XIII. La residencia de la señora Zimmerman

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Tal como habían acordado por la mañana, Mónica Schwegler estaba esperándolo a la salida de la biblioteca...

 

Tal como habían acordado por la mañana, Mónica Schwegler estaba esperándolo a la salida de la biblioteca. Ya apenas había luz. La joven se metió en el coche y, nada más entrar, Solís sintió su agradable fragancia. Tras ponerse el cinturón y según se acomodaba en el asiento, le indicó que siguiera todo recto. La otra residencia, le dijo, estaba pasado el puente, junto al río, en la ruta 9W.

 

Enfilaron por la avenida principal, dejaron la luminosa marquesina del cine a su izquierda y bajaron luego por una calle en cuesta. No se veía un alma. Los pocos escaparates y cafés del principio dieron rápidamente paso a casitas como hechas de cartón, vulgares, desarregladas, discordantes. La nieve, muy sucia ya, se acumulaba por el bordillo de las aceras. De pronto, al tomar una curva, fue asomando la superficie blanquísima de un río helado y en seguida el armazón verdoso del puente, entre la penumbra grisácea del atardecer.

 

¿El río Hudson?

No, es un afluente. El Hudson está algo más allá, precisó la bibliotecaria, quien luego contó que el pueblo había conocido un cierto esplendor en el pasado gracias al transporte fluvial y a una fábrica de papel que durante muchos años había sido la más importante del país. Ahora quedaban solo restos de aquello: alguna que otra acequia, turbinas arrumbadas, el salto de una presa.

 

Tras cruzar el puente metálico, volvieron a bajar por otra callejuela flanqueada de casitas de madera hasta dar con un gran edificio todo de ladrillo que se asemejaba, en un primer vistazo, a una sombría fortaleza a orillas del río, aunque visto más de cerca y con atención se trataba en realidad de un antiguo e inmenso almacén reconvertido en un complejo residencial para ancianos.

 

Aparcaron y salieron del coche. Corría un viento desapacible. La fachada, delante de ellos, volvía a adquirir el recio porte, con su hilera de ventanas, de un cuartel militar o incluso de un presidio, de no ser por la marquesina verde que había a la entrada.

 

Da un poco de miedo este sitio. ¿No me habrás llevado a un manicomio?

 

La bibliotecaria se rió.

 

Este edificio formaba en tiempos parte de la fábrica de papel. Está todo muy renovado por dentro.

 

Penetraron en una especie de cancela acristalada. Mónica tocó el timbre de la portería, pero nadie apareció. A través de la luna se veía el enmoquetado vestíbulo, vacío e impersonal, con un tresillo y un gran espejo al fondo. En la puerta de entrada se leían los horarios de visita: lunes miércoles y viernes de nueve a cinco de la tarde. Mónica se quedó pensativa y luego sacó el móvil. Se acordó que en una de las habitaciones vivía desde hacía algún tiempo un antiguo amigo de sus padres, Mister Bill, tal como lo llamaban en su casa. Llamó a su madre y le pidió el teléfono. La madre debió pedirle explicaciones y Mónica se las dio. Estaba con el español, necesitaban entrar, la residencia se encontraba cerrada a cal y canto. Hubo una breve pausa. Luego Mónica, con un bolígrafo, garabateó unos números sobre su otra mano.

 

Gracias, mami. Dame también el número de habitación, si lo tienes.

 

Hubo una nueva pausa, algo más prolongada esta vez. Solís empezaba a impacientarse. Mónica, al cabo, pronunció otro thanks mom, I love you y colgó.

 

Es el 81.

 

Solís pulsó el botón en la placa del intercomunicador y de inmediato se oyó el zumbido de la puerta, sin que nadie les pidiera identificarse. Se miraron el uno al otro con cierta guasa.

 

Entraron.

 

Una mujer en chándal, de avanzada edad, salió del ascensor y con paso titubeante se dirigió hacia uno de los pasillos que rodeaban el edificio. Siguieron pausadamente su pausada estela a través del corredor, que se fue abriendo, entre oscuros ventanales y paredes enladrilladas, a un comedor, amplio y recoleto, iluminado ya con la luz eléctrica de varios globos blancos que colgaban del techo.

 

Empezaban a servir.

 

Una mujer gruesa iba de mesa en mesa con una bandeja. Algunos viejos, no muchos, estaban sentados, silenciosos, esperando a que les pusieran la sopa en el plato. Mónica se acercó a otra encargada que estaba terminando de colocar el mantel en una de las mesas vacías.

