Vivian Maier: balada fotográfica de un corazón solitario

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Una vieja niñera y un agente inmobiliario de Chicago son los protagonistas del descubrimiento fotográfico más sorprendente de los últimos años. Un historia que tal vez supera en inverosimilitud a la del hallazgo de la maleta perdida de Robert Capa aparecida recientemente en México, y descubre a una fotógrama admirable

 

A finales de 2007, un joven agente inmobiliario de Chicago, John Maloof, acudió a una subasta pública en la que se ofertaban cajas llenas de objetos procedentes de un guardamuebles. Se subastaban porque los propietarios hacía tiempo que habían dejado de pagar las cuotas del alquiler. Maloof, que se encontraba preparando junto a  un amigo un libro sobre la memoria fotográfica de Portage Park, un barrio del norte de Chicago, pujó por una caja llena de viejos carretes de fotos. Pensó que tal vez podría encontrar fotografías que le sirviesen para incluir en el libro. Pagó 400 dólares. Cuando comenzó a estudiar los negativos -en torno a 30.000- comprobó que no había ninguna foto del barrio en el que estaba interesado, así que guardó de nuevo los carretes en la caja, la metió en el fondo de un armario y se olvidó de ella durante un tiempo. Se dijo que tal vez podría recuperar más adelante algo del dinero invertido vendiendo algunas fotografías en eBay.

       En diciembre de 2008, mientras caminaba por un calle del centro de Chicago, Vivian Maier, una anciana que había trabajado como niñera durante más de cuarenta años, resbaló en una placa de hielo y se golpeó la cabeza contra el suelo. Tuvo que ser ingresada. Apenas supieron la noticia, los hermanos John, Lane y Matthew Gensburg, que habían sido cuidados por la anciana cuando eran unos niños décadas atrás y que habían retomado el contacto con ella  a finales de los noventa, se presentaron en el hospital y continuaron sus visitas durante todo el tiempo que permaneció ingresada. Le llevaban ejemplares de The New York Times y helado de café. A Vivian Maier le encantaba el helado, sobre todo el de café.

       Cuando por fin le dieron el alta, los Gensburg ayudaron a Maier a encontrar una residencia de ancianos donde a su vieja nana le procurasen los cuidados que se merecía. Su último lugar de residencia había sido un pequeño apartamento de alquiler. Había vivido la mayor parte de su vida como interna en las casas de las familias para las que trabajaba como niñera y no disponía de una casa en propiedad. Encontraron la residencia que buscaban en Oak Park, un tranquilo suburbio de Chicago, lugar de nacimiento de Ernest Hemingway cuando era aún un pueblo que no formaba parte del núcleo urbano.

       Meses después de la subasta, una vez publicado el libro sobre Portage Park, Maloof rescató la caja llena de carretes del fondo del armario. Cuando llevaba ya un tiempo revisando los negativos,  John Maloof decidió contactar con la casa de subastas para preguntar si podían decirle a quién había pertenecido el lote que había comprado unos meses antes. Aunque Maloof no sabía mucho de fotografía, conforme iba revisando en su ordenador los negativos positivados se fue dando cuenta de que con cada nueva serie de fotos que comprobaba aumentaba el número de buenas fotos que  encontraba. Al menos a él le parecían buenas fotos. La mayoría eran en blanco y negro y habían sido tomadas con cámaras Rolleiflex. Salvo algunas instantáneas tomadas en Nueva York, en la mayor parte de las fotos los protagonistas eran los vecinos de Chicago y las calles, parques y edificios de la ciudad. La ambientación sugería que habían sido capturadas en los años cincuenta y sesenta.

       En la casa de subastas le dijeron que la propietaria había sido una anciana. No sabían su nombre. Maloof se enteró de que otros compradores habían adquirido también cajas llenas de carretes. Logró contactar con algunos de ellos y recomprarles esas cajas. Fue reuniendo cientos de carretes y también algunas películas con grabaciones de desfiles multitudinarios y de escenas callejeras. Para compensar estos gastos, Maloof, tal y como se había propuesto, vendió algunas fotografías en eBay con precios que llegaron a alcanzar los 80 dólares.  Uno de los compradores resultó ser un fotógrafo y profesor de fotografía. Le comentó a Maloof que si las fotos fuesen suyas dejaría de venderlas por unos pocos dólares. Eran demasiado buenas.

