Yo robo, tú robas, él roba…

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“Distraer” pequeños objetos cotidianos es tan robo como atracar un banco, y sin embargo, la sociedad lo acepta y lo perdona. Sin embargo ni esto evita que sea un comportamiento reprobable. La primera vez que robé algo debía tener unos siete años. Era un día como otro cualquiera

La primera vez que robé algo debía tener unos siete años. Era un día como otro cualquiera. Por la mañana fui con mi mejor amiga y Pilar, la mujer que trabajaba en su casa, al supermercado. Pilar recorría los pasillos empujando su carrito de forma metódica y eficiente, mientras mi amiga y yo la seguíamos mansamente esperando que nos cayera algo: un bollicao, un donuts, una chocolatina, algo… Pero Pilar no parecía estar muy interesada en nuestros caprichos fuera de horas y nosotras estábamos deseando salir de allí. Al pasar por los estantes donde estaban los chicles no me pude resistir. Cogí un paquete sin que nadie me viera y me lo metí en el bolsillo. Nadie se había dado cuenta. “Perfecto”, pensé. Pero no era perfecto.

 

El dichoso paquete me empezó a quemar en el bolsillo. Supongo que por aquel entonces ya debía haber hecho la primera comunión y las monjas habían hecho un trabajo concienzudo al incrustarme en la cabeza los diez mandamientos. Tenía la información muy fresca. El séptimo mandamiento lo decía claramente: no robarás. Y ahí estaba yo, robando. No dejaba de mirar de un lado a otro, pensando que en algún momento alguien vendría a buscarme y me llevaría a la cárcel. La presión era demasiado grande. ¿Y ahora qué? Era evidente que Pilar no iba a volver por el estante de los chicles para poder ponerlos en su sitio y si yo se lo sugería, ignoraría mi petición con un “no puedo perder el tiempo con tonterías que tengo muchas cosas que hacer”. No robarás, no robarás…

 

No recuerdo que las monjas me explicaran por qué no se podía robar, pero sí me habían dejado muy claro las consecuencias de mis pecados. Si no me cogían viva, me había sentenciado a un infierno seguro y terminaría quemándome en sus llamas en compañía de otros pecadores como yo, otros seres malvados que se saltaron otros mandamientos que sonaban incluso peor que el mío, aunque mi mente de niña no lograba descifrar (no tomarás el nombre de Dios en vano, no consentirás pensamientos impuros… ¿Robar chicles sería un pensamiento impuro?). El miedo al castigo me invadía. ¡Tenía que hacer algo! La solución se me ocurrió en el momento. Si me comía todos los chicles, no habría pruebas. Así que uno a uno, fui sacándolos del paquete y metiéndomelos en la boca.

 

Ya te puedes imaginar que una niña de siete años con diez chicles en la boca tenía más aspecto de hámster que de ser humano, pero la tapadera era perfecta. Claro que con tanta goma de mascar, no podía tragar y me costaba hasta respirar. En cuanto salí del supermercado, los escupí al suelo. Así se acabó la historia. No me habían pillado y había conseguido salvar mi alma de las llamas de Lucifer.

 

A medida que fui creciendo, prosiguió mi educación en el colegio de monjas, pero mientras sumaba años mi miedo al infierno iba mermando. Llegué a la conclusión de que el cielo debía ser un lugar muy pequeño y para gente muy privilegiada, más o menos como la sala VIP de los aeropuertos, ya que la mayoría de las personas que yo conocía –tanto niños como adultos–, robaban. Muchos hasta fanfarroneaban y exhibían sus motines sin ningún pudor en sus casas: una manta de Iberia, una cucharita de un restaurante, el albornoz del hotel, la toalla del spa… Claro, que si les hubiera preguntado abiertamente si ellos robaban, la respuesta habría sido un no rotundo. Porque eso no es robar. Lo sabe todo el mundo. Nos justificamos al abrigo de la manta de la selectiva conciencia nacional que da esos pequeños hurtos por buenos. Al fin y al cabo, el billete era carísimo y las azafatas (¿aeromozas, auxiliares de vuelo, aerocamareras?) te trataron a patadas, los del restaurante están forrados y una cucharita ni les va ni les viene, o el hotel de cinco estrellas no es de nadie, así que… Que se jodan… Ahora bien, no se nos ocurriría jamás robarle la cartera a un desconocido, ni llevarnos las toallas o el ordenador de un amigo que nos ha invitado a su casa. Porque eso sí sería robar, ¿no?