 

Buscamos a Lía Zimmerman.

¿La señora Zimmerman? Bajará en un momento. Se sienta siempre en esa esquina.

 

Solís preguntó por su condición. La encargada contestó que ella la veía estupenda.

 

Sale y entra. Se lleva bien con todo el mundo.

¿Y de cabeza?

 

La encargada se encogió de hombros.

 

A esas edades se desbarra un poco, pero es muy habladora y simpática. A veces cuesta entenderla por el acento. ¿Son Uds. familia?

 

Mónica negó con la cabeza. Querían entrevistarla. El profesor estaba haciendo una investigación sobre los últimos supervivientes que quedaban del Holocausto y necesitaba su testimonio.

 

La encargada asintió con un gesto de entendimiento.

 

Le vendrá bien hablar con Uds. Muchos de nuestros viejecitos necesitan atención, creerse importantes, aunque no es el caso de la señora Zimmerman. A ella se la ve feliz y contenta.

 

Solís iba a preguntarle si recibía visitas, pero la encargada, con el dedo, le señaló que la señora Zimmerman entraba ya por el comedor.

 

Se volvieron.

 

Con su moño recogido y arrebujada en el chal, la señora Zimmermann era la misma estampa de una abuelita de cuento o de tebeo.

 

25 de febrero

De pronto la bibliotecaria se ha convertido en mi más estrecha colaboradora, al menos en todo lo concerniente al proyecto. Ayer se puso a investigar por su cuenta y descubrió que la tía de Martell no se encuentra en la residencia de la avenida principal, como pensábamos, sino en otra mucho más grande, a las afueras del pueblo. Ha conseguido también su nombre y apellido. Se llama Lía Zimmerman. Otros datos. Nació en 1925 en Miskolc (Hungría) y se hizo ciudadana americana en 1948. Nunca se casó. Trabajó durante cuarenta y dos años de enfermera en un hospital de Kingston. Su hermana Esther murió el 21 de marzo de 2003. Sufría demencia senil. Ante mi asombro por toda esta avalancha de información la bibliotecaria rompe a reír. No tiene ningún mérito, me dice. O muy poco. Algo de persistencia y algún que otro truco en el manejo de internet. Antes de irme, le pregunto si nos pasamos esta tarde por la residencia. Yes, of course. He quedado en venir a recogerla a las seis. Estoy expectante.

 

*     *     *

 

La residencia parece el castillo de irás y no volverás, aunque es un lugar muy acogedor por dentro. Hemos hablado con la señora Zimmerman un buen rato. Es como una abuelita de cuento y está, a sus 88 años, mucho mejor de lo que esperaba, por más que a veces haga y diga cosas raras. La acompañamos durante la cena y luego subimos con ella a su habitación. Vive en una celda muy pulcra, casi conventual, tapizada con fotos de gatos. Hay una televisión de plasma y en un rincón una mesita de formica. Nos preparó café y sacó hasta unos bollitos. Le pregunté por su hermana Esther, por Laszlo, le hablé de las fotos del piano, le dije que me contara algo de su vida en Hungría, cuando era niña. Contestó a todo a su manera, de manera algo deslavazada, pero con mucha gracia. La viejita arrastra las erres y cecea algo, con ese acento inconfundible del judío centroeuropeo, pero tiene un dominio exquisito de la lengua. Mónica, nada más ponerse ella a hablar, sacó la grabadora y la puso sobre la mesa. Me ha prometido que hará las transcripción durante el fin de semana y que me entregará una copia el lunes. A las ocho y media nos despedimos. Quedamos en volver.

 

*     *     *

 

En el coche, de regreso a su casa, Mónica no deja de recriminarse por haberse pintarrajeado unos números en la mano cuando intentábamos entrar en la residencia. Se siente avergonzada. Qué falta de sensibilidad, que estupidez la suya. La señora Zimmerman le había cogido la mano y le había preguntado extrañada por qué tenía los números puestos ahí, en lugar de llevarlos en el antebrazo, como el resto de los reclusos.

 

*      *      *

 

La dejo en la casa de los padres, una zona residencial del pueblo, a solo unas manzanas de la calle principal. Tintinean las luces en el porche. Es noche cerrada. Caen unos pocos copos. Según se aleja me siento extrañamente atraído por esta mujer tan joven, tan americana, tan auténtica.

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José Luis Madrigal
Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.