       En 1956, cuando contaba treinta años, Vivian Maier respondió a la oferta de trabajo hecha por un matrimonio acomodado en la que solicitaban una niñera para sus tres hijos. Era el matrimonio Gensburg. Uno de aquellos niños, Lane Gensburg, hoy un asesor fiscal de 54 años, recuerda la primera impresión que le produjo su nueva niñera.  “Era una especie de Mary Poppins”. Nancy, la madre de Lane, también compara a Maier con Mary Poppins. Vestía de una manera muy peculiar, con pesados abrigos y largas faldas, y solía llevar sombrero. La mayor parte de su ropa la compraba de segunda mano. Era alta, pero sus huesos grandes la hacían parecer más alta. Además de por un ligero acento francés cuando hablaba, Nancy recuerda que su prominente nariz contribuía a reforzar el “aire afrancesado” de su persona.

       Maier trabajaría para los Gensburg durante 15 años.  Los adultos que frecuentaban la casa de la familia la consideraban un tanto seca y altiva. Los niños, en cambio, la adoraban. Le resultaba más fácil comunicarse con los niños que con los adultos.

       No era una niñera ordinaria. Montaba obras de teatro para los niños del barrio. También organizaba excursiones atípicas, como cuando llevaba a los pequeños al desfile celebrado con motivo del año nuevo chino, o entraba con ellos en un cine para ver películas europeas -le apasionaba el cine- o visitaban el cementerio de Graceland. Maier hacía todo lo posible para enseñarles a los niños el mundo que rodeaba el acomodado barrio de Highland Park en el que vivían. Los pequeños Gensburg también recuerdan sus frecuentes visitas al bosque. Recogían fresas silvestres y de vuelta en casa preparaban helado con ellas.

 

 

       Los Gensburg perdieron la pista de Maier después de que dejara de trabajar para ellos en 1972. Al retomar el contacto con ella más de dos décadas después supieron que había continuado trabajando como niñera interna para otras familias. Una de estas familias fueron los Usiskin, para los que comenzó a trabajar en 1987. El serñor Usiskin contaría años más tarde que en la primera entrevista que mantuvo con Vivian Maier esta le dijo que si la contrataban tendrían que proporcionarle un espacio para que almacenase las cajas en las que estaba contenida toda su vida. Usiskin le dijo que no había problema, que disponían de un amplio garaje. No se esperaba que Maier se presentase con casi doscientas cajas. Las apilaron en el garaje donde permanecerían durante todo el año que trabajó para ellos sin que nadie, ni la propia Meier, las abriese.

       Las siguientes familias para las que trabajó Maier la recuerdan de un modo muy similar a como la recuerdan los Gensburgs y los Usiskins. Frugal en sus gastos y hábitos alimentarios. Con un talento especial para ganarse a los niños. Aficionada a relacionarse con los sin techo de la ciudad en sus visitas a los barrios más pobres de Chicago. Todos coinciden también en recordarla con una cámara colgada casi siempre de su cuello.

       Vivian Maier falleció el 20 de abril de 2009 en la residencia de ancianos de Oak Park en la que había ingresado unos meses antes. Los Gensburgs esparcieron sus cenizas en el bosque al que tantas veces les había llevado a recoger fresas salvajes.

       Días más tarde, a finales de ese mes de abril, John Maloof, que continuaba con su paciente de trabajo de positivado y estudio de los miles de negativos que había ido acumulando, descubrió en el fondo de una de las cajas de carretes un sobre en el que estaba escrito un nombre: Vivian Maier. Un búsqueda en internet le llevó hasta una esquela publicada unos días antes en el periódico The Chicago Tribune en la que se anunciaba la muerte de una anciana con el mismo nombre que había fallecido a la edad de 83 años. En la esquela aparecían los nombre de los hermanos Gensburg, para los que Maier había sido “una segunda madre”. Maloof logró contactar con ellos a través del periódico. Ese fue el punto de partida para comenzar a reconstruir la vida de Vivian Maier, la niñera que había ido acumulando con los años una obra fotográfica comparada por algunos críticos con la de Diane Arbus,  Henry Callahan o Yasuhiro Ishimoto.

