Rafael-José Díaz
Cuatro poemas

MUCHACHO ENTREGADO

El muchacho entregado
que siente el sexo hundido en sus entrañas
revolotear como el pico
de un colibrí alelado
o como el cuerpo entero
de una serpiente joven y extasiada

es el centro del mundo en esta playa
apartada del mundo
si su piel se embadurna con la arena
mientras hierven poseídas sus entrañas
y sus ojos no ven
más que una amalgama de mar y de deseo.

Yo nada soy, lo es todo
él en este instante, el que se entrega
a las mil convulsiones
cuya atroz traducción es que su tiempo es otro,
una flor dibujada
sin contornos visibles, una fuente en el centro de su cuerpo.

Hacer que se retuerza
hasta que, exhausto, piense que ha danzado
en cualquier posición imaginable,
contemplar su desgaste como una rendición, como una entrega,
no es más que el premio exiguo
para quien ha cuidado las puertas del edén.

ROSTRO CAMBIANTE

Rostro cambiante
que una noche te miras al espejo,
                                                imprevisto,
como si no existieras antes
o como si vinieras de un mundo que no es este
o como si volvieras
de un cautiverio, una escapada
                                                 o un naufragio,
rostro que ya no te reconoces
a ti mismo y cuyos ojos te miran
la mirada perdida que demuestra
que no es a ti a quien miras
o que un raro cansancio
despojó a las pupilas de su brillo:
lo mismo que no existes
ahora sino aquí, rostro,
                                                 en la imagen
quebradiza que surge en este espejo,
así, tal vez, podrás
nacer un día cualquiera en otro rostro
deseado, imprevisto, como el rostro de alguien
que hubiera sido amado
una vez por tus ojos.

 

 

 

 

UNA IMAGEN RESUENA

En la mente
de un niño
quedó impreso
el momento
en que la casa ardía
incendiada de voces
junto al mar de un domingo
en el norte de la isla:
una terraza
de losetas partidas
y hierbajos acoge
a ese niño que juega
a las palas con otro
niño desconocido.
El eco de la bola
golpeada con furor
resuena entre las voces
que llegan desde dentro:
las voces de los padres,
las voces de las madres.
Resuena todavía
en la mente
de un niño
que ya casi no existe
lo que entonces sonaba
en la mente del mar.

                         (Garachico, hacia 1980)

RAFAEL-JOSÉ DÍAZ

Nació en Santa Cruz de Tenerife en 1971. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de La Laguna (1989-1994). Fue lector de español en la Universidad de Jena (1995-1998) y en la Universidad de Leipzig (1998-2000). Dirigió entre 1993 y 1994 la revista Paradiso. Como poeta ha publicado seis libros: El canto en el umbral (1997), Llamada en la primera nieve (2000), Los párpados cautivos (2003), Premio Tomás Morales de poesía 2002, Moradas del insomne (2005), Antes del eclipse (2007) y Detrás de tu nombre (2009), Premio Pedro García Cabrera de poesía 2007. Un volumen titulado Le Crépitement, con prefacio de Philippe Jaccottet, recoge una selección de sus poemas traducidos al francés. También ha publicado entregas de su diario, entre las que cabe destacar La nieve, los sepulcros (2005). Ha publicado traducciones de los siguientes autores: Arthur Schopenhauer, Hermann Broch, Philippe Jaccottet, Gustave Roud, Pierre Klossowski, Jacques Ancet, Fabio Pusterla, Ramón Xirau y William Cliff. Como ensayista, ha publicado recientemente Rutas y rituales, una selección de sus ensayos escritos entre 1993 y 2003. Y, como narrador, acaba de publicar su primer libro de relatos, Algunas de mis tumbas y un libro de prosas titulado Insolaciones, nubes. Mantiene desde hace un año el blog ‘Travesías’ (www.rafaeljosediaz.blogspot.com), en el que va publicando apuntes, relatos y textos misceláneos. Actualmente es profesor en el I.E.S. Pintor Antonio López (Tres Cantos, Madrid).

POEMA DE LOS CUERPOS EN VERANO

En una noche así, noche de junio, los cuerpos se abandonan
al aire del verano, y la mirada los sigue
desde lejos, sinuosa como ellos,
retenida en el cuenco de los ojos
como un agua que nunca, aunque quisiera,
pudiera desbordarse.
Cruzan, en una noche así, los cuerpos
en torno a la mirada que intenta capturarlos,
deambulan sin saberse deseados,
se detienen en grupos junto a un banco
o pasan, desafiantes, solitarios,
mientras alguien les lanza una red invisible
y los caza un instante para luego soltarlos,
pero no porque sienta piedad de su belleza,
sino porque la red es frágil además de invisible
y enseguida se rompe bajo el peso de un cuerpo.
Las capturas fugaces, las ganancias y pérdidas
que en una noche así no dejan nunca
de sucederse dan a la mirada
un poder que no es más que una miseria,
y ese aroma volátil que es un cuerpo que pasa
cava un poco más hondo el agujero abierto
al principio del tiempo
por aquel primer cuerpo que perdimos
en el preciso instante en que creímos ganarlo.
Las ropas del verano, camisetas sin mangas,
bermudas y sandalias,
pantalones de lino, e incluso, a veces,
unos torsos desnudos con la playera al hombro
consiguen detenernos al borde de la acera,
o nos obligan
a acelerar el paso
o a desviar nuestro rumbo por calles de otros barrios.
Por un tiempo
vamos en pos del cuerpo que irradia desde lejos
su gracia o su tersura, su escultórica
silueta o, simplemente, la danza de sus pasos.
Dejamos que se aleje en su mundo no nuestro,
que regrese al lugar del que salió esa noche,
es decir, a todo
lo que no es nuestra mirada,
y acaso alguna vez nos atrevemos
a imaginar su vida allí, su cuarto, su familia, su cama, sus deseos,
y entonces somos ya algo más que mirada,
somos como demiurgos que creamos homúnculos
y no nos atrevemos a soplar en su frente
para que cobren vida porque estamos seguros
de que caerían convertidos
en polvo a nuestros pies.
Preferimos, entonces, no imaginar ya nada,
limitarnos al goce de su paso incorpóreo,
como si fueran simples
figuras que desfilan
por algún escenario al que se nos hubiera
prohibido acceder,
meras sombras que afloran en medio de la noche,
a las que no podríamos hablarles
porque no pueden escucharnos,
sombras de un inframundo que se hubiera instalado
por poco tiempo aquí, en nuestro mundo,
semidioses que portan la alegría
y también la desgracia, la presencia y la ausencia
en el instante de su aparición.