Ya ha llegado

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No llega para mí el otoño hasta que no siento la necesidad de escuchar a Maisky, de escuchar a Bach. Entonces, sí; entonces ya declaro inaugurado el otoño.

Esta mañana, en Quijorna, el aire era fresco, y al respirarlo me preguntaba: «¿Ya ha llegado?». Había en el ambiente un olor dulzón y ligeramente picante que pedía una fogata, castañas, vino tinto (a ser posible, mencía gallego o del Bierzo). Sería tal vez por las hojillas de los almendros caídas en el suelo húmedo, donde componían una almazuela callada y modesta de pálidos verdes, ocres, sienas y tostados. Ahí se iban pudriendo junto con los almendrucos renegridos de cáscaras abiertas, ya rendidas. Fragancias del otoño por los campos de Quijorna, la niebla desdibujando los perfiles, incitándole a uno a… no sé muy bien qué.

Yo lo esperaba, ya estaba tardando. Pero los degustadores del otoño sabemos que hace falta paciencia. «No lo busques», nos decimos, «cuando quieras darte cuenta, habrá llegado. Te habrá encontrado el otoño a ti». Como todos los años, lo ha vuelto a traer Mischa Maisky con su violonchelo. Esta vez ha sido el preludio de la suite número tres. Y no perdona Bach, es implacable: vuelve con él el otoño, no hay que seguir esperando.

Por la tarde, mientras paseaba bajo los plátanos del parque, agradecía con fervor la llegada del gris. Si lloviera…, quién sabe qué les prometería yo a los dioses que quisieran traer la lluvia. Con ella vendrían tal vez recuerdos de otros otoños. Como el de hace unos años en la fraga de Santa Cristina de Sil: una hermosa espesura de robles, madroños y avellanos, y el penetrante perfume de la tierra mojada. ¡Existe el otoño!, confirmé entonces con júbilo, porque, enfermo de impaciencia, había perdido la esperanza de verlo con ese esplendor. Existe, sí, y se refugia en los valles y laderas de la Ribeira Sacra, en sus bosques frondosos, en la hoja de un nogal en la que tiembla, firme y delicada, una gota de agua.

Como parece haber llegado al fin la seronda dulce de Xuan Bello, he celebrado un humilde magosto en la cocina: castañas asadas y mi copa de mencía. Después, para confirmar que el otoño ya ha vuelto (¿o lo han traído ellos?), he escuchado a Bach en el chelo de Maisky. Se apagaba la tarde en la ventana, y por fantasía he despabilado una vela y he prendido la mecha: a su luz tan indecisa ha sido inevitable volver a leer el poemita aquel de Jiménez Lozano. “El sol ya va desfalleciendo, / vencido por las sombras. / Enciende, enciende, amor, una candela, / y sostenla un instante, / para que vea siquiera nuestra esperanza tan pequeña, / tan invernal, desnuda”.


NOTA: La interpretación de Mischa Maisky del preludio de la suite número 3 de Bach para violonchelo puede encontrarse aquí.

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