Viaje al Congo

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La cabeza no para de repetir las imágenes y las conjeturas sobre el futuro de toda esta gente. Están peor que hace años. Robos y sobornos van a más, pues el Gobierno, inexistente, no paga a nadie. Ves deambular a miles y miles de personas por las calles a todas horas y no sabes de qué viven. Se lo preguntas a los misioneros y ellos tampoco se lo explican

Cuando tenía 12 años, fui a estudiar con los hermanos maristas; a partir de ese momento empecé a tener conocimiento de la existencia del Congo a través de los que iban allí a dedicar su vida a los demás; eran tierras lejanas, llenas de peligros y enfermedades. La triste noticia, en el año 1996, del asesinato de cuatro hermanos en aquellas tierras, hizo que volviera con fuerza el recuerdo del Congo. Vi en televisión al hermano Rieu (al que conocí en el colegio) hacer de portavoz de la congregación.

 

Con el tiempo conocí a Aurelio (padre blanco, Misioneros de África). Lleva en diferentes zonas del centro de África unos cuarenta años, y desde que lo conocí sabía que no tardaría en ir con él a conocer esa zona, e intentar aportar algo. Sus últimos siete años ha estado en Bukavu, muy cerca de Nya-Ngezi, lugar de una de las primeras fundaciones maristas, y donde están enterrados los cuatro hermanos.

 

Nuestra primera visita fuera de la ciudad  fue a 25 kilómetros, para ver la fundación marista y las tumbas. Nos desplazamos en un todoterreno por una carretera nacional A en dirección sur hacia Bujumbura (capital de Burundi). Lo comento porque la supuesta carretera A es una pista de tierra llena de baches donde no se puede ir a más de 20 o 25 kilómetros por hora, y donde al poco tiempo no sabes como colocarte en el asiento. Es así en todas las carreteras que conocí, y muchas son  peores. Todas las carreteras son un hervidero de gente a los dos lados; mujeres con vestidos de vivos colores llevando niños en la espalda, portando sobre sus cazas fejes de leña, de plátanos, cestos con diferentes mercancías; hombres desgarbados portando herramienta, troncos, piedras; niños, montones de niños que van o viene de las escuelas, la mayoría con su pantalón o falda de color azul fuerte y camisa blanca, y todos, niños y niñas, con el pelo al cero. De vez en cuando nos cruzamos con algún camión con la caja llena a rebasar de gente. Todas las carreteras tienen el mismo ambiente: desde luego no te aburres viendo a la gente según avanza el coche. Dicen los congoleños que si vas por una carretera y durante varios kilómetros no ves gente date la vuelta, hay algún peligro delante, especialmente rebeldes o gente armada peligrosa.

 

Nuestra primera parada fue a mitad de camino para visitar un grupo de escuelas, pues nos acompañaba el responsable de asuntos educativos de la diócesis. Era como casi todas las que visitamos otros días: son construcciones tipo pabellones de planta baja, construidos en torno a una gran zona central de tierra a modo de patio; se diferencian en que las más humildes son totalmente de madera, con las tablas separadas entre sí, con o sin huecos para las ventanas, y los asientos en la misma línea, para los más pequeños; hay otras construcciones que son de ladrillo con tejados metálicos y con hueco para  las ventanas, pero sin ellas. También las hay con pabellones mejor acabados, que suelen ser para los alumnos mayores. Después llegamos a la fundación marista, en un amplio valle, con gran vegetación, rodeado de colinas y más lejos montañas altas. Como en todos los colegios maristas lo primero que se ve son los campos de deporte, y después de unas avenidas de tierra rodeadas de bambú aparecen los edificios. Nos recibe el director, un hermano del país. Es un  hombre joven (aunque siempre me resultó difícil adivinar la edad de los congoleños entre los 30 y los 60, sobre todo si no han tenido que desempeñar una actividad laboral física) y pequeño, con dentadura reluciente. Es muy amable y nos lleva a ver las tumbas.

 

Todavía al escribir esto se me humedecen los ojos. En una zona separada, en un claro lleno de hierbas entre la exuberante vegetación, destaca el blanco de las cuatro tumbas, con sus cruces, y el nombre y edad (53 años el mayor y 40 el más joven) de cada uno de estos héroes que por defender a los perseguidos, a los refugiados, fueron asesinados y arrojados a una fosa séptica, de donde los rescataron más tarde para darles sepultura en esta tierra tropical tan distinta a Castilla.

 

Cada vez que regresaba a España, Aurelio me hablaba de las maravillas de la tierra donde vivía, su clima, sus riquezas, y sobre todo su gente. Todo esto aumentaba en mí es deseo de hacer el viaje. Durante meses leí todo lo que pude sobre la zona (Javier Reverte, Kapuscinski, Conrad, National Geographic, etcétera). Mi viaje no era al corazón de las tinieblas, sino al corazón de la zona más oriental del Congo, la de los Grandes Lagos, la de las enormes riquezas en el subsuelo, la de mejor clima, donde siempre es primavera, donde la naturaleza es exuberante y extremadamente generosa, donde los árboles y las plantas están siempre dando fruto, una de las zonas más bellas de África. Así es la región de Kivu.

