Vida social

0
292

A mis amigos Toño y Paco, y a toda la buena gente de Ribeira

 

El otro día salí de casa. A Ribeira, ni más ni menos, que yo salgo poco pero cuando salgo, salgo bien. Desde hacía unos meses el Ateneo Valle Inclán me venía pidiendo que fuese allí a hablar con ellos de mis artículos, de mi vida y de una novela tontiloca que había publicado un poco para no hacer siempre lo mismo. A mí no me gusta dármelas de importante, pero tampoco salir de casa. Y no es que me llamen de muchos sitios, más bien de ninguno, y casi mejor así. Yo en las distancias cortas soy una cosa muy flojita, y entre desconocidos a lo único que me dedico es a beber sin control y despeinarme ofuscado mientras busco palabras que no encuentro o aún no existen. Se entiende que ese espectáculo íntimo prefiera reservarlo a familiares y amigos, así que no les dije que no, que tampoco soy yo nadie para rechazar invitaciones, pero les fui dando largas, que entre gallegos ya nos entendemos. Un día, sin embargo, un señor que se llama Paco Cañestro y que se presentó desde Washington como el vicepresidente del Ateneo en el exilio, me reenvió un hilo de correo en el que mucha gente hablaba de mí y de mis artículos muy gratamente, comentaban allí mi desinterés por sus invitaciones y se proponían convencerme con amenazas, extorsiones y hasta una comida en Solla, que es un restorán, no un puticlú.

 

Me dije que para quince lectores que tenía más me valía ir a conocerlos a todos de una vez y acabáramos. El acto lo organizó el Ateneo y los tres institutos de Ribeira, y yo empecé a comunicarme por teléfono con Antonio Lijó, secretario de la asociación. Los chavales de los clubes de lectura ya habían comprado mi libro, y  así nos iba a todos de bien en la vida cuando una tarde llegó a mi correo el cartel con el que se anunciaría en Ribeira la presentación literaria. Tuve que separarme un poco de la pantalla del ordenador y llamar al informático para preguntarle si aquello era un cartel o un virus. Lijó, que entonces ya era Toño y con el que tenía cierta confianza, me pedía el visto bueno. Le dije, naturalmente, que ni borracho. El cartel anunciaba: ‘Manuel Jabois en Ribeira’, que era como se había anunciado veinte años atrás Ángel Cristo en Sanxenxo. Abajo a la derecha, una portada de la edición gallega de mi novela. Y a la izquierda una fotografía mía de perfil mirando al horizonte con un toldo naranja y el cielo azul de fondo, los ojos achicados y el mentón levantado, desnudo de cintura para arriba y a punto de morderle una oreja cortada al amigo con el que salía en la imagen original. Un foto, para entendernos, hecha hace seis años en un barco que me llevaba a una isla de Zanzíbar, y con ella iba a presentar yo un libro. Es esa clase de cosas que le pasan a Javier Marías y entra en un colegio cargado de escopetas con la cara pintada. La sacamos del Facebook, me dice Toño. Le digo que sí, que del Facebook se pueden sacar verdaderas atrocidades, pero que, puestos a poner foto, mejor sería cualquiera en la que tuviese ropa o mirase al frente, que aquello parecía un anuncio de Azur de Puig. Me dice que no se nota que estoy sin camiseta, que la foto se corta en el cuello. Le digo que ése no va a ser el único cuello que se corte en Ribeira como ese cartel se pegue por las calles. Me dice que es una exigencia de las mujeres: que la foto es innegociable.

 

El local del Ateneo estaba lleno “y con gente de pie”, como le decía mi padre a todo el mundo cuando presenté el libro en Pontevedra. Me anunció Santos Oujo, que fue conselleiro del tripartito de González Laxe y que dijo al final una frase que tuve que mirar para él dos veces seguidas para ver si me estaba tomando el pelo: “A este chico lo tenemos dentro de dos años en Madrid”. También habló Toño Lijó, que desenrolló unos folios y se dispuso a hacer algo tremendo: leer dos columnas mías. Yo me puse un poco nervioso, como en cualquier experiencia sexual nueva relacionada con el onanismo, pero mi amigo se llevó a todo el mundo de calle. Lo de Toño, para que se hagan ustedes una idea, fue como Rober Bodegas pero con un guionista de la hostia. Llegó un momento en el que empezó a atropellarse con la risa, y cuanto más se reía él más se reía el público, y al final ocurrió lo que temía: me empecé yo a reír más que nadie. No sé si fue por la emoción, por los nervios o porque me estaba rindiendo públicamente a mí mismo en una escena delirante, pero cuando quise darme cuenta estaba doblado en carcajadas con los ojos llenos de lágrimas, y la gente empezó a asustarse un poco porque parecía uno de esos malvados de las películas que anuncian a risotadas el fin del mundo.

 

Lo que pasó después fue lo de siempre: yo me puse a hablar mal de mi novela y los lectores, como esperaba, se sumaron furiosos. “No pienso volver a leerla”, empezó uno. Así que tuve que decir que bueno, que tampoco teníamos que estar poniéndonos histéricos. Al final llegamos entre todos a la conclusión de que era muy diferente a lo que yo escribía en el periódico y alguien dijo que quizás yo era muy humilde, y tuve que decir que al contrario, que lo mío era soberbia por creerme capaz de escribir algo mejor de lo que ya había escrito. Se cerró el acto así con esa frase tan envolvente en el aire y mi mirada mística imitando la del cartel, y después de hacernos unas fotos vinieron unos alumnos a darme el libro para que lo firmase; como no estoy acostumbrado puse “con afecto”, “con cariño” y cosas supertediosas y decepcionantes, y ya antes de firmar, cogiendo el boli con el mismo señorío que Paco el Bajo, les pedía perdón por lo que iba a hacer. Un ejemplo de lo mal que se me dan estas firmas fue lo que me pasó con Toño Lijó, al que descubrí que allí todos llamaban Tucho. Como entonces ya nos teníamos cariño le puse: ‘Para Tucho’. Y luego, en la cena, me dijo: “Yo tengo Tucho desde pequeño, pero a mí no me gusta nada. Así que cuando empecé a estudiar Magisterio en Santiago me presenté como Antonio. Un día apareció una tía de Ribeira que me vio y dijo: ‘Tuuuuucho’. Y se fue todo al carallo”. También en la cena fue cuando me contaron entre risas los muy cabrones que las chicas que entraron esa semana en el bar Plaza preguntaban, señalando el cartel: “¿Quién es ese vigilante de la playa?”