Vida y asesinato del escritor Manuel Moreno Barranco. La “gran aventura” de la vida en pleno franquismo

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Retrato de Manuel Moreno Barranco (1961). Archivo del autor.

Manuel Moreno Barranco nació en Jerez de la Frontera el 24 de abril de 1932. Su padre, seguidor del naturismo, huyó en dirección a la serranía de Ronda en agosto de 1936 y nunca se volvió a saber de él: se dijo que había muerto en una emboscada. La viuda tuvo que montar una lechería para alimentar a dos hijos en los duros años por venir. En casa nunca sobraba el dinero y Manuel entraba a los dieciséis años como auxiliar en el Banco de Jerez.

Durante la adolescencia de Manuel, la familia se mudó al Pago del Pelirón, pues el abuelo Joaquín Barranco, carpintero y bibliófilo, quería pasar sus últimos días en el campo. Entre el pozo, el huerto de su abuelo, bicicletas, un perro y una cabrita, son recordados como años felices.

El joven contrajo tuberculosis en 1950 y se dio de baja en el banco por un año. Los médicos le aconsejaban reposo y aire serrano, por lo que pasará los próximos veranos en Grazalema. Aquella larga convalecencia le permitió sumergirse por completo en la considerable biblioteca familiar. Desde hacía años, su abuelo le iba legando libros, que Manuel, orgulloso, fechaba y firmaba. Hasta que, nieto de un bibliófilo, se decidió a dar el salto a la esfera de los autores.

En aquellos años, Manuel tenía dos ambiciones. La primera, escribir. Comenzó a enviar relatos a la colección de autores nóveles de la Editorial Aguilar. Su otra gran ambición era irse a Madrid. Muchos de sus amigos soñaban con emigrar, y se empezaba a producir un cierto efecto dominó. Las fotos de la época nos muestran a Manuel arreglado para Semana Santa, de visita en el Tempul o comiendo el “ajo” en los campos de la Cartuja con amigos y su novia Isabel Asencio, una chica sencilla y recatada. Una vida social marcada por los patrones jerezanos, que hijos y nietos de los fotografiados repetirán hasta nuestros días… Lo que quizá no sabían quienes lo acompañaban es que, para Manuel Moreno, estos momentos eran una despedida.

En octubre de 1956 pide unas vacaciones en el banco y se traslada a Madrid: su plan es encontrar un nuevo empleo antes de que acaben estas vacaciones. Dispara en todas direcciones, desde oficinas bancarias hasta las de las recién llegadas fuerzas estadounidenses. Sus vacaciones se van terminando y sigue sin encontrar nada. La familia le pide que desista, a lo que él responde que tal cosa “es imposible. En la vida se ofrecen a veces nuevos derroteros y hay que seguirlos… No tengo otra disyuntiva. O vivir o no vivir”. Su amigo Lorenzo Jalón le escribía, desde el servicio militar en Torrejón de Ardoz:

Cada día me voy convenciendo de lo absurdo que es el miedo, la prudencia a embarcarse con rumbo en una gran aventura: la de la vida. Si esta se pierde, amigo Manolo, ¡te doy mi palabra de honor de que no te ha de ocurrir dos veces! Si por el contrario vives, qué gran placer, calamidades, heridas, dificultades, tropiezos, desengaños.

Proféticas palabras, pues esa es la apuesta que hizo Manuel: la “gran aventura” de la vida, con todas sus implicaciones.

Finalmente, entra a trabajar en el Banco Popular Español, aunque su salario apenas le dará para vivir. (Se dice que a veces regresaba a Jerez con una peseta en el bolsillo.) El año siguiente vivirá muy centrado en la literatura: “Llevo una vida muy sencilla. Sigo con mi régimen anterior. Salgo del banco y escribo hasta la hora de cenar. Aquí tengo algunos amigos, con los que me veo cada varios días, porque, si no, no podría hacer nada de provecho”. Entre sus contactos de la capital figuran el pintor Juan Gutiérrez Montiel y el compositor Manuel Alejandro (Manuel Álvarez-Beigbeder), entonces pianista en un club al que acudían los amigos cuando la clientela estaba borracha y se podía improvisar por Chopin. Se le recuerda también en las Cuevas de Sésamo, legendarias tertulias por donde pululaban los estudiantes de Bellas Artes y los barbudos existencialistas: como lo expresaba un amigo, en Madrid empezaban a verse “las primeras barbas”. (Este no era el caso de Manuel, que tenía un cutis de oficinista que mantener).

