Viendo películas de Robert Rodríguez

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Está la frontera como para que al sur del Río Grande se anden moliendo a palos. La izquierda, esa barahúnda, es como la Revolución Mexicana. Hay Maderos, Huertas, Zapatas, Villas, Carranzas...

 

No parece que Pedro Sánchez rechace lo que viene por su izquierda tanto como lo que hay a su derecha. El socialismo siempre ha subido el volumen de aquella parte en los mítines y campañas y en los medios sabiendo (aunque es posible que algunos lo hayan olvidado) que para gobernar hay que bajarlos, o al menos igualarlos a los de la derecha para no quedarse sordos de un lado como el señor Cayo, por ejemplo, o como Garzón o Pablo y tantos otros, que sólo oyen al natural.

 

No es de extrañar que Sánchez haya ganado en avales a Madina porque éste parece mudo. Algunos pensaban, y piensan, que es silente y cabal, pero da la impresión de que ahí hay más pose que verdad. Sánchez se ha puesto en modo Zapata (hasta recita sus frases: «El voto, como la tierra, para el que se lo trabaja»), y así se ha quedado la mayor parte de la poca ilusión que genera el socialismo sobre el papel, que otra cosa es sobre el campo. Mientras tanto, en la orilla antónima observan los acontecimientos fumándose un puro como el presidente se paseaba por Nueva York recién nombrado.

 

Está la frontera como para que al sur del Río Grande se anden moliendo a palos. La izquierda, esa barahúnda, es como la Revolución Mexicana. Hay Maderos, Huertas, Zapatas, Villas, Carranzas, planes de Ayala, mitos y leyendas. Decenas de caudillos e ideas en pugna por sobresalir. Hay hasta un Gringo Viejo, Pérez Tapias, lanzándose con su yegua blanca delante de las ametralladoras, yendo a morir sin nada que perder.

 

Hay un Gobierno sin respuesta que es una anomalía, un hecho sin oposición, natural en un mundo desnaturalizado. Está Rajoy en bata y pantuflas viendo películas de Robert Rodríguez: un mariachi con coleta que no lleva una guitarra en su estuche de guitarra, un bar que se llama La Teta Enroscada cuyos parroquianos son vampiros que se alimentan de camioneros incautos, un sol de justicia y entre el polvo manchitas de zacate. Y queda todavía camino hasta el derrumbadero, como a los campesinos de la llanura.

 

Sánchez cabalga y Madina lo ve pasar de un lado a otro desde su mecedora en el porche. Sánchez es el Ratliff de Faulkner recorriendo el condado de Jefferson en su carreta para vender desnatadoras, y Madina Jody Varner, el hijo apoltronado del rico al que sólo le falta la venida de Flem Snopes para quitárselo todo, como si no hubiera nada que hacer y estas gotas de agua de este PSOE desértico fueran como aquella de Rulfo a la que se la comía la tierra y la desaparecía en su sed.