VIII. Huellas de un difunto

0
300

3 de febrero

 

Me desvío cada vez más del propósito que me trajo a los Catskills, pero me da igual. Siento que si consigo revelar (o cuando menos interpretar cabalmente) algunos aspectos ocultos de la vida de “Laszlo Martell”, habré logrado algo mucho más importante que escribir otra nueva teoría sobre la mímesis en la literatura occidental. El paseo de ayer por el bosque, la conversación posterior con Luke y las cartas que tengo ahora encima de la mesa me han convencido de cuál debe ser mi tarea de aquí a junio. Me importa muy poco lo que pueda pensar la editorial universitaria. Esperan de mí un libro juicioso y se encontrarán quizá con una ficción, aunque lo mío será, en todo caso, una relación personal sobre las huellas dejadas por un superviviente del Holocausto. El interés de una huella está siempre en proporción directa con su singularidad. Hace unos días, antes de que se fuera la nieve, me encontré a la entrada de la casa con las pisadas de un perro, o así me lo pareció, y no le di mayor importancia; de haber sabido que pertenecían al zorro de ayer seguramente mi reacción hubiera sido muy distinta. Pues con las huellas de Martell me pasa exactamente lo mismo: de la indiferencia he pasado a la sobreexcitación. En los próximos días inspeccionaré cuidadosamente todos sus papeles. Los datos por ahora son escasos. Fue un niño judío nacido en Hungría en 1937 que, a diferencia de la mayoría de los otros niños judíos de su misma edad, sobrevivió a Hitler y a Eichmann. ¿Cómo lo consiguió? Primera incógnita que debo despejar. La segunda incógnita es su familia ¿Qué pasó con su madre? ¿Murió gaseada? Seguramente sí. En cuanto a esas dos chicas de la foto, ¿eran acaso sus hermanas? ¿Murieron? Luke no tiene ni idea. Otro dato seguro es que vivió en París de los ocho años hasta que terminó el bachillerato ¿Sería posible que uno de sus compañeros fuera nada menos que Georges Perec? Los pocos datos que manejo se entremezclan con las conjeturas. Martell debió estar siempre en deuda permanente con el padre y, a la vez, dolido con él por algunas de sus decisiones. No se llevó bien con su madrastra, ni parece que le gustara haberse venido a los EEUU. Fue un alumno brillante y muy ambicioso en su carrera académica. Su primer matrimonio fue un desastre. El segundo tampoco parece haber sido mucho mejor. Pasada la treintena se enamoró locamente de una veinteañera quince años más joven con la cual nunca llegó a nada. Las cartas que me traje del estudio tocan esta relación, aunque de manera muy tangencial. Por lo pronto, la voz de Martell no está nunca presente y solamente se adivina a través de lo que esa Pat o Patty escribe, sin duda la chica de Woodstock que ya me mencionó alguna vez Luke.

 

***

 

Me vine a las montañas a terminar mi libro y me veo enzarzado en la vida o, más bien, en los ecos y en las borrosas huellas de un difunto. ¿Por qué estoy tan obsesionado con saber de la vida de Martell? Julia tiene seguramente razón cuando me advierte que mi curiosidad no es sino un subterfugio para huir de mis responsabilidades, pero es que desde hace algún tiempo experimento en carne propia las muchas contradicciones de mi investigación. Insisto, ¿para qué escribir o teorizar sobre la representación de la realidad cuando tengo ante mí el reto de re-presentar algo de la fantasmal realidad de Martell?

 

***

 

Las cartas de Pat pierden mucho de su sentido sin las del destinatario. La primera carta, fechada el 21 de agosto de 1971, está escrita cuando Laszlo se había marchado ya a su Universidad para el inicio del nuevo semestre. Se diría que la relación que tienen al principio de esta correspondencia es casi de profesor y alumna. Pat empieza con un “Hola Leslie” y de sopetón le suelta que sigue con la lectura de Proust, aunque avanza a trancas y barrancas. Luego menciona aquel famoso pasaje en el cual Swann seduce a Odette valiéndose del ramo de catleyas. “Es genial”, le dice. Más adelante vuelve otra vez a la Recherche y parece estar en desacuerdo con el amor visto como obsesión o enfermedad. “Swann es un chalado”, aunque admite que uno solamente ama aquello que percibe como singular, insustituible o único; y de ahí la existencia de los celos. El amor ciertamente no se puede compartir. Con mucha gracia lo ejemplifica luego de esta manera: “Yo por lo menos no estoy dispuesta a prestar nada tuyo. Tanto es así que esta tarde me fui a bañar a Big Deep y me llevé puesta una camiseta todavía sudada que te dejaste el domingo en casa. Me gusta cómo huele porque huele a ti”. En la misma carta se infiere que se conocieron por primera vez cuando se bañaban en alguno de los muchos riachuelos que hay por la zona. Ella habla de «Big Deep», que es una poza que se encuentra a la entrada del pueblo de Woodstock, según me informó esta mañana la bibliotecaria.

