Where are we going, Walt Whitman?

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He soñado con Nueva York.

Estaba muy cansado, pero fui feliz en el sueño.

He soñado con Nueva York mientras me quedaba dormido leyendo un libro sobre la Palma de Mallorca de Nadal Suau. Y, al despertarme, tenía los pies fríos.

Me he tomado varios cafés, por volver aquí, a la realidad de esta ciudad. Y me he acordado de aquello de la Storni: “Cálida, / morada, / viva, / la carne fría / del mar”.

 

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He  vuelto a mirar en el whatsapp la foto de Les Demoiselles d’Avignon que me has mandado desde el MOMA, hace unas horas.

 

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He vuelto a soñar. Esta vez con Los Ángeles.

Era un sueño inconcreto, deslavazado casi, de contornos y lindes.

Un sueño lleno de la brisa del mar.

Al despertarme me he sentido un poco confuso. Me he pasado todo el día chequeando la hora de LA. Y me ha rondado por la cabeza todo el día ese poema de Ginsberg.

Me has dicho: cuando vuelva de LA necesito hablar contigo.

Y no sé por qué he sentido un estallido de pena y melancolía.

 

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He soñado con Palma de Mallorca.

La única de las tres ciudades de mis sueños en la que sí he estado; aunque brevemente.

Llevo días sintiéndome, como Nadal Suau, “un turista de mí mismo”.

 

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En Temporada alta (Sloper, 2019) se propone Nadal Suau un ensayo performático, donde se revela la nostalgia como un acto fallido. Dice algo muy bello en este libro, así pues que “escribir es aceptar el azar y lograr que el azar se haga en nuestro pensamiento”.

Y a fe que lo consigue.

Un libro cruzado por las más diversas tensiones. Ahíto de escenografía se busca en el residuo de la vida, divagando por los azares meditados, sabiendo de la posibilidad del accidente, el ensayo ficción y la autobiografía indirecta.

Temporada alta se rebusca entre todos los significados específicos, en el excedente semiótico de una ciudad imaginativa que se pregunta qué es ser una ciudad. Si símbolo, traición o desacato.

Temporada alta es un texto de textos sobre las fronteras, los conflictos asociados a esas fronteras (muchas veces invisibles o acaso casi inexistentes). Sobre las alteraciones y el anacronismo de la verdad.

Pero también es un largo sueño sobre el mapa y el territorio, sobre el poder, lo ridículo y la esquizofrenia.

Nos dice Suau: “quisiera que la escritura me enseñara a leer de nuevo el lugar en el que vivo, sin reafirmarme, sin complacerme”.

 

*

 

Son casi las cuatro de la mañana de un fin de semana ya inminente y me voy a tomar otro café.

Pienso en la inescapable ironía y en la mitificación banal.

Pienso en el entusiasmo.

Y pienso en ese lánguido, trémulo y nocturno poema de Ginsberg. Lleno de imaginación, insomnio, tradición desgastada, descastada y añoranza.

Miro a la también insomne Barcelona y me gustaría encontrar en el negro cielo una gran luna blanca embriagadora.

Pero no.

Las rojas balizas que sirven para señalizar las puntiagudas torres de la Sagrada Familia, aun inacabadas. Eso es todo lo que hay.

Por el momento.

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