Vistas de Lima

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Acantilados de Lima, 15 de noviembre de 2022. Foto del autor.

Hace unos años una escritora uruguaya salió de su hotel en San Isidro. Íbamos a caminar hacia Miraflores. Sacó el paraguas, lo que yo interpreté innecesario. La garúa era muy fina pero el camino era largo. No distingo en mi memoria si lo abrió o no. Algo dije acerca de que nunca tuve un paraguas hasta que me compré uno en Londres, a los 27 años. Que lo perdí en mi primera estación del Underground. Que duró en mis manos menos de una hora. Quiero pensar que si ella lo abrió, aquella tarde de invierno limeño, fue la única en esa ciudad con más de 10 millones de habitantes que nunca salieron con paraguas.

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Una escritora española y un cocinero/empresario mexicano salieron apurados de una casona en San Isidro. Iban contra el tiempo, recién enterados de un avión que despegaba en unas horas, que la española tenía que tomar hacia Nueva York. El mexicano volvió del aeropuerto pero en el lapso en que estuvimos sin él hubo historias fabulosas: como la de un hombre manejando varios días a través de la cordillera, hasta la selva, para traer plantas hermosas a Lima; o la de un editor en Chile intentando conciliar sus sueños de revolución con la realidad del amor filial, el amor conyugal y la necesidad de dinero. Se habló de poesía, de ser mamá y de recoger deliverys, trepados en una patineta, a todo trapo por la Avenida Conquistadores.

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Un poeta de sombrero blanco camina por una vereda del Parque Kennedy. Nos hemos visto tres semanas atrás cuando él llevaba un sombrero negro y recitaba unos poemas dedicados a una santa que lidiaba con la lujuria. Ha llegado a nuestra vereda un escritor con su hijo. Los recuerdo a todos bañados por las luces amarillas del Parque. Su imagen está cruzada por otra en la que muchos ancianos bailan salsa metidos en el hoyo del anfiteatro.

Todo es gozo en esas imágenes. Me he despedido de ellos para ir a mear. He cruzado Diagonal y una vendedora venezolana me ha dicho que subiendo por las escaleras de la pizzería –si camino hasta el fondo, sin preguntar– puedo usar el baño. He vuelto al Parque y al homenaje. El poeta del sombrero ha recitado unos poemas a la Virgen de Guadalupe. Lo han aplaudido con generosidad y le han entregado un trofeo.

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El portero del hotel me entrega un mapa y me dice que allí atrás comienza Conquistadores. Imágenes de olivos antiguos, de ramas torcidas, luces amarillas sobre esa típica grama gruesa de los jardines de Lima. Calle por calle he llegado, no sé cómo, al edificio que busco. Amigos: eso buscaba. Me reciben con bocaditos contundentes. Mi amiga abre una botella de vino añejo, esos que siempre guardas para las ocasiones especiales. También saca el güiski negro, que ha ganado premios. Me cuenta la historia del vodka 14 Inkas hecho con papa nativa. La del premiadísimo pisco Azpitia, ese manjar que se mezcla en mi vientre con el vino y el güiski, mientras ella, que es muy creyente, nos cuenta la historia alucinante de la Virgen de Guadalupe.

Como todo es milagroso aquella noche, me entero que voy a ser padrino. De las horas siguientes recuerdo la voz del taxista despertándome, las luces amarillas que me llevaban a casa esa madrugada.

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La imagen fugaz de unas niñas grandes, paradas en un círculo alrededor de una piedra. Tienen un brillante uniforme negro con tiras amarillas. Una mujer les habla. La piedra es hermosa y al verla yo recuerdo esa vez en que, desde la calle, a través de la reja cerrada del cementerio de Praga, miré la tumba de Franz Kafka. Esta piedra, distingo en los breves segundos que demora el taxi en pasar, dice: José Carlos Mariátegui. Más adelante, pensando también en mi único paseo entre las calles estrechas de La Recoleta en Buenos Aires, el taxi pasa frente a un cartel de letras de fierro empolvadas que dice: «Presbítero Matías Maestro».

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Delante de nosotros hay una camioneta que carga en la tolva unos zapallos hermosos y enormes. Es una calle bañada por el fatigoso sol de Lima, en Barrios Altos. Hace calor. De pronto alguien mete la mano por la ventanilla del taxista, le abre la puerta, forcejea, lo tiene agarrado por la cabeza. Nadie dice nada. Es una imagen sin ruidos. Desde el asiento de atrás, yo forcejeo con el brazo que le aprieta la cabeza la chofer. Aparece otro muchacho de camiseta blanca, mete la mano por la ventanilla, agarra de un golpe el celular y los dos se echan a correr. El pobre hombre me explica que va a tener que volverse a casa. Estamos atollados en esa calle. Miro los zapallos enormes por un buen rato.

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Cerca del Óvalo Santa Anita, a un lado de la Carretera Central por donde pasamos apretados, una mujer está apoyada en su carretilla. Es una vendedora y ha pegado un cartel azul que dice: «Huy qué rico papa con huevo».

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El señor que cuida los autos del Club Cusco ha colocado su silla apoyada contra el gran ceibo. Dice que el árbol tiene 160 años. Él me ayuda a estacionar. Después, mientras me lavo las manos, lo veo entrar en uno de los baños. A los pocos segundos sale, le dice algo a un mozo y él se lo lleva hacia el cuarto de al lado. Cuando regreso a mi mesa veo salir al señor, muy anciano y encorvado, con un rollo de papel blanco entre las manos.

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Es como si fuera otro mundo: La casa de la literatura peruana ¿No es cierto? Mi nuevo amigo me habla de su ancestro Mateo Pumacahua, de la influencia de Juarroz en sus poemas, de la Maestría de Escritura Creativa en San Marcos, de sus tardíos inicios en la escritura. También de aprovechar la pandemia para terminar un libro, de lo complicado que es tomar un taxi en Abancay. Me acompaña hacia allí.

Desde la sombra de una tienda de ropa vemos un grupo de gente que protesta frente al Congreso y un autobús verde enorme de la policía. Sin embargo, la imagen más nítida de aquella mañana soleada de noviembre es la de esos libros hermosos que publica La Casa, que él me entregó.  También la de unos textos originales de César Vallejo sobre la pared del Museo, y la pequeña pantalla en la que se proyecta una escena de Modern Times de Charles Chaplin al lado de los originales de unos artículos sobre ciencia y tecnología escritos por Vallejo para Mundial. «A Vallejo le fascinaba Chaplin» me dice mi nuevo amigo, mientras me muestra en la pantalla de su celular a un autito negro que se mueve sobre las calles de Lima en el aplicativo Didi. «Está a 17 minutos».

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Un perro blanco mete la pata entre la reja de la puerta. Intenta mover unos trozos de triplay que cubren lo que hubiera adentro de ese cuarto, en esa casa del Centro. Sobre la pared hay un letrero verde brillante que dice: «Peluquería Adrianita». Y en una casa cruzando la calle, sobre la reja de la ventana, alguien ha colgado un cartel blanco que dice: «Se vende tamales». El perro sigue moviendo la pata, una sola, a través de la reja. Yo me pregunto qué querrá el perro. A lo lejos alguien grita con un megáfono: «5 soles el kilo de arándanos, estamos regalándolos, dulces, dulces, sáquele provecho mamita, 1 kilo de arándanos, dulces, dulces, 5 soles, dámelos mamita, el famoso blueberry».

Cartel sobre la Avenida Javier Prado ofreciendo los servicios de un curandero piurano: «Amarres sexuales en vudú al instante» Lima, 16 de noviembre de 2022. Foto del autor.

 

 

 

 

 

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