Viva el desayuno

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Epitafio de una vida plena: «Siempre desayunó de maravilla». Se puede morir uno tranquilo con esa certeza. Un buen desayuno da por bueno un día, así que miles de buenos desayunos pueden dar por buena una vida. Saciedad, satisfacción y toda la jornada por delante, o toda la muerte. Puede no parecer una gran aspiración, pero no me apetece apuntarme a la moda de soñar con imposibles. Aun así, cuidado con el desayuno.

De un tiempo a esta parte, la primera comida del día me está salvando la vida. Los fines de semana se altera el patrón de los días laborables, pero se mantiene la esencia. La ceremonia, en conjunto, puede ser una historia cerrada, perfecta, independiente. Pero para conseguirlo es necesario cuidar tanto el contenido como la estética y el contexto.

Frotándome las manos por el frío y por el hambre, entro cada mañana en la cafetería y compruebo si están libres los mejores sitios, que suele ser lo normal, pues siempre somos los mismos y somos animales de costumbres. Y, una vez sentado, pido lo de siempre: café con leche y media de aceite, tomate y jamón. A veces rompo con la norma, para ratificar lo atinado de mi hábito, pero muy de vez en cuando. Es una estupidez no disfrutar de lo sublime cuando está a tu alcance.

Tras el primer sorbo de café, que entona mi organismo, me entrego al arte de preparar la tostada. Vierto en zigzag el aceite de oliva hasta cubrir toda la superficie del pan, sin rebasar los bordes. Después extiendo el tomate triturado hasta crear una fina capa sobre la que, finalmente, repartiré los trocitos de jamón. El orden no es baladí. Si empiezo con el tomate, el aceite generaría desagradables islotes y no empaparía el pan. Y el jamón se esparce al final y se presiona suavemente con el cuchillo, así no se precipita de la tostada al morderla.

Un detalle importante es el de los trozos de jamón, que ofrece un servicio mucho mejor que las lonchas. Es muy incómodo tener que pelearse con una loncha para no terminar con todo el jamón en el primer bocado; de ahí el éxito de los pizcos, tan sorprendentemente poco extendidos.

Por último, deben mencionarse la compañía y el lugar. En cuanto a estos factores, no existe una regla fija, pues son muy diversas las formas de gozar del desayuno. La suerte reside en la posibilidad de elegir en función del estado de ánimo. Por ejemplo, unas veces nos inclinaremos por el silencio, la soledad y la lectura; otras, por la conversación y el ajetreo. En cualquier caso, lo importante del desayuno no es tanto comer mucho como comer lento, tratando de expandir y exprimir el momento.

En definitiva, la Ley del Desayuno, aunque varía en función de la persona física, siempre está orientada al mismo fin: convertirse en una pausa, un paréntesis, un refugio. Y ese alto en el camino puede bastar para darle sentido a un día. El desayuno no exige casi nada y no se le puede pedir más. Conviene no perderlo de vista. Buen provecho.

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2 COMENTARIOS

  1. Por desgracia no tengo palabras para expresar la emoción y la satisfacción que me provoca este artículo. Un desayuno así tendría que ser norma de vida esperanzadora

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