       Maloof descubrió que Maier no había nacido en Francia, como muchos creían, sino en Nueva York, en 1926. De padre austriaco y madre francesa había pasado parte de su infancia y juventud en Francia, de ahí su ligero acento francés. Maloof fue reuniendo las historias de los niños que había cuidado y de los mayores que la habían contratado y que aún vivían. Aunque todos la recordaban con una cámara al cuello -durante muchos años había usado modelos de Rollieflex-, ninguno sabía que su obra había sido tan extensa y mucho menos de tanta calidad. Para ellos, Maier era sólo una niñera entrañable con los niños y de no muy agradable trato con la mayoría de los adultos que no pertenecían a las familias para las que trabajaba.

       Hace un par de años John Maloof  creó un blog que actualiza periódicamente con nuevas fotos y noticias relacionadas con la obra de Maier (pueden consultarse, por ejemplo, los artículos que han aparecido en diarios y revistas de varios países y que han servido para preparar este artículo). Además de Maloof, también se interesó por la obra de la obra de la antigua niñera otro vecino de Chicago, Jeff Goldstein, que consiguió adquirir unos 12.000 negativos y algunas películas con filmaciones. Goldstein abrió también un blog en el que puede consultarse una selección de fotografías de Maier. En ambos blogs aparecen numerosos autorretratos de la fotógrafa.

       En las fotos de Vivian Maier aparecen muchos niños. También muchos vagabundos  -con los que, según los que la conocieron, le gustaba conversar y a los que procuraba ayudar en lo que podía-; hombres y mujeres de la clase media haciendo compras en el centro comercial de la ciudad y residentes en los barrios bajos, cuyas calles recorría infatigable fotografiando a sus habitantes; parejas dedicándose gestos tiernos; edificios en construcción; incluso naturalezas muertas, a las que se dedicó en su última etapa. Retratan la gran ciudad y todo lo que sucede en ella, sus sombras y su luz, el pasar del tiempo, detalles del mobiliario urbano y de la arquitectura, la miseria y las celebraciones de masas. Le gustaba retratar los pies de la gente. Los pies y las piernas. La mayoría de los retratados nunca supieron que Maier les había fotografíado. Son fotos robadas, capturas de un instante de sus vidas en apariencia vulgar.

       Muchas de las fotos son retratos de la soledad en alguna de las muchas formas que puede adoptar, desde el retrato de un vagabundo durmiendo borracho en un portal hasta la imagen de un hombre sentado en un banco rodeado de gente que pasa y al mismo tiempo terriblemente solo.

       Conforme iba enterándose de más datos sobre Maier, Maloof descubrió que siempre había sido una persona solitaria. Incluso el viaje alrededor del mundo que realizó en 1959, y que le permitió visitar y fotografiar países tan distintos y lejanos de aquel Chicago como Egipto, Tailandia, Vietnam, Francia, Italia, Indonesia y otros muchos, lo hizo sola. En palabras de Maloof: “No tuvo una vida amorosa, ni familia, ni nadie realmente cercano. La única cosa de la que disponía realmente era la libertad que le daba su cámara para expresarse, y creo que es una de las razones por las que mantuvo en secreto su pasión por la fotografía, porque era lo único que tenía”.

 

 

* Lino González Veiguela es periodista. Recientemente, en FronteraD ha publicado Patrice Lumumba: 50 años del magnicidio necolonial y Europa en la jaima de Gadafi

 


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Autor: Lino González Veiguela

1 COMENTARIO

  1. Sin duda sus fotografías son
    Sin duda sus fotografías son buenas, alguna muy buena, y lo que las hace más interesantes es la historia de su vida. ¡Una niñera que se atrevió a dar rienda suelta a su pasión! Pero de ahí a compararla con una Diane Arbus va un trecho, pequeño pero muy importante. Es el trecho que separa a una fotógrafa muy buena de un genio. En las fotografías de Maier se ve una personalidad que ve pasar la vida, una vida que a ella tal vez le gustaría vivir. Arbus se sumerge totalmente en lo que retrata, con la rara pasión que caracteriza a un genio.

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