Y que sane el corazón

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Cuando la realidad se pone en plan puñetera y sientes urticaria al acercarte a los periódicos lo mejor es evadirse. Los que pueden, todavía, lo hacen saltando a aviones casi en marcha para aterrizar en países lejanos donde las primas de riesgo y los tesoreros son solo malos recuerdos que pronto se olvidan. Las que no tenemos ya aeropuertos nos conformamos con encerrarnos en casa, apagar las luces y escuchar canciones en bucle que nos llevan a otros territorios y a otras vidas. Incluso al pasado, aunque el pasado sea esa habitación a la que una había prometido no volver y cuya puerta había jurado sellar.

 

Llevo, lo confieso, rezando en silencio en el salón de mi casa, frente a un televisor apagado, más de dos meses. De fondo escucho una y otra vez al bueno de Leonard Cohen, que es viejo y sabio, recordándome que las cruces aunque se queden atrás siempre dejan astillas en la piel, que más allá de las puertas de la misericordia solo aspiramos a creer en las promesas que nunca nos atrevimos a prometer y que en algún momento, al final, llegará la curación del cuerpo y del espíritu.

 

Lo escucho en la penumbra de un hogar que dejó de serlo. Rodeada por fantasmas que inventé pero a los que ya conozco y con los que comparto el mueble bar. Disfruto con los lágrimas que a mitad de canción se lanzan por mis mejillas desahuciadas. Y me regodeo como una idiota lamiéndome las heridas y contando los puntos de sutura de las cicatrices. Tengo tendencia a revolcarme en el dolor propio, como una penitencia ganada a pulso por la que debo pasar, un calvario que si no atravieso no me dará la redención que necesito para volver a empezar, para encender las luces y acompañar a Leonard hasta la puerta para despedirle durante una temporada larga.

 

Aún no puedo soltar lastre. Quizá porque no ayuda la realidad al otro lado del portal, en este país al que no quiero regresar cada mañana y, de momento, conocer más. Y en el que solo por las noches, antes de que amanezca y todo vuelva a ser, otra vez, como siempre, cuando los cielos desfallecen, como me susurra Leonard, se encuentra un consuelo medicinal. Ojalá supiera yo prometer aquello que nunca me atreví a prometer. Y que sanase el corazón.