Viaje a la frontera entre Polonia y Ucrania: otra generación límite

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“Si hay fronteras, hermanos, están en nuestra imaginación”. Un repaso al Rock & Ríos cuarenta años después, deja la siguiente conclusión: Miguel Ríos es el músico español que mejor ha envejecido. Su particular pacto con el diablo también lo resiste su música, pero no tanto sus letras. En 1982 la muerte de Brézhnev ponía fin a un ciclo en la Unión Soviética, se empezaba a abrir la ventana a la fragmentación. Los jóvenes rusos morían en la guerra de Afganistán dejando una chapa con su grupo sanguíneo (“Gruppa Krovi”, cantaba el rockero Viktor Tsoi, líder de Kino). Y la selección roja, la auténtica de entonces, no podía pasar de la segunda fase del Mundial de España 82 al toparse con Brasil. Y eso que contaban con su estrella, el ucraniano Oleg Blokhin, y otro ramillete de buenos futbolistas. Cuatro décadas más tarde, el cantante granadino volvía un sábado de marzo al Palacio de los Deportes de Madrid para lanzar sus himnos antibélicos, más que justificados en esta ocasión. Lo hacía a la vez que el ejército ruso de Putin estrechaba el cerco sobre Kiev y dejaba ciudades como Mariúpol irreconocibles. Otros conciertos, para nada gratos.

No obstante, la letra que parece seguir marcando el mundo treinta años después de que Francis Fukuyama inventara el controvertido “fin de la historia”, no es el del Himno a la alegría, a la sazón símbolo europeo, sino que el mundo lo sigue explicando mejor que nadie Enrique Santos Discépolo con su Cambalache. El siglo XX fue un despliegue de maldad insolente con broches tristes en el Viejo Continente: el asedio de Sarajevo, del que Fukuyama quizás no se enteró, y la OTAN ahogando con bombas a la población de Belgrado. Y el siglo XXI no le va a la zaga, parece.

Cruzar Polonia y llegar a la frontera de Dorohusk sirve para hacerse una ligera idea del caos y dolor que ya ha supuesto un mes de guerra para Ucrania y se sobrentiende que también para Rusia, porque el resto del mundo parece que todavía lo ve algo lejano. El sábado 4 de marzo, antes de partir desde Málaga hacia Varsovia, la ciudad asistía a procesiones y al fin del carnaval, empachada de fiesta, y las conversaciones variaban entre los debates vacuos sobre las motivaciones de esta guerra y las ganas de Semana Santa que tienen los capillitas.

Dos días antes, una charla de la escritora Olga Merino –autora de Cinco inviernos (Alfaguara, 2022) sobre su vida en Moscú– era el punto de partida de un viaje corto pero revelador. Hablaba de un Putin de rostro demudado, transfigurado en Stalin, en el Museo Ruso de Málaga, cuya actividad paradójicamente ha estado en entredicho estas semanas.

Había que acercarse aunque fuera un poco a aquello. La decepción por la crisis del periodismo, tras diez años abatido al saber que no es el mejor oficio del mundo, no sería el freno esta vez para emprender una expedición barata y con pretensiones humildes. Sinceras, creo.

A finales de enero, cuando Putin iniciaba el prólogo de la guerra, buscaba vuelos a Kiev, pero la dificultad de entrar en el país con las garantías suficientes ya era alta. En realidad, siempre quise ser historiador más que periodista y pocas historias generan tanta fascinación como la de Rusia y la Europa del Este en general.

Con lecturas básicas como El nacionalismo ruso moderno (Báltica, 2020), de José María Faraldo, y Una muy breve historia de Rusia, de Geoffrey Hosking (Alianza, 2014), portátil, cámara y algunos víveres para entregar en la frontera, completé una mochila para un viaje blitzkrieg con el que atrapar alguna milésima del zeitgeist de estos días. Sacudirme un poco el cinismo con una dosis de humanidad y, de paso, probarme en una experiencia en la que tener que captar contactos, tirar de idiomas, y una mirada para traer de vuelta historias que, al menos a mí, no me dejaran indiferente.

El primer día en Varsovia y alrededores, el lunes 7 de marzo, pude comprobar de primera mano que lo del éxodo de más de un millón de ucranianos hacia Polonia es cierto. El país vecino, el tercer protagonista de la historia, vive con más intensidad las últimas semanas. Cualquier voivodato (región) cualquier pequeño gmina (municipio), ha parado la actividad de su pabellón para montar campamentos improvisados; hay excedente de donaciones en estos primeros compases, los cuartos de invitados de los polacos adquieren un sentido total con niños de diferentes lenguas y tradiciones entendiéndose a la perfección en el idioma del juego. Las estaciones de autobús y tren, puntos por los general de aventuras que comienzan, vuelven a mostrar su cara más triste. De desorientación, rabia y miedo. De mujeres con sus hijos mientras los hombres se quedan en el frente, en el campo de carnicería humana, obligados.

A Polonia le pesa demasiado la historia. Mucho. Y la fobia a lo ruso de las nuevas generaciones es enorme pese a que brindan igual y las raíces eslavas de hospitalidad no son fáciles de esconder. Están orgullosos de su respuesta, de su acogida a los ahora llamados refugiados, palabra de resonancia enorme y a la que el mundo se acostumbra sin pudor en cuestión de horas. La recepción de otros refugiados, en 2015 o el año pasado, cuando muchos bielorrusos querían cruzar la frontera, no fue la misma. Ni mucho menos. Pero las vergüenzas pasadas, muy recientes, no deberían opacar el buen ejemplo actual. Por ahora.

Al final, viajar es darse cuenta de que en todos los lados se cuecen habas; de que niños, adolescentes y mayores somos iguales en todas partes. Sólo varían las circunstancias y las condiciones. El azar.

Llegué a mi base de operaciones de Lublin, ciudad que conoce bien la diáspora, el horror en campos como el de Majdanek y las invasiones –de rusos y alemanes–, el lunes 7 de marzo por la noche, para acercarme desde allí a la frontera de Dorohusk, a una hora en coche. Pude atravesar Polonia ayudado por polacos hispanohablantes y una traductora ucraniana de Lviv con un delicioso español, hasta esos 300 metros de calzada y arcén que parecen irreales. Encontré allí gente que habla contigo al ritmo de spasiva con fe en volver pronto a Kiev, de donde salieron escopetados y asustados, y me crucé con miradas de desolación que decían solamente: “Quiero ir Katowice y olvidar todo lo anterior”. Hogueras, comida caliente y mantas. Prisas y dudas. Algún llanto. La mejor cara del reporterismo, completando en la frontera el excelso trabajo de los periodistas que llevan ya semanas en Ucrania.

El pabellón de Chelm, un Palacio de Deportes gris sin espacio para una tumbona de playa más, es el cierre más triste posible de un viaje que la infraestructura hizo corto, pero que era necesario. Con la idea de volver a otra frontera a constatar la vuelta de otra generación límite y pensando que Miguel Ríos afinó cuando cantó en Año 2000: “Si no ponemos remedio, el ser humano nunca vencerá”.

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