XI. Nada es lo que parece

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Había perdido confianza en sí mismo. Sentía que le faltaba capacidad de síntesis y, sobre todo, concentración. Su cabeza tendía a dispersarse. Le costaba un mundo seguir una sola idea. A cada momento se paraba, se desviaba del camino previamente trazado, se extraviaba por extraños vericuetos.

 

La tercera semana de febrero Arda Solís apenas salió.

 

El lunes había nevado sin tregua, profusamente, dejando el temporal tras de sí, al cabo de las horas, casi un metro de nieve. Afuera, por el borroso cristal de las ventanas, sólo se apreciaban bultos blancos y ramas escarchadas sobre un fondo gris de boscaje invernal. El viejo Volkswagen, en medio de la entrada al garaje, no era ya coche, sino un radiante iglú en forma de huevo.

 

Con la biblioteca cerrada y con temperaturas muy por debajo de cero, Solís en los siguientes días se vio forzado a permanecer dentro de la casa.

 

Leyó, meditó, escuchó música en la mecedora, desde los Nocturnos de Chopin a la Electra de Richard Strauss.

 

Una de las mañanas, con algún rescoldo de culpabilidad, volvió al antiguo proyecto que le había traído hasta aquí y escribió cinco o seis cuartillas del segundo capítulo. Estaban escritas a mano, con caligrafía ágil y fluida, sin un solo tachón. Solís leyó lo escrito y se sintió relativamente satisfecho, aunque no tanto cuando lo volvió a leer ya reescrito y pasado a limpio en la pantalla del ordenador. Su amigo tenía razón. Lo suyo era un claro caso de bloqueo. Había perdido confianza en sí mismo. Sentía que le faltaba capacidad de síntesis y, sobre todo, concentración. Su cabeza tendía a dispersarse. Le costaba un mundo seguir una sola idea. A cada momento se paraba, se desviaba del camino previamente trazado, se extraviaba por extraños vericuetos. El caso Martell representaba el último ejemplo de extravío. ¿Por qué esa presencia (o, más bien, ausencia) que le reclamaba cada vez más su atención? ¿Escapismo como decía su amigo? ¿Coartada para eludir responsabilidades? Podría ser, aunque Solís había llegado a la conclusión de que su interés hacia el antiguo dueño de la casa estaba motivado por otras razones. Laszlo Martell profesor como él, homo academicus como él ilustraba muchas de sus propias contradicciones profesionales. Martell (pensaba Solís) había dedicado buena parte de su labor intelectual a la hermenéutica, quizá del mismo modo que lo habían hecho sus antepasados, aunque en lugar de la Torah, el superviviente Martell había ido a buscar la verdad (o alguna consoladora respuesta, cuando menos) en el discurso racional y secularizado de los enciclopedistas. ¿Había alguna verdad en sus escritos? Solís había sondeado algo de su prolífica producción académica. Martell tenía más de cuarenta artículos, cientos de reseñas, dos monografías y un último libro publicado muy al final que era una colección con sus trabajos más señalados. Ninguna publicación suya se encontraba en la estantería del salón o en los anaqueles de los cuartos de arriba, si se exceptuaba la traducción al inglés de Memorias de un turista. En una de las cajas del estudio, eso sí, había hallado Solís el borrador de cinco artículos mecanografiados, con multitud de añadidos en tinta roja, todos los cuales, según pudo comprobar, se habían publicado luego en revistas prestigiosas a principios de los años 80. Uno especialmente le había llamado poderosamente la atención, no tanto por su contenido o enfoque, sino porque exploraba el concepto de parrhesia o “discurso veraz” en Las confesiones de Rousseau y en La historia de mi vida de Casanova. Se titulaba “El arte de la confesión literaria: Del ruban volé al vol de Jacob”. ¿Se podía decir la verdad cuando uno se confesaba? ¿Era posible la confesión? ¿No era toda confesión un ejercicio exculpatorio, si no puro exhibicionismo? Tras la hojarasca de la retórica post-estructuralista, en medio de citas de Foucault, de Derrida y Paul De Man, la reticente respuesta de Martell parecía ser que el único discurso veraz al hablar de uno mismo era el silencio.

 

*     *    *    

 

En la madrugada del jueves el termómetro había descendido hasta los veinte grados bajo cero y por la mañana, al irse a duchar, Solís comprobó que no salía el agua. Las cañerías, al parecer, se habían congelado. Preso de pánico llamó a Luke. El vecino lo tranquilizó. Había pasado otras muchas veces. Con seguridad era la llave de paso. Bastaba con levantar la arqueta de la entrada y aplicar un poco de aire caliente sobre la tubería. A los diez minutos el servicial vecino estaba allí, con un secador de pelo, y al cabo de otros diez, tras la operación, el agua corría por todos los grifos. Solís le invitó a un café y hablaron un rato. La viuda, según le dijo Luke, tenía pensado venir a principios de marzo. Quería vender la casa y necesitaba ponerse en contacto con alguna inmobiliaria.

 

A Solís se le hacía extraño que la viuda no lo hubiera llamado ni dicho nada al respecto.

 

No lo creerá necesario. A lo mejor no se pasa ni por aquí. Quiero decir por esta casa, precisó Luke.

