Y llegó la tempestad

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En la anterior entrega dimos cuenta de los juegos de artificio utilizados para alegrar los oídos por la victoria del partido del rey. Eran los fuegos de la alegría triunfante, la primera alegría que embargó  a los lacayos que esperaban que el partido del rey saliese victorioso. (¿Pero esperaban otra cosa?) Dimos cuenta de cómo se cortaron las calles para que ocurriera lo que tenía que ocurrir y vimos construir el escenario para que la gente de la capital disfrutara de lo que estaba aconteciendo en la política de Guinea Ecuatorial.

 

Tuvimos que irnos a Bata por razones familiares y consuetudinarias (suena bien, ¿no?) y en esa otra capital estuvimos a punto de vivir la verdadera celebración, la grande, la investidura. Fue una suerte. En la capital, Malabo, nadie sabía dónde se iba a celebrar el gran evento de la política guineana, de la misma manera que nadie esperaba que la confirmación  de lo esperado se celebrara con cierta nocturnidad. Nos referimos a los fuegos de artificio y a la manera en que se celebró.

 

A Bata fuimos, y en los días seguidos, que fueron los siguientes del escrutinio, vimos que el ambiente de la ciudad que despliega sus alas en las faldas húmedas del Atlántico estaba caldeado. Se esperaba que cosas grandes tuvieran lugar. Recorrimos una calle para certificar la sospecha, y al asomarnos por la ventana refrescante del paseo marítimo vimos que al final del mismo se estaba instalando otro escenario para eventos lúdicos, festivos y musicales. Vimos descargar de muchos camiones muchos aparatos de sonido. Las calles inmediatas eran un hervidero humano, y pudimos certificar que las autoridades de la periferia continental habían hecho traer de sus sitios de residencia a varios nativos (hoy súbditos) de sus zonas de influencia para amenizar las horas del día de la investidura, que sería al día siguiente de nuestros descubrimientos.

 

El aeropuerto de Bata igualmente era un hervidero, porque no solamente vinieron a verlo por sus ojos propios los residentes en Malabo, sino que arribaron a la capital continental los invitados de las naciones vecinas y amigas, invitados que cuando no hay políticos con cargo en medio de sus vidas tratan a los guineanos como si no los conocieran de nada, obligando a estos a demostrar que la xenofobia no se tarda en aprender y que se salve quien pueda en toda África Central. Esto si los que se quieren salvar son civiles desarmados y sin cargos públicos. Decimos que estos señores que no quieren saber nada de nadie cuando están en sus países vinieron mandados por sus jefes, estos que quieren ser reyes como el nuestro y que siempre camuflan su servilismo con una feroz actividad depredadora. Es decir, les gustaría hacernos creer que no vienen a Guinea a celebrar nada por la hermandad subregional, sino por la posibilidad de sacar tajada de la reciente alegría de un rey que tiene sus sacos de dinero sonante bajo la cama. Yo sé qué dirían estos súbditos del otro lado de la línea si escribieran de nosotros con esa prosa de andar por casa, tan útil precisamente para estas cosas de las que tan bien sabemos.

 

Llegaron los extranjeros simples, pasaban las horas, y llegaron los extranjeros de caché, estos que casi tienen categoría de colegas de nuestro rey. Desde el mismo paseo marítimo los vimos llegar, y es que les hicieron pasar por dicha zona, saludada por el mar océano, para que vieran que este país tiene dinero para gastarse en cemento, por lo que no debe ser nada oneroso extenderlo para regalar a los súbditos de Bata un lugar de expansión. Por algo sale el paseo marítimo en todos los folletos divulgativos que la casa del rey manda imprimir para dar a conocer las obras acometidas para el bienestar de sus súbditos. Llegaron incluso algunos colegas suyos, y todos recorrieron  a lo largo del paseo marítimo en sus coches abanderados, precedidos de los heraldos motorizados y la mitad de la infantería guineana armada hasta el límite de amedrentamiento permitido por una democracia, aunque en pañales, como la que nos toca. Estos colegas del rey llegaron en coches de cristales ahumados y a saber lo que vieron durante su paseo fugaz. No los pudimos reconocer, y de no ser por la enseña de sus países, no sabríamos al día de hoy que hubo altos jefes de Francia, de España, de Estados Unidos y el mismísimo Faure Gnasigbe, el hijo legado del vitalicio, hoy muerto, Eyadema.

 

¿Tiene Eyadema hijo algún secreto que compartir con alguien de aquí? Cualquiera diría que podría compartir con los miembros interesados de la casa del rey cuestiones de cómo utilizar el calendario. Los secretos de la eterna juventud, no, los del calendario. Y es que estuvo, el muerto, 38 años atado a la silla de Togo. Tras su breve paso, fueron a dar con sus huesos en los aposentos preparados para ellos.

 

Seguían pasando las horas en la capital de la provincia de Litoral y ocurrió un hecho significativo. Mientras terminaban de ensamblar los cables para los eventos musicales del día siguiente, bajaron de sus camiones los miembros de un grupo de bailarines de un distrito remoto de la Guinea Continental. Eran bailarines que no tendrían mucho interés en el ensamblaje de los operarios de aquel francés mercenario, así sonaba su francés, porque del camión en que bajaron sacaron consigo los instrumentos autóctonos para amenizar la víspera de la investidura del nuevo rey, ¡viva el rey! No se hicieron de rogar y congregaron a la gente en torno suyo porque empezaron a bailar, al ritmo de tambores percutidos con la mano y troncos huecos cuyos acordes saludaban al gentío congregado con la fuerza de los palos.

