Voy con lo mío

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Croniquilla del concierto en Función Lenguaje (Lavapiés) de la banda de Laperika, formada por Érika López, Emilse Barlatay y Epi Pacheco.

 

Érika López al piano del Café Barbieri (Lavapiés, Madrid)

 

Cuando la única crítica seria que puede reclamársele a un grupo musical es el puro nombre, debe haber algo que funciona exquisito allá adentro.

 

Y no es sólo que Laperika (ahí va LA idea para el nombre. Cámbialo ya) convoque gente de corazón tan dispar que le llegue amor venido de todas direcciones. Es que ella guarda en sí una magia que no admite vocablos al pedo, que bebe de un sentir concienzudo y visceral, y sin embargo tan libre. Resulta tan reparador escuchar sus temas que la mayor parte de los adjetivos se me regresan a la tráquea. El buen rollo no es superficial, la introspección tampoco es de mentira, las declaraciones de amor (a Mateo, a la banda, a Carmen, a la mamá) son muescas profundas en la tabla de cortar limón de su propio cartel anunciador.

 

Es posible que si sigue componiendo en Re bemol Mayor continúe el embrujo y sólo alcancemos a quedarnos malheridos de ternura en una silla de Lavapiés, contemplando la sonoridad donde una quisiera acampar y quedarse a vivir con esta banda hippie. Esa voz angelical que no engaña a nadie, que no es snob pero sí contiene candidez, a medio camino entre lo naïf y el death metal. Nada que hacer ante los grititos y jaleos de gozo de la Periquilla a punto de sobrevolar su propio horizonte en Re. Tanto Emilse Barlatay a la flauta como Epi Pacheco a la percusión vibran en la onda mera mera de la segoviana: comprenden intenciones y presienten direcciones. Y tienen cosida a los pulmones la reciprocidad y la empatía sin la cuál la música sería un naufragio.

 

No pretendan, eso sí, salir de acá con conclusiones claras de la vida, pero comprenda que:

 

Si Laperika consigue que el público parezca el Orfeón Donostiarra
Si sales del bolo con una sonrisa que te da la vuelta a tu propia cabeza varias veces

 

¿Qué hacer? No se puede luchar contra una fuerza de la naturaleza. Sólo cabe rendirse ante los elementos y repetir: yo me tomo un diazepam, a mí me quita todo mal.


(Si hay sonrisas que curan las heridas
hay ciudades, hay barrios, hay bolos, hay personas que también.
¡Gracias Perika! ¡Gracias Madrid!)