XIV. Divagaciones de un ensimismado

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A medida que la conversación avanzaba por fatiga y seguramente por senilidad la señora Zimmerman había empezado a emplear solamente los tiempos de presente.

 

El fin de semana Arda Solís se lo pasó casi todo el tiempo en la casa. La mañana del sábado intentó escribir algo del tercer capítulo de su monografía, pero enseguida desistió. La evidentia retórica en las cartas de relación de los primeros conquistadores de América interfería de continuo con la relación en vivo que había escuchado de boca de la señora Zimmerman, la hermana pequeña de la madrastra de Martell. Solís estaba deseoso de leer detenidamente la transcripción que había prometido hacer la bibliotecaria, aunque la mayor parte de lo contado por la viejecita (tal como lo recordaba) le resultaba fragmentario y bastante confuso. En todo caso, la nonagenaria se había expresado con gracia, con propiedad incluso, pese a su fuerte acento.

 

Su familia provenía de un pueblo de la Rutenia húngara, en los Cárpatos, muy cerca de la frontera con la actual Ucrania. Había sido la suya una infancia feliz, llena de juegos y de calor hogareño. Sus padres eran judíos observantes, pero sin exageración ni fanatismo. Honraban el sabbat, acudían a la sinagoga con asiduidad y se relacionaban casi exclusivamente con miembros de su comunidad. El padre regentaba una ferretería y la madre, antes de casarse, había sido costurera. Las tres hermanas se llevaban poca diferencia de edad y habían estado siempre muy unidas, a las duras y a las maduras, in good and bad times, según había repetido la viejecita a lo largo de la conversación.

 

Esther era la mayor y había sido la más rebelde, la más atrevida. Con quince años se carteaba con un novio gentil a escondidas y con veinte se había ido a trabajar a Budapest de secretaria, aunque esto último no le quedaba claro a Solís, al cual ese sábado le habría gustado tener consigo la grabación y escuchar una vez más lo dicho por la señora Zimmerman respecto a la madrastra de Martell.

 

Su otra hermana, Ruth, era mucho más obediente y modosita, como lo era ella misma, hasta cierto punto. Así, de acuerdo con el deseo del padre, habían estudiado las dos enfermería en la ciudad de Miskolc, a unos diez kilómetros de su pueblo, y allí, en Miskolc, se habían puesto a trabajar en una clínica privada poco antes de la catástrofe. Varias veces Solís le había preguntado a la señora Zimmerman por Martell y por su padre, sin sacar de ella ninguna respuesta de interés.

 

A medida que la conversación avanzaba por fatiga y seguramente por senilidad la señora Zimmerman había empezado a emplear solamente los tiempos de presente. Unas veces se creía todavía en su pueblo natal, otras en un pabellón de Auschwitz-Birkenau, otras en el hospital de Kingston donde había trabajado durante más de treinta años. Cuando se le advertía de su error, se quedaba perpleja, como abochornada, y de inmediato rompía a reír o se disculpaba diciendo que estaba muy mayor, que su cabeza no daba para más, que no tenía sentido seguir hablando, aunque de inmediato volvía a enhebrar el hilo.

 

Así, contó también que su hermana Ruth y ella habían trabajado hasta septiembre de 1944 en un hospital de Miskolc, pero luego, tras la denuncia de una compañera, habían sido deportadas a Auschwitz. Su hermana Esther había llegado meses antes, durante la primavera, y también “la madre de Leslie”, aunque la madre había sido gaseada nada más entrar en el campo de concentración. ¿Cómo se llamaba? ¿Qué relación tenían con ella? ¿Qué había pasado? ¿Por qué la madre de Leslie había ido directamente a la cámara de gas y ellas no? ¿Y las hermanas? ¿Qué fue de las dos hermanas mayores de Martell? La señora Zimmerman había escabullido todas las preguntas o, por mejor decir, se había puesto a llorar desconsoladamente, aunque ante su insistencia había farfullado una de las veces que la madre de Leslie sufría de “neurastenia” y en otra que sus queridos padres habían sido gaseados junto con “la pobre Sarah”. ¿Había dicho Sarah? ¿Era así cómo se llamaba la madre de Martell?

 

Solís, esa mañana del sábado, había estado tentado de ir en busca de Mónica Schwegler y pedirle la grabación, pero tras pensárselo lo único que hizo horas después, ya por la tarde, fue mandarle un email desde el café adonde solía ir cuando la biblioteca estaba cerrada. Mónica, a los pocos minutos, le había contestado con un escueto “estará todo listo para el lunes. Hoy me es imposible quedar”.