En sus años madrileños Manuel no comprará “ropa, ni zapatos (…) no me han precisado ni tenía posibles muy largos”. Enflaquece, pero no le importa. Para él solo hay una cosa innegociable. Solo hay una razón, por ejemplo, por la que cambia varias veces de pensión: poder escribir en paz.

A finales de 1957, Aguilar publica su libro de relatos Revelaciones de un náufrago, en un volumen compartido con otros dos autores jóvenes. Cuando recibía la noticia, un año antes, zanjaba que “es algo, muy poco en verdad, pero lo suficiente para estar animado y seguir adelante sin desmayar. Es, sencillamente, el principio”. El crítico Rafael Vázquez Zamora escribe una reseña elogiosa en la revista España Semanal.

Da comienzo, así, una carrera literaria. Su relato ‘En la marisma’ quedará finalista de los premios Sésamo de 1958. Ese año escribirá más que quizá ningún otro. Su narrativa se aleja de las localizaciones exóticas de los primeros relatos y se centrará en España: hacen su primera aparición la Guerra Civil y las desigualdades sociales. Por razones de sangre nunca pudo ser afecto al régimen, pero ahora parece haber reflexionado la cuestión. Comienza a enviar su correspondencia con el sello de Franco abajo a la izquierda, cuando no boca abajo…

Manuel sigue consagrando sus momentos de ocio a escribir en el cuarto de su pensión. Sus escenarios –de los papeles de la oficina a la máquina de escribir– no han cambiado mucho desde que llegó a Madrid dos años antes. Y sin embargo, todavía hace suyo el grito de su personaje Carmelo Vargas:

Más adelante apeteceré la lumbre quieta del hogar y el tranquilo repasar de los días vividos, y tendré que contar a aquellos que quieran escucharme. Pero ahora, trasiego y mudanza es lo quiero. Se resume todo en una sola palabra: ¡Vivir!

Trasiego y mudanza obtendría. Conoce a un matrimonio de médicos de Surrey, que le ayudarán a desplazarse a Londres a principios de 1959. La excusa oficial es aprender el inglés para mejorar su currículum a la vuelta, pero enseguida emergen razones más poderosas: “Trabajando ocho horas en el Banco tengo poco tiempo del que necesito para escribir. Además, dadas mis aficiones literarias, esto me serviría muchísimo. El escritor necesita ver, conocer, viajar para ser completo. Si no, escribe siempre lo mismo”.

A principios de febrero pone rumbo a Inglaterra, junto al actor jerezano Lorenzo Jalón. No dura demasiado. Tras apenas dos meses en la capital británica, está haciendo las maletas para realizar un reportaje literario en París. Como la mudanza a Madrid, se trata de algo innegociable: “estas condiciones de reportaje turístico-literario se presentan una vez en la vida. Así es que tengo que aprovecharlo”.

La experiencia inglesa sin duda le defraudó y, aunque aterrizó con una nebulosa conexión con la embajada de Venezuela, ignoramos en qué empleó su tiempo allí. Es posible que alguien le engañara en alguna de las fases de su viaje. Fracasados sus anhelos, se dirige a París a probar suerte. En Inglaterra no tiene nada ni a nadie. En Francia puede que incluso tenga un padre…

Manuel aterrizó en París con una libra esterlina en el bolsillo: “Por un instante pensé imitar a Espronceda, quien, hallándose emigrado en Lisboa, arrojó al Tajo la última moneda que tenía. Pero me dio pereza ir al Sena a arrojar mi libra esterlina”. En un principio pasó penurias, que aprovechó para explorar la condición humana: “con pan y agua fresca las ideas son más puras, porque no están mancilladas por los vapores de la digestión”.

