Yo no apagué la luz

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Porque es una de las mascaradas bienpensantes que vemos cada día; en definitiva, porque no me lo creo. ¿Una protesta ciudadana del inexistente movimiento de consumidores del sector de la energía (que somos todos). Por mucha ilustración de Forges con paletos que lloran, publicidad urbi et orbe, declaraciones de todo tipo, la verdad es que los más encantados con este tipo de movidas deben de ser los grandes empresarios de la energía. Quedan bien “pagando el apagón”  –no el nuestro, el suyo- de algunos monumentos emblemáticos, y la cosa no les preocupa lo más mínimo.

 

Porque es una de las mascaradas bienpensantes que vemos cada día; en definitiva, porque no me lo creo. ¿Una protesta ciudadana del inexistente movimiento de consumidores del sector de la energía (todos)? Por mucha ilustración de Forges con paletos que lloran, publicidad urbi et orbe, declaraciones de todo tipo, la verdad es que los más encantados con este tipo de movidas deben de ser los grandes empresarios de la energía. Quedan bien “pagando el apagón” –no el nuestro, el suyo de algunos monumentos emblemáticos, y la cosa no les preocupa lo más mínimo.

 

Otro gallo nos cantaría si se tratara de una verdadera protesta: ¡aunque sólo fuera la mitad de las viviendas con la luz apagada durante una hora! Menudo toque de atención… Hoy mismo he leído en un informe que los contadores de la luz electromecánicos gravan a los consumidores más de lo que realmente consumen, más cuanto más viejos, y ¡hay todavía varios millones de más de 25 añitos!  

 

Sospecho que ni los ecologistas con carné se acuerdan de apagar la luz.

 

El día del publicitado apagón, celebrado fraternalmente por plazas y calles con diferentes representaciones (y nunca mejor dicho), Juanjo Millás respondió espontáneamente –me pareció cuando una locutora de radio le preguntó qué iba a hacer: “¿Ah, es hoy? Pues cerraré las ventanas para que desde fuera no se vea que la tengo encendida…”. Fue un soplo de realidad, y yo se lo agradecí.

 

En otro orden de cosas (cómo me gustaba escribir esto cuando estaba en activo), oí también en la radio una frase (“Mi sensación es que yo creo que…”) que con diversas variantes se repite cada vez más (“Mi opinión es que me parece que…”). Creo que son formas que adopta la falta de dominio de la sintaxis. En todas ellas hay algo que subyace, el miedo a ir al grano, a desvelar, así que se opta por el vericueto. Y debe de ser un miedo difuso y muy antiguo. Veo también colapsos y tributos en boca de hombres llamados sabios y en prensa respetable. Será que no me leen.

 

No hace mucho presenté aquí mi teoría de que hay que desconfiar de la gente que tiene los ojos demasiado pequeños (a excepción de los asiáticos, claro), porque la experiencia nos dice que ese rasgo se agudiza con la tendencia a la desvergüenza, y presenté algunos ejemplos. Hoy traigo otro, el de Donald Trump ojos pequeños.

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.

1 COMENTARIO

  1. Querida Anunciata, te

    Querida Anunciata, te respondo (tarde, perdóname pero no suelo volver a mis artículos, me avisaron de tu comentario) por aquí. Muchas gracias, me alegra muchísimo coincidir contigo. Así no me siento tan solo 🙂 denostando velitas. No conozco a Iñaki. Un abrazo. 

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