XVII. Mensajes electrónicos

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De: Arda Solís, Miguel

Enviado el: martes, 19 de marzo (12:45pm)

Para: Sylvan Martell, Pamela

Asunto: Laszlo

Querida Pamela:

El PDF que me mandas está muy bien y te lo agradezco, pero ya te dije que me interesa más su vida personal. Todos esos artículos de colegas y antiguos alumnos exaltan al docente, al investigador, al hombre de letras… Yo quiero conocer al hombre. ¿Sería mucho pedirte que me hicieras una semblanza breve de tu marido? Y si de paso te adentras en su infancia o en sus primeros años en EEUU, mejor que mejor…

Gracias,

Miguel

PS. No me queda claro lo del agente. ¿Cómo se comunica conmigo?¿Me avisa por teléfono? ¿Y qué pasa si no estoy en la casa? El domingo viene mi hija y probablemente me quede en NY unos días. ¿Dejo la llave con el vecino?

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De: Sylvan-Martell, Pamela

Enviado el: miércoles, 20 de marzo (9:32am)

Para: Arda Solís, Miguel

Asunto: re: Laszlo

El agente (John Kostas) tiene ya una llave de la casa y se pasará cuando haya algún comprador, así que no te preocupes ni te asustes si aparece de improviso. Me hace gracia esa fijación que tienes con Laszlo. ¿Acaso te has propuesto escribir su biografía? Si es así, yo estaría encantada de ayudarte, pero te advierto que, pese a los casi veinte años de matrimonio, el pasado de mi marido me es bastante desconocido. Laszlo era poco dado a contar historias o echar la mirada atrás. En cuanto a su “vida personal”, te repito que lo suyo eran los libros, sus clases y las cosas de su investigación. El resto le dejaba bastante indiferente. No tenía muchas aficiones o vicios fuera del mundo académico. Íbamos a la ópera y de vez en cuando al teatro o a alguna exposición, pero en general prefería quedarse en casa. Era muy casero. Aborrecía el ejercicio físico, la televisión o el cine, al menos el cine comercial de Hollywood. Tampoco soportaba las fiestas o las reuniones familiares, aunque era cumplidor. Nadie de mi entorno tuvo nunca queja de él. Viajábamos mucho, eso sí, aunque casi siempre a Francia y casi siempre porque lo invitaban a dar conferencias o para impartir cursillos en alguna universidad. Los últimos años pasaba largas temporadas en el campo. Yo lo dejaba a su aire. Nos dimos siempre mucha libertad y espacio. Creo que por eso duramos tanto juntos. Éramos distintos, pero compartíamos también mucho en común: la lectura, la buena mesa, el gusto por las antigüedades, los largos paseos por Manhattan. A mí me gustaba contárselo todo. Laszlo era mi confidente. Una de sus mayores virtudes estaba en saber escuchar. Nadie me conocía tan bien como él ni nadie sabía espantar mejor los fantasmas y los miedos que de vez en cuando me acechaban. Poseía un muy fino sentido del humor y contaba anécdotas con gracia, aunque de otros por lo general. De él apenas hablaba. La guerra en Europa, la muerte de su madre o de sus hermanas, sus años en Francia, todo eso salía a relucir en las conversaciones, como es natural, pero raramente entraba en detalles. Tampoco era yo de preguntarle mucho. Respetaba su intimidad y sus silencios. Su tía era más dicharachera. Tú la conoces. Hablaba por los codos (she talked and yakked all day long) cuando venía a visitarnos, pero nunca de la guerra, que era casi un tabú, yo creo… Enrique podría darte más información al respecto. En todo caso, no sé qué interés puede tener todo esto.

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De: Arda Solís, Miguel

Enviado el: miércoles, 20 de marzo (12:45pm)

Para: Sylvan Martell, Pamela

Asunto: Re: Laszlo

Querida Pamela:

¡Lejos de mí querer escribir una biografía sobre tu marido! Pero no te negaré que siento una enorme curiosidad por algunos aspectos de su vida, como si de algún modo a través suyo fuera a revelar algo sobre mí mismo. Además, las fotos se han convertido en un misterio que me gustaría resolver, si es ello posible. Sigo pensando que la joven no puede ser la madre de Laszlo. No sé si será la madrastra, como dice Luke, pero lo escrito en el reverso no descarta esa posibilidad, sino todo lo contrario. ¿A quiénes pueden corresponder, si no, las iniciales “E” y “T”? Tú dices que el padre se llamaba “Gabriel”, pero yo te puedo asegurar que Lía Zimmerman, la tía, lo llamó varias veces “Tommy” o “Tomi”. ¿No sería a lo mejor un mote cariñoso o incluso un segundo nombre empleado por algunos dentro de la familia? Otra cosa. ¿Te habló alguna vez Laszlo de Pat o de Patti? El otro día no me atreví a preguntártelo. Te lo hago ahora. Y perdona toda esta curiosidad malsana.

