Y ahora qué…

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El gobierno libanés “quebró” este jueves pasado. La única señal tangible de ello fueron los pocos clientes del restaurante arremolinados en torno al televisor, entre el trajín de los camareros y el dulce sopor de las pipas de agua, escuchando impávidos, con enorme paciencia e infinita resignación. En la pantalla, varios señores sonrientes, orgullosos de su jugada maestra: Hariri defenestrado como primer ministro momentos después de sentarse en calidad ya de don nadie frente a Obama. Hizbollah volvía a chantajear, cual matón de patio de colegio, a todo un país, después de varios meses intentando torpedear, sin éxito, un Tribunal Especial al que afirman no temer y que se encuentra muy próximo, quizá la próxima semana, de emitir sus conclusiones.

 

La página web de Al-Manar explicaba que la dimisión de los 11 ministros, 10 de ellos pertenecientes a Hizbollah, constituía el inicio de una nueva era de cambio democrático… Acompañaban el discurso con una viñeta en la que se veía una tumba de tierra cubierta por una pala con la bandera americana en la empuñadura y un nombre sobre una lápida: la coalición del 14 de marzo, la de Hariri y sus aliados políticos. Faltaba algo en ese dibujo: un clérigo del Partido de Dios allanando la tierra para la siguiente víctima. Esta vez real.