 

Madrid-Bruselas-Kigali. En un viejo taxi cruzamos, durante seis horas, los 260 km que nos separan de la frontera. En Ruanda las carreteras están asfaltadas. Cruzamos el país lleno de colinas cultivadas hasta llegar a una reserva (selva) donde empiezan las tormentas, la lluvia torrencial, el asfalto va desapareciendo progresivamente por el abandono y las lluvias. De vez en cuando se ve algún enorme camión volcado (todas las mercancías que llegan al Este del Congo tienen que venir por esta carretera desde Tanzania pues es imposible atravesar el país desde la costa atlántica), los baches se van haciendo más numerosos y más grandes hasta que desaparece totalmente el asfalto, aunque no los baches. Mientras sigue lloviendo vemos el lago Kivu, que desagua por el rio Ruzizi, y justo encima esta el puente que separa los puestos fronterizos. Nada más cruzar, la calle está llena de coches, furgonetas, gente por todos los lados portando todo tipo de mercancías. Según avanzamos, espero que el todoterrreno deje de botar, pero te das cuenta de que las calles alguna vez tuvieron asfalto y aceras (en tiempos de los belgas), pero ya no; toda la ciudad es así.

 

Bukavu tuvo que ser muy atractiva. Se extiende entre las pequeñas penínsulas que se adentran en el lago, realmente un conjunto muy bonito rodeado de colinas muy frondosas. Pero hoy todo está destartalado: las calles, los edificios, las colinas con menos vegetación y llenas de chabolas que crecen sin  parar invadiendo todos los alrededores. Hace tiempo había 200.000 habitantes. Hoy dicen que rondara el millón, por la cantidad de refugiados, ya sean hutus ruandeses o los mismos congoleños que huyen de las montañas y alrededores por temor a los rebeldes y a grupos armados incontrolados en las montañas. A parte de la ciudad de Bukavu, en todos los desplazamientos que hicimos apenas se veían indicios de pueblos o ciudades. Los únicos grupos de construcciones eran los conjuntos de naves que formaban los grupos escolares. La población está totalmente diseminada por todas partes. Habitan pequeñas chozas de barro con techos de hojas de plataneras, y las más nuevas de ladrillo y techos metálicos. Son construcciones que están normalmente aisladas, o agrupadas dos o tres,  rodeadas de plataneras, algún árbol frutal y siempre alguna cabra y niños jugando alrededor con alguna mujer siempre haciendo algo. Apenas se veían hombres. Todos estos pequeños núcleos son presa fácil, por eso el ingente éxodo hacia la ciudad.

 

Esta gente ha sufrido mucho con las guerras cíclicas que no suelen provocar ellos, pero que son quienes las sufren. He viajado a la zona más oriental de la República Democrática del Congo acompañando a Aurelio, una de las personas más valiosa que he conocido y conoceré en mi vida. Ha sido un viaje no con un guía turístico, no con una ONG para trabajar en un hospital, no ha sido un viaje de aventura a lo desconocido. Ha sido un viaje a la realidad de una zona en todas sus vertientes, conociendo de la mano de Aurelio todo tipo situaciones y personas, recorriendo muchos kilómetros por carreteras (pistas destrozadas) y por el lago Kivu en un barco con motor que cuando el agua no está totalmente tranquila te destroza por el constante cabeceo durante horas de travesía.

 

Pero toda esta belleza y esas riquezas han sido fuente de desdicha para sus habitantes. He conocido a todo tipo de personas, al arzobispo de Bukavu, o Fr. X. Maroy, una gran persona. Gracias a su pequeña estatura la bala que entró por la ventana le pasó por encima y sigue incrustada en la pared de su despacho (sus dos antecesores fueron asesinados en sendas guerras). Al gobernador, que pese a haber estudiado en Estados Unidos parece un personaje de una república bananera, rodeado siempre de guardaespaldas y policías armados, y moviéndose en un formidable y nuevo todoterreno con el aire acondicionado a tope (en una ocasión pudimos comprobarlo). A una hermana, que nació en Vigo y que pese a los años, la soledad y a haber sufrido un apuñalamiento (por el mismo muchacho al que había recogido en la calle y había cuidado durante años) y haber sido dada por muerta, sigue luchando al frente de un centro para niños minusválidos físicos y mentales. Se la ve cansada, pero alegre cuando nos enseña las prótesis que fabrican o las nuevas ampliaciones de los pabellones (ya no tiene edad para seguir ahí, pero no tiene quien recoja el relevo). Hemos estado en un centro para mujeres violadas, con sida, con minusvalías, que gracias a la Iglesia, a Aurelio y a gente como él, se encargan de supervisar los proyectos de estos centros y buscar financiación. En este en concreto se dedican a hacer todo tipo de manteles, artesanía, camisas (por cierto me regalaron una típica camisa de algodón, amplia y fresca, con llamativos colores y estampados, que llevé en un reciente viaje a Italia). He conocido a personas refugiadas que han perdido a toda su familia…

