¡Ya basta!

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Hasta ahora se han hallado 145 cadáveres en una fosa en el estado de Tamaulipas, colindante con la frontera sur de EEUU. Las autoridades inculpan a Los Zetas, el poderoso cártel que domina el territorio mexicano a lo largo del litoral del Golfo de México hasta Guatemala.

       Para tratar de minimizar la responsabilidad del gobierno federal en la creciente inseguridad del país, los voceros oficialistas describen a Tamaulipas como un “estado fallido”, debido a los actos de violencia extrema que allá se viven cada día, cuando todo el territorio nacional padece el problema.

       Tan grave es el problema que, el 14 de abril de 2011, el presidente Felipe Calderón presentó al Senado de la República una iniciativa de ley que propone que cualquier persona que colabore con el crimen organizado y el narcotráfico mediante mensajes de alerta a éstos sobre operaciones policiales o militares pueda ser encarcelada no sólo por los delitos que cometa en particular, sino que podrá ser acusado de los 40 delitos que por lo general cometen dichos criminales, incluido, el terrorismo (más info) .

       Esta equiparación de las actividades criminales del narcotráfico con el delito de terrorismo, es el primer paso del gobierno de Calderón para homologar criterios jurídicos con EEUU y su estrategia de seguridad nacional que ha exigido calificar a los narcotraficantes como terroristas, lo que facilita las operaciones tácticas de control y vigilancia imperial hacia el sigo XXI.

       A exigencia de la presidencia de la República, la mayor parte de los medios de comunicación en México han pactado minimizar la grave situación de violencia e inseguridad de México. Sus voceros abyectos argumentan, a pesar de los datos, las noticias, los diagnósticos y los llamados de alerta de organismos internacionales, que en México el problema es de “percepción”. Desde tal punto de vista, tan irracional como imbécil,  el crimen organizado y el narcotráfico se han fortalecido porque los medios de comunicación los han puesto en la ola informativa.

       Tal perspectiva olvida, entre otras cosas, que el gobierno actual declaró la guerra al narcotráfico desde años atrás, y esta declaración ha ocasionado ya cerca de 40 mil muertos, entre criminales, policías, militares y civiles. De este total hay casi 10 mil víctimas sin identificar.

       Cuando Calderón escucha a miles de mexicanos que se manifiestan contra el auge de la violencia y gritan “¡Ya basta!”, quiere desentenderse del problema y acusa a la gente de equivocarse de interlocutor, a pesar de que él juro, al tomar la presidencia, defender la Constitución y las leyes del país. Más de un jurista ha cuestionado su transgresión de preceptos constitucionales, por ejemplo, el de soberanía nacional al autorizar vuelos militares de espionaje por parte de EEUU en el espacio aéreo mexicano.

       Calderón reclama que los culpables son los criminales, como si su presidencia fuera una simple espectadora de la situación que provocó, y de la que tantas veces se ha vanagloriado ante la prensa española, la cual, por lo regular complaciente, se limita a servirle de órgano propagandístico. Este signo esquizoide, esta disociación respecto de las consecuencias de los actos realizados, suele ser un rasgo inherente a los presidentes del Partido Acción Nacional. En su momento, el presidente Vicente Fox rechazaba los cuestionamientos públicos sobre su responsabilidad, afirmaba:“¿Y yo por qué?” (tengo que responder).

       El 31 de marzo pasado, el congresista republicano Michael McCaul presentó al Congreso estadounidense una iniciativa para considerar a seis cárteles de la droga en México como organizaciones terroristas (El Cártel de Tijuana o de los Arellano Félix, Los Zetas, los Beltrán Leyva, La Familia Michoacana, el Cártel de Sinaloa y el Cártel del Golfo). Extraña en esta lista la ausencia del Cártel de Juárez, cuyos jefes son intocables, a pesar de estar asentados en la frontera de México y EEUU y mantener, contra el embate de sus desafectos del Cártel de Sinaloa, el dominio de Ciudad Juárez a través de su grupo de sicarios La Línea y la red de pandilleros encabezada por Los Aztecas.

       La tendencia está fincada por EEUU: viene más violencia e inseguridad en México. Y crecimiento policiaco y militar, de armas y, por desgracia, también de víctimas. 

 

Sergio González Rodríguez (Ciudad de México). Estudió Letras Modernas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es narrador y ensayista. Ha sido músico de rock, editor de libros y suplementos culturales y profesor en estudios de postgrado. Desde 1993 es consejero editorial y columnista del diario Reforma y del suplemento cultural El Angel. En 1992 fue Premio Anagrama de Ensayo (finalista ex aequo) en Barcelona, España, con la obra El centauro en el paisaje, y en 1995 recibió el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez. Dos veces ha sido becario de la Fundación Rockefeller. Autor de diversos libros, en 2002 publicó su relato sobre violencia, narcotráfico y asesinatos contra mujeres en la frontera de México y Estados Unidos titulado Huesos en el desierto, que fue finalista del Premio Internacional de Reportaje Literario Lettre/Ulysses 2003 en Alemania, obra que se ha traducido al italiano y al francés. En 2004 publicó la nouvelle El plan Schreber, en 2005 una novela titulada La pandilla cósmica y en 2006 su ensayo narrativo De sangre y de sol. En 2008 publicó su novela El vuelo y en 2009 su crónica-ensayo sobre decapitaciones y usos rituales de la violencia El hombre sin cabeza, ya traducida al francés. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México.