 

Desde que murió el marido había venido tan solo una o dos veces y por menos de una hora. Lógicamente debía causarle todo esto mucha pena sin él, sin su presencia, aunque Luke sospechaba que Pamela nunca se había sentido a gusto en la casa, ni antes ni después de muerto Laszlo. Los primeros años de casados Laszlo venía casi siempre solo, muchas veces entre semana. Con el tiempo ella se fue animando algo más, pero era raro verla más de dos fines de semana seguidos. En verano pasaban algo más de tiempo, especialmente al final. A Laszlo le habría gustado morir aquí. Decía que el paisaje de la zona le recordaba a los bosques de su infancia en Hungría.

 

Solís mencionó el albergue de montaña, pero Luke no sabía nada.

 

Laszlo era muy reacio a hablar de su pasado en Europa, puntualizó Luke. El padre un poco más, pero tampoco mucho.

 

Hubo un breve silencio. Tomaban el café sentados en el sofá del salón. Al poco Luke se levantó y se quedó por un momento mirando las fotos del piano. Luego comentó que no estaban ahí en vida del padre.

 

¿Las puso el hijo?

Me imagino.

 

Luke cogió una de las fotos y se la acercó para verla mejor. Se puso las gafas.

 

No podía imaginarme que fuera tan guapa. Con los años se resecó.

¿Cómo que con los años? ¿No es esa la madre?

 

Luke acercó aun más la foto a sus narices como para cerciorarse.

 

No, es la madrastra de Laszlo. Mucho más joven, pero no hay duda. Es Esther.

¿Seguro?

As sure as hell.

 

Solís, ya levantado también, cogió otra de las fotos, la de la pareja sentada en el jardín.

 

¿Y ésta?

 

Luke le echó un rápido vistazo.

 

Esther y el padre de Laszlo. Debieron hacerse esta foto poco después de la guerra, antes de venirse a los Estados Unidos.

 

Solís le pidió entonces a Luke que revisara las otras fotos.

 

19 de febrero

Esta mañana amanecí sin agua corriente. Afortunadamente Luke vino, localizó el problema y lo solucionó en un pispás con un secador de pelo. La tubería de la entrada se había congelado. Hablamos luego un rato. Me dijo que la viuda probablemente se acerque por aquí la semana que viene, aunque a mí ella no me ha comunicado nada. Un poco sorprendente, la verdad, pero más sorprendente fue lo que me dijo el vecino poco después. Estábamos en el salón y se fijó en las fotos del piano. Según él, la joven que aparece sentada en el jardín junto al padre no es la madre de Laszlo, sino la madrastra. Se lo puse en duda, pero él insistió. Eran los mismos ojos de ella, la misma forma de la boca, los pómulos salientes. Esos pómulos, según él, eran inconfundibles. Es cierto que, si se examina con atención, la mujer del retrato familiar es algo mayor y tiene aire de matrona. No parece ser la misma. ¿O sí? No sé qué pensar. Desde luego si la madrastra era compañera de colegio no puede ser que después de la guerra aparezca mucho más joven que la madre. Hay algo que no cuadra. Le pregunto por las hermanas de la madrastra y Luke me confirma que una de ellas todavía vive. ¿En dónde? Luke me suelta que si no se ha muerto estará en la residencia de ancianos del pueblo. Laszlo la visitaba con cierta frecuencia. Él mismo lo acompañó una vez, hará unos tres años. La viejecita estaba casi ida, me dice. Nada más marcharse me acordé de las palabras de Ray, pero me extraña que se haya inventado todo esto. En todo caso, iré a comprobarlo en cuanto pueda. Sería increíble si pudiera recoger su testimonio.

 

*     *    *    

 

He trabajado algo más en el libro. Estos días de aislamiento me han venido bien. Entre ayer y hoy he terminado el segundo capítulo.

 

*     *    *    

 

Mi hija me vuelve a llamar y me pregunta si puedo ir a recogerla al aeropuerto. Le digo que sí, aunque me resulta un gran trastorno.

 

*     *    *    

 

Julita debe estar con otro. La untuosa postal que me mandó el día 14 es muy sospechosa. ¿Ella con esos sentimentalismos? Me escribe poco y me llama menos. No hablamos por teléfono desde hace más de un mes.

 

*     *    *

   

Encuentro en una de las cajas un cuadernillo que tiene, muy al final, varias páginas escritas en lenguaje cifrado.

 

*     *    *    

 

¡Voglio una donnaaa….!

 

20 de febrero

Estuve en la biblioteca esta mañana. La señorita Schwegler se alegró mucho al verme. Le pregunté por la residencia de ancianos y me dijo que había una al lado, en la calle principal, a dos o tres manzanas del cine. Al cabo de un rato me trajo a mi mesa un libro que había encargado la semana pasada. Me lo entrega y se sonríe. Siempre se sonríe.

 

Voglio una donna.

 

Paso la tarde en Kingston. Ceno solo en Olive Garden: ensalada de la casa, Fettuccine Alfredo y Dolcini de fresa. La cuenta asciende a 21 dólares y diez centavos con propina incluida. Una hora después me encuentro sentado en la cafetería de Barnes & Noble. Me gusta el fuerte olor a café. Encargo un capuchino y me traigo a la mesa La amante de Wittgesntein, una novela experimental que me recomendó encarecidamente Julia hace ya tiempo. Me entusiasma al principio, en las primeras veinte páginas, pero termina por aburrirme mortalmente. Vuelvo a casa. Es noche cerrada. Pongo música atonal y me siento en la mecedora mientras intento descifrar esas hojas cifradas del cuadernillo.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.