 

Entonces, ¿hay dos maneras de robar? ¿Hay un robar bueno y un robar malo? Y si no te pillan y no acabas en el infierno o si el infierno es en realidad el lugar donde realmente queremos ir porque ahí van a estar todos nuestros amigos, ¿podemos seguir robando? ¿Quién decide qué se puede robar y qué no? Y lo que es más importante… ¿La única razón para no robar es el castigo?

 

He tardado casi cuarenta años en intuir una respuesta y digo intuir porque no puedo pretender ser dueña de una respuesta absoluta. Robar es robar. Cucharita, toalla, un banco o la jubilación de un anciano. Son todos miembros de la misma familia. Nos podemos dejar engañar por la primera definición de la RAE que dice que robar es tomar con violencia o con fuerza lo ajeno. Pero eso es para los que se conforman con una primera respuesta. Aunque no uses la fuerza, también estás robando. Si te llevas algo que no es tuyo, aunque no conozcas al dueño o aunque lo conozcas y sepas que es un capullo, un estafador o un ladrón, estás robando.

 

Cuando descargas un libro pirateado, le robas el poco royalty que cobra el autor por su obra en la que estuvo trabajando muchos meses. El royalty con el que paga sus facturas y el colegio de sus hijos. Cuando bajas música ilegal, no solo le robas a la casa discográfica que te puede parecer que se están forrando y no te importe, también le robas al compositor, al cantante, al artista. Cuando robas algo de una tienda, de un hotel, de un restaurante, le estás robando a la persona que tuvo la iniciativa de montarlo, que creó trabajos y que ayudó a mover la economía, sobre todo si su negocio tuvo éxito. Cuando cobras el paro mientras trabajas, robas a todos los que pagan impuestos y se lo quitas a la gente que genuinamente debería estar cobrándolo (que dicho sea de paso, no son los autores ni compositores porque esos no pueden cobrar el paro).

 

Este verano, apareció misteriosamente otra manta de Iberia en mi casa. Al verla, les dije a mis hijos que no me parecía bien y ellos, como buenos adolescentes, que las cogen al vuelo y no desaprovechan una oportunidad para reprochar mis malas dotes maternales, me contestaron: “Pero si lo hemos aprendido de ti”. Me quedé sin saber qué decir y sobre todo me dio mucha vergüenza. ¿Quién soy yo para decir nada? Una vez más, sentí que había fallado en mi capacidad de infundir valores. Me quería justificar, intentar aceptarme a mí misma. Y yo ¿de quién lo había aprendido? ¿De la picaresca nacional? ¿De una tradición de más de quinientos años de llevarse lo que no es tuyo? ¿De las propias monjas que no me dieron razones sino consecuencias anodinas? ¿Qué importa? La culpa no era más que mía que no supe respetar la propiedad ajena. No podía seguir siendo un mal ejemplo.

 

Quizás me he embarcado demasiado tarde, quizás he sido una mala madre y no he sabido educar bien a mis hijos, quizás mi decisión de no volver a apropiarme de lo que no es mío sea una gota de agua que se pierde en el mar. Pero lo tengo muy claro. Ahora si quiero algo me lo compro. Y si no me lo puedo comprar, me aguanto. La manta de Iberia la dejé en el avión de vuelta y no le dije nada a nadie porque mi intención no era dar una lección a mis hijos, sino empezar a hacer las paces conmigo misma.

 

Yo ya no robo.

 

Además, nunca me gustó mascar chicle.

 

 

Ana Galán es escritora. En FronteraD ha publicado ¿Champú o acondicionador?

 

 


Autor: Ana Galan