 

No bailaban mal, incluso se debía decir que se le afrentaba si no se decía que lo hacían bien. Lo que no hacían era cantar, pues lo que salía de sus gargantas  no se oía a tres metros a la redonda. Lo que se veía era que tenían las gargantas resentidas por el uso grosero de aguas ardientes traídas del extranjero y comerciadas por MH, empresa que goza de la exclusividad para ofrecer cierta bebida alcoholizada a los guineanos. Pero el espectáculo de los paisanos era entretenido, enriquecido por los gráciles movimientos caderiles  de la mayoría de los bailarines, y para el gozo de los mirones de ambos sexos. Disfrutaba la gente y echaba su imaginación a volar cuando cierto grupo de jóvenes se dio cuenta del mal desempeño artístico de uno de los bailarines. Para los que sabían y miraban, había uno de ellos que bailaba poco o claramente no sabía bailar. Y pese a la gratuidad del espectáculo, y que pidieran mañana las cuentas al rey si no se satisfacían, sacaron al público su desalegría y empezaron a abuchear al bailarín de dotes escasas. De los abucheos y risas pasaron a intimidaciones que el resto de los bailarines, y el que los conducía, supo llevar con deportividad. Pero como la juventud es a menudo cerril en su conducta,  se excedieron en la burla, y como si obedecieran a una orden oculta, sin que la gente lo sospechara, en un descanso de una de las funciones el grupo autóctono recogió sus instrumentos y se fue por donde vino. Para aquel día el baile era la única actividad festiva en el lugar, por lo que su repentina marcha supuso un mal trago para las personas que habían venido de lejos con la intención de ganar algunos francos con la venta detallista de los géneros mercados en los supermercados de MH, firma que goza de exclusividad para traer ciertos artículos. (¿Lo hemos dicho ya?) Eso lo dice en sus locales. Fue así que la promesa de una tarde divertida se disolvió en el océano de la costa inmediata.

 

Lo que había pasado con los bailarines y músicos en desbandada tiene cierta lectura con ramificaciones futuras. El hecho es que, por más jóvenes que fueran, afectos por ello por el feo defecto de la adolescencia, eso es, sin convicciones y conocimientos fundados, es que los que miraban se dieron cuenta del mal desempeño de uno de los bailarines y no lo pudieron aguantar. Exteriorizaron su disconformidad, aun a riesgo de que eso sonara a mofa y escarnio del prójimo que les alegraba la tarde y les permitía estar cerca de los suaves olores de las damitas que también se acercaron a disfrutar del espectáculo. (Ya no digamos de la merma en la suma de los francos una vez dispersados los que habían dado cita para vivir aquella víspera). Había un elemento que conocían y que echaron en falta en la ejecución del defenestrado bailarín. Sabían que no se sujetaba a las reglas y no se remilgaron a la hora de expresar su contrariedad. Y esto es un hecho capital.

 

En la discusión de los temas guineanos urge actuar como aquellos jóvenes para enjuiciar las acciones de los que se ponen delante de todo para servirnos, o con la excusa de hacerlo, aún a riesgo de perder algún beneficio. Y la cuestión es que el silentismo o la ausencia de reacciones ante las acciones de los lacayos de toda laya que nos desgobiernan pueden ser debidos a que desconocemos los elementos por los que deben regirse estos lacayos y los reyes a quienes representan. Es urgente la reunión de todos los intelectuales guineanos para debatir el estado de cosas de este país, pues estas reflexiones conjuntas podrían permitir la admisión del hecho de que ciertas cosas solamente podrían consistuirse si entre los actores y  los receptores se introduce un elemento que permitiera mostrar la disconformidad de los últimos si había habido un fallo en la ejecución. Democracia, o, si no, efectividad en la gestión de los recursos, ideales, promesas y deseos de los ciudadanos. (Hay ciertas cosas aquí que se catalogan como “hacer política”, cuando no es más que filosofía de andar por casa)

 

Al final de la tarde del mismo día de la investidura, es decir, el día siguiente del de los hechos de los que hemos dado cuenta prolija, se abrieron las compuertas del santo cielo y todas las aguas que se guardaron de lo que quedó del diluvió de Noé se vertió sobre Bata, y quizá sobre toda la región continental de Guinea Ecuatorial. Llovió lo que no había llovido en años, al menos para el que esto escribe. Con aquella lluvia a mares, no se pudo celebrar nada festivo en el paseo marítimo y la ciudad se quedó sin función. Todo lo que se hiciera para agasajar a los golosos invitados de otros países se hizo de puertas adentro. Lo probable es que se hiciera otro día, el siguiente, pero de eso ya no podemos hablar porque era el día que debimos coger al avión para estar frescos a la hora obligada en el puesto de trabajo. Es bueno que contemos lo que vemos por nosotros mismos, pues nos asiste la certidumbre de que muchas veces serán historias increíbles y debemos gozar de un mínimo de credibilidad.

 

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.