Yo estuve allí

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The New York Times de hoy: 11/9/2021. Veinte años despúes de los atentados. Foto del autor.

¿Qué queda?

Después de 20 años, no mucho. Recuerdo que era un tiempo inmóvil.

Mucha gente asocia los atentados del 11 de septiembre con las explosiones y el ruido. Yo recuerdo silencios. Quietud. Rostros perplejos avanzando por las veredas de la 34.

Mientras las torres se incendiaban, yo estaba en una clase de inglés. El profesor me pidió que le repita a mis compañeros lo que le había escuchado a un compañero turco: “The first plane was not an accident. A second plane crashed into the Twin Towers. This is a terrorist attack.”

Salí de clases corriendo. Bajé las escaleras del subway, por la entrada de la Séptima, con la intención de ir hacia el World Trade Center.

Era un vagón del subterráneo, el tren 1, muy iluminado. Las puertas estaban abiertas, el tren estático sobre los rieles. Y una voz anunció: “debido a los eventos de esta mañana en el World Trade Center, el servicio está suspendido”.

Un teléfono público en la plataforma. Tenía una tarjeta de llamadas en el bolsillo.

Pulsar la clave de la tarjeta en el teléfono, los números de Lima. La voz de mi madre y alguien detrás –tal vez mi hermano– gritando que las torres se caían. Mi madre diciéndome que hubo un ataque en el Pentágono, que otro avión se iba contra la Casa Blanca. Era un ataque masivo. Los gritos. Que me saliera de allí. De Nueva York. Ya mismo.

Me creen poco cuando les digo que no entendía. Es que ¿Quién era yo, ese día?

Era el muchacho al que sus colegas de La Opinión de A Coruña, despidieron después de pasar la noche en un bar de Santiago, meses atrás. Un turista al que le daba vergüenza que lo vieran tomándole una foto al Empire State (crucé la Quinta, a media calle levanté la cámara y disparé sin enfocar). Un estudiante de inglés que apenas entendía a Bill O’Reilly cuando veía Fox News.

Era un vago que entre clase y clase se las pasaba metido en la sala de lectura de la New York Public Library.

El tibio calor de una mañana de septiembre, al salir del subterráneo. Eso sí, muy bien ¿Cómo se iba a estar acabando la historia a tan poca distancia de esa paz y ese sol que bañaba la Séptima Avenida?

Ese tipo de 28 años no entendía nada.

Cargaba en la billetera una entrada para un concierto de Aterciopelados. Había visto unos días antes a PJ Harvey en el Hammestein Ballroom, al lado de una pelirroja. Andrea Echeverri y su banda tocaban esa noche, o la siguiente. Tal vez se me ocurrió entonces que lo podrían suspender.

La quietud. Esa muchacha que me encontré saliendo del metro y que acompañé hasta el Waldorf Astoria, para que su tío, el portero, la ayudara a comunicarse con Belo Horizonte. El silencio en los pasillos del Waldorf Astoria, los hombres enternados removiendo el vaso de whiskey, una tele muy al fondo, que todos observaban. Murmullos. Más que nada silencio.

El mismo silencio en el primer vagón que salió hacia Mamaroneck esa tarde. Los parlantes anunciando que el tren pararía en todos los pueblos. Murmullos en el tren. Como si una gran pregunta nos hubiera cerrado la boca. Nada de lo que dijéramos tendría sentido en ese viaje.

Dice la historia que mientras abandonaba Manhattan, los rescatistas rebuscaban entre los escombros. Hombres y mujeres estaban tendidos en las camas de los hospitales, tal vez intentando reconstruir el día: los aviones, la explosión, el fuego, el colapso.

La incertidumbre, la ira, la rabia. La sed de venganza.

Al llegar a Mamaroneck: tocar el timbre de la casa de la tía Gladys en la calle Old White Plains Road. Entrar a la sala. Una voz me acusa de no haber llamado, de no haber dado signos de vida. Doy explicaciones: los trenes estaban detenidos, vine en el primero que salió de Grand Central.

Un aparato de televisión encendido en una sala, entre esos cientos de objetos que a mi tía le encanta coleccionar en las rebajas, en sus viajes. Tal vez la voz calmada del tío Manolo. Tal vez la prima Patricia por ahí. Ella y yo éramos los únicos que íbamos a pasar el día en “la ciudad”, como ellos llaman a Nueva York. Ella fue la que me enseñó a caminar más rápido, cambiando de vereda, zigzagueando entre la cuadrícula de Manhattan, evitando los semáforos.

La televisión encendida.

Vi las imágenes y recién entendí. Ahora todo tenía sentido: los gritos desesperados de mi madre, los reclamos de mis parientes, las muchas grabaciones de voz en el teléfono de mi departamento: La Opinión de A Coruña, Doda Vázquez, que la llame.

El espacio aéreo estaba cerrado. Yo, que de vez en cuando mandaba algunos artículos de opinión, tendría que hacer la nota. Un pintor de Ourense había salido de la Torre Sur, minutos antes de que chocara el avión.

Fui a su casa de Astoria, lo fotografié con el periódico del 12 de septiembre. Le hice la nota y salió publicada.

De ese día siguiente también recuerdo al policía mirándome detrás de una banda amarilla de “No pasar” frente al Empire State, los anuncios en Bryant Park, cancelando el Fashion Week. Mucho silencio. Personas sentadas a la sombra leyendo el Daily News. Un tipo frente al Madison Square Garden, la bandera de bandana, repartiendo fotocopias de la foto de Bin Laden: Wanted Dead Not Alive.

La rabia, la sed de venganza. El murmullo de la guerra. Las guerras. Veinte años después. Yo estuve allí.

El especial del NYTimes de esta semana, más la foto de un pintor gallego que salió de las Torres Gemelas veinte minutos antes de que se estrellara el avión. Él posa frente a su casa en Astoria, Queens. Foto del 12 de septiembre del 2001.
Foto del autor. 12 de septiembre de 2001.
Empire State Building y Local de la Biblioteca Pública de NY en la Quinta Avenida cerrados. 12-9-2001. Fotos del autor.
Quiosco de Times Square. 12/9/2001. Foto del autor

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1 COMENTARIO

  1. Ayer estuve recordando ese día. Mientras desayuno escucho por la radio el primer choque ¡Accidente ,choca un avión…! Subo a arreglarme en mi cuarto con la tv prendida para saber más del accidente y, por el espejo, veo el segundo choque… Llegué en shock a dictar clases en la ULima…

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