Ya soy redactor

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¿Por qué extraña fatalidad ha de anhelar el hombre siempre lo que no tiene?, comenzaba Mariano José de Larra su recordado ‘Ya soy redactor’. Lo firmó Fígaro en marzo de 1833 en la ‘Revista Española’ [Pincha aquí para leer el texto completo]. ¿Qué desea un joven barbilucio? ¿Que le crezcan las barbas? Pronto maldecirá. Como pronto hará el joven con el amor de Laura que tanto deseó. De memoria citaba Fígaro al padre Almeida, quien decía que la satisfacción de nuestros deseos no está en esta vida, sino en otra más perfecta y duradera. Fígaro, que no tenía un ápice de metafísico, se ceñía a decir que el deseo existe.

 

Yo, Fígaro, soy de ello una viva prueba: no bien me había tentado el enemigo malo, y sentí los primeros pujos de escritor público, cuando dieron en írseme los ojos tras cada periódico que veía, y era mi pío por mañana y noche: «¿Cuándo seré redactor de periódico?».

 

Como otros nos imaginábamos firmando portadas en El País, Fígaro se veía a la cabeza de una sección literaria, recibiendo comunicados atentos y decorosos, viendo diariamente consignadas en indelebles caracteres de imprenta sus propias ideas y contar recontar al fin de mes los sonantes doblones que el público desinteresado tiene la bondad de depositar en cambio de papel en los arcones periodísticos de una empresa, luz y antorcha de la patria, y órgano de la civilización del país. El Larra de 2013 diría que sin periodismo no hay democracia. El desinteresado público lo es tanto que ya no compra periódicos.

 

Fígaro se acostó una noche autor de folletos y de comedias ajenas y amaneció periodista. Se miró de arriba abajo sin percibir ninguna alteración notable en su físico. Será que tan persona es un periodista como un autor de folletos, pensó, y exclamó: «¡Ya soy redactor!, y écheme a fraguar artículos». Tengo la sospecha de que ciertos redactores adivinan una aureola sobre su cabeza cada vez que se ven reflejados en el espejo: «¡Yo soy (el) redactor)!, y écheme a fraguar tuits».

 

«Pero ¡ay de mí, insensato, que, chasco sobre chasco, vivo hoy tan desengañado de periodista como de autor de comedias!», añadía Larra. «¡Ay de mí!», repetimos hoy los juntaletras.

 

Diré brevemente lo que me aconteció (…) y juzgue el lector si no es preferible vivir tranquilamente suscrito a un periódico que haberle sabia y precipitadamente de componer.


—¡Señor Fígaro!, un artículo de teatros

—¿De teatros? Voy allá.


Yo escribo para el público, y el público, digo para mí, merece la verdad: el teatro, pues, no es teatro: la comedia es ridícula: el actor A es malo y la actriz H es peor. ¡Santo cielo! Nunca hubiera pensado en abrir mi boca para hablar de teatros. Comunicado a renglón seguido en mi papel y en todos los contemporáneos, en que el autor de la comedia dice que es excelente y el articulista un «acéfalo»: se conjuran los actores, cierran la puerta del teatro a mis comedias para lo sucesivo, y ponen el grito en los cielos. ¿Quién es el fatuo que nos critica? ¡Pícaro traductor, ladrón, pedante! ¿Y esto logra el pobre amigo de la verdad y de la ilustración? ¡Oh qué placer el de ser redactor!

 

Santiago Segurola dijo esto sobre su experiencia como redactor jefe de Cultura en El País: «Me encontré con un mundo mucho más complejo que el del deporte y en muchos sentidos mucho peor que el del deporte. Era un mundo muy impermeable, hermético, con un periodismo a la carta, absolutamente ligado a la industria, que es una forma de mal periodismo. Esa supeditación a la industria cultural, extremadamente poderosa por otra parte, era deliberada, o cuando menos consentida. Los centros de decisión del periodismo cultural están en los despachos de la industria, en las discográficas, de las editoriales, productoras de cine… Ahí tiende a decidirse qué se escribe, cuándo se escribe y cómo se escribe. Es muy cómodo y gustoso vivir con esa relación de dependencia porque te cuidan muy bien. Y eso genera un periodismo de alfombra, acrítico, plano. Yo me he encontrado con gente maravillosa dentro del mundo de la cultura, pero también me he llevado una decepción muy grande con esa forma de tejer el periodismo: la industria decide y el periodista acata»

