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Vilamaninhos, lejos de la revolución. ‘El día de los prodigios’ de Lídia Jorge

La ficción, cuándo tiene calidad literaria, es intensa y minuciosa porque es hiperrealista, porque supera la realidad. En El día de los prodigios, la primera novela de la escritora portuguesa Lídia Jorge, escrita en 1978 y ahora editada en su traducción al español por la editorial La umbría y la solana, lo macro y lo micro se muestran a un tiempo, lo prosaico se eleva convirtiéndose en mítico y la vida cotidiana de las gentes de Vilamaninhos, un pueblo sin iglesia abierta ni cura, situado en el sur del sur de Europa, al sur de Portugal, se transforma en algo extraordinario. Extraordinario, no porque una serpiente despliegue unas alas y eche a volar o una mula se ría y escape de su violento amo o resuenen lejanos ecos de una revolución. Extraordinario porque los vecinos de ese pueblo, y con ellos el lector, se sienten extrañados y envueltos en un aire literario de gran altura. El texto de Lídia Jorge, rudo a veces, bellísimo siempre, está estructurado con frases cortas que rompen y reconstruyen la narración, haciéndonos ver y oír imágenes y múltiples voces, a ratos pausadamente, a ratos con un ritmo feroz, roto, como hecho de añicos. La escritora nos hace mirar a través de una ventana el exterior y, también, el interior: la calle, la plaza, lo público, la oscuridad de las casas, lo doméstico, lo privado. Una ventana con forma de rostro y el cristal turbio de polvo y manchado de cagaditas de moscas. La misma ventana que limpian con brazadas amplias Carminha Rosa y Carminha Parda, dos de las protagonistas de la novela. Madre e hija. Mujeres que invocan al hombre nuevo “que alzase el bando de gorriones”, un forastero que las aparte de esa gente que las estigmatiza y señala. Gente que son pueblo. Gente como Jesuína Palha, la instigadora, o como Manuel Gertrudis, Matilde, Joâo Martins, María Rébola, Jose Jorge Junior y su esposa, Esperancita, Macário y otros. Gente que miente o dice verdades que duelen al ser oídas. Gente que difama, envidia, añora, anhela. Gente que se expresa con una única voz, como en un coro alienado y antiguo. Y Branca, la otra protagonista, la que escucha y presiente, la que anuncia, la que borda y aguanta el maltrato de Pássaro, su acomplejado marido. También los animales violentados: la serpiente, la mula, los perros…

El día de los prodigios es una novela que nos habla de un mundo rural reconocible, de un territorio habitado por personas acogotadas por una historia secular de pobreza, superstición y violencia emocional y física donde lo mágico actúa como una materia pringosa, como una grasa que potencia el miedo al otro, a lo nuevo, y donde se nos cuenta sobre un tiempo suspendido en una espera, en el presentimiento de que algo va a cambiar o que nada va a cambiar, con un runrún lejano, anuncio de una revolución que viene de la capital, una revolución hecha por hombres de otra tierra, “hijos del cruce de ángel con mujer”. Una revolución que los habitantes de Vilamaninhos sienten extemporánea como la imagen de un tiburón vivo fuera del agua. Una novela escrita como si lo narrado hubiese sido presentido a través del oído de Branca Pássaro y se nos anunciara en la voz de Lídia Jorge o viceversa. Branca y Lídia, ambas sibilas. Lídia y Branca, dándonos en cada palabra, frase o párrafo informaciones con significados diversos, analogías, metáforas y dobles sentidos. Somos lectores, pero también oyentes. Debemos estar atentos. Lo que pasa en Vilamaninhos nos es revelado. El día de los prodigios tiene mucho de relato oral.

El tiempo pasa lento. El día de los prodigios no transcurre en un día, sino durante muchos. De septiembre a mayo del año siguiente, el año de la Revolución. Meses como siglos. El tiempo detenido en una prórroga. Y erotismo. Afortunadamente, el erotismo. Un erotismo que aflora cuándo, sobre la atracción que Carminha Parda siente por el joven pretendiente, dice: “No se le ve un pelo en el pecho, pero es moreno y luce como un jabón de miel. Nos acercamos al soldado y su perfume es tan interior que ni se nota. Qué bien huele, madre. Y a veces no se sabe si es él el que huele así de bien. Si son las ganas de aspirarlo con la boca las que lo inventan”. Un erotismo que perdura en el lamento al perder al deseado: “Y tú, sin conocerlas, estabas dispuesta a todo lo que sucediera. Ahora no cosechaste frutos, solo oliste las flores. Tienes un pedúnculo cortado en la mano”. Erotismo en el deseo truncado. La no consumada relación sexual de Carminha se confronta con el asco que siente Branca por su cónyuge y el miedo ante la violencia que ejerce sobre ella. Así la mujer piensa “que el vientre que dios le ha dado ya sirve de letrina”. Pero Branca no huirá como la mula Niña. Branca aguantará, se quedará y se hará fuerte frente a Pássaro. Y así lo mágico será una herramienta de empoderamiento.

De otras muchas maneras pueden contarse los hechos, las descripciones y los sentimientos y las emociones presentes en la novela. Una novela que avanza hipnóticamente entre lo cruel, lo poético y lo escatológico dejándonos, al terminar de leerla, con la triste convicción de que poco o nada cambiará en la vida de sus personajes. “La imaginación de dios sobre el sufrimiento de las criaturas es muy pobre. Gente. Siempre se repite por los tiempos y las personas. Del mismo modo”. Así dicho, con un dios poco creativo y en minúscula.

Nosotros, ahora, privilegiados residentes del presente, podemos saber que la Revolución del 74 acabó con la dictadura y dio paso a la democracia en Portugal. Cincuenta años de democracia que han mejorado las condiciones sociales, económicas, laborales, culturales y sanitarias de las mujeres y los hombres que vivieron en pueblos como Vilamaninhos. De manera que podemos imaginar a Carminha saliendo a la calle sin miedo y “exhibirse y sacudirse el polen de la niñez. Abrirse la blusa, aflojarse los cordones que le sujetan los senos. Menear las caderas y decir aquí aquí”. Libre.

El día de los prodigios, de Lídia Jorge. Traducción de Antonio Sáez Delgado. La umbría y la solana.

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