 

De regreso a casa, después de cenar, Solís se había entretenido en echar otro vistazo a los libros que estaban en la sala de estar. Muchos no parecían elegidos por Martell. Había demasiados best-sellers (El perfume, La joven de la perla, Memorias de una geisha), así como libros de cocina o de jardinería. Tampoco faltaban libros de inversión financiera o biografías, aunque no las que uno esperaría de un eminente profesor universitario. ¿Qué pintaban ahí la vida de Richard Burton o la de Sir Laurence Olivier? Varios volúmenes de la Biblioteca de América (Henry James, Melville, Jack London) hacían extraña compañía con libros antiguos, algunos de gran valor, como esa primera edición de Los misterios de París, cuyas ilustraciones tanto habían cautivado a Solís los primeros días. No había ningún libro de crítica literaria ni de historia, salvo una historia de los Catskills, que más parecía una guía turística que otra cosa. La sección dedicada a la literatura francesa era algo más interesante, aunque le había sorprendido ver varias novelas del inspector Maigret o traducciones al francés de novelas de Raymond Chandler, Dashiell Hammett o Patricia Highsmith, un poco como si en algún momento Martell (o su mujer quizá) hubieran deseado adentrarse en los misterios de la novela negra desde la perspectiva francesa.

 

En un rincón, entre un ejemplar gastadísimo de Adieu, ma jolie y otro algo mejor conservado de L’Inconnu du Nord-Express, Solís se fijó en Trois chambres à Manhattan, novela que había leído él cuando era aún estudiante universitario. La sacó cuidadosamente del estante y se sentó a releerla. Alguna vez se le había pasado por la cabeza escribir una historia así: el encuentro fortuito de dos almas perdidas en medio de una ciudad inhóspita. El francés le resultaba sencillo, transparente, el estilo tan afamado de Georges Simenon. Tenía la novela un sabor de época también. Qué lástima que no pudiera escuchar, mientras la leía sentado en la mecedora, “les feuilles mortes” en la voz de Yves Montand.

 

Al pasar una de las páginas, hacia la mitad, se topó con una hojita que parecía colocada allí de marcador. Estaba escrita a lápiz por las dos caras y por el color amarillento del papel era evidente que tenía sus años. La caligrafía era grande y picuda, seguramente letra de mujer. La nota decía lo siguiente:

 

Esta mañana abrí una galleta de la suerte y el mensaje que había dentro era una especie de acertijo: “si la tortuga pierde su caparazón, ¿está sin techo o está desnuda?”. Me dio qué pensar, aunque luego caí en la cuenta de que una tortuga sin caparazón es una tortuga muerta. Conclusión: resulta del todo inútil pedirte que salgas del rocoso caparazón donde te escondes.

 

Solís releyó la nota varias veces y se acordó de la correspondencia de Pat. ¿No era acaso su misma letra? Intrigado, se fue al piso de arriba, donde guardaba el fajo de cartas, y se puso a cotejar ambas caligrafías. Casi con toda certeza estaba escrita por la misma persona. Además, en la última carta, fechada el 23 de junio de 1980, había un párrafo que hacía referencia explícita a las fortune cookies:

 

Estoy muy perezosa. Apenas cocino. Cada dos por tres encargo comida china. No sé si con tanto sodio me subirá la tensión o me aumentará el acné, aunque sabiduría china sí que estoy adquiriendo. Ayer una galletita de la suerte me decía que lo más importante de una conversación es oír lo que el otro calla y este mediodía, poco antes de encontrarme tu carta en el buzón, otra me ha advertido que iba a recibir muy pronto una agradable sorpresa. ¿Vendrás este verano? Yo me voy a California a finales de julio.

 

El resto de la carta era insustancial, o eso pensaba Arda Solís. La relación de la pareja apenas se leía entre líneas. El hilo narrativo, sin embargo, parecía más fácil de seguir o de adivinar: una mujer muy joven y un hombre maduro se encuentran y se enamoran perdidamente. El “apasionado romance” dura unos meses, un año quizá. Un día se separan por algún imponderable y, poco a poco, la relación se enfría hasta desvanecerse por completo. Queda al final un manojo de cartas fuera de contexto y un puzzle de encuentros y desencuentros del que nadie ni siquiera los protagonistas sabría explicar o encontrarle un sentido, más allá de la ramplona sabiduría encerrada en una galleta de la suerte.

 

Solís bajó de nuevo al salón y volvió a examinar, como tantas otras veces, las fotos que había encima del piano. Indudablemente la joven fotografiada en el jardín era distinta de la matrona del retrato familiar. ¿Quién era entonces esa adolescente de pómulos pronunciados y de mirada algo triste? ¿Se trataba de la futura madrastra de Martell, según le había asegurado Luke? Pero si era así, ¿cómo es que el padre, en la foto donde estaban los dos juntos, parecía ser un hombre todavía joven, mientras que en la foto del retrato familiar, hecha como muy tarde a principios de 1944, aparentaba por lo menos cuarenta? Algo no cuadraba. ¿Se confundía Luke? ¿Se trataba de otra mujer? ¿Una hermana del padre a lo mejor? La señora Zimmerman había dejado claro que la madre de Martell y las tres hermanas, incluida Esther, se conocían de antes, venían del mismo pueblo, eran amigas. Solís volvió a cotejar las fotos: el padre, salvo por la diferencia de edad, era la misma persona en todas ellas; la madre, claramente, se diferenciaba de la chica más joven. Si Esther era la joven de la fotos, ¿quería decirse que se conocían mucho antes de la guerra o incluso antes de que el padre se casara con quien fue madre de Laszlo Martell?

 

Solís se sentó en la mecedora y continuó con la lectura de la novela de Simenon.

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