A poco de su llegada lo encontramos cubriendo una exposición de trece pintores españoles en el Louvre para La Estafeta Literaria, que le abrirá algunas puertas en la escena artística hispano-parisina. Entrevistará para el mismo medio a los pintores Eusebio Sempere y Salvador Victoria, y trabará amistad con el dominicano Silvano Lora. Pero no olvida que sus ambiciones están en las letras. En agosto envía dos cuentos a la revista bonaerense Sur, así como artículos y cuentos a Buenos Aires y Caracas. No conocemos todos los frutos de aquel agitado verano, cuya principal ambición parece haber sido “situarse” en el mundillo artístico parisino y en el literario hispánico.

Al caer el otoño, los movimientos de Manuel se vuelven impredecibles. Parece que por un tiempo únicamente le guían los impulsos de escribir y ver mundo. Pasará veinte días viajando en coche por Italia y Suiza, para terminar instalado en un pueblo de menos de treinta vecinos del Midi. A la luz de una rústica chimenea, se aplica a escribir de forma intensiva: “me llevo todo el día liado con mis papelotes y espero que pronto conseguiré algo interesante”. Se cocina con un hornillo y trae el agua de una fuente cercana. Todo su ser se vuelca en “la novela”, que dará por finalizada en diciembre: Arcadia feliz.

Para noviembre está ya de vuelta en París, sin un centavo. Se instala en el económico Hotel Varlin, donde compartirá habitación con el libertario aragonés Eugenio Villacampa Arnal (1919-1966), también recién llegado a París. Los meses siguientes, Manuel se mantiene a base casi de aire. El ambiente parece bohemio, en el mejor sentido de la palabra: “artistas inquietos a la búsqueda siempre de los límites que no terminan”. Contacta con Juan Goytisolo y se apunta a un curso de conversación en la École Pratique de l’Alliance Française. Frecuenta las soirées de las argentinas Cora F. de Ruibal e Isabel Ponce Laforgue. No regresará, que sepamos, a las asépticas páginas de La Estafeta: en adelante habrá que buscarlo en medios de la extrema izquierda hispano-francesa. El Solidaridad Obrera de enero de 1960 publica una pieza combativa titulada ‘El intelectual y el fusil’. Sabemos que publicó otros ensayos en medios de extrema izquierda, pero no han sido localizados (¿usaría pseudónimos?). Que escribiera más artículos comprometidos en un futuro concuerda con el pensamiento que expresan las últimas líneas de este: “Tal como España es, tal como España está, para que España sea mañana lo que debe ser, es preciso, es vital, es trágicamente imprescindible unir el coraje a la dialéctica”.

Villacampa describe a su compañero de cuarto como “pletórico de entusiasmo y optimismo. Sencillo, jovial, con la cabeza en las estrellas, pero con los pies firmemente posados en la tierra”. Si el protagonista de Arcadia feliz conserva del padre la “maravillosa esperanza de un nuevo 14 de abril”, a Manuel le obsesiona su propio padre y el momento en el que desapareció: “asombraba”, recuerda Eugenio, “el análisis perfecto que hacía de la guerra civil española, sin haberla conocido directamente”. Sin duda lo buscó por todos los rincones de París.

Tras varios meses sin empleo estable, en febrero de 1960 consigue unas prácticas de un año en el Banco Francés de la Agricultura y el Crédito Mutuo. Como en Madrid, escribirá el resto del tiempo. Al principio de su estancia continúa haciendo cuentos, pero termina volcándose en su novela y, que sepamos, no retornará al relato después de 1959. Son días de revisar infatigablemente su Arcadia feliz, que presentará a una editorial del exilio mexicano. Si la madre reúne el valor para viajar sola a París, Isabel Asencio desiste del novio siempre ausente y, tras cuatro años de noviazgo, se convence: “no hemos nacido el uno para el otro”.

Las prácticas terminan en febrero de 1961. Se redacta un contrato fijo en el banco, pero algunos problemas burocráticos dejan a Manuel en un limbo migratorio. En espera de una solución, regresa unos meses a Jerez y trata de exprimirle todo el jugo posible. Acude a los ensayos del grupo de teatro social Vanguard. Realiza una inspección de incógnito a las minas de Riotinto, tomando descripciones pormenorizadas de la maquinaria, los procesos mineros y las vidas miserables de los trabajadores. Incluso se dice que intentó sonsacar información en la base estadounidense de Rota… Ignoramos qué movía estas investigaciones; si tenía o no a alguien detrás. Quizá le habían encargado un informe, quizá simplemente planeaba documentar una obra de ficción social.

