Viva Don Carnal

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Venecia tuvo más excesos que Roma. La Serenísima (quizás, el título más bello que se ha dado nunca a una ciudad) gozó del singular honor de ser excomulgada por el papa en 1606. En Venecia también la ópera se hizo carne. Prueba de ello es La Calisto, la ópera de Cavalli estrenó en 1651 y que con increíble puntualidad llega a Madrid después de 368 años.

 

Los dioses (a diferencia del Único-Dios-Verdadero) son unos tiparracos de cuidado. Júpiter, monarca del Olimpo, se ha encaprichado de Calisto, una ninfa virginal que mora en los bosques. ¿Cómo solucionar esta inocente apetencia? Haciéndose pasar por Diana, la castísima diosa, y yéndose con ella a darse «castos besos» entre los matorrales. (Por lo visto, los magreos entre mujeres no cuentan como lujuria). Para sorpresa de nadie, la triquiñuela de Júpiter desencadena toda una serie de malentendidos y penurias: el pretendiente de Diana se siente abandonado, Calisto es expulsada del séquito de la diosa, Pan (que pasaba por allí) monta en cólera, etcétera. Les ahorraré los pormenores del libreto, que es, por momentos, complicado de seguir. Al final aparece Juno –la legítima esposa de Júpiter– que está acostumbrada a las fechorías de su marido, y decide pagarla con Calisto, a quien convierte en osa. (Violaciones y castigos a las víctimas, aquí todo es virtud). Júpiter, momentáneamente apenado por el desenlace, decide –ya que no puede remediar el hechizo– acortar sus días y convertirla en estrella, dándole así una vida eterna.

 

Formalmente, La Calisto está muy cerca de L’Orfeo. Justo por eso se agradece que la propuesta escénica de David Alden (estrenada en la Bayerische Staatsoper de Múnich en 2005) combata el estatismo con un Olimpo carnavalesco y delirante: pavos reales con correa, vacas que beben leche de brick, un camaleón camarero, etcétera. La escena que construye es un lugar verosímil para la inmoralidad divina y las miserias de unos y de otros, que no es decir poco. En el foso, a los mandos de una orquesta barroca construida para la ocasión (se suman miembros del Monteverdi Continuo Ensemble, la Orquesta Barroca de Sevilla y la titular del Teatro Real) está Ivor Bolton. La numerosa sección de continuo hace un trabajo excelente, dotando de dinamismo y flexibilidad a una función llena de recitativos. Las diversas intervenciones de solistas fueron realmente apreciables, incluida la parte festivalera del percusionista.

 

Las voces están, por lo general, muy bien. Los mejores, en mi opinión, fueron Luca Tittoto y Nikolay Borchev como Júpiter y Mercurio; y Monica Bacelli como Diana y Tim Mead como Edimione (a pesar de mi proverbial aversión a los contratenores). No solo su interpretación vocal es elogiable, sino que su desempeño actoral es muy destacable, particularmente el del primer tándem. En este sentido, la Linfea de Guy de Mey (un personaje travestido) causó gran admiración en el público. También destacables el Pan de Ed Lyon y el Silvano de Andrea Mastroni, al que obligan a mover absurdamente las alas durante toda la obra. Dominique Visse hace un Satirino sumamente histriónico, lo que es de agradecer, pero su voz excesivamente chillona y nasal se fue haciendo cuesta arriba a medida que avanzaba la función. Me gustó la Calisto de Louise Alder. Bastante insípida la temperamental Juno de Karina Gauvin.

 

Al final de la ópera, como hemos dicho, Júpiter, en un gesto de clemencia o de suficiencia, convierte a Calisto en una estrella mientras suena el coro beatífico y redentor (las óperas barrocas siempre terminan «bien»). Ese coro no suena desde la escena, sino desde la jaula de la sala (un compartimento situado a la altura del paraíso, en el lado izquierdo del escenario), creando una poderosa sensación de desencanto. De nuevo, los dioses se han lavado las manos en la desdicha de otros.

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