¡Vivan las buenas prácticas! Los quince años de paz del Museo Reina Sofía

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Ilustración de ELG a partir del logo del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía

En medio del cruce de opiniones acerca de su gestión, el director cesante del Museo Reina Sofía ha dicho en una entrevista que, aunque la gente cree que entiende las obras de arte, no es verdad. Y para eso ya lo comprendemos está él, o han estado hasta ahora él y su museo. A continuación, y como si fuese lo mismo, ha puesto el ejemplo del arte manierista, inspirado por el neoplatonismo y otras filosofías, que la gente debe conocer si quiere entender las obras. Es más, para eso está la obra de arte, quiere decirnos: para servir a un desciframiento verbal. La obra, pues, como texto para ser leído, del que se ha de inferir la explicación y lo que más importa la interpretación de un contexto. Sin embargo, la regresión que esto implica eso ya no lo dice el director saliente olvida justamente la liberación que supuso para el arte moderno y su nueva experiencia hacer paréntesis de los significados y abrir a los sentidos el ancho campo de la emoción y el placer. Aunque también es cierto que del arte político que ha fomentado en el Museo Reina Sofía Manuel Borja-Villel y del que propugnan convencionalmente tantos otros centros contemporáneos, también se podría decir, dándole la vuelta al título de Terry Eagleton, que convierte en estética la ideología, o sea, en espectáculo. Que tampoco sería una conclusión muy allá para una izquierda consecuente, es decir, no estetizada.

Sin embargo, la discusión, por llamarla de alguna manera, que ha suscitado ahora la gestión de MBV, no ha sido planteada en estos términos, ni ha aportado siempre el tino, por ejemplo, de Ignacio Vidal-Folch, o la competencia y exactitud informativas de Elena Vozmediano. Con más o menos conocimiento de causa, los comentaristas han preferido dar por buena, en general, la consideración de las opiniones como contraseñas ideológicas, cuyo mayor éxito reside en su alineamiento forzoso en uno de los bandos del esquema de opuestos. Este es el mismo dualismo que espontánea y automáticamente se dibuja entre nosotros a propósito de todas las cosas. Algunas opiniones en contra de MBV provienen del despecho, pero el medio de su difusión ha determinado automáticamente la distribución del antagonismo. Al otro lado a favor de MBV y con igual obediencia al alineamiento forzoso, han sido sacados a colación eufemismos convertidos en eslóganes, como el del museo como “laboratorio de prácticas críticas”, del gusto por lo visto de Ignacio Echevarría, quien también ha considerado la campaña contra Borja “una feroz campaña”. Finalmente, Félix de Azúa ha hecho la aportación del profesor de filosofía exponiendo una narración de lógica determinista: según él, MBV lo ha hecho bien, porque el Reina ha reflejado a la perfección lo que es el arte en el nihilismo actual: el espectáculo estético de la corrección política. En fin, a esto quizá podríamos llamarlo la razón cínica.

Sin embargo, no siempre ha habido debate, ni burdo ni fino. Durante los últimos quince años, el mundo o mundillo del arte español contemporáneo parece haber vivido, al menos por lo que se refiere a su principal museo, en una balsa de aceite. Al mandato de Manuel Borja-Villel se le podría llamar muy bien el de los quince años de paz. Y este es el asunto que callan los esquemas previos de las discusiones y los eufemismos y contraseñas a los que se obliga la opinión. 

Las aguas comenzaron a encresparse un poco cuando fue presentada la nueva ordenación de la colección permanente, una especie de legado que el hasta ahora director hace a la posteridad, ahormado por sus propias ideas políticas y culturales (que por lo demás son las convencionales en la institución oficial del arte). Hace más de un siglo y a propósito de la selección que el crítico Juan del Encina su primer director había hecho de las obras a exponer en el nuevo Museo de Arte Moderno, Ricardo Baroja ya observaba la legitimidad de las ideas y los gustos del director, así como denunciaba la ilegitimidad de la selección hecha con base en ellos en un museo del Estado. Pero el asunto, ahora, no es exactamente el mismo. Ahora no hablamos de gustos, ni siquiera, como se ve, de ideas. La condición asumida de las opiniones como contraseñas no apunta tanto al ex director Borja-Villel como al propio mundo o mundillo del arte que, constituido en “sector”, lo puso en ese lugar y lo ha mantenido hasta ahora con una aprobación y una aquiescencia inéditas. Y esto es lo que debería, creo yo, ser planteado.

El caso es que en 2007 y en desempeño de tareas estrictamente profesionales tuve que asistir a las tres o cuatro reuniones de los representantes de ese mundo o mundillo que dieron lugar a la aprobación del llamado Documento de Buenas Prácticas en los Museos y Centros de Arte Contemporáneo, sancionado luego por la ministra Carmen Calvo (y no, como se ha escrito, por el ministro César Antonio Molina, quien no tiene ningún mérito en este asunto, sino todo lo contrario). Estuvieron allí las asociaciones de críticos, galeristas, directores de museos contemporáneos, etcétera. No hubo, que yo recuerde, ningún coleccionista, ni simple aficionado, nadie con una voz extra corporativa. Y ahí nace un problema más amplio y profundo. La cultura española, en general, es entendida desde las instituciones y desde las propias artes como un conjunto de sectores (a la manera industrial) con cuyas asociaciones de representación, reducidas si es posible al máximo o agrupadas en plataformas, sería lo ideal entenderse. Pero esto que, dicho así, parece inocente promueve en la práctica la perversa constitución de lobbies que funcionan con perdóna la manera de sindicatos, por supuesto verticales. Un sindicato para cada sector. Nada le resulta más cómodo y tranquilo a las administraciones que tratar y negociar con un solo interlocutor lo que es de la incumbencia del ramo. Y el mundo o mundillo del arte se constituyó por entonces en sector, a modelo del cine y sirviendo a su vez como modelo para los que habrían de constituirse después, en la moda o el videojuego. A la demanda del sector, o sea, del lobby, o sea, del sindicato, la administración pone en marcha sus máquinas de contentación, con terrible daño para la diversidad del mundo real, que resulta, así, completamente laminada y burocratizada. 

