Vocablos en disputa

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Rosario Quevedo y Ángel Guinda en Peralejos de las Truchas. Fotografía de Manuel Martínez Forega

sólo y solo

«El poeta sólo está solo», afirma un aforismo del poeta Ángel Guinda (Zaragoza, 1948-Madrid, 2022). La gracia de esta máxima consiste, además de su firme apuesta por la siempre atractiva figura retórica de la aliteración, en la presencia y en la ausencia de la tilde en los dos vocablos homófonos: «sólo» y «solo», dotados de una misma sonoridad pero diferenciados por un distinto significado, cada uno perteneciente a una contraria categoría gramatical; el primero adverbio y el segundo adjetivo.

Pues bien, si este aforismo de Ángel Guinda se reprodujese hoy en un diario, siguiendo el libro de estilo de los periódicos, o insertado en un texto publicado por una gran mayoría de editoriales (copiando ambos homófonos sin acento), el apotegma del vate maño perdería su gracia. La RAE no obliga totalmente a que se prescinda del acento en «sólo» cuando es adverbio y se pueda sustituir por «solamente». Pero vivamente lo recomienda. Argumenta que el contexto aclara su significación, deshaciendo entonces la ambigüedad. Y no es así.

Yo siempre pongo un claro ejemplo para mostrar que no es así: «Mick Jagger duerme solo en el Ritz». A ver quién es el guapo que sabe exactamente, ateniéndose a esta sucinta forma expresiva, si el cantante de los Stones se aloja únicamente en el lujoso hotel o acaso pernocta en él sin compañía.

Rincón de Sierra Luenga. Fotografía de Rosario Quevedo

cojer juanramoniano

Desde Consuegra, por la Avenida del Imperio Romano, mi coche vacilón, jovial currito, tomó la carretera que llaman de Valdespino y lo aparcamos al terminar el asfalto, iniciando una pista que nosotros denominamos Camino de las Vacas. Lógica bien atribuida, ya que enseguida una cándida res albina nos salió al encuentro mirándonos fijamente hasta perdernos de vista.

Ascendimos un tanto hasta los parajes de Sierra Luenga, en plenos Montes de Toledo. Mientras (era aún muy temprano y ya había claridad envolvente), la rutilante moneda del sol, recién acuñada, sobresalía triunfante por la todavía oscura silueta de la larga cuerda que teníamos enfrente.

A orillas de la senda, tras superar el paso canadiense, se exhibía un cartel en el que se podía leer: “Prohibido cojer níscalos”. Ese “cojer” con jota. Yo, con mi bastón acompasando el paso, comenté a mi mujer que esa errata no me parecía muy gorda; mucho más gorda me parecería “árvol”, con uve, “biento”, con be, “hapóstoles”, con hache. Mi esposa disentía, diciéndome que no había excusa en que “cojer” y “coger” tuviesen una idéntica solución fonológica, equiparando sus realizaciones acústicas, así como ahora en español igualamos el sonido bilabial de la be y el labiodental de la uve. Las laderas que contemplábamos, recién inundadas de la luz de Febo envolviendo a los pinos en cascada, se conformaban, tamizadas, como una muy sedante estampa.

Sumidos en diatriba, la melosa brisilla arrastraba la limpia proposición de Wittgenstein: “Una nueva palabra es como una semilla fresca que se arroja al terreno de la discusión”. No se puede decir que estuviésemos discutiendo dos filólogos, término muy subido, pero es cierto que dimos, con cierta pericia, capotazos al dulce toro, algo lleno de aristas, de la lingüistica. Yo insistía en que si Juan Ramón Jiménez optó en sus altos escritos por las palabras “intelijencia”, o “antolojía”, también “cojer”, con jota, ello ya servía de modelo potencial para el hablante que usase de estos modos, sin incurrir en falta ortográfica. Yo defendí, por tanto, la inmensa autoridad de un escritor de la valía de JRJ. Acabamos teniendo razón ambos, mi racionalista mujer y mi yo un poco antojadizo.

Subimos a la cuerda, descansamos, deglutimos un tentempié y bebimos algo de vino en cima recoleta. Al abrigo de unos peñascos, serenos centinelas de la altura bajo el aguilucho, cundió en el aire límpido nuevamente el susurro de Wittgenstein: “Deja hablar sólo a la Naturaleza y reconoce por encima de la Naturaleza únicamente algo mayor, pero no lo que los otros pudieran pensar.”

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