 

Todo parece un desastre, pero lo peor es que estoy convencido que lo es. En la República Democrática de Congo existe un presidente, pero todo se mueve como si no existiera un gobierno. Como cobran una miseria, los militares tienen que sacar el dinero de algún lado. Lo mismo les pasa a los funcionarios y a los maestros. A los maestros tienen que pagarles los padres, que no tienen nada. No es de extrañar que el robo y el soborno sean el deporte nacional. El Estado no paga para hacer carreteras, hospitales… Cada año que pasa todo va a peor. Es como las calles, que con los belgas llegaron a tener hasta semáforos. En Bukavu hay miles de soldados y funcionarios de la ONU, de la Cruz Roja, de múltiples organismos internacionales que pagan costosos alquileres a una pequeña parte de la población ya adinerada. Esa debe ser la mayor fuente de ingresos, junto con las donaciones de organizaciones como Manos Unidas, que se administran a través de los religiosos. Solo funciona lo que controlan el arzobispado y los religiosos. Con el obispo visitamos las obras de una universidad que están levantando a las afueras de la ciudad, un magnífico edificio para los medios con que cuentan. También visitamos otros centros escolares, algunos en construcción. Aurelio me llevó a ver muchos grupos escolares en distintos puntos de la región, algunos de ellos convertidos en centros de formación profesional para alumnos de entre 14 y 18 años. Todas estas escuelas y centros superiores están administrados por  la Iglesia y los misioneros. Pero el problema es que una vez que acaban la escuela o la formación profesional los alumnos no tienen trabajo y terminan deambulando por la ciudad o en la prostitución. Aparte de las escuelas, los religiosos se encargan de gestionar hospitales, o pequeños negocios como la imprenta Kivu Presse, donde Aurelio imprime miles de libros para los escolares con subvenciones que consigue de todo tipo de instituciones, como el Gobierno de Navarra. Crean proyectos, los revisan, consiguen financiación y después examinan los resultados. Como en otros lugares, también hay proyectos falsos, faltan facturas, obras que no se han realizado, etcétera. Mientras estén ellos ese riesgo se reduce. El gran problema es que la gente espera solucionar todo mediante las subvenciones que llegan de Europa. Pero el sistema está en crisis, y si el dinero no lo controla gente como los padres blancos, no llega a su destino. Tienen que hacer la labor que no hace el gobierno inexistente. Pero la mayoría de los padres blancos de Kivu son muy mayores, cada vez son menos y no tienen relevo. Los nuevos son jóvenes religiosos del país que tienen otro bagaje cultural y maneras muy distintas a los europeos.

 

Capítulo aparte es la ciudad de Goma. Después de atravesar unos cien kilómetros a lo largo del lago Kivu, se llega a un pequeño puerto destartalado. Nada más salir de él te das cuenta de que hay calles que todavía pueden estar peor que en Bukavu. La ciudad de Goma no tiene la belleza de Bukavu. Aquí es todo prácticamente llano, lleno de casas y casas formando cuadrículas que ocupan una extensión enorme. Se ven trozos de lo que fueron grandes avenidas con varios carriles y grandes rotondas, hoy cubiertas de lava y polvo por todas partes. Al fondo, no lejos, se levanta imponente el volcán Nyiragongo (uno de los más activos del planeta y uno de los menos estudiados) que cada pocos años les recuerda a los habitantes que él esta ahí; la última vez, hace ocho años, cubrió el aeropuerto internacional, se llevó la catedral por medio y las principales avenidas, además de muchas casas y vidas. Los habitantes dicen que el volcán les quita todo, pero también se lo da.

