YouTube o la máquina del tiempo

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A veces, cuando me invade la nostalgia, me voy a YouTube en busca de algún vestigio televisivo que me traslade a mi remota infancia o a mi lejana juventud. Así, tras la muerte del actor Paco Valladares, el otro día, me acordé de la primera vez que lo vi en televisión, en una serie sobre la Guerra de la Independencia titulada “Diego de Acevedo”. Yo debía de tener ocho años. Era Navidad, no tenía clase. Las imágenes que encontré no eran muchas ni de muy buena calidad, pero allí estaba él, caracterizado de guardia de Corps, muy guapetón, con su criado Manuel Aleixandre y con su amigo Sancho Gracia, el que fuera luego Curro Jiménez. La música del principio, una especie de marcha militar, me despertó otras imágenes, otros recuerdos.

 

Por esos mismos días había ido yo al cine con mis primos a ver Viaje alucinante, una película de ciencia ficción en donde unos cuantos científicos, reducidos a tamaño minúsculo, viajaban por el cuerpo de un paciente para remediarle no sé qué daño cerebral. La actriz principal era nada menos que Raquel Welch. Recuerdo también que durante esas mismas semanas echaron por la tele una serie francesa sobre un fantasma de negra túnica que se paseaba cada noche por las oscuras galerías del Museo del Louvre. No creo que haya pasado nunca tanto miedo delante de una pantalla como me hizo pasar esa serie y ese fantasma. Leo en algún sitio que no fui el único niño aterrorizado y que muchos otros niños, en la Europa de la época, tuvieron horribles pesadillas a costa del noctámbulo espectro.

 

Debo decir que el fragmento en blanco y negro que hallo en YouTube no me asusta como entonces. El fantasma, llamado Belfegor, parece una especie de musulmana con burka o una monja con antifaz. Está en la escena delante de una estatua egipcia, la diosa Osiris quizá, la cual irradia una luz cegadora, mientras dos hombres miran asombrados el fenómeno paranormal. No encuentro ningún vídeo más, aunque esa sola escena me sirve para rememorar otras cosas.

 

La serie, además de infundir miedo, hacía un retrato muy años sesenta de la ciudad de París. Seguramente de niño también me atraía eso. Mis padres habían estado allí unos dos años antes y habían filmado muchas de sus calles y bulevares, la plaza de la Concordia, el Arco del Triunfo, la Torre Eiffel…

 

Asocio París desde entonces con el fantasma del Louvre y con esas fantasmales imágenes en color filmadas por mis padres en una cámara de 16 mm, por encima incluso de mis propios recuerdos in situ cuando, ya a finales de los setenta, la visité por primera vez. La memoria parece retener mejor una imagen fotográfica que  una imagen vivida directamente. O, cuando menos, las fotos (o los fotogramas) nos ayudan a despertar mejor nuestros recuerdos del pasado.

 

La azarosa búsqueda en YouTube me lleva luego a otros videos próximos a aquel tiempo. Miro con curiosidad algunas escenas de zarzuela en algunas producciones españolas de finales de los sesenta. En una me vuelvo a enamorar de Elisa Ramírez, una guapísima actriz que estaba desde luego guapísima en su papel de Mari Pepa en La Revoltosa; en otra, me río con la actuación de Alfonso del Real en La Verbena de la Paloma en su papel de don Hilarión.

 

La televisión tenía una importancia grande en la vida del hogar. No creo que las generaciones anteriores a la mía compartieran por las noches tantas horas juntas con la familia. Muchas veces de niño me preguntaba qué diablos hacían nuestros padres antes de la invención de la tele, para concluir que a partir de cierta hora de la noche debían aburrirse muchísimo. Nosotros, los de mi generación, estamos marcados por la tele. El poeta Alberti dijo que había nacido con el cine. Yo puedo decir lo mismo, pero aplicado a la televisión.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.