Yo no quiero ser implacable

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Un artículo reciente de José María Ruiz Soroa publicado en El País terciaba en la figura de Robespierre, quien, dice, “trató de hacer virtuoso a un pueblo entero, quisiera o no”, y añadía, citando a Saint Just, que “lo que produce el bien general es siempre terrible”. Para el notario Ruiz Soroa, a quien sigo la pista porque me produce siempre una sensación balsámica de sensatez, esos dos personajes fueron “virtuosos implacables”, personas cuyos esfuerzos por traer el bien a la Tierra llevaron al mal del Terror. Bueno, todo esto suena mucho, ¿no?, pero al parecer los humanos no aprendemos. Según él, en estos tiempos que vivimos la implacabilidad moral recobra su atractivo (algo de esto ya me había maliciado yo). “Acabemos de una vez con los vicios, con los zánganos, con los egoístas, con las hipotecas, con los bancos, con los políticos, con los ricos y así sucesivamente. Todo el mundo se vuelve moralista intransigente a la vista del desastre. Hasta cierto punto, inevitable”. Y nos recuerda que la moral nunca puede sustituir a la política, que “las buenas intenciones virtuosas engendran monstruos”. A veces, ante algunos correos electrónicos, tengo horribles visiones de savonarolas implacables. Pero también tengo mi lista de tareas im-prescindibles: por ejemplo, y para abrir boca, mandar a tomar viento los paraísos fiscales.

 

Para vergüenza del gremio empresarial, he visto (asombrada) en televisión un anuncio de un cepillo de dientes eléctrico Oral B que dizque que elimina “más del cien por cien de la placa dental”; sí, sí, más del cien por cien.

 

Siguiendo con el mundo de la empresa, Iberia anunciaba el otro día el embarque en uno de sus vuelos ansí: “…embarquen primero los pasajeros viajando con niños”. ¿Nadie revisa los textos de una empresa de ese calibre? Ni idea del gerundio, claro, pero además cometen un servilismo idiota (seguro que en inglés dicen traveling with children, porque su gerundio no tiene nada que ver con el nuestro).

 

Pero no quiero acabar el año siendo implacable, así que, por esta vez, pase. Procuren ser felices en 2013.

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.