Vidas secretas

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Puede que para aquella conversación no hubiéramos podido encontrar un sitio más apropiado. Por un momento sentí que, en vez de en una inocente charla entre amigos, participaba en alguna clase de intriga… En el rincón más apartado del cafetín, una tarde de invierno, la lamparita del velador se enfrentaba a duras penas con las sombras que nos rodeaban. Yo le hablaba a mi amigo de una conocida que vivía a caballo entre Padua, Ferrara y Venecia: la pulsión de la huida la llevaba a recorrer ese triángulo continuamente, pero también el deseo de que no se supiera nunca muy bien dónde estaba.

«¿No hay ahí además cierta intención estética?», preguntó mi amigo tras un silencio, bajando el tono de voz. «Tu historia me ha recordado de inmediato una frase de Wilde que leí hace unos días, espera…», y buscó en las páginas de su moleskine: «“He llegado a amar el secreto. Me parece que es lo que puede hacernos la vida moderna misteriosa o maravillosa. La cosa más común es deliciosa si uno la oculta. Ahora, cuando salgo de la ciudad, nunca le digo a nadie a dónde voy. Si lo hiciera, no habría en ello ningún placer para mí. Es una costumbre tonta, seguramente, pero de alguna forma parece aportarle una gran dosis de misterio a la vida de uno”».

Posiblemente para aquella conversación invernal no hubiera bebida más adecuada que el té negro turco aderezado con las gotas de vodka con que mi amigo, siempre propenso a fantasías de este tipo, se había empeñado en “perfumarlo”. «Hay que alejar del foco de luz algunos movimientos», dijo, «y no ceder al impulso de satisfacer siempre la curiosidad ajena». A mí, además de una turbadora canción de Cohen —In my secret life—, eso me trajo a la memoria la “impecabilidad” del viejo maestro yaqui: erradicar la preocupación por la “importancia personal” y practicar el arte de pasar desapercibido. Un programa de vida que, tal vez sin mucho sentido, mi amigo y yo coincidimos en considerar hermano del que proponía Jünger en La emboscadura.

Por un momento los dos nos sentimos emboscados en nuestro rincón de aquel café, disfrutando con el hecho de que la pareja y el grupo que ocupaban las otras mesas no sospecharan de qué hablábamos. Yo pensé que a veces no hace falta esforzarse por introducir un poco de misterio en nuestras vidas. ¿No son siempre los padres, hasta cierto punto, un enigma para sus hijos? A juzgar por la cita de Proust que mi amigo rescató esta vez de la moleskine, su pensamiento debía de ir por los mismos derroteros: «Sin duda para cada hombre», leyó, «la vida de todos los demás prolonga en la oscuridad senderos insospechados». Después se levantó y se puso el abrigo, depositó un billete en la mesa y, alegando con una media sonrisa vagas obligaciones en otro punto de la ciudad que no quiso precisar, se despidió, dejándome en la penumbra de la sala ante mi taza de té.

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