Su situación migratoria no se regulariza hasta julio: en plena fiesta nacional, le espera en París un autobús de la Oficina Nacional de Inmigración, con “48 contratados, 25 portugueses y 23 españoles. A este paso tanto España como Portugal se quedan más solas que la una”. Pronto él mismo hará gestiones para contratar a una joven jerezana en la casa de un compañero del banco.

Manuel pasará más de un año en París. Esa mirada social que descubríamos en las minas de Riotinto (y en su novela) se manifiesta en algunos de los escasos papeles que conservamos de la época parisina, como una descripción, en el verano de 1961, de los clochards (vagabundos) que duermen frente al opulento Café de la Paix. Atento a los viejos discursos que circulan a su alrededor, incluso (especialmente) en los pequeños detalles: “Esta mañana el patrón me ha dicho que soy yo quien debe vaciar el cubo de mi habitación. Me ha hablado de categorías”. No podemos olvidar que Manuel, pese a sus sueños encendidos, es bancario en una ciudad lluviosa. En la cara trasera de una ramplona hoja de cuentas, el empleado de oficina escribe: “A excepción de nuestra conciencia, todo el resto es del dominio de la realidad objetiva. …cambiar la cara de un mundo desagradable de ver”. ¿Cuánto podría durar esta dualidad entre el gris de los muros y su rojo corazón? Poco más de un año.

Manuel domina ya el francés y se sumerge en la vida hispano-parisina. Cultiva el trato de anarquistas, como Abel Paz, y se cartea con editoriales mexicanas. En un pasillo de la pensión se encuentra por casualidad con un viejo amigo jerezano, Francisco Domínguez Salazar (1931-2016), que será compañero inseparable en los próximos meses. Juntos leerán a Camus, Foucault, Lévi-Strauss… A principios de 1962 inicia un noviazgo con una colega del banco, Suzanne Lacoste. Los sábados comen en casa de ella y luego van al cine, y los domingos se pasean por los Bosques de Boulogne o Vincennes, o montan en barco por el Sena: experiencias clásicas del enamorado en París. Suzanne lo quiere mucho y al año piensa ya en el matrimonio, pero Manuel tiene otra amante muy exigente…

A finales de septiembre hay noticias de que está en Barcelona. Lo ha dejado todo, otra vez. No sabe si volverá a París. Pide la dimisión en el banco y se presenta en las oficinas de la editorial Seix Barral, a la que ha enviado su Arcadia feliz. Prepara cartas para otras editoriales. De nuevo, la literatura ha hecho lo que ha querido con él.

La novela, un vívido fresco del Jerez de mediados de siglo, tenía el inconveniente editorial de ser explícitamente antifranquista. La apuesta por Seix Barral se debía quizá a que acababan de publicar una obra semejante, Dos días de setiembre, de José Manuel Caballero Bonald. Pero Arcadia feliz no tenía cabida en España. Asesorado por Juan Goytisolo, Max Aub y los hispanistas Robert Marrast y Claude Couffon, ha probado editoriales mexicanas y francesas, y consiguió entrar en la programación de la mexicana Nuevas Generaciones… que se quedó estancada en el primer libro. Ahora la envía a los premios de la editorial antifranquista Ruedo Ibérico… que desafortunadamente se cancelaron ese año.

Tras dos meses de gestiones literarias en Barcelona, Manuel regresa a Jerez para pasar las Navidades. Anuncia a la familia que se quedará en Barcelona si le salen bien sus proyectos. No sabemos hasta qué punto era consciente de la situación de España en aquel momento. En el verano, un atentado contra Franco movilizaba a todas las fuerzas de seguridad. Una organización terrorista con el objetivo expreso de asesinar al dictador, Defensa Interior, atentaba casi todos los meses. En noviembre era detenido el dirigente del Partido Comunista Julián Grimau. Lo sometieron a tales torturas que decidieron arrojarlo a un patio interior de la cárcel, pero sobrevivió y lo fusilarían unos meses después. La provincia de Cádiz tenía especial presencia policial ese año, debido a las huelgas del campo de la primavera.

