Y Bud me enseñó a bailar…

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Navegábamos por el río de Chicago, rodeados de turistas con cámaras digitales y camuflados bajo nuestras bufandas y nuestras orejeras. Mirando a ambas orillas y levantando la cabeza para alcanzar la azotea de los edificios, mientras una voz monocorde en inglés nos contaba por un altavoz quién había diseñado cada rascacielos. Herencias españolas, arquitectos españoles. Los restos del naufragio, supongo. Así lo entendí cuando mi amigo, alemán, se giró, me miró a los ojos y me dijo: “La verdad es que España tiene una gran historia, un fantástico pasado. Me pregunto si tiene también futuro”. Volví a mi bufanda y a mi café aguado, a abrazar el vaso con las manos para calmar el frío. Pero dejé de mirar arriba y empecé a mirar hacia abajo. No me preocupaba España, a diez mil kilómetros de mi cabeza, con todas sus noticias a las que no quería volver, sino que mi amigo alemán no hablase de mi país, sino de mí. Que sin conocerme apenas me hubiera retratado en una frase. Que yo soy más ayer que mañana, vamos. Y que aunque lo que importa, dicen los manuales de autoayuda y las galletitas de la suerte, es el hoy, sé que es un concepto de rápida caducidad. No quería ponerme filosófica, porque no me sale. Porque cuando lo intento solo logro parecer despistada, atontada, boba. Pero mi amigo seguía allí sonriente, a mi lado, esquivando el frío agitando los pies y las piernas. Moviéndose sin moverse del sitio. Y de nuevo pensé que lo hacía por mí, por seguir martirizándome como un psicoanalista con buenos modales y acento de Munich.

 

Aquella noche bebí. No es ninguna novedad. No tiene ningún mérito. Bebí con él mientras una banda de jazz tocaba a nuestras espaldas para una pareja de octogenarios. Bud y Sylvia. “Somos amigos de baile. Nada más. Yo jamás me casé”, me contó él después, cuando le pregunté, emocionada, cómo se podía bailar con tanta pasión con una mujer después de tantos años juntos. “Siempre hay que bailar con la ilusión de la primera noche y con la misma pasión que si fuera tu última noche”, me dijo Bud, de Chicago de siempre, agarrándome por la cintura y meciéndome. Mi amigo alemán me miró desde la barra. Tan frío y germano. Tan austero, que allí significa también no beber, como me explicó. Y yo soy, claro, poco de esas políticas de austeridad, que son las que de verdad me importan. De la escuela de Dean Martin, que compadecía a los que no beben porque no se sentirán mejor a lo largo del día. Entre las manos de Bud me dejé mecer, como en el barco, con la vista clavada en el suelo. En un hoy al que ahora me aferro más que nunca. Porque se equivocaba mi amigo. Jamás creí que tuviera ningún futuro.