 

Precipítome, huyendo del teatro, en la literatura. Un señorón encopetado acaba de publicar una obra indigesta. «Señor redactor –me dice en una carta seductora–, confío en el talento de usted y en nuestra amistad, de que le tengo dadas bastantes pruebas (por desgracia suele ser verdad), que hará un juicio crítico de mi obra, imparcial (imparcial llama él a un juicio que le alabe), y espero a usted a comer para que juntos departamos acerca de algunas ideas que convendría indicar, etc., etc.» Resista usted a estas indirectas, y opte usted entre la ingratitud y la mentira. Ambos vicios tienen sus acerbos detractores, y unos u otros se han de ensangrentar en el triste Fígaro. ¡Oh qué placer el de ser redactor!

 

El crítico Ignacio Echevarría explicó: «Mi experiencia en El País creo que es la misma que han tenido muchos articulistas que todavía escriben en él. Hay un estrechamiento progresivo, lento, durante bastante tiempo casi imperceptible, del campo de actuación, que se va saturando de sobreentendidos, de pequeñas condiciones tácitas con las que uno acepta pactar, porque yo siempre he pensado que, tanto el periodismo como la crítica, que no deja de ser un género subsidiario del periodismo, tiene que aceptar ciertas limitaciones y jugar dentro de los márgenes de lo posible. El crítico intransigente que se va estrellando cada dos por tres con el medio en el que actúa, y saltando de una tribuna a otra, puede ser muy ejemplar y muy admirable, pero termina no resultando útil a nadie».

 

¡Bueno! Traduciré noticias; al trabajo; corto mi pluma, desenvuelvo el inmenso papel extranjero; ahí van tres columnas. ¿Tres columnas he dicho? Al día siguiente las busco en la Revista, pero inútilmente.


—Señor director, ¿qué se hicieron mis columnas?

—Calle usted —me responde—, ahí están; no han servido: esta noticia es inoportuna, ésa arriesgada; la otra no conviene; aquella de más allá es insignificante; estotra es buena, pero está mal traducida.

—Considere usted que es preciso hacer ese trabajo en horas —replico lleno de entusiasmo—; el hombre llega a cansarse…

—Si usted es hombre que se cansa alguna vez, no sirve usted para periódicos…

—Me dolía ya la cabeza…

—Al buen periodista nunca le debe doler la cabeza…

—¡Oh qué placer el de ser redactor!

 

Así que la productividad era esto…

 

Dejémonos de ese fárrago, yo no sirvo para él. Vaya un artículo profundo; ojeo el Say y el Smith; de economía política será.


—Grande artículo —me dice el editor—, pero, amigo Fígaro, no vuelva usted a hacer otro.

—¿Por qué?

—Porque esto es matarme el periódico. ¿Quién quiere usted que le lea, si no es jocoso, ni mordaz, ni superficial? Si tiene además cinco columnas… Todos se me han quejado; nada de artículos científicos, porque nadie los lee. Perderá usted su trabajo.

—¡Oh qué placer el de ser redactor!


Consejos para escribir en internet: «En la medida de lo posible, los textos deben ser breves, el tiempo de los demás es sagrado». Y otro: «Hay que ser consciente de que lo que se escribe lo leerán las máquinas».

 

—Encárguese usted de revisar los artículos comunicados, y sobre todo las composiciones poéticas de circunstancias…

—¡Ay!, señor editor, pero habrá que leerlas…

—Preciso, señor Fígaro…

—¡Ay!, señor editor, mejor quiero rezar diez rosarios de quince dieces.

—¡Señor Fígaro…!

—¡Oh qué placer el de ser redactor!

 

¿Y yo deseaba ser periodista?, se preguntaba Fígaro en 1833. ¿Y yo deseaba ser periodista?, me pregunto yo. Y sí, lo deseaba. Lo deseaba cuando no llamaban alianzas estratégicas a los despidos. Cuando el relato de Larra me parecía de otra época. «El periodismo no es una vocación sino una frustración, ya te darás cuenta”, escribe Vargas Llosa en ‘Conversación en la catedral».

 

Buen 2013. Buenos augurios y buen periodismo, si nos dejan.