que había sobrevivido al Holocausto. El pobre Laszlo estaba ya medio ido por los efectos de la morfina y solamente se sonrió al escucharlo. En cuanto a las fotos del piano, poco te puedo decir. Se lo preguntaré a Pamela, su mujer, cuando la vea. En todo caso, no olvides que en esa casa vivió el padre muchos años con su segunda mujer, con la madrastra de Laszlo. Si tengo tiempo, te haré una visita el próximo fin de semana.

 

Por la noche volvió a nevar y durante una hora al menos sopló el viento con fuerza. Hacia las ocho se fue la luz. Ya le habían avisado de los apagones, pero Solís no se percató ni se preparó para tal eventualidad, y así se vio de pronto a oscuras en medio de la casa, sin velas ni linterna. Afortunadamente había luna llena. A través de una penumbra de perfilados bultos y dudosas oquedades fue tanteando muebles, revolviendo cajones, abriendo y cerrando armarios. Su búsqueda resultó infructuosa, pero al abrir el último cajón de un aparador que estaba en el vestíbulo, junto a la puerta de entrada, se encontró con varios juegos de llaves. El descubrimiento le alegró tanto como si hubiera dado con un cirio o una lámpara de gas. La luz volvió ya casi de madrugada. Sin saber exactamente por qué Solís, con un manojo de llaves entre las manos, había resuelto sus dudas de los días anteriores. Seguiría en el campo hasta junio.

 

31 de enero

Anoche se fue la luz y estuve por unas horas en la más absoluta oscuridad. Debí haberme pertrechado de velas y linterna, pero no hay mal que por bien no venga, pues mientras buscaba desesperadamente por entre los cajones me encontré con las ansiadas llaves de la otra vivienda.

 

Esta mañana he hecho la primera visita.

 

Es un estudio soberbio, de construcción reciente. Por fuera no llama demasiado la atención, el típico “cottage” revestido de madera con un prominente tejado de pizarra a dos aguas, pero el interior es una obra de arte. Nada más entrar lo que se ve es un espacio rectangular amplísimo que resulta aún más amplio gracias al alto techo en forma piramidal entrecruzado de gruesas vigas y forrado hasta su vértice con maderas de cedro. Una claraboya acristalada en uno de los lados del techo baña de luz invernal todo el recinto.

 

Aquí y allá, entre el reluciente parqué, se ven algunos muebles distribuidos con cierto desorden. Hay un escritorio junto a una ventana, un sofá de cuero atravesado en mitad del estudio y, al fondo, una cama a medio hacer cubierta parcialmente con una colcha de motivos romboidales propios del diseño indio.

 

Hay también una estufa de leña arrimada a una de las paredes laterales, con un cañón negruzco que se asemeja a la chimenea de un viejo tren de vapor. Unos cuantos troncos de roble están perfectamente apilados en una especie de estantería empotrada, que contiene además, en los estantes de arriba, botellas de vino y varias figuras de porcelana relacionadas con la tauromaquia: un torero en su traje de luces haciendo una verónica con el capote, otro montera en mano en el momento de hacer un brindis y un toro bravo a la carrera con dos banderillas clavadas en el lomo manchado de sangre.

 

La minúscula cocina, en uno de los rincones del fondo, tiene signos de cierto abandono. La puerta de la nevera está entreabierta y como desencajada, la hornilla con restos de grasa reseca y la pila del fregadero llena de manchas de óxido. Sorprendentemente el cuarto de baño, también muy reducido, está casi inmaculado. Lo compone un lavabo mínimo, un retrete y una ducha con cortina de cristal que parece haber sido instalada hace poco.

 

Al mirar más detenidamente he comprobado que hay un montón de cajas y bolsas de distinto tamaño detrás de un sillón que está junto al escritorio. Parecen contener carpetas, cuadernos y fotocopias. Uno de los cuadernos que saqué al azar estaba escrito en francés. La caligrafía es clara. Lo poco que leí resulta impersonal, notas o citas sacadas de un estudio sobre La Nueva Eloisa, creo. No he querido proseguir con mis pesquisas. Ya lo haré con más tranquilidad en los próximos días.

 

Sospecho que muchas de las incógnitas que tengo en torno al hombre Laszlo Martell deben encerrarse ahí, entre esas cajas.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.