Vida de un ascensorista

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Como un ascensorista de Cheever, me despierto y echo de menos la vida que tenía en el sueño, algo que una vez fue mi vida. Una sucesión inconexa de caras, lugares y sensaciones que ya no existen porque ahora soy otro, un perfecto desconocido en Nueva York que va de arriba a abajo, enfrascado en sus ideas de ascensorista. Una ciudad sin estaciones o en el invierno perpetuo que ha tocado en suerte. Una ciudad sin tiempo, de eso no hay duda. Llena de ascensores, como termitas en las entrañas del acero vertical.

 

El pasado opera en mí como un cirujano sádico en un sótano que nadie puede encontrar. Me tiene abierto en canal y cambia el corazón por el hígado, el hígado por los pulmones. El cerebro lo deja intacto para que pueda entender el progreso de su ciencia enfermiza. El presente pasa como una exhalación y el futuro, como todos sabemos, no existe por cuanto es una presa del presente depredador y el pasado carroñero.

 

Ahora voy en un taxi amarillo. Es de noche y llueve. Las calles desaparecen al otro lado de la ventana y recuerdo algunos edificios, algunas esquinas, pero nunca en el lugar donde realmente pensaba que estaban. Una ciudad de momentos y lugares como si algun dios, al otro lado de la galaxia, los lanzara con furia sobre mí cuando le viene en gana.

 

Así es.

 

El taxista es indio y se enfada porque no le dejo propina. No es que no le deje propina, es que la pantalla de cristal líquido para la tarjeta de crédito empotrada en su asiento no ha reconocido mi huella congelada por el frío de esta noche de mayo sobre la tecla “20% de propina”. Le doy los tres dólares en billetes y ahora es mi mejor amigo. Nació en Brooklyn, se crió en Pakistán y vivió un año en Barcelona, las Ramblas, etc.

 

Vivo en el futuro.

 

El futuro no está nada claro. Mis pasos por la ciudad viven aterrados ante una velada amenaza que nunca llega a concretarse.  Hay veces en las que un coche pasa, dos hombres hablan más alto de lo normal, un niño corre y grita hacia la carretera con la madre despreocupada a cien metros hablando con una amiga sobre los estores que acaba de comprar para el salón. Hay días en los que todo parece caminar hacia su propia destrucción. Luego no pasa nada y la ciudad se va a dormir con la sensación de haber sobrevivido veinticuatro horas más al borde del abismo.