Víctimas del espejismo

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Con qué nula convicción me levanto de la cama,
convencido del desastre de día que me aguarda,
de las semanas venideras aún peores que ésta,
de la imposibilidad de que estas palabras
casen con esta sensación de sobrecarga,
este estúpido desencuentro conmigo mismo
en que se ha convertido mi vida.
Quisiera desaparecer del todo,
que me olviden a mí y a mis heterónimos
a mis muertos y a mí vivo.

 

El cuarto está abarrotado de frío y de cosas que no tiro,
acumulación de esperanzas podridas,
palabras que regresan como un buitre
para desgarrarme las entrañas cada día.
Y, sin embargo, a estas horas en que doy la espalda
a todas las obligaciones que me aguardan,
sólo cuento con ellas, las palabras, esas fieles compañeras
negras que han estado de mi lado casi toda la vida.

 

Si pudiera concentrar en esta mañana todas las horas
necesarias para redactar mis Memorias y Obras Completas,
nunca más regresaría a la tinta ni al cristal líquido,
ni volvería a formular un pensamiento por escrito,
ni a celebrar una ocurrencia de mi ingenio o del ajeno.
Retirado para siempre de fabulaciones y cementerios,
apartado de los taxis, en lucha contra la ciudad asesina.

 

Si tuviera un arma mágica para acabar con lo que odio,
me angustia, molesta o atenaza, lo tiraría casi todo.
Aunque me he caracterizado por no salir mucho de casa,
y por haber conservado tanto residuo que consideré poesía,
obra, magma, huella de mis horas, basurero en definitiva.

 

En el que menos creo de todos es en mí, en Julio José de Faba,
que así me tocó llamarme, porque otros lo decidieron en su día.
Y aunque para las letras haya sido Juan Antonio Roque,
Javier Carreño y Raimundo Morales; o Luis Desevilla, Federico Yostick,
o el glorioso luisportres, entre mis amantes,
no me siento ni más alto de lo que soy,
ni más bueno, ni más malo, ni más bello.

 

Muchas cosas he aprendido de los japoneses, las más sutiles y esenciales;
pero quizás la más importante la encontrara en Fushikaden,
un tratado sobre las edades del actor y sus expectativas.
“Si a los 40 años no has llegado al lugar donde -desde niño-
te soñaste, cesa en tu empeño: no lo alcanzarás nunca.
Acepta que no eres quien te creías, jamás llegarás a serlo,
por mucho que tan grande y diferente te hayas sentido.”

 
Tras haber cumplido a duras penas los cuarenta y seis,
ya sólo te inquieta la manera que hallarás de soportarlo,
y la forma de entretenerte, apartado de casi todo en lo que creías.
Si se hace duro resistir la caries del propio desengaño,
qué arduo resulta convivir con la curva descendente
de los que fueron tus mejores amigos, en los que más confiaste,
por los que habrías puesto tu mano en el fuego, sin dudarlo.

 

La decadencia compartida se hace más penosa y más pesada.
Envejecimiento, pérdida de la vista, de los dientes, de la capacidad de mordisco.
Se mueren los padres para convencerte -de una vez por todas-
que ya no eres un niño. Aunque, cómo dejar de serlo,
cómo vivir con las ilusiones encanecidas,
cómo soportar esa fe del desencuentro,
con la única certeza de la misantropía.
El oxígeno pequeñito que contiene una habitación
no es demasiado, impide que sobrevivan dos criaturas reunidas;
no se puede compartir si se aspira a mantenerse vivo.

 

Fuera está la cárcel que comienza al otro lado de tu puerta,
donde todo son peligros y amenazas, explosiones de gas, terremotos;
o una primitiva amiga que necesita tu ayuda para ingresar en Urgencias,
donde enfermeras y doctores fortalecerán el hilo de araña transparente
que la une con esta vida puerca, maloliente, insensata, fría, muy fría.

 

El mayor placer se encuentra entre las sábanas,
donde al calor de los paños se adormece
en un instante todo lo que nos tortura:
el verdugo de nuestro cerebro, la consciencia,
esa tirana repugnante a la que llamamos
brújula moral de nuestro discernimiento.
Como si pudiéramos aún seguir creyendo en la Lógica.

 

No estoy ni siquiera donde estaba.
No estoy ni siquiera donde planifiqué refugiarme,
cuando no me encontraba ya en ninguna parte.
No puedo soportarme, ¿cómo voy a aguantar a nadie?
Soy víctima de la dolencia y de su vacuna.
¿Podré seguir resistiéndolo? Y, ¿con qué fin último?

 

El próximo desengaño, la imprevista alteración de nuestra rutina,
anunciará una enfermedad más grave aún, que la que hasta aquí nos ha traído.
Sólo quedará ya soltar amarras, deshacer los pocos lazos que resten,
y disolverse en el vacío, en el agujero negro, donde -¿quien sabe?-
lo mismo nos sentimos por primera vez, seres perfectos.

 

Las nuevas víctimas del espejismo que vayan llegando,
soportarán el peso de esta confusión vital,
de esta existencia anómala, por los siglos de los siglos.

 

(Poema inédito de Julio José de Faba, escrito en Madrid el 18 de Diciembre de 2003, sesenta y cuatro días antes de su muerte.)