 

Goma es rica en materiales para la construcción por la lava. Todos los edificios ya sean de piedra o bloques son negros. En cambio, en Bukavu todo es tierra de color rojizo, y los edificios son de ladrillo de ese mismo color. Todas las calles de Goma conforman un  gran. Todo esta llenos de polvo, coches que parecen seguir delante de forma milagrosa y jóvenes que llevan un extraño artilugio, una bicicleta grande completamente de madera que usan para transportar todo tipo de mercancías. Es impresionante ver cómo se forman nuevas manzanas y calles donde brotan chabolas como hongos y cómo crece la vegetación entre las piedras. La lava es una gran nutriente para las plantas. Pero lo que más abunda son los niños. Están por todas partes. Los colegios, que son muchísimos, son parecidos en toda la región, con sus pabellones en torno a polvorientos patios centrales. Pero aquí es difícil jugar con un balón, pues el suelo es totalmente irregular con picos de lava; cuando se acabe de alisar, no sería raro que el Nyiragongo los saluda de nuevo. Construyen las casas encima de la lava, que ha cubierto las anteriores, y hay que volver a rehacer las calles. Es cíclico, y si no, se prepara otra guerra. Dicen que en Goma también viven, como en Bukavu, un millón de personas. Desde luego, la población está muy extendida, con construcciones a menudo muy humildes. A la orilla del lago hay edificios y chalés al estilo europeo, con hoteles que en tiempos de los belgas eran de lujo, y se mantienen, aunque de forma bastante precaria. La silueta del volcán es impresionante, pero inquieta. De manera constante emite una enorme columna de humo. Más al fondo, a la derecha del Nyiragongo se divisan otras dos montañas más altas. También son volcanes.

 

Todo es inquietante, incluso las pequeñas colinas llenas de edificios que se ven desde el aeropuerto y que bajan hasta el borde del lago. No son volcanes, sino la frontera de Ruanda, de donde han venido en los últimos años la mayoría de los males para esta gente, especialmente por las riquezas que esconde su subsuelo. Desde Ruanda operan toda las compañías multinacionales que, mediante chantajes y sobornos, están sacando por las noches a través de los pasos fronterizos (que se supone cierran al atardecer) camiones llenos de minerales (coltán, oro…). Esta es también la principal fuente de ingresos para los militares y funcionarios. (Cuando viajábamos por una zona ribereña del Kivu, donde florecen nuevas edificaciones, preguntamos por un edificio grande como un hotel. El conductor nos dice que lo está construyendo el director de la aduana).

 

Visitamos muchos colegios, pero la impresión al llegar al colegio de San Juan Bosco (salesianos) no se me borrará en mucho tiempo. Se levanta en lo que ahora mismo es un  extremo de la ciudad, justo encima de campos de lava que parece que se formaron hace  pocos días. En este colegio recogen a niños abandonados, huérfanos… hay cientos y cientos de niños por todas partes, los hay en cunas con menos de un mes, de tres meses…  Cuando entras en algún cuarto o patio los niños vienen corriendo hacia ti y se agarran a las piernas. Es imposible describir cómo te sientes en esos momentos. Alrededor del colegio esta congregación ha construido cientos, miles de pequeñas casas para mujeres, viudas, abandonadas… Intentas mirar a otro lado y ves la lava que se va extendiendo, cubierta por nueva vegetación, hacia las faldas de Nyiragongo.

 

Cuando estás de vuelta, la cabeza no para de repetir las imágenes y las conjeturas sobre el futuro de toda esta gente. Ahora están peor que hace años. Los padres blancos y todas la demás congregaciones están en la misma situación, todos sus miembros llevan más de 40 años en estas tierras, todos ya muy mayores, alguno con 90 años. Ya no pueden seguir ahí y no tienen quien recoja el testigo. Robos y sobornos van a más, pues el Gobierno, inexistente, no paga a nadie. Ves deambular a miles y miles de personas por las calles a todas horas hasta la llegada de la noche y no sabes de qué viven. Se lo preguntas a los misioneros y ellos tampoco se lo explican. Es gratificante ver a esos cientos de niños formados en los patios de los colegios como el San Juan Bosco cuando se les va a visitar. Sonrientes, te cantan canciones mientras bailan, niños y niñas con el pelo al cero y enseñando esos dientes que destacan enormemente sobre sus caras. Los ves tan alegres y luego, cuando con cumplen los 18 años te los encuentras deambulando por las calles de la cuidad sin poder hacer absolutamente nada y van perdiendo esa alegría. Porque no tienen futuro. Mientras, a las grandes compañías sólo les interesan los números, la gente no es importante, y si un gobernante no se pliega a sus exigencias se prepara un  golpe de Estado o se organiza una nueva guerra, o se derriba el avión presidencial, como le pasó a los presidentes de Ruanda y Burundi.

 

A menudo me acuerdo de todos los compañeros de Aurelio que conocí, del arzobispo Maroy, de sus ayudantes Kitumani (esperanza) y Bashimbe (seguir), de los doctores del Hospital Provincial General de Referencia de Bukavu, del doctor Mwendapeke Libert, dentista, y de su ayudante, y de toda la gente con la que estuvimos, y especialmente de dos personas inolvidables: Jesús Esteban (padre blanco de Roa-Burgos) y Josephine.

 

 

 

José María Martínez es médico estomatólogo en Ponferrada, admirador de los que dan todo por los demás, incluso la vida, especialmente los misioneros en África

Autor: Texto y fotos: José María Martínez