Viaje a un campo de fútbol nevado

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Se salían a jugar en verano. Tenían unos nueve o diez años. Él vivía muy cerca, en la misma calle, donde jugaban con la pelota, con los amigos, venían de lejos, de otras calles, del final. Se juntaba diez u once, los amigos del colegio. Ponían dos piedras, las porterías, a cada lado, hacían los equipos y empezaba el partido.

No pasaban coches porque era una calle sin salida.

Aquel atardecer era perfecto, el juego, la temperatura, todos juntos, un intento de gol, el pase al hueco, otro pase contra el murito, sin camiseta, celebrarlos, la amistad, el tiempo libre, las vacaciones.

A veces se colaba la pelota y se colaban en las casas extrañas con la excusa perfecta.

Habían empezado a las siete.

Él tenía que volver a las diez, era la hora de regresar a casa, cenar con sus padres, de postre sandía o melón, tortilla de patatas y pan, beber agua.

Él no quería volver a las diez, el límite. Alargarlo, todavía no había acabado, seguir, volver a casa más tarde, muy de noche, continuar.

Tan cansados que la luz de las farolas no sería suficiente para los ojos y la pelota.

Miró el reloj, casi las diez.

Quedaba poco.

Cogió una de las piedras de la portería, estaba de portero, se lo quitó, rompió el reloj con la piedra contra el suelo, antes de las diez, sería la excusa perfecta ante los padres.

¿Cómo iba a saber qué hora era si se me rompió, jugando, el reloj?

Imposible.

No me di cuenta de que eran las diez, más, después, las once, casi las doce.

No había forma.

Y jugó con sus amigos hasta que estaban tan cansados que la luz de las farolas se apagó sin querer.

*

*

Y bajó del octavo, donde vivía solo, bajó con la pelota, había nevado.

Y lanzaba el balón contra la portería blanca, de color blanco, haría goles.

E iba él mismo a recogerlo o a recogerla una y otra vez.

Y así, tan cansado y sin luz suficiente, hasta que lo dejó.

Todas las huellas sobre la nieve, sin querer.