No era un buen momento para un escritor que regresara de Francia. Solo por ello resultaba sospechoso, aun cuando viniera menos cargado de utopía que Manuel: trae dos juegos del drama social chileno Deja que los perros ladren para el colectivo teatral Vanguard y una copia de La otra cara, de José Corrales Egea, para su amigo Luis Pérez Palacios. Luis (1940-1997) simpatiza con el comunismo y acompañó a Manuel en su expedición a las minas de Riotinto. Ahora hace el servicio militar en el acuartelamiento de San Fernando. En las Navidades está de licencia y se ven a menudo. Con la máquina de Manuel escriben diversos textos comprometidos. El ferviente antifranquista, espoleado hacia la acción directa quizá por un periodo de frustraciones literarias o existenciales, adopta a un entusiasta cadete ocho años menor.

Luis Pérez Palacios y Manuel Moreno en la Mina Concepción (mayo de 1961). Archivo del autor.

¿Temeridad imperdonable, conociendo el escenario político-policial del momento? Todo en este episodio sugiere una mezcla de necesidad vital y política. Luis, que apenas había salido de Jerez, se autodescribía ahora como “más entusiasmado que nunca”. Manuel acababa de tirar por la borda su vida de oficinista en París, quedando en un limbo profesional y editorial; en sus últimas notas encontramos apreciaciones sobre “la ACCIÓN como correlativo dialéctico” y la “salvaje e incurable […] fiebre de la juventud”…

Parece claro que estos dos jóvenes creían sinceramente en el colapso inminente del franquismo: creían que en esas Navidades en Jerez ellos estaban ayudando a destruir el régimen. Comienzan a distribuir cuidadosamente algunos de estos panfletos antifranquistas. Al regresar a San Fernando, Luis los introduce en secreto en el cuartel. Los internos empiezan a recibir fragmentos de España encadenada (Miguel Sánchez-Mazas) y la Segunda Declaración de La Habana, además de un “informe” y quizá alguna composición satírica. Era una apuesta a todo o nada: o rebelión en el cuartel… o feroz represión.

Y en efecto, el cuartel se politizó: algunos compañeros de mili se entusiasmaron y realizaron pintadas antifranquistas en los servicios, para horror de Luis. Saltó la alarma y Luis fue señalado como autor de los documentos.

Desde el primer momento, Manuel procura desligarse de lo que Luis haya podido hacer en el cuartel, aunque visitará al compañero repetidas veces en el calabozo de San Fernando. Él sabe que andan detrás de su máquina de escribir y la entrega a un amigo de confianza, Jesús González Ramírez, junto con papeles delicados. A finales de enero, las autoridades registran la casa de Manuel con la excusa de que se ha detectado en Jerez una radio clandestina, pero en realidad buscaban la máquina y no la encontraron.

Manuel aparenta calma, pero en el fondo está preocupado. Solicita ayuda a una bibliotecaria que conoció en Cataluña, cuyo hermano es coronel de Aviación, pero solo obtiene oraciones y jaculatorias por Luis… Hacia mediados de febrero, todo empieza a calmarse. No hay noticias de la policía desde aquel registro infructuoso. Manuel se confía y comete el error más grave de todos. El 13 de febrero se presenta en casa del amigo a pedirle la máquina (no los documentos), un policía lo ve por la calle con el objeto y lo arrestan ese mismo día.

Tras una estancia en comisaría, es trasladado a la cárcel de La Asunción. La familia lo visita y lo encuentran con ánimo tranquilizador, asegurando que todo es un lamentable error. Sin embargo, la situación era anormal en muchos sentidos. Para empezar, nadie explicaba los cargos. Además, dos abogados rechazaron el caso, alegando que el preso sería trasladado pronto a Madrid. El encargado de los interrogatorios era el policía Manuel Sotomayor López, recién ascendido a inspector de primera y con los humos subidos. El agente –falangista de mediana edad– se entretenía pasándose por la lechería de la madre con burlas y amenazas: “Ahora vengo de verlo y de meterle los dedos, le dije: ‘Anda, hereje, que eres un hereje, encomiéndate a Dios, que como él no te salve Él no te salva nadie’”.