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De: Sylvan-Martell, Pamela

Enviado el: miércoles, 20 de marzo (1:10pm)

Para: Arda Solís, Miguel

Asunto: Re Laszlo

Tu curiosidad es malsana, sí. Acabo de mirar los documentos y en todos ellos aparece Gabriel o Gabor Martell, pero tengo entendido que el apellido “Martell” no era así en Hungría, que lo afrancesaron, por así decir. No sé si ese cambio constará en algún sitio. Pregúntaselo a la tía, si la vuelves a ver. Respecto a Pat, me imagino que te refieres a su amiga la pintora. Se trataban bastante. Yo también la veía de vez en cuando, sobre todo al principio de nuestro matrimonio. Es una mujer muy simpática, pero algo excéntrica. Tenía un estudio inmenso en las montañas. Creo que trabaja también de maestra en un colegio de por allí, si no se ha jubilado ya. Estuvo en el funeral y vino acompañada de su marido y de una hija, que yo recuerde. ¿Por qué me preguntas por ella? ¿Has encontrado algo? Empiezo a sentirme un poco invadida en mi intimidad. ¡Espero que no te dediques a desenterrar esqueletos!

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De: Arda Solís, Miguel

Enviado el: miércoles, 20 de marzo (1:16pm)

Para: Sylvan Martell, Pamela

Asunto: Re: Laszlo

¡Mis disculpas! Luke mencionó que habían salido durante algún tiempo mucho antes de conocerte a ti. Nada más. Si en algo coinciden Ray y Luke es en que Laszlo fue muy feliz contigo. Y por cierto, ¿tienes algún vídeo de él? Me encantaría verlo en la intimidad. Yo coincidí con él una o dos veces, pero tengo un recuerdo vago.

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De: Sylvan-Martell, Pamela

Enviado el: miércoles, 20 de marzo (1:20pm)

Para: Arda Solís, Miguel

Asunto: Re Laszlo

No, no tengo ninguno, pero me imagino que habrá vídeos de alguna de sus conferencias. Tenía un ligero acento francés al hablar que lo hacía muy seductor. La verdad es que daba gusto escucharlo… Tengo que salir. Si tienes más preguntas, llámame por teléfono porque escribir me cuesta horrores.

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De: Schwegler, Mónica

Enviado el: miércoles, 20 de marzo (7:21pm)

Para: Arda Solís, Miguel

Asunto: Nuevos datos.

Hola:

Hace tiempo que no se te ve por la biblioteca. Espero que esté todo bien. He estado indagando algo en el asunto. Hay varios datos que te pueden interesar. Esther Zimmerman se casó con Gabor Martell el 7 de junio de 1952 en París, pero antes había estado casada con un tal Thomas Mortenstein, según consta en el censo de 1950. Consiguió la ciudadanía americana en 1948. He localizado también su fecha de nacimiento: el 19 de marzo de 1917. Su marido, Gabor Martell, era diez años mayor que ella. Nació el 2 de febrero de 1907 y murió el 26 de octubre de 1990. Cáncer de garganta. No aparece por ningún lado el nombre de su primera mujer. En 1960 vivía en Brooklyn (1578 Beverley Road) y tenía un taller de coches en la Avenida Cuatro, en un local que es actualmente supermercado. Se traspasó el negocio en 1971. El socio lo denunció por apropiación indebida y estuvieron en pleitos durante varios años. En 1974 el caso se archivó por la no comparecencia del demandante. Tengo algunos datos más, pero estos son, sin duda, los más relevantes. ¿Te pasaste otra vez por la residencia? Yo llamé anteayer y me dijeron que la señora Zimmerman estaba pasando unos días con un sobrino en Pensilvania. Hay dos libros que encargaste hace ya tres semanas. ¿Los renuevo?

Best,

Mónica

 

21 de febrero

La bibliotecaria dio por fin señales de vida. Mi ausencia ha surtido efecto. El campo hay que dejarlo en barbecho para que fructifique mejor (Ovidio dixit). Así, cuando entré esta mañana en la sala noté de inmediato que se ruborizaba. Al principio, me hago un poco el duro y ni siquiera le hablé del email que me había enviado la noche anterior. Me entrega los libros que había encargado tiempo atrás y fríamente, tras hojearlos por encima, le digo que no me interesan ya, que puede devolverlos. Me dirijo luego a uno de los ordenadores del fondo y me siento de espaldas a ella. Con calculado disimulo abro el correo, releo los mensajes de ayer y me levanto al cabo con cara de sorpresa, como si de pronto me hubiera encontrado con toda esa extraordinaria información. Mónica pica en el anzuelo y, según me acerco su escritorio, me regala una radiante sonrisa. Vuelvo a encarecerle sus dotes detectivescas. “Ese Thomas Mortenstein”, le digo, “me tiene muy alterado”, y le pregunto si sabe algo más de él. “Nada”, aunque añade que podría tratarse de una errata por “Mortensen” o incluso “Morgenstern”, que es apellido bastante más frecuente. ¿Morgenstern, Abendstern? No puedo por menos de reírme para mi capote, aunque en lugar de compartir la broma sugiero que a lo mejor Martell y Mortenstein podrían hacer referencia a la misma persona. Mónica no parece muy convencida y me lo rebate con los datos en la mano. Viene una señora a pedirle un libro. Se demora. Me dispongo a despedirme, pero antes le digo que deberíamos hacer una nueva visita a la viejecita. Any time, oigo que me dice, que es como decirme “cuando quieras”.

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José Luis Madrigal
Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.