Violetta, muerta y enterrada

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Creo que en la noche del domingo 9 de febrero, muchos kilómetros después, volví a cruzarme por una fría calle de Gijón con la misma mujer a la que empezamos a matar en una barra de latón, en Atocha, en julio de 2013.

 

Traviatadespedida

 

El caso es que los tres nos limitamos a terminarnos la cerveza y a murmurar que al día siguiente madrugábamos. Puede que en plan simbólico, los tres últimos miembros del equipo creativo que quedábamos en los alrededores de aquella Traviata exhausta nos dimos las espaldas respectivamente, procurando al menos así lo hice yo mantener la cabeza ocupada en otra cosa que no fuera la despedida de camino a casa.

 

De mi hombro colgaba una bolsa con una pequeña linterna frontal, un bolígrafo azul y otro negro, dos lápices, una goma y la tercera partitura que me hacía, esta para debutar como segundo regidor en las dos funciones que ofrecimos en el Teatro Jovellanos de Gijón los días 7 y 9 de febrero: las funciones decimocuarta y decimoquinta en apenas ocho meses de algo que ha forjado amistades, enemistades, amores e inquinas, como cualquier ópera debería hacer, delante, detrás encima, debajo y a ambos lados del escenario.

 

Hay un sentimiento de bajón inevitable cuando cae el último telón, un sentimiento que muchos aplacan a golpe de profesionalidad, otros buscándonos otra cosa mejor que hacer que lamentarnos por que haya acabado y otros, en fin, dejándose llevar por cierta nostalgia. Yo decidí no permitirme este último lujo más que en los escasos minutos que separan la puerta de artistas del teatro del salón de mi casa, y rememoré el calor que hacía aquella mañana de julio en la ronda de Atocha, cuando desayuné porras y café aguado en una barra de metal y, juraría, me crucé con Violetta Valéry de la que se iba a trabajar en el centro de Madrid.

 

Desde aquel día hemos visto desfilar a cuatro Violettas, tres Alfredos y cuatro Germonts por seis escenarios de toda España, más un ejército de comprimarios, técnicos, coros, orquestas y, claro, públicos. Entre todos se ha erigido una relación no familiar, pero sí bastante intensa con el personaje central del drama. Cada soprano, cada noche, le ha infundido una vida vocal y emocional que, sin ser amor, ha fructificado en una colección de sentimientos que bastante se parecen una relación demasiado estrecha con una mujer sin cara, cuerpo o rasgos definidos.

 

No vale demasiado la pena detenerse en pelucas, alturas, ojos, miradas o lágrimas: ha habido momentos realmente fuertes cuando todas y cada una de ellas han dejado salir ese punto de enganche, ese motivo íntimo y genuinamente secreto que las ha investido del poderío necesario para transmutarse en Violetta. Por supuesto, no es cuestión de revelar cada uno de ellos aquí. Nobleza obliga.

 

Baste con decir, en cambio, que yo solía decir que conocía a Violetta (¿quién no conoce a unas cuantas?) al principio de todo, al principio de la colección de errores, esfuerzos y aciertos y éxitos y victorias que han trufado este camino conjunto. Todos saludaban esta afirmación apasionada con una media sonrisa y con la promesa rabiosa de que algún día se me curarían esos impulsos.

 

De entre todas las pulsiones, esa, la de creer conocer a Violetta empezó a curarse, como digo, en plena glorieta de Atocha cuando el asfalto me quemaba a través de los playeros y sospeché que ella andaba por ahí, cuando noté una presencia que acabó por materializarse de las formas más inusitadas y sorprendentes en cada una de las veladas traviateras que iban a seguir.

 

En esto andaba, meses después, el domingo pasado, volviendo a casa en un escenario (mi propio escenario: calles frías y nocturnas en un Gijón que quedaba lejísimos de la luminosidad mañanera de Madrid en verano), dándome el pequeño placer de saborear la Traviata mayor de edad, cuando volvió a aparecer, a cruzarse, a estar por ahí. Las lecciones, supongo que terminé de entender, no han hecho más que empezar. Y que Violetta, por muerta y enterrada que esté, aún tiene bastante que decir: nunca llegaréis a conocerla del todo. Y nosotros (¡olé!) tampoco.

 

Descansa, querida. Y vuelve cuando quieras.

Alejandro Carantoña (Oviedo, 1988) escribe y hace ópera. Se prepara para debutar como director de escena: ha colaborado con diversos teatros (especialmente, la Ópera de Oviedo) en varias áreas, es sobretitulador, ha escrito en varios medios sobre ópera y ha publicado Cuestión de oficio. Unas memorias artísticas de Emilio Sagi (TREA, 2014). Es semifinalista del 8th European Opera-Directing Prize.