La mañana del 21 de febrero, Manuel aconsejaba a la hermana que “estuviera muy tranquila pues contra él no había ninguna prueba que pudiera perjudicarle, que todo era cosa de tener paciencia”. Pero esa noche los interrogatorios pasan a mayores: Sotomayor lo vapulea colgado de los tobillos. Manuel había sido tuberculoso y tenía una constitución enfermiza; pronto se dieron cuenta de que se les había “ido la mano”. Tenía los tobillos rotos y hemorragia interna. Quizá inspirados por lo sucedido con Grimau meses antes, lo arrojaron por una barandilla al patio de la prisión.

 

*    *    *

Nadie se puso en contacto con la familia: se enteraron por un primo amigo de un policía, con horas de retraso. Corrieron al hospital, para encontrarse a un agente de policía haciendo guardia al lado de la cama, que impedía acercarse al moribundo. Fue considerado un suicidio: el párroco celebró el responso desde la puerta de la iglesia. Una comitiva con más agentes policiales que allegados acompañaba un féretro rematado por una corona de flores rojas enviada de forma anónima, en visible desafío… Manuel Moreno Barranco tenía 30 años. Fue el primero de la larga lista de represaliados de aquel 1963: Julián Grimau, Ramón Vila Capdevila, Francisco Granados Gata, Joaquín Delgado Martínez… El mismo día de la muerte, una amiga, ignorante de los acontecimientos, le confesaba por carta su predilección por Federico García Lorca.

España se preparaba entonces para festejar los Veinticinco Años de Paz (1939-1964), esa “paz” donde todas las caídas en las cárceles eran puramente accidentales. Pero Manuel Moreno no se podía quedar tranquilo en su tumba… El cementerio permaneció varias semanas bajo la vigilancia de la Guardia Civil. Cuando se despejó el acceso, un equipo anónimo de la resistencia clandestina exhumó un cadáver ya en descomposición, le hizo una autopsia secreta y lo volvió a enterrar con la prueba del delito: fotos y un informe forense de dos doctores revelaban signos de tortura, como los tobillos quebrados (de colgar boca abajo).

La familia no se imaginaba que pudiera haber paisanos colaborando en esclarecer el misterio, jugándose la vida por conocer la muerte de Manuel… Para la madre, todo son puertas cerradas. El comisario que ordenó la detención declara que, cuando Moreno se “suicidaba” (cuando lo interrogaban con más saña que nunca), él “ya había decretado su libertad pues allí no tenían nada contra él”. Una cita en el juzgado ofrece la misma coletilla: “allí no había nada contra él”. Sin embargo, el propio certificado de defunción menciona un sumario judicial sobre Barranco, y para el ingreso a prisión habría hecho falta la orden de uno de esos jueces que ahora dicen que nunca supieron nada…

Nadie explica ahora por qué se hablaba de un traslado a Madrid, por qué los abogados rechazaban llevar el caso… por qué. El inspector Sotomayor es trasladado inmediatamente a Valencia, donde paseará por muchos años su placa y su pistola.

Aquí no ha pasado nada… La prensa jerezana comunica que un paisano se ha caído “a un patio”, sin especificar siquiera que estaba preso. La agencia de noticias Cifra prepara dos notas diferentes: en una –que solo aparece en el ABC se reconoce que un preso “se arrojó desde una ventana a un patio y se causó [sic] lesiones gravísimas, de las que falleció horas después”. La nota para el resto de España menciona las lesiones, pero no la muerte. Para la mayoría de lectores, no hubo muerto aquel día.

La prensa extranjera tardará meses en enterarse. A raíz del escándalo por el fusilamiento de Grimau, los medios de izquierda empezarán a hacerse eco de este otro caso tan semejante. El poeta Jean-Jacques Viton ironiza quizá sobre el retraso: Wcaído el 22 de febrero de 1963, Manuel Moreno Barranco fue recogido el 16 de junio”. Pablo Neruda transcribía la noticia en un prólogo fechado en junio.

En Francia, la Union des Écrivains pour la Vérité fundó un comité para investigar la muerte, con el apoyo de prominentes intelectuales y artistas, como Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Marguerite Duras o Louis Aragon. En la radio Pirenaica se habló de una comisión en la Sociedad de Literatos Soviéticos, de la que no se supo nada más. Jesús González Malo, director del medio anarquista hispano-estadounidense España Libre, planeaba enviar un periodista anónimo a Jerez y un investigador (Enrique Tierno Galván) a Madrid. No sabemos si el plan se concretó (la familia recibirá a un investigador extranjero, quizá de Francia). González Malo informa a decenas de particulares y centros, y hace llegar la autopsia clandestina de Barranco a quienes muestran interés. Uno de ellos es el senador estadounidense Jacob K. Javits, que decide meter presión política a España a través del Departamento de Estado.

La estrategia de Malo surte efecto: forzado por su gran aliado trasatlántico, el ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, abre una investigación judicial. Incapaz de explicar el “suicidio”, la “respuesta diplomática” se inventa antecedentes psicológicos: “El médico de la prisión no encontró nada anormal en su salud. No obstante, según diversas noticias, había sufrido de tuberculosis y trastornos mentales, recibiendo asistencia en una clínica psiquiátrica”. Según esta nota, el cuñado de Manuel manifestaba que “había sido tratado bien durante el corto tiempo que estuvo en la prisión” (ocho o nueve días). Ni una palabra, por supuesto, sobre el apresurado traslado a Valencia de ese agente que se pasaba por la lechería familiar con amenazas…

Protesta en Bruselas (29 de septiembre de 1963). Archivo del autor.

España se cierra en banda, pero se ha despertado la duda. La prensa española se ve forzada a explicar aquella muerte, por primera vez. La agencia Cifra lanza una confusa nota que entremezcla el caso de Moreno con el del dirigente comunista Ramón Ormazábal –a quien dedican el titular– y entierra toda la información delicada bajo constantes denuncias contra “la propaganda comunista” y sus “consabidos tópicos falsos y sentimentaloides sobre supuestos malos tratos de aquel detenido”.

No tendrían por qué haberse molestado tanto: aunque la nota debió de llegar a un gran número de medios, muy pocos la publicaron, y los que lo hicieron borraron toda mención a Barranco, reduciéndola a una diatriba contra las “actividades antiespañolas”. Que sepamos, solo un diario de provincias reprodujo la nota sin recortar.

El 4 de julio, varios literatos españoles, encabezados por José Manuel Caballero Bonald, envían una carta a Fraga solicitando que se investigue la muerte de Barranco. Fraga radia un comunicado exponiendo su versión de los hechos y manda una circular a todos los firmantes, defendiendo las cárceles franquistas con un asomo de ira. La versión “oficial” cambia una vez más: ahora se habla de un “descuido del vigilante” a primera hora de la mañana.

Terminan aquí las “explicaciones” de las autoridades españolas: como el mundo no se contentaba con el inicial un vecino se cayó a un patio y se murió, lo hemos sustituido por un enfermo mental tratado con todas las garantías se tiró al patio de una cárcel a una hora en la que nadie podía verlo. 

La desinformación campaba a sus anchas: Barranco terminará siendo el más polimorfo de los represaliados de su época. Algunos insistían en hablar de “la muerte del poeta”. Pesa mucho el arquetipo lorquiano, y es cierto que Antonio Machado murió también un 22 de febrero (el último texto fechable de Barranco es una reseña de la obra Versos para Antonio Machado); pero el escritor que nos concierne no dejó ningún verso. Otros ahondaron en la idea del suicidio, sin saber de su extraordinario vitalismo: el amor a la vida es, quizá, el gran tema de su obra, e incluso soñó con “la vitalidad infinita de los cielos”. Comunistas y anarquistas se disputaron el muerto, e incluso algún investigador terminaba hablando de un “poeta que ha intervenido en las huelgas de braceros andaluces”. ¿Cuántas vidas, cuántas actividades subversivas, cuántos finales gloriosos tuvo Manuel Moreno Barranco?

En este desfile de exageraciones, Federica Montseny diagnosticaba sobriamente que el único pecado de Barranco fue no haberse contentado con el inocuo folclorismo de su tierra. Tanto los medios con los que colaboraba Manuel como sus contactos políticos en París son más bien de sensibilidad anarquista. El retraso en la transmisión informativa y el contraste con el enorme eco del affaire Grimau son la prueba fehaciente de que no pertenecía al Partido Comunista. Él mismo se describía como “un poco rojillo. No pertenezco a ningún partido político, pero me inclino al socialismo”. En uno de sus aforismos proyecta “una urgente y profunda construcción de un derecho internacional. El mínimo de calorías para un ser humano. Todo aquel que tenga más en perjuicio de los otros, es un crimen”.

La oscuridad casi total que rodeaba a Barranco era campo abonado para la fantasía épica: unos lo “recordaban” cruzando a pie los Pirineos, otros aseguraban que encontró en París a su padre desaparecido en 1936, y aun otros hablaban de atentados y de padre e hijo conjurando juntos contra Franco… El investigador contemporáneo no lo tiene más fácil: el archivo que albergaba el juicio militar contra Luis Pérez Palacios salía ardiendo al poco de morir Franco, el expediente judicial contra Barranco desaparecía en una inundación… Las pruebas están pulverizadas.

 

*    *    *

Manuel Moreno Barranco era visceralmente escritor. Su temprana muerte a los treinta años lo relegó al limbo de las promesas. La suya era una literatura que bebía de la vida, y le faltó vida para consolidarla. Solo vio publicado un volumen, Revelaciones de un náufrago (Aguilar, 1957), que incluye cinco cuentos y una novela corta. Su novela Arcadia feliz, de difícil publicación en la época, no vio la luz hasta 2003 (sobre la base de un manuscrito de 1960, no del corregido en 1963). Dejó una segunda novela inacabada, Bancarios, de carácter tragicómico. La mayor parte de su obra permanece inédita y abundan los escritos que más bien parecen pruebas o estudios; también encontramos en sus papeles un número de aforismos. Su estilo de finales de los cincuenta alterna el realismo social de la década con una tendencia más lírica, rayana en el simbolismo. Los mejores relatos son, quizá, los últimos: ‘El viejo y Jehová’ o ‘Late, late, corazón de desierto’.

De su vena más combativa (que invitaba al pseudónimo) apenas queda rastro en nuestro archivo. Todos los documentos comprometedores que tenía consigo en 1963 fueron entregados a su amigo Jesús González. Tras el asesinato, Jesús se los dio a un amigo común, Javier Bellido, quien los escondió en las bóvedas de la Iglesia de San Dionisio (Bellido era hermano del párroco). ¿Cuál sería la naturaleza de esos textos? ¿Artículos para la prensa de izquierdas, informes sobre España, cartas, cuentos, panfletos, poemas…?

Justo enfrente del Consistorio del poder represor, una pequeña iglesia se encargó de ocultar en sus bóvedas la obra subversiva, esperando tiempos mejores… Pero esas bóvedas fueron derribadas en torno a 1966 para hacer sitio al actual techo a dos aguas, y los papeles perdidos de Manuel Moreno Barranco dejaron de resistirse al olvido.

 

 

La obra literaria de Manuel Moreno Barranco y las noticias de su muerte se pueden consultar en la web manuelmoreno.info.

Agradezco su colaboración y recuerdos a Pablo Alcántara Pérez, María Jesús Alonso, Lola Bellido, Mª Pepa Benítez Aguilar, Beatriz Cañete Pozo; Joaquín, Juan Carlos y Manuel Carrera Moreno; José Antonio Cirera, Marie-Christine Dominguez, Sophie Dominguez, Montse Feu, José Manuel Gamboa, Carlos García Santa Cecilia, Juan González Garrido, Jesús González Ramírez, Pati Gotor Sánchez-Luengo, Antonio López, Marina López, David Macho, Lucas Marco, Álvaro Marín, Auxi Meneses Benítez, José Moreno Romero, Manuel Naranjo Loreto, José Nieto Ruiz, Milagros Pacheco, Manuel Pérez Celdrán, José Luis Pérez Palacios, Francisco de la Rosa, Geli Sánchez, Lucio Urtubia (†), José María Velázquez-Gaztelu y Antonio Vidal.

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