 

***

 

Por cierto me llegaron ya los tres libros que solicité sobre Adolf Eichmann. Todavía no los he abierto.

 

***

 

Acabo de leer toda la correspondencia. Se ve una gran evolución en quien escribe. De no ser por la caligrafía y la firma pensaría que están escritas por personas distintas. Las de 1971 –tres solamente- son las más románticas. A Pat se la ve muy enamorada en esas primeras cartas, aunque nunca pierde el sentido del humor ni la visión un tanto critica, que se agudiza a medida que pasan los años. La otra tanda de cartas, las de 1972, dejan patente que Martell pasó por una grave crisis. Al parecer estuvo a punto de que lo echaran de su Universidad, sin que queden claras las razones. Pat no parece muy contenta con tanta cuita y en más de una ocasión así se lo dice, a veces con comentarios hirientes o demasiado directos. El lote de París, de 1974 a 1975, es el más significativo. Quince cartas de aparentes banalidades en las cuales se dibuja la personalidad franca, abierta, un tanto ingenua de Pat y, como contraste, queda reflejado, entre líneas, un destinatario desconfiado, algo pedante en sus gustos, proclive a la depresión. ¡Cuánto daría por adquirir la otra parte de la correspondencia!

 

***

 

Además de vegetariana y amante de los animales, Pat es (o era) pintora. Conjeturo que algunos de los cuadros del estudio, con ese aire entre Matisse y Pierre Bonnard, pueden haber sido pintados por ella. Desde luego son muy distintos a los cuadros que están en el salón de la casa principal. Luke me dice que Pat vive ahora en Hurley, muy cerca de Woodstock, aunque durante muchos años, tras separarse de Laszlo, vivió en San Diego, en una comunidad artística muy metida en el chamanismo de Castaneda. Por la correspondencia intuyo que ya de muy joven era espiritualista. Martell parece tomarle el pelo al respecto, lo cual no debería resultar extraño en alguien que había dedicado parte de su vida intelectual al estudio de los enciclopedistas franceses.

 

***

 

Luke tiene también mucho de espiritualista. El último día que fui a su casa me lo encontré en plena sesión de yoga. Es verdaderamente increíble que un viejales como él pueda hacer el pino y quedarse así, como colgado por los pies, durante dos o tres minutos.

 

4 de febrero

 

Mi amigo E. llegó esta mañana aporreando la puerta, echó luego un vistazo por la casa como para certificar lo poco que le gustaba y casi en seguida me llevó a un restaurante que conocía en el pueblo y que, según él, preparaba los mejores calamares. Como pasa siempre, llegó inopinadamente, estuvo apenas dos horas y salió volando otra vez para Nueva York, aunque en ese tiempo hablamos de muchas cosas y, entre ellas, de Martell. Había hablado con la viuda y la viuda le había confirmado que, en efecto, los retratos del piano eran de la familia de Laszlo. La madre y las dos hermanas habían perecido en campos de concentración. La madrastra, del mismo pueblo de la madre, también había sido deportada, aunque en su caso había sobrevivido. Mi amigo no sabía nada del secuestro del padre ni Laszlo le había mencionado jamás nada al respecto, pero antes de marcharse, y tras tocar otros muchos asuntos, me soltó una bomba, pues conjeturó, casi de pasada y sin darle demasiada importancia a lo que decía, que el padre podría haber pagado el rescate de él y de su hijo. No entendí muy bien y cuando me lo repitió puse mala cara.

 

¿Oíste hablar alguna vez del tren de Kastner?

 

Le dije a mi amigo que no.

 

Pues investiga, que a lo mejor te sale hasta una novela.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.