Viaje de la estrella solitaria

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La noche viene silbando por el filo de todos los días para calmar a las fieras que vuelan, reptan o llevamos dentro. Al atardecer, en un lugar llamado Texas, conducir y escuchar música me convierten a una religión a la que había olvidado pertenecer. Es la hora en la que todas las canciones dicen la verdad, los motores rugen elegantes y la vida se va a tomar el aire. Apenas un rato en el que amor es amor y beso es beso, pero el fuego no quema tanto. Algunos mapaches, perros, mofetas y neumáticos yacen destrozados en las cunetas. Siempre las cunetas. Naranja, roja y grande es la estrella solitaria posada sobre el horizonte.

 

En esta tierra dura y mítica, el superviviente cree que, en adelante, podrá con todo lo que se le ponga enfrente. Yo sentí esa energía tan fugaz y agradable. Podrás con todo. El caso es que siempre, compartiendo el mismo espacio y el mismo aire, hay otra clase de soñadores y, por eso, George Bush padre tiene su biblioteca presidencial en College Station y su hijo tendrá la suya en Dallas.

 

Los hombres humildes que se adentran en las praderas del Estado de la estrella solitaria vuelven enloquecidos y ausentes en sus camionetas lentísimas. Algunos fueron mexicanos, otros nacieron así. Las mujeres esperan en casas que esperan una mano de pintura, con porche y balancín. Hay sitios que es mejor no explorar y hay otros con el nombre más precioso del mundo, como Magnolia, Texas, donde nadie se para. Antonio dice, como si nada, que por aquí “hace mucho tiempo que no pasa el tiempo”. Como si nada.

 

En el Elm Creek Café la tarta de manzana es casera y deliciosa, con un punto de canela. En la pared, fotos firmadas por músicos country y, en el suelo, una moqueta como las de casa. Café aguado, hombres que comen solos, amabilidad y propina. América.

 

De camino al aeropuerto de Houston, un hombre me informa de que ya no se puede fumar en los aviones. Me pregunto si habrá subido alguna vez a uno. Le digo que me gustaría cruzar el país en coche algún día, en un coche descapotable, claro. Un Mustang. El hombre piensa que es mejor meterse a camionero, que pagan bien, que ves mundo, el mundo que hay entre California y Nueva York. Es de una lógica demoledora. «No querrás que persiga el sueño americano en un Volkswagen», le dijo Hunter S. Thompson a su editor en Rolling Stone después de alquilar un Cadillac blanco descapotable. Es evidente amigo, no puedo ir en camión por la vida.

 

En Austin, los locales de neones se disputan a los músicos más guapos y la gente inunda las calles y hace colas larguísimas para entrar en ellos. Un chico con flequillo toca la guitarra y canta la música del lugar, con sus graneros y sus chicas y sus crímenes y todo. Quién sabe si la felicidad de mi músico es ligarse a la rubia de la primera fila o encadilar, una noche más, a la misma rubia, su novia de la infancia que siempre está en primera fila. Quiero pensar lo segundo, necesito creer en ello. La funda vacía de guitarra que la chica abraza entre las piernas me da ánimo.