Viernes de videoclub

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Formo parte de una generación que tuvo la suerte de poder disfrutar los últimos años de vida de los videoclubs. Ahora que todo es posible con un clic y que los niños aprenden a usar un smartphone antes que a hablar, haber vivido la experiencia del videoclub me parece un regalo impagable. Los que como yo la han vivido saben de lo que hablo. Tenía algo de mágico. Entonces pasaba las semanas soñando con que llegase el viernes para ir con mi billete de cinco euros a alquilar la película del fin de semana. Cuando llegaba el día pasaba largos ratos paseando entre sus estanterías y ojeaba cientos de DVD’s hasta dar con el adecuado. La elección, como podrán comprender, era vital: la película determinaba el fin de semana. Y así, DVD en mano, volvía a casa cada viernes, cuando todavía la felicidad podía encontrarse en cosas tan sencillas como alquilar una película y aún no le habíamos puesto un precio virtual a nuestra libertad.

Me alegro profundamente de haber nacido entonces, antes de que la aceleración de la tecnología se volviera un fenómeno imparable y el mundo se convirtiera en una enorme red social llena de personas conectadas por red Wifi. Me alegro de formar parte de una generación que a pesar de verse empujada hacia el centro de la enorme espiral tecnológica, conoció la vida antes de ella, que pudo disfrutar de una infancia alejada de las pantallas táctiles, que saboreó la libertad de vivir sin Whatsapp y conoció los discmans. Entonces la vida no se resumía en estados de Facebook ni en stories de Instagram. Uno no grababa su vida para mostrársela a los demás, simplemente se limitaba a vivirla. La vida era real, tangible y estaba fuera —más allá de la puerta— y no en el móvil.

Yo, que solo tengo 22 años y ya echo de menos todas esas cosas, no me puedo imaginar lo que echarán de menos las cartas, las máquinas de escribir, las postales o los teléfonos de disco aquellos que crecieron rodeados de ellas. Sin embargo, me parece una suerte saber que ahora que la vida se mide en seguidores, visualizaciones y likes, y que prácticamente todo puede comprarse por internet, hay algo que nunca podrá encontrarse entre el stock de Amazon: la sensación que dejaban aquellos maravillosos viernes de videoclub.

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