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Nunca la ha escuchado decir lo siento. La conoce desde hace más de diez años. Y una disculpa de sus labios, nunca la ha escuchado. Incluso en casos flagrantes de mentiras, traiciones, equivocaciones y negligencias varias; nunca, nunca jamás la ha escuchado decir “me equivoqué, mis disculpas. Perdona”. Algo. Nada.

 

Al principio su actitud le causaba repulsión, repugnancia, odio, incredulidad o distancia. Ahora solo le produce curiosidad. Se pregunta en qué momento, en qué lugar llegará el instante decisivo en que su conciencia entienda (o abrace) algo parecido a la empatía.

 

No se hace ilusiones, eso también es cierto.

 

Pero, ya se ha dicho, le provoca curiosidad.

 

Es como mirar el agujero de un pozo e intentar adivinar la profundidad de este. No nos va la vida en ello, así como tampoco se trata de algo crucial en nuestra existencia.

 

Es un pasatiempo, sí. Casi una apuesta. ¿Sucederá? ¿No sucederá?

 

Es difícil saberlo con certeza porque hay gente que es como los cangrejos (que no hacen más que recular), como los caracoles (que se esconden en su caparazón), como los osos hormigueros (que siempre buscan respuestas por los suelos, sin mirar a los ojos).

 

Gente que, en el fondo, no es gente. Sino tentativa de ser corazón, amago de luz, irradiación cancerígena. No, tampoco tanto: reflejo molesto, más bien.

 

Eso sí; vahído de ser.

 

Personas en formación, vaya.

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