Ya huele a mar…

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Una estación de tren… y ese destino que se vislumbra a lo lejos y que conozco tan bien. Nunca mejor que ahora en la quietud de mi duermevela, con el libro todavía abierto en mi regazo, para darme cuenta de la razón que tenía Isak Dinesen, cuando dijo que todo se cura con agua salada, con sudor, con lágrimas o con el mar. Medicina milagrosa, que parece pasar de puntillas cada año en medio de devaneos de verano, momentos que quedarán en el recuerdo, tan frágiles, que no me atrevo ni a rozarlos, como si entre algodones fueran a mantenerse inalterables un poco más.

Y así los dejo dormitar entre castillos de espuma, mientras me aferro a esta imagen, rosario de sensaciones que silenciosas vienen y se alejan, ola tras ola; una vez y otra, una vez más. Son esos atardeceres de verano los que se cuelan en los rincones de tantos recuerdos que no por pasados, se resisten a dejar su huella. Compartimientos secretos, aromas nuevos, el color azul del mar, y miles de sensaciones que convierten las flores en pájaros y el cielo en partituras en este mundo de sueños, donde lo difícil es no fantasear, bailar y dejar volar la imaginación en notas multicolores de realidad compartida quien sabe si para siempre.

En medio de este sendero de luces, abro los ojos. Adiós ensoñación, bienvenida realidad. Me despierto en medio del ajetreo, ruido de maletas a destiempo. La estación, me guiña el ojo, mientras el tren se adentra con parsimonia en el andén. Gente con prisa que nerviosa se agolpa en la puerta. Y yo sentada aún, con el libro ya en el bolso, mirando distraída por la ventanilla antes de coger mi equipaje, y descender despacio, con calma, alargando así el inicio de unas vacaciones que se me antojan casi infinitas, ojalá lo fueran.

¿No son los primeros días de las vacaciones, los que con mayor frecuencia cuelgan del aire las mayores promesas? Es agosto tengo todo el tiempo por delante, todo el tiempo del mundo para disfrutar de esta otra vida tranquila y veraniega. Encuentros y desencuentros. Abrazos en el andén. Cielo limpio. Nuevas historias que contar. Ya huele a sal, ya huele a mar…

 

Manuela della Fontana, escritora oculta. Después de trabajar muchos años en el mundillo editorial, rodeada de facturas e impuestos, decidió dar el gran salto y retomar esta “vocación” suya escribiendo con mayor regularidad. Fue entonces cuando empujada por algunos amigos salió a la luz, compartiendo sus vivencias en su blog Soñando con maletas y en las revistas vozed, e Hyperbole donde colabora habitualmente. @enmanuelle2002