Aquellas conversaciones, que en teoría obedecían a la búsqueda de una especie de guía común de actuación para los museos y centros de arte, ocultaban en la práctica su motivo real, que se encontraba en la necesidad de dar salida a la situación concreta del Museo Reina Sofía, cuyos últimos directores no contaban con el beneplácito… del sector. Por cierto que la demanda que para el propio sector revestía el mayor interés aunque todo estuviera envuelto en eufemismos y protocolos de conspicua imparcialidad se refería al procedimiento de selección y nombramiento de los directores de los museos institucionales, pero muy en concreto en concretísimo al que habría de ser seguido en el Museo Reina Sofía. 

En fin, allí se oyeron muchas cosas (algunas, increíbles) pero lo evidente fue el consenso aunque con discreción de corrillo acerca de quién debería dirigir nuestro museo contemporáneo de cabecera. El candidato del sector era Manuel Borja-Villel, por más que los eufemismos y los protocolos no reflejasen en las actas sino, una vez más, otro eslogan (sí, es un mundo de eslóganes, como las asambleas de facultad de Ciencias Políticas), en este la necesidad de que esos directores dispusieran de un amplio período para desarrollar sus proyectos, con algún blindaje, por decirlo así, que los preservara de “los vaivenes políticos”. Hay que recordar que los vaivenes políticos se habían llevado por delante al anterior director, Juan Manuel Bonet, a quien se lo volverían a llevar más tarde tras cumplir apenas un año como director del Instituto Cervantes. Por otro lado, no se entiende muy bien la razón según la cual un director de museo no puede estar “a merced de los vaivenes políticos”, si lo está el director general de la Guardia Civil o el ministro de Hacienda (que también tendrán proyectos de amplio desarrollo y salen de gobiernos democráticos) y toda vez, además, que el sector se muestra partidario del arte como herramienta política aunque parezca ignorar que para eso y en un país democrático existen canales democráticos de proceder. Pero se trata, claro está, de frases que sólo funcionan en una dirección. Y, bueno, ya sabíamos quién quería el sector que acabara siendo el director del MNCARS. Y estábamos a punto de dar con el procedimiento que lo haría posible: el Documento de Buenas Prácticas en Museos y Centros de Arte que, con una beatería pastueña y un papanatismo absolutos, fue recibido con vítores y bandas de música por informadores, artistas, galeristas, críticos y profesores, en general. 

El eufemismo “buenas prácticas” a duras penas puede ocultar, aplicado a este sector y a todos, una pretensión de parte que no tiene valor de ley general, pero que pretende alcanzarlo por procedimientos extra normativos. Pues bien, según ese documento había que convocar un concurso y dejar en manos de expertos expertos del sector la propuesta del nombramiento, que el Gobierno, en la pura lógica lobbística, debería acatar y promulgar. Y así se hizo; fue convocado y fallado un concurso sólo faltaba internacional; Borja-Villel fue nombrado director. Y como el procedimiento había nacido con vocación general, a este concurso siguieron otros. En particular y relacionados con el caso, dos. Poco después habría de ser convocado y fallado otro para proveer de director/a al MACBA de Barcelona, después de que Borja-Villel lo dejara en sede vacante para marchar al MNCARS. Pues bien, Bartomeu Marí, subdirector durante la dirección de MBV, fue el elegido. Y, de postre, el tercero. El Banco de España convocó otro concurso internacional para seleccionar al director/a de su colección de arte, de cuya existencia se acababa de enterar el común de los mortales después de que la entidad reguladora la mantuviera a oscuras en manos del mismo director desde más o menos la guerra de la Independencia. Pues bien, el concurso fue convocado y fallado; la elegida fue Yolanda Romero, mujer de Borja-Villel. ¡Vivan las Buenas Prácticas!

Por todo esto causa sonrojo que el asunto del Reina haya sido interesada y rentablemente planteado como una especie de nueva querelle des Anciens et des Modernes, y que quienes se han pronunciado hayan acatado, con pocas excepciones, esa condición bajo la rentabilidad de la comedia ideológica en la que se enfrentan, como en todo, dos bandos antagónicos. Más que una comedia, este asunto ha sido una vergüenza, envuelta, como es costumbre, en celofanes inodoros. 

Enrique Andrés Ruiz (Soria, España, 1961) es poeta, escritor y crítico de arte. Actualmente colabora en Babelia, el suplemento del diario El País, y otras publicaciones. Ha publicado diversos libros de poesía, entre ellos, Con los vencejos (2004), Los verdaderos domingos de la vida (2017) o Ríos de Babilonia (2021), todos en la editorial Pre-Textos. Entre sus ensayos se cuentan Vida de la pintura (2001), La tristeza del mundo. Sobre la experiencia política de leer (2010) o La carroña. Ensayo sobre lo que se pierde (2017). Es autor asimismo de Las dos hermanas. Antología de la poesía española e hispanoamericana del siglo XX sobre pintura (FCE, 2011) y de la novela Los montes antiguos (Periférica, 2021). Ha comisariado muchas exposiciones y escrito muchos ensayos y artículos sobre artistas contemporáneos.