Volviendo a tropezar

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14.50 de la tarde. El sonido de una explosión fortísima retumba por todo Beirut, en mi vida había escuchado algo así. Salgo apresuradamente al balcón, todos los vecinos de la calle ya están allí, mirando al cielo, buscando con la vista algo que pueda explicar lo que ha sucedido. Hay un silencio abrumador. Los teléfonos no funcionan, todo el mundo quiere saber dónde están sus seres queridos. Los ancianos a los que nunca me encuentro por la calle caminan a pasitos lentos por las terrazas en ropa interior, con sus raídas camisetas interiores blancas, en bata y zapatillas, los cuerpos cansados, arrugados como una chaqueta vieja; el otro Líbano que ya no necesita ponerse sus mejores galas, que ya no confía en el país en el que han nacido vaga en círculos, resignadamente,  por unos salones empobrecidos decorados hace más de 40 años.

 

En poco menos de diez minutos se sabe ya lo que ha ocurrido. Un coche bomba al lado de la Plaza Sassine en el corazón del Beirut cristiano, a una hora punta, cuando los cafés y las tiendas están llenos de gente, cuando los niños salen del colegio y las calles se colapsan por el denso tráfico. Como siempre ha pasado aquí, nunca se sabrá a ciencia cierta quién estaba detrás del atentado. Nadie puede ofrecer pruebas de nada, solo una red de infinitos intereses que les hacen pronunciarse en una dirección o en otra.

 

En la calle el espectáculo es dantesco. La policía ha acordonado el área pero sobre un mar de cristales rotos se cuelan los curiosos, los turistas, los periodistas… La deflagración ha afectado a los edificios de varias calles, hay coches ardiendo, rostros atemorizados y un amasijo de hierros terrible que pronostica un número mayor de muertos del que dicen las cifras oficiales. El Líbano confiado, forzadamente alegre y superficial pero que siempre, siempre ha continuado hacia adelante acaba de dar paso a otro nuevo para mí, más oscuro, más terrible, también más digno de compasión.

 

Un pequeño hombre de traje y gafas de sol inspecciona el lugar rodeado de guardaespaldas. Le seguirán en procesión distintos ministros y jefes de milicias y partidos políticos varios, cada uno con su propia agenda y guión establecido. La identidad del culpable tampoco importa demasiado en esta ocasión. Son los mismos, unos pocos, los que poseen las armas, los que disponen del dinero, los que se intercambian oficialmente las culpas, los que tienen un duro negocio que mantener… La inmensa mayoría de libaneses no quiere saber nada de ellos. Solo desean que los dejen vivir en paz.