Viaje al corazón del Estrecho

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A los viajes les sucede como a las flores: son zalameros. Si las segundas exigen histéricamente ser pintadas, los viajes se vuelven locos por ser relatados. Y mucho más cuando ya están ilustrados antes de haber sido escritos.

 

Ceuta y Gibraltar son ciudades hermanas y capicúas, comparten la misma naturaleza: ambas pertenecen a países soberanos que no ocupan el mismo continente que el territorio que gobiernan. Ciudades coloniales separadas por uno de los Estrechos más navegados durante toda la historia de la humanidad, de ahí su incalculable valor estratégico.

 

Si además el viajero que pespuntea estas crónicas resulta haber nacido en la vecina Algeciras, y haberse criado en Ceuta, y no haber regresado por su patria chica en los últimos veinte años, este viaje al Estrecho puede resultar más un retorno a la semilla, que un viaje turístico o periodístico por el convulso litoral del Estrecho.

 

Como primera entrega de estas Crónicas del Estrecho, presentamos en la siguiente entrada, una prima estampa gibraltareña, tierra vecina y extranjera, que nunca antes había tenido ocasión de visitar el pequeño de los Faba